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GALERIA
MUSEO CARLOS FONSECA AMADOR, MATAGALPA


 
 
CARLOS FONSECA AMADOR Y LA REVOLUCION NICARAGUENSE, POR MATILDE ZIMMERMANN
Matagalpa: los primeros años, 1936-1950
 Matilde Zimmermann
A principios de julio de 1936, una costurera matagalpina llegó al Registro Civil de la ciudad para inscribir el nacimiento de un niño de su vecina Agustina Fonseca, una soltera de veintiséis años procedente del área rural, de oficio lavandera. El secretario anotó los datos del bebé: nacido el 23 de junio, llamado Carlos Alberto Fonseca e hijo ilegítimo.'

Cuando el niño creció miró cómo su mundo estaba dominado por ásperos y a veces violentos contrastes: entre su país Nicaragua y el imperialismo de los Estados Unidos, entre los cafetaleros y comerciantes blancos de la región de Matagalpa y los cortadores de café y campesinos -abrumadoramente indios-, entre el reducido grupo revolucionario que él fundó y el poderoso y bien armado gobierno de Somoza.

Pero el primer contraste del que Carlos Fonseca Amador llegó a ser consciente debe haber sido el de su propia familia. Él vivía con su madre, su hermano mayor Raúl y, con el tiempo, sus tres hermanos menores, en una pieza sin ventanas, de unos doce pies, en el patio, al lado de la cocina de la casa de una tía. A media milla estaba la mansión donde su padre, Fausto Amador Alemán, vivía con su esposa e hijos. La residencia Amador, uno de los pocos edificios de dos pisos en Matagalpa, junto con el frontispicio de la catedral, de la que quedaba a media cuadra de distancia, dominaba el extremo norte del pueblo. En su interior los resplandecientes pisos y gabinetes de caoba, los mosaicos de azulejos, el jardín de árboles y flores y el elegante mobiliario importado, eran mantenidos inmaculados por los sirvientes que allí vivían. La madre de Carlos, Agustina Fonseca Ubeda, había llegado a Matagalpa del lluvioso poblado de montaña, San Rafael del Norte, hacia 1930. De acuerdo con un residente local y pariente lejano de Carlos. San Rafael del Norte, era "una localidad de sencillos habitantes, blancos y rubios en su mayoría, dedicados a la ganadería y al cultivo de la caña de azúcar los que tenían tierras," y la familia Úbeda era de "ganaderos, cultivadores de la caña o de pequeñas huertas, hombres de trabajo y de vida austera, sumamente religiosos, a veces solamente se aparecían en el pueblo para las festividades de Semana Santa.

Como mucha gente rural del Norte, Agustina Fonseca, que tenía veinte años en 1930, llegó a la ciudad buscando trabajo y huyendo del estallido de la guerra. San Rafael del Norte era el pueblo de Blanca Aráuz, la esposa del jefe guerrillero Augusto C. Sandino, y las montañas segovianas que circundan el pueblo se convirtieron en zona de guerra al final de los años veinte.

Agustina, o Tina como era conocida, arribó a Matagalpa con sus dos tías, escasamente mayores que ella, Isaura y Victoria Úbeda. Tina encontró trabajo como doméstica en el Hotel Bermúdez, donde en 1933 dio a luz dos gemelos varones, Raúl y Carlos. (Este primer Carlos murió siendo un tierno.) El padre de los gemelos fue, según se dice, el teniente Pennington de la marina de los Estados Unidos, un oficial de las fuerzas antiSandino estacionadas en el Norte de Nicaragua.  Cuando Isaura Úbeda adquirió una confortable casa esquinera cerca de la Plaza Laborío, en el extremo sur del pueblo, le permitió a Tina y a su hijo Raúl trasladarse a la pieza del fondo. Esta es la casa donde nació Carlos Fonseca.

La vecina de Tina, Benita Alvarado, ha descrito los días de su amiga como difíciles y trabajosos, "su vida era lavar y planchar." Pero Benita también se describe a sí misma y a Tina como fiesteras, muchachas a las que les gustaban las fiestas en su juventud. "Paseábamos y salíamos a bailar a los lugares que había en la salida a Jinotega. La Tina era muy bonita, y por eso no tenía que arreglarse mucho; al contrario, en las fiestas era la más sencilla, pero la más bonita," dijo Benita. La nuera de Agustina dijo que ella tuvo la "doble desgracia de ser pobre y bella." Entre los pretendientes de Tina en 1935 estaba el padre de Carlos, Fausto Amador, un rico veinteañero que había regresado de la escuela en los Estados Unidos y que tenía reputación de tunante y parrandero.'

Siempre soltera, Agustina Fonseca tuvo tres niños más en los siguientes quince años. Cada vez que ella salía preñada -cuando Carlos tenía cuatro años, después cuando tenía diez, y de nuevo cuando él ya andaba en los quince- Tina y sus hijos eran echados de la casa de Isaura. Sin un centavo y sin ayuda de los padres de los niños, la familia cada vez buscaba un lugarcito donde meterse hasta que nacía el nuevo bebé. Más tarde Carlos describiría a un amigo una de estas viviendas temporales: un cuartucho alquilado por cuarenta córdobas (como cinco dólares) al mes, a la vuelta de la esquina de la casa de Isaura, "y ni siquiera tenía una puerta fija sino que en la noche teníamos que ponerle camas junto a ella para que no se abriera."' lsaura siempre se compadecía al final, cuando Tina prometía cambiar de vida, y cada vez le permitía volver con la familia aumentada.

En Nicaragua, por ese tiempo, las parejas de la clase trabajadora y campesina comúnmente vivían juntas por muchos años y tenían hijos sin llegar a completar la formalidad del matrimonio. La misma Isaura Ubeda tenía este tipo de relaciones con el talabartero Agustín Castillo. Todos los embarazos de Agustina Fonseca, no obstante, parecen haber sido el resultado de encuentros sexuales de casualidad, antes que del tipo de relaciones más estables en las cuales la sociedad reconocía un vínculo familiar. Sus cinco hijos tenían padres diferentes. Amigos y miembros de la familia a quienes yo he entrevistado no creen que alguno de los embarazos de Agustina Fonseca fuera el resultado de una violación. A la vez la describen como carente de opciones en la vida después de que tuviera su primer hijo ilegítimo especialmente éste, de cuyo padre se rumoraba que era un Yanqui. Vista como "cosa dañada," ella tenía pocas posibilidades de casarse, o de juntarse en una relación estable, o de hecho.'

La actitud estricta de Fonseca hacia el matrimonio y la monogamia puede tener origen en parte en aquellas experiencias de la infancia. A la edad de dieciocho años Carlos le dijo a su amigo cercano Ramón Gutiérrez que él nunca había tenido relaciones sexuales. Cuando Ramón le preguntó asombrado porqué, Carlos le dijo que él jamás le haría a una mujer lo que le habían hecho a su madre. Un poema que Fonseca escribió para la revista Segovia en 1954 contiene las líneas: "Está bien que... la Tomasa vaya a tener hijo. Pero está mal que... el hijo de la Tomasa no vaya a tener padre". En el juicio de 1964, a Fonseca se le preguntó acerca de lo reportado por la Guardia Nacional de que él, después de su arresto, había necesitado tratamiento por enfermedad venérea. "Vean compañeros," él insistió, "yo soy un asceta, casi un místico. Todo mi tiempo lo tengo dedicado a la revolución y a la patria. Todo eso es falso. Es un invento ".

Cuando Carlos Fonseca se matriculó en la universidad nacional en 1956, escribió "sirvienta" en el espacio para la ocupación de los padres. El empleado lo miró y dijo, "¿No quiere decir de oficios domésticos'?" Carlos le replicó: "No, soy hijo de una sirvienta".`

Escribiéndole a su padre en 1960, Fonseca le decía, "la vida de mi mamá es toda una tristeza, una tragedia continua". le solicitaba ayuda, no para él, sino para su madre:

Ella, la pobrecita, a esta altura de su vida no ha gozado de lo que significa vivir en un cuartito independiente. Todo el tiempo ha sido una esclava de las cocinas en que le ha tocado trabajar y que han servido también de hogar para mí.... Mi tía es una mujer con la cual mi mamá vive amargada. Pues en Matagalpa ella podría vivir en una casita alquilada que con agua y luz podría costar a lo sumo unos cien córdobas.

Ella naturalmente que se juntaría con mis hermanos maternos menores. Yo le aseguré que Ud. nos ayudaría no propiamente porque tuviera la obligación de hacerlo sino porque se podría dar cuenta que la realización de ese sueño a mí me produciría incomparable satisfacción. 

Cuando ella se aparezca por la oficina yo le recomiendo que Ud. tenga presente que ella solo tristezas ha encontrado en esta vida y que por consiguiente [sic] sufre hondamente con una simple mala mirada que le hagan.''

Fausto Amador no respondió favorablemente a esta súplica. Agustina Fonseca vivió en la cocina de lsaura Ubeda hasta que murió de un derrame en 1967. Ella murió sin un centavo y sus hijos tuvieron que prestar dinero para comprar una simple caja en la cual enterrarla.

El padre de Carlos, pertenecía a una de las familias más ricas y poderosas políticamente de la región. Aunque ni en la partida de nacimiento ni en eI registro bautismal de Carlos Alberto se menciona a ningún padre, sus abuelos Amador aparecieron en la fe de bautismo de 1937 y en un momento dado, durante sus años de escuela primaria, el padre comenzó a reconocer su parentesco.

Los Amador de Matagalpa han sido prominentes cafetaleros, comerciantes y políticos desde el siglo diecinueve. El padre de Fausto Amador y abuelo de Carlos era Horacio Amador, un importante negociante de café que también poseía cafetales y varias casas en Matagalpa. Uno de los tíos de Fausto, Sebastián Amador, había sido el jefe político del departamento de Matagalpa, de 1915 a 1917, durante la administración del presidente conservador Adolfo Díaz. Los Amador, como la mayoría de las familias aristocráticas de Matagalpa, tradicionalmente apoyaban al Partido Conservador, pero Fausto cambió su filiación por el Partido Liberal Nacionalista (PLN) del presidente Anastasio Somoza García. En 1950 Fausto se trasladó con su familia a Managua para administrar varias de las grandes empresas de Somoza. En los años setenta él tenía una gran cantidad de tierras agrícolas en las regiones de Matagalpa y Managua; y cuatro casas lujosas en Managua, además de la mansión familiar de Matagalpa.

Poco después de que Carlos Fonseca naciera, Fausto Amador se casó con Lolita Arrieta, hija y nieta de prominentes profesionales y cafetaleros de Matagalpa. Entre 1939 y 1950, Fausto Amador y Lolita Arrieta tuvieron una hija y tres varones: Gloria, Iván, Fausto Orlando y Cairo. Coincidentemente, Carlos tenía, por el lado materno, tres hermanos y una hermana: Raúl, René, Juan Alberto y Estela. Sus relaciones más cercanas, él las desarrolló con Fausto Orlando Amador y Juan Alberto Fonseca, ambos casi una década más jóvenes.

Carlos tenía un apetito voraz y más tarde recordaría las pobrezas, humillaciones y hambre constante de sus primeros años, cuando él vendía en las calles el semanario Rumores e iba de puerta en puerta vendiendo chucherías dulces, para llevar unos cuantos centavos o algún pan a sus hermanos menores. Uno de los patrones de su madre, Salvador Pineda, la pilló pasándole a su hijo sobras de comida; después Carlos contaba: "me sacó a patadas como a un perro". Un verso en un poema de Fonseca de 1955 dice: "los ricos con sobras te alimentan". En 1956, cuando Carlos estaba trabajando de bibliotecario escolar, era muy de él meter a la cafetería del instituto al estudiante hambriento de ese día, como "invitado" suyo.''Carlos tenía una remembranza más cariñosa de otro de los patrones de su madre, Nacho Lay, el propietario del Restaurante Shangai. El dueño del restaurante chino notó que Carlos tenía que acercarse al enorme reloj de pared para saber la hora y lo mandó a ponerse sus primeros anteojos cuando tenía diez o doce años. Fonseca llevó anteojos gruesos por el resto de su vida, y algunas de sus cartas expresan la inquietud por su visión deteriorada. Un amigo de la escuela secundaria recordaba que una vez le preguntó a Carlos porqué él parecía tan triste "Acabo de llegar de Managua, poeta", le contestó. "Fui a ver un oculista. Me dijo que tengo que escoger entre dejar de estudiar o quedarme ciego".

"Y usted que va a hacer, poeta", le preguntó el amigo.
" Pues nada, me voy a quedar ciego, porque el estudio es mi vida". Un jactancioso -y falso-- informe de vigilancia de la Guardia Nacional aseguraba a Somoza en 1968 que "el comunista Carlos Fonseca Amador está ahora completamente ciego". 

Al final de los años cuarenta, la pobreza de Carlos fue aliviada por alguna ayuda financiera proveniente de su padre. Lolita, la esposa de Fausto Amador, lo convenció de asumir la responsabilidad por Carlos, quien tenía un fuerte parecido físico con su papá y hermanos paternos y estaba adquiriendo reputación como alumno brillante.  Carlos visitó la mansión Amador y conoció a sus hermanos paternos y a la esposa de su padre. Durante este período, Fausto Amador administraba La Reina, una mina de oro de propiedad estadounidense en el pueblo de San Ramón, a unos treinta kilómetros de la ciudad (allí él tenía una querida y otro hijo menor), pasando sólo los fines de semana en la casa familiar de Matagalpa. Cuando Carlos comenzó la escuela secundaria en 1950, según Nelly Arrieta hermana de Lolita, Fausto pagaba por la colegiatura cerca de diez córdobas mensuales, su alimentación en una comidería próxima al instituto, y la ropa él la compraba a un tendero local. En 1960 Fonseca escribió a Lolita Arrieta expresando su gratitud por su benevolencia y asegurándole, "la bondad con que Ud. me ha acogido tanto a mí como a todas aquellas personas que han tenido la oportunidad de estar cerca de Ud. será correspondida en la forma de unos buenos hijos". Él llegó a alabar el buen corazón de Iván y la brillantez de Fausto Orlando y a expresar su inquietud porque los valores de Gloria serían maleados asistiendo a una escuela en los Estados Unidos."

Escritores vinculados al FSLN a menudo niegan que Carlos Fonseca tuviera alguna relación con su padre somocista. Pero las propias cartas de Fonseca y otros documentos revelan una realidad diferente y más complicada. Sus cartas personales indican que al menos hasta final de los sesenta, Fonseca imploraba la comprensión de su padre y sentía, aunque dolido, afecto intenso por él. "Deseo hablarle sinceramente", Fonseca le decía en una carta de 1960, "porque a mis seres queridos no puedo hablarles en otra forma". Y continuaba: "No es la primera vez que le manifiesto que más me satisface que mi padre me comprenda espiritualmente antes que me ayude materialmente... Muy feliz sería si Ud. se echara un viajecito aunque fuera de un día solamente por este país [Costa Rica] para verlo y conversar bastante. ¿O es que es necesario para verlo que me hieran?"
En la misma carta, Carlos intentaba encontrar justificación para los nexos de su padre con la dictadura de los Somoza:

A veces me duele pensar en la posición que Ud. ocupa pero también siento legítimo orgullo cuando miro que hasta la vez nadie me ha enrostrado que mi padre es autor de mal alguno. Digo que mi orgullo es legítimo pues es rara la persona que estando en la posición de mi padre no se hunda en hediondos fangos. Y entonces creo que si mi padre hubiera vivido en un tiempo en un lugar mejor, hubiera puesto su capacidad al servicio del pueblo, de la humanidad, del progreso. Y digo entonces como repitiendo la voz de la realidad y es que no han sido la intriga y la ambición los medios que han llevado a mi padre a la posición que ocupa sino simplemente sus capacidades.

Todavía en 1967, para cuando él ya estaba bien comprometido en la política revolucionaria, Fonseca escribió una apasionada carta personal a su padre. Le explicaba porqué no le había escrito durante esos largos siete años: "supe que Ud. había expresado que yo de un momento a otro le enviaría una carta, y que lo haría en la primera oportunidad en que tuviera necesidad de dinero. Y prueba de lo excesivamente delicado que soy a veces, es que las palabras de Ud. me molestaron, y me abstuve tanto de escribirle como de solicitarle su ayuda, a pesar de que de esta última he requerido en más de una ocasión". 

Carlos de hecho le pedía en esta carta a su padre un préstamo de 10.000 córdobas, que él prometía pagar en seis meses con una tasa de intereses de "un millón de gracias por ciento". Fonseca dijo a su padre, aprecio el "respeto que Ud. ha demostrado hacia la conducta que he asumido en la vida", lo que aparenta ser un pensamiento filial con los mejores deseos, y terminaba su carta con una esperanza de que el tiempo de los malos entendidos hubiera quedado atrás:

Quiero hablarle de tantas cosas, que siento que se me revuelven. He tenido deseos de verlo, de conversar largamente, deseos de oírlo, y de que me oiga. Le repito que sé que Ud. me comprende, pero [...] que escuchándome me comprendería mucho más. No estoy sugiriéndole una entrevista. Por muchas circunstancias veo que ahora esto no es posible.... Durante muchos años Ud. fue la persona con quien más soñé mientras dormía. Y esos sueños tenían siempre un contenido desagradable. De un tiempo a esta parte ya no es así. Y los sueños que tengo con Ud. son gratos. He logrado comprenderlo y reconozco y agradezco su afecto fraternal [sicj.`0

Carlos Fonseca se identificaba con la clase social de su madre. Sus sentimientos por Agustina Fonseca parecen haber sido una mezcla de amor, lealtad, piedad y no poca culpa. Él arriesgaba su propia seguridad para visitarla durante sus años en la clandestinidad, y pedía a sus jóvenes compañeros del FSLN, correr el riesgo de llevarla de visita a Costa Rica y Honduras. Pero a su padre lo miraba como a un espíritu de naturaleza más intelectual. Las cartas de Fonseca a su padre están llenas de análisis históricos y literarios, cuando él trata de transmitir sus ideas y motivaciones políticas en desarrollo. Educado en los Estados Unidos, Fausto Amador era bilingüe -inglés y español- y tenía fama de brillante administrador. En el otro lado, Agustina Fonseca era conocida tanto por callada como por bella. Aún siendo joven, según dicen sus vecinos, ella "era una mujer que no hablaba". Algunos contemporáneos de Carlos que conocieron a su madre asumían que ella era iletrada, aunque podía leer y escribir.

Menos de un año después de la muerte de Agustina Fonseca, en un mensaje del Día de la Madre dedicado a las mujeres cuyos hijos e hijas habían sido asesinados por la Guardia Nacional, Fonseca sostuvo que ella, eventualmente, llegó a concordar con su actividad revolucionaria: "Permítaseme evocar este día a la madre del que escribe estas líneas, mi madre proletaria, cuyos días en el mundo ya concluyeron. En su humildad llegó a comprender y a decir con satisfacción que este hijo pertenecía a la patria".` Otros residentes matagalpinos de la época la recuerdan como apenada y confundida por el radicalismo de Carlos y, desafortunadamente, no hay al respecto testimonios de la propia Agustina.

La angustia personal y la presión social que, siendo adolescente, Carlos padeció a causa de sus circunstancias familiares, fueron exacerbadas por la atmósfera pueblerina de su lugar de nacimiento. Matagalpa en los años cuarenta era un pueblo municipal y estrecho de aproximadamente 12,000 a 15,000 habitantes. A casi 2,500 pies de altura sobre el nivel del mar, se asemejaba más a los asentamientos de tierras altas de Sudamérica o Guatemala que a las pantanosas y calientes Managua o León, las cuales llegaban a arder a temperaturas de 38 C° durante la mayor parte del año. Localizado en un angosto valle junto al Río Grande de Matagalpa, el pueblo estaba dominado por dos calles paralelas pavimentadas que conectaban con la catedral, al extremo norte del pueblo, y con la Plaza de Laborío al extremo sur. Verdes colinas se levantaban a una o dos cuadras al este de la Avenida Central, justo al oeste estaban el mercado y el río. De junio a diciembre llovía casi diario, correntadas de lodo bajaban de los cerros al pueblo y el Río Grande se rebalsaba con el agua fría que se precipitaba con gran fuerza desde las montañas.

A finales del siglo diecinueve, el gobierno nicaragüense había ofrecido gratis 500 manzanas de tierra apta para el café en las montañas alrededor de Matagalpa a cualquier inversionista que plantara 25,000 árboles de café y les diera mantenimiento por cuenta propia hasta que empezaran a producir. Esto atrajo a cerca de 200 inmigrantes prósperos de Alemania, los Estados Unidos, Inglaterra, Italia y Francia." Plantaciones de café con nombres tales como La Bavaria y Washington aparecían en las cercanías montañosas de Matagalpa. En la escuela secundaria Carlos Fonseca tuvo amigos apellidados Büschting y Leclair.

Matagalpa se jactaba de una atmósfera más cosmopolita que la de otros pueblos de su tamaño. El Club de los Alemanes fundado a comienzos del siglo, constituyó la base para el Club de los Extranjeros, donde socializaban los ricos inmigrantes y sus hijos. Los alemanes también tenían su hostal de caza y club en las montañas, que bautizaron después como la Selva Negra de su tierra natal. Familias aristocráticas como los Amador habrían sido bienvenidos al Club de los Extranjeros, pero la élite nicaragüense tenía su propio Club Social en un cerro cercano a la catedral. Una pequeña comunidad china, encabezada por varias familias de comerciantes, tenía su propio club y cementerio. Algunos de los negocios más importantes eran la tienda de textiles y herramientas de Hüpper, la de utensilios para el hogar de Lau, la floristería Leytón, la tienda de suplementos industriales de Mixter, la compañía de transporte Siles y el restaurante "Tante Mari" de María Uebersezig. Mr. Potter pretendía que los huéspedes de su hacienda vistieran formalmente de frac para cenar y Mr. Wiley organizó el primer transporte de camiones que bajó de Matagalpa a las tierras bajas. El doctor Josephson atendía los problemas médicos de los matagalpinos de la alta sociedad. Entre las familias con las plantaciones de café más grandes estaban los italianos Vita, los norteamericanos Hawking y Sullivan, y los alemanes Boesche. Hace medio siglo Matagalpa tenía su propia sala de cine, plaza de toros y estación de trenes, ninguna de las cuales existe hoy.

Un periódico escolar matagalpino describía el pueblo en 1954, con "sus barrios irregulares, pedrosos y húmedos".
El ambiente de este pueblo es nariz de perro. Metido en un hoyo y soplado por los vientos hace circular un frío de luna de miel por las calles. Las casas son edificios en su mayoría de cemento armado o así lo parecen, propiedades de ricos cafetaleros; las hijas de estos señores se educan en los mejores colegios de Managua, Granada, León y Estados Unidos, así que no se crea que en Matagalpa hay sólo ignorantes... Matagalpa no es localista. Aquí a los chinos, turcos, yankes, jinotegas, alemanes y hasta un ruso que vive extraordinariamente, se les considera como a nativos. Bueno, los indios no son nativos.

Matagalpa tiene prácticamente dos avenidas largas de casas seguidas, generalmente hay en cada casa una venta, el pueblo da la sensación de un mercadito. Todos venden. Es el segundo departamento en comercio después de Managua, especialmente la salida a Jinotega... El Mercado Viejo, que es un Nuevo Mercado, heterogéneo y simpático, donde hay barberías, zapaterías, comiderías, pulperías y un apretujamiento humano que hace ver la necesidad de edificar colonias» .

Matagalpa y toda la región norte-central fue más afectada que la mayoría de las otras áreas de Nicaragua por el desarrollo político, económico y cultural de Honduras, El Salvador y Guatemala. La larga frontera con Honduras era excesivamente franqueable y muchas familias de las regiones fronterizas tenían miembros a ambos lados. Por más de un siglo, contrabandistas, trabajadores inmigrantes e intelectuales disidentes habían trasegado mercaderías e ideas a través de las fronteras, tanto para adentro como para afuera. Carlos Fonseca y Augusto C. Sandino eran sólo dos de los miles que buscaban refugio al otro lado de la frontera porque se hallaban en problemas con la policía en su propio país. La región de Matagalpa era también la puerta de entrada al norte de la Costa Atlántica, con sus minas de oro y sus asentamientos de indios miskitos y sumos.

A pesar de su carácter internacional, Matagalpa tenía la apariencia de un pueblo fronterizo cuando Carlos Fonseca estaba creciendo en los años cuarenta. En sus calles eran más comunes los caballos que los automóviles; así, las mercaderías eran transportadas en carretas de bueyes. Cada hotel, aún los de más categoría, contaban con un poste para enganchar las riendas de los caballos y un montoncito de heno. Los caminos que llevaban en las afueras del pueblo hacia las plantaciones de café eran transitables por carros y camiones sólo durante la estación seca, de enero a mayo. La mayoría de los negocios estaban conectados a la agricultura -comerciantes de café, herramientas y concentrado, productos veterinarios. Los matagalpinos de todas las clases sociales estaban estrechamente relacionados con el campo y
familiarizados con la vida rural. Las familias ricas como los Vogl y los Vita tenían sus residencias principales en sus haciendas de café, aunque también mantenían casas en el pueblo. Muchos de los compañeros de clase de Fonseca en la escuela secundaria, provenientes de familias de baja clase media, pasaban sus fines de semanas y vacaciones escolares en la finca familiar. Carlos mismo pasó temporadas con su tía abuela en el remoto poblado de Matiguás.

La vida comercial de Matagalpa se desenvolvía en torno al ciclo del café. Los tres o cuatro meses de la temporada de cosecha, usualmente comenzaban en diciembre, y en febrero los beneficios reventaban de café en grano, y propietarios y trabajadores tenían dinero para gastárselo en el pueblo. La mayor parte de las labores eran estacionarias, los caficultores empleaban muy pocos trabajadores permanentes en el año, pues a menudo contrataban a familias enteras, sólo para la temporada que duraba la cosecha. Durante el resto del año, llamado en Matagalpa la "temporada silenciosa", la mayoría de los cortadores de café regresaba a sus pequeñas parcelas a cultivar frijoles y maíz.

En la medida en que la producción del café aumentó en las montañas de Matagalpa, a finales del siglo diecinueve y principios del veinte, los antiguos campesinos autosuficientes fueron forzados a alquilar tierras para sembrar o lanzados tierra adentro, a la frontera agrícola. Entre las dos guerras mundiales, la producción de café en el departamento de Matagalpa se triplicó, en tanto que el número de personas identificadas en el censo como agricultores se redujo a la mitad. Pero esta expropiación no fue abrupta ni completa. Aunque el auge comercial del café favorecía a los grandes productores, un significante número de finqueros medianos permaneció hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cosechando café en pequeñas cantidades a la par que productos alimenticios para la venta y el consumo local.

Los cortadores de café y los campesinos de las montañas que circundan Matagalpa eran en su mayoría indios. Se ha dado algún debate académico sobre el tamaño de la población rural de las montañas que conservaba la identificación de indio en el siglo veinte. La perspectiva tradicional ha sido que una rebelión de los indios de Matagalpa, en 1881, representó el último gesto de resistencia con una dinámica étnica fuerte y que ya para las primeras décadas del siglo veinte la población entera de la región del Pacífico podía ser considerada mestiza. En Viva Sandino, escrito en 1974, Carlos Fonseca decía de los participantes de la llamada Guerra de los Indios de 1881, "no se trata exactamente de indios, sino de campesinos mestizos que se expresan en español, que no conservan ya su lengua autóctona, aunque racialmente presenten un dominante origen indígena".`

Los recientes estudios históricos de Jeffrey Gould representan una realidad considerablemente más compleja. Aportando una significante cantidad de evidencias de la región de Matagalpa, Gould ha demostrado que a pesar de las presiones como la pérdida de la tierra comunal, la discriminación racial y los reveses militares, la población indígena preservó algunos rasgos de su culturna y formas de organización social bien entrado el siglo veinte. No fue si no durante la Segunda Guerra Mundial que los indios de Matagalpa abandonaron sus trajes distintivos cuando, en el período de la guerra, un tratado con los Estados Unidos, sobre la producción de algodón condujo al fin del cultivo de dicha planta en las montañas. Al menos hasta los años cuarenta, la población indígena de Matagalpa, aunque considerablemente más pequeña que la de principios de siglo, aún se identificaba a sí misma como india y hablaba un dialecto distintivo "casi cantando", según lo describe la historiadora local Pinita Arnesto. En un escrito de principios de los sesenta Pinita hizo una detallada descripción del vestido, costumbre, lengua e instrumentos de los indios, haciendo ver que los que una vez vivieron en las proximidades del pueblo, habían sido retirados cada vez más y más a la profundidad de las montañas.` Los miembros de las comunidades indígenas eran identificados como indios por sus vecinos y empleadores y eran discriminados en lo social y económico. Durante el período de la post-guerra persistieron los elementos de conciencia étnica mezclados con los de clase, entre los cortadores de café y campesinos de la región de Matagalpa.

En los años treinta y cuarenta, durante la juventud de Carlos Fonseca, los indios de las afueras se congregaban a una cuadra de su casa, en la Plaza Laborío, para buscar trabajo. Muchas de las cañadas, o asentamientos rurales de indios, mantenían en la ciudad casas para sus miembros. El Cementerio de los Indios se hallaba no lejos de donde los ladinos, o hispanohablantes, eran sepultados. Para el Día de Año Nuevo los indios marchaban hacia Matagalpa, algunos con sus vestidos tradicionales. Al final de cada desfile, el "alcalde de vara" de los indios, designado para el año siguiente, recibía las insignias de la autoridad, un bordón con borlas de hilo. Hacia los años cuarenta estos jefes indios habían sido en su mayoría cooptados y convertidos en agentes del Estado. Una de las responsabilidades del hombre seleccionado cada año para recibirla vara, por ejemplo, era llevar a los indios a votar en las elecciones a favor del candidato somocista. El enrolamiento de los indios en los partidos liberal y conservador tenía una enredada historia que se remonta por lo menos a comienzos del siglo. Los caficultores de Matagalpa atacaron agresivamente a los trabajadores indios por dos tipos de poderes legales. Los cafetaleros querían la prohibición de la propiedad comunal de la tierra, una causa tradicionalmente liberal, pero también querían leyes aprobatorias del trabajo forzado, una demanda usualmente conservadora. Gould ha demostrado cómo los líderes liberales y conservadores trataron de implantar las políticas de la tierra y el trabajo demandadas por los caficultores, a la vez que procuraban evitar la resistencia india y, de ser posible, apelar al apoyo electoral de los indígenas.

Las relaciones laborales en las zonas cafetaleras de montaña tenían más en común con el pasado colonial que con la producción enteramente capitalista. Las formas precapitalistas, incluyendo el trabajo forzado de los indios y el endeudamiento por peonaje, persistió en Matagalpa y el vecino departamento de Jinotega hasta la primera mitad del siglo veinte. Con muchos más bajos rendimientos y elevados costos de transportes que otros productores centroamericanos de café, los nicaragüenses sólo podían competir pagando bajos salarios, requiriendo cortadores para trabajar largas jornadas diarias de extenuante labor física, sin la maquinaria disponible en otras partes y forzando a los trabajadores a aceptar como salario productos alimenticios a elevados precios en las ventas de los mismos hacendados. El racismo en contra de los indios justificaba que en Matagalpa el pago por el trabajo fuera más bajo que en otras partes de Nicaragua, apenas la mitad del salario de un cortador de la región cafetalera cercana a Managua. Las políticas de crédito usurario permitían a los cafetaleros adquirir la tierra de los pequeños propietarios, contaban además con la cooperación de la Guardia Nacional que perseguía y encarcelaba a los indios que aceptaban adelantos de dinero en efectivo y que intentaban irse de la hacienda antes de que pasara la cosecha."

Un mes antes del nacimiento de Carlos Fonseca, el Jefe Director de la Guardia Nacional de Nicaragua, Anastasio Somoza García, derrocó al presidente electo, el liberal Juan Bautista Sacasa en un golpe respaldado por sectores del movimiento obrero. Dos años antes, Somoza había ordenado el asesinato del guerrillero general Augusto C. Sandino y supervisado la persecución y exterminio de la mayoría de los jefes del ejército de Sandino. Tan pronto como llegó a ser presidente, en 1936, Somoza se embarcó en políticas diseñadas para consolidar su régimen a través del fortalecimiento del aparato estatal y su fuerza policial, la Guardia Nacional. Él disfrutó de un éxito considerable incorporando sectores populares, en particular trabajadores urbanos, dentro de la maquinaria electoral de su Partido Liberal Nacionalista. El refuerzo de Somoza de las políticas crediticias y laborales beneficiando al capital exportador como un todo, le sirvió de base para una serie de acuerdos políticos con el Partido Conservador.

Los estudios sobre Nicaragua, posteriores a 1979, han hecho énfasis en el conflicto político y económico entre la familia Somoza y otra parte de la burguesía nicaragüense, pero el historiador Knut Walter alega persuasivamente que los veinte años de gobierno de Anastasio Somoza García (1936-1956) fueron "un esfuerzo no interrumpido en la formación de una alianza política y social", que resultó ser un éxito considerable. Un poder, cuidadosamente construido para compartirlo entre liberales y conservadores, según Walter, condujo a los cimientos de un estado estable "dentro del cual los productores de café y algodón, hacendados y ganaderos, industriales y comerciantes todos podían prosperar en una atmósfera tranquila". El estudio de Jaime Biderman del desarrollo del estado y la agricultura en Nicaragua durante el siglo veinte, igualmente concluye que el gobierno nicaragüense, además de servir a los intereses de la familia Somoza, "también dio respuestas a los requerimientos generales de acumulación de capital y a las necesidades de distintas fracciones de la clase capitalista". Amalia Chamorro ha utilizado el concepto gramsciano de hegemonía para Nicaragua, argumentando que Somoza gobernó no sólo mediante un aparato represivo altamente desarrollado sino también mediante una "parcial hegemonía", basada en un amplio apoyo de la burguesía de ambos partidos políticos, el respaldo de los Estados Unidos, elecciones regularmente programadas que en lo formal eran democráticas, la imagen de un estado modernizante, y la demagogia populista con  las clases bajas, particularmente con la laboral. Jeffrey Gould ha examinado en detalle la retórica populista y la imagen pro obreros cultivada por Somoza en los años cuarenta. Estos estudios revisionistas concernientes a las administraciones de Somoza García y de sus hijos Luis y Anastasio Somoza Debayle representan un desafío convincente para el estereotipo de la Nicaragua somocista como el feudo de una poderosa familia, una nación gobernada por una "dinastía", una "mafiocracia," o como diría un académico un "pretoriano régimen patrimonial" basado en "la exclusión política de las clases altas".

La consolidación del régimen somocista en Matagalpa en los treinta y principio de los cuarenta era un reflejo del proceso seguido en el resto del país. Matagalpa que era una plaza fuerte de los conservadores, prosperaba bajo el gobierno liberal de Somoza. Los precios del café subieron, los costos de la producción agrícola se mantenían bajos y el estado invertía dinero en la construcción del tipo de infraestructura que los exportadores necesitaban.

Los métodos de Somoza producían resentimientos y oposición. Sus amigos y parientes y los miembros del Partido Liberal Nacionalista obtenían trato preferencia) para los altos cargos en los nuevos trabajos y recibían su buena porción de las tierras y negocios confiscados a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos jóvenes miembros del Partido Conservador objetaban que su liderazgo pactara con Somoza por cuotas de poder. Una manifestación antisomocista irrumpió en Managua y León en 1944, conducida por jóvenes conservadores y disidentes liberales que defeccionaron del partido de Somoza para formar el Partido Liberal Independiente (PLI).3L Esta movilización encontró eco entre la juventud conservadora en Matagalpa. Estudiantes del Instituto Nacional del Norte, INN, publicaron varios números de un periódico llamado Vanguardia Juvenil al final de los años cuarenta. Estos estudiantes inconformes pudieron haber influenciado a Fonseca, aunque él no ingresó al INN hasta 1950. En 1947, cuando Carlos tenía sólo once años, él y un amigo juvenil, Manuel Baldizón, abandonaron el grado de su escuela en protesta porque su maestra anti-somocista, Lucidia Mantilla, fue destituida. Los chicos finalizaron el año escolar asistiendo a clases en la casa de la profesora Mantilla.

Doris Tijerino, nacida en Matagalpa en 1943 y más tarde dirigente del FSLN, ha descrito el enrolamiento de su madre conservadora en actividades de la oposición radical.34 Lo de la madre de Doris, no obstante, fue algo excepcional entre los terratenientes conservadores matagalpinos. En Matagalpa, como en las demás partes del país, las familias conservadoras ricas habían hecho las paces con el gobierno de Somoza al final de los años treinta. Las familias de propietarios inmigrantes, por su parte, siempre habían evitado involucrarse con los liberales o con los conservadores. Y algunos aristócratas de Matagalpa, como el padre de Fonseca, Fausto Amador, simplemente se cambiaron de bando, pasándose del de los conservadores al de los liberales. Ellos estaban en buena compañía: el liberal más poderoso de todos en Nicaragua, Anastasio Somoza García, era hijo de un caficultor conservador. La diferencia programática era mínima en todo caso.

Siguiendo la corriente capitalita posterior a la Segunda Guerra Mundial, la economía nicaragüense experimentó un auge durante los cincuenta y aún más en la década siguiente. La producción de algodón se disparó hasta llegar a ser el principal producto de exportación del país; la producción y los precios del café se elevaron; y hubo un aumento rápido de empleos para la clase media en la burocracia estatal y las profesiones. A mitad de los cincuenta, Carlos Fonseca y un grupo de amigos adolescentes comenzarían a expresar su enojo moral por las miserables condiciones de vida, salud y analfabetismo de los trabajadores, campesinos y cortadores de café de la región de Matagalpa. En el contexto sin precedentes de riqueza para las clases dominantes, especialmente los capitalistas exportadores y el complaciente bienestar de la clase media, la pobreza y explotación sufrida por la mayoría de la población de Nicaragua resultaban intolerables para estos estudiantes de secundaria.

Las ideas políticas y sociales del joven Fonseca emergían en un medio donde resonaban una variedad de tradiciones opositoras. Hacia principios de los cincuenta, al menos cinco tipos de sentimientos antisomocistas o antigubernamentales se habían dejado oír en la región de Matagalpa y sus alrededores.

El primero fue el tradicional o de la oposición burguesa, representada especialmente por el Partido Conservador, aunque tambien por el ala somocista del Partido Liberal, el PLI. La resolución de los nicaragüenses ricos, liberales o conservadores, para oponerse al régimen estaba limitada por el hecho de que ellos se beneficiaban de un sistema administrado efectivamente bien por Somoza. En 1950, el "Pacto de los Generales", apadrinado por los Estados Unidos formalizó el reparto del poder entre los liberales de Somoza y la principal corriente de los conservadores. No obstante, había una división generacional dentro de la oposición tradicional, un grupo más joven, más orientado a la acción y menos subordinado apareció en la escena hacia los años cuarenta. En Matagalpa éste estaba representado por jóvenes como Tomás Borge, Guillermo McEwan, los hermanos Vargas y Ramón Gutiérrez; la mayor parte de ellos provenía de familias conservadoras y eran estudiantes del INN, al final de los cuarenta.

La región también tenía una larga historia de resistencia indígena contra los españoles y la dominación ladina, representada especialmente por la rebelión de los indios en 1881 en Matagalpa. En las primeras décadas del siglo veinte, la población indígena de las norteñas tierras montañosas, buscaba en las distintas corrientes de los partidos liberal y conservador, protección contra el despojo de sus tierras y derechos políticos. En los veinte, el propio tío abuelo de Fonseca, Sebastián Amador, había desatado una ola de terror contra las comunidades indígenas de los alrededores de Matagalpa. Carlos y sus amigos adolescentes comprendían que muchos de los pobladores rurales de su región todavía se consideraban a sí mismos indios, pero los estudiantes tendían a mirar la resistencia de los indios como algo de interés histórico antes que como una tradición viviente. Ellos repudiaban el racismo y la brutalidad con que los cafetaleros y la Guardia Nacional trataban a la población indígena, pero las actitudes de estos mismos estudiantes tendían a ser paternalistas. Aún después de la formación del FSLN, Fonseca y sus seguidores, nunca realmente comprendieron la profundidad de la identidad étnica en Nicaragua ni avanzaron más allá de su posición paternalista.

Un resentimiento bipartito de la intervención militar y económica de los Estados Unidos yacía en el corazón de la tercera tradición. Matagalpa y sus provincias aledañas habían sido un centro de la ocupación de los marinos norteamericanos, desde mediados de 1927 hasta 1932, y todavía dos décadas más tarde, el maltrato a los nicaragüenses por parte de los ocupantes, pero particularmente su abuso con las mujeres nicaragüenses levantaba encono. Aunque el régimen de Somoza había hecho mucho para borrar la historia de la lucha de Sandino en contra de los marinos, al menos en las áreas urbanas persistía este generalizado ánimo anti-intervencionista. Los ideólogos de ambos partidos tradicionales apelaban al sentimiento anti yanqui, aunque a la vez tenían relaciones políticas y de negocios muy cercanas con los Estados Unidos. Los conservadores precisamente pintaban al liberal Somoza y a la Guardia Nacional como criaturas de los Estados Unidos, y los liberales, con igual justificación señalaban que los presidentes conservadores habían cedido los derechos sobre el canal de Nicaragua en el impopular Tratado Chamorro-Bryan y habían sido los que pidieron la intervención de los marinos. No hubo una contraparte cultural a estas expresiones de nacionalismo político de los líderes conservadores y liberales. La burguesía nicaragüense y la clase media, a lo mejor a causas de su pequeño tamaño, nunca desarrollaron una cultura nacional y permanecieron demasiado orientados hacia los Estados Unidos. Los nicaragüenses ricos iban a la escuela en los Estados Unidos, allí compraban su ropa, preferían hablar inglés en reuniones sociales, leían las versiones originales de las novelas de romance y misterio norteamericanas y amueblaban sus casas como si ellos vivieran en Miami o Nueva Orleáns. Los cines nicaragüenses presentaban las películas de Hollywood, a menudo en inglés sin subtítulos. Las normas culturales de los ricos eran traspasadas a los pobres -la única decoración en las chozas campesinas lejanas a la capital era a menudo los recortes de las páginas de la revista Life. Antes del FSLN, el único desafío a la dominación norteamericana sobre la vida intelectual, provino de la derecha, pese a la atracción de algunos cabecillas intelectuales nicaragüenses de los treinta y cuarenta al falangismo católico.

La cuarta tradición opositora, y la única con respaldo significativo de la clase trabajadora, fue la del Partido Comunista de Nicaragua (Partido Socialista de Nicaragua, PSN). Cuando primero se estableció como una organización legal durante la Segunda Guerra Mundial, el partido había dado su respaldo parcial a Somoza. Entonces fue hábil para usar su legalidad y el espacio abierto por el código laboral de Somoza y desempeñar un papel  significativo en el control del movimiento obrero a la izquierda de los sindicatos somocistas.

La tradición última, la más importante para Fonseca en los sesenta y setenta, fue la abanderada por Augusto C. Sandino. En los primeros años cincuenta, a pesar de una violenta campaña para exterminar a los combatientes de Sandino y una cruzada ideológica para pintarlo como a un bandido, allá en los montes quedaba gente que había combatido en el ejército de Sandino o que le habían dado su apoyo. Casi una década más tarde, Carlos Fonseca mismo, se impondría la tarea de buscar por todo el norte de Nicaragua a estos antiguos sandinistas y aprender todo lo que él pudiera de ellos. Pero eso sería más adelante aún. Cuando Fonseca estaba en sus años finales de educación secundaria, la tradición sandinista le era menos real que ninguna otra. Y no había referencias a Sandino en las revistas culturales en las cuales Fonseca expresó al principio sus ideas políticas y sociales en 1954 y 1955.

estas luchas. Él era residente de León en 1958, y la plaza central de Sutiava está a menos de una milla de la universidad.
Los eventos durante el curso de 1958 fueron, no obstante, empujando a Fonseca en la dirección de una ruptura con el PSN. Igual que otros estudiantes radicales de Nicaragua y alrededor de América Latina, él estaba siguiendo con creciente entusiasmo lo que estaba pasando en la isla caribeña de Cuba.

Internet para Nika www.manfut.org, Eduardo Manfut P.