MINIBIOGRAFIA
de un Médico Héroe

En 1977 comienzan las acciones militares en Nicaragua;  tanto en el Norte, en el Sur, como en la interna Nicaragua.
Estado Mayor del Frente Norte
Daniel Ortega era el jefe del Frente Norte. El segundo jefe, era Tirado López, y existía un Estado Mayor, donde estaban Francisco Rivera Quintero (El Zorro), Joaquín Cuadra, Germán Pomares (El Danto) y Óscar Benavides.
 

En abril de 1979 se producen la segunda insurreccion,

Dos columnas del FSLN se toma la ciudad de Estelí en la Semana Santa de 1979 al mando de los comandantes Francisco Rivera (Ruben "El Zorro") y Juan Alberto Blandon (Froylan), entrando el domingo 8 de abril a eso de las cuatro y media de la tarde siendo esto la acción principal de todo un plan militar que contemplaba ataques y golpes a otras ciudades de menor importancia, entre ellas, Achuapa, Condega, Limay, San Rafael del Norte y Santa Cruz, lo que permitió crear un cerco sobre las principales carreteras y caminos que comunican con Estelí.
 
 

A cuatro días de estar tomada la ciudad y luego infructuosos intentos de la guardia por recuperarla a pesar de haber utilizado  tanquetas sherman, la aviación, morteros de 60 y 81 milímetros, se empieza a cercar la ciudad utilizando una fuerza casi de dos mil hombres, la mayoría de ellos pertenecientes a la EEBBI, fuerza especial comandada por el hijo de Somoza ahora residente y libre en Guatemala.

el 13 de Abril se retiran las columnas sandinista de Estelí, el día anterior había caído en combate Juan Alberto Blandón ( Froylán) -- Jefe de la toma.

El Comandante Francisco Rivera " El Zorro" lo sustituye y organiza la retirada.

Cuando Rubén recibe la orden de retirarse de la ciudad, después de seis días de resistencia heróica, se fortifican considerablemente las barricadas que el pueblo esteliano habia levantado.

Esta decisión sirvió para despistar a las fuerzas represivas del tirano Somoza pues estos pensaron que los combatientes se preparaban para resistir, son embargo, a partir de las seis de la tarde, niños, mujeres, ancianos que sobrepasaban el millar empiezan a abandonar sigilosamente en Compañia de Guerrilleros sandinistas la inclaudicable Estelí.

La retirada se hizo por el Barrio El Calvario, pasando detrás del Instituto Nacional, hasta cruzar la carretera panamericana y atravesar la quinta de la barranca a escasa distancia del cerco que había levantado el enemigo, continuando en dirección sureste hacia el Cerro Tomabú aproximadamente a unos diez kilómetros de Estelí frente a la Comarca Santa Cruz.

Mas de un millar de estelianos dando muestra de valentía, arrojo y coraje revolucionario abandonaron la ciudad al lado de los combatientes sandinistas, burlando el cerco genocida. En este lugar se improvisa un campamento, se forman escuadras de aprovisionamiento, se montan emboscadas para garantizar la seguridad del centro de operaciones y se empieza a evacuar  a los heridos hacia otros puntos que ofrecieron mayor seguridad.

En el Tomabú se da cierta depuración y se envía a algunos compañeros a Estelí para restaurar el trabajo urbano que se había caido debido a la insurrección de Septiembre, por otro lado, otros compañeros desplazados a Managua y otros lugares del país para integrarse a las columnas urbanas a fin de realizar trabajos de correos, abastos etc. no obstante la mayor parte de las personas que salieron de Estelí se quedaron en la guerrilla.

En la historia de la guerra de la liberación de la dictadura somocista esta acción militar de mucha valentía, de  evacuar mas de u millar de personas burlando el doble cerco militar montado por la Guardia Nacional fué objeto de la más grande admiración, lo que motivó  a la dictadura desatar una mayor represión en la población.

En 1979 Junio-Julio se inicia la insurrección final, con mayor arrojo y decision hasta llegar al triunfo revolucionario en que Estelí es liberado un 16 de Julio de 1979. La Guardia Somocista sale en desbandada, hay euforia en el pueblo al conquistar la libertad y fue mayor con la huida de Somoza y sus secuaces el 17 de Julio y en Victoria definitiva el 19 de Julio de 1979. Por esa participación destacada del pueblo de Estelí en la lucha de liberación es que se le ha bautizado a nivel nacional e internacional como ESTELI HEROICO.

 En todo el departamento de Estelí a partir de estas acciones militares del Frente Sandinista se profundiza la crisis económica y política del régimen de Somoza que culmina con el paso Nacional y la Insurrección Final de Julio de 1979. El 16 de Julio de ese año la ciudad de Estelí es tomada por los Sandinistas y el 19 de Julio se derroca por las armas a la Dictadura Somocista.
 
 

De izquierda a derecha: Elías Noguera y el mítico comandante Francisco “El Zorro” Rivera. (Carlos Ernesto García)

ELÍAS NOGUERA
Como en un cuento de Juan Rulfo se puede escuchar el ladrido de perros a medida que descendemos hasta la casa del que un día fuera coronel del Ejército Popular Sandinista Elías Noguera, un ex combatiente sandinista originario de Boaco, pero cuya trayectoria como guerrillero se desarrolló desde principios de los años setenta en la región norte de Nicaragua.

Allí compartió múltiples hazañas al lado de los comandantes Germán Pomares (El Danto), muerto en Jinotega en los días previos al triunfo y Francisco Rivera Quintero (El Zorro), héroe de Estelí que se tomaría con sus columnas guerrilleras tres veces aquella ciudad y de quien Sergio Ramírez escribió un hermoso libro que narra una vida llena de coraje y determinación revolucionaria.

En 1975, después del golpe a la casa de Chema Castillo, llega la orden de irme a Cuba. Para entonces ya había recibido entrenamiento militar en una finca de Boaco y en Managua. Se trataba de unas escuelas donde existía un plan de organización y un programa de táctica militar que estaba ligado a la lucha, la supervivencia en la montaña; una formación relacionada con la utilización de las armas que incluían fusiles de cacería y de guerra con que contábamos por aquel entonces.

Cuando uno es joven aquello no es normal, depende sólo de un fin: aniquilar al enemigo. Pero como tenías una formación político-militar ¿verdad? ,vos sabías qué te estabas preparando porque iba a darse un enfrentamiento en donde te tenías que encontrar con el enemigo. Claro que no era fácil irte familiarizando con armas de fuego. Sin embargo, ¿en mí caso qué pasa?, que mi papá tenía una pistola del 38 y mis abuelos maternos también tenían escopetas del 22 porque eran dueños de una finca en Boaco, entonces yo tenía ciertos vínculos, mínimos, con las armas y no me asustaron.

  Yo no era miembro del Estado Mayor. Era parte del núcleo principal del Frente Norte que estaba compuesto como de sesenta allá en las cordilleras.

Nos desarrollamos, nos fuimos consolidando, aprendimos la táctica militar, nos cuidamos más, preparamos a otros compañeros, nos reprodujimos y entonces nos enviaron para distintos frentes.

A Hilario Sánchez a Leticia Herrera y a mí nos mandaron para Masaya, con Tapias, que después murió.

En un primer momento me trasladan para la periferia de Ocotal, con Facundo Picado y otro grupo pequeño, como de cinco. Con nosotros, venía Joaquín Cuadra como Jefe, pero después a él junto a la Dora María Téllez los enviaron a reforzar el Frente Interno. Después del ataque al Palacio, a la María Téllez la trasladan a Occidente.

Yo era jefe militar de seis columnas de las trece que tenía el Frente Norte.

El Zorro, que fue el que prácticamente me hizo tercerista era jefe del resto de columnas guerrilleras. Por la situación geográfica, estábamos divididos en dos sectores, él controlaba uno y yo el otro.

Desde el Cerro Cuba, que era donde estaba mi campamento central, mantenía comunicación con Pomares y con Hugo Torres que estaban en la retaguardia de Honduras, con Humberto Ortega y Joaquín Cuadra en Palo Alto.

Pomares, jefe de todo el Frente Norte, con el que teníamos dos años de no vernos llega a mi campamento con su columna guerrillera donde andaba Javier Carrión que era el segundo al mando de aquella columna. Entonces Pomares me dice: “Proponé la toma de una ciudad de aquí del Norte. Pensálo bien esta noche y mañana hablamos”.

Yo tenía en mente tres objetivos que eran: Ocotal, Jinotega y Matagalpa, porque Estelí acababa de salir de la toma y estaban en el repliegue.

El problema en Ocotal es que no había mucha base social y que era una ciudad muy despejada, plana, con pocos árboles y vegetación. En un repliegue, pude ver que se los comían vivos.

A Matagalpa, era mejor dejarla por último pues era el principio de lo que sería el desencadenamiento de la insurrección, no se quería someter a Matagalpa a un desgaste similar al de Estelí.

Se trataba sólo de golpear y salir, porque no se estaba hablando de tomarse la ciudad pues venía la ofensiva final.

Finalmente me decidí por Jinotega, donde nosotros teníamos un trabajo urbano y rural realizado.

Contábamos con el conocimiento del terreno.

Jinotega es montañosa y siempre está nublada, aunque sea en verano, lo que permite un fácil acceso.

A las seis de la tarde, ¿quién te ve ahí? Y para replegarte igual.

Germán Pomares aceptó la propuesta de que fuera la ciudad de Jinotega, pero lo que yo no sabía es que él iba a ir directamente a tomársela.

Francisco Rivera llega a la periferia de Estelí, cerca del municipio de Condega, al Cerro Cuba.

Acaba de salir del cerco de abril y anda en las proximidades regularizando sus columnas guerrilleras que habían sido seriamente golpeadas en la insurrección de Estelí de donde poco a poco fueron saliendo en grupos.

Había muchos heridos que evacuar para Honduras, para Sébaco y, me mandó alguna gente hasta el Cerro Cuba para que fueran atendidos.

Miles de jóvenes, de mujeres, de viejitos, de niños que salieron de Estelí a los que teníamos que organizar.

Llegaron exhaustos, sin munición, desarmados.

El Zorro habló con Pomares para que este no se fuera a realizar esa acción en Jinotega e intento convencerle para que se quedara dirigiendo las acciones desde el Cerro Cuba, donde inclusive habían condiciones para la defensa.

Este cerro es montañoso, grande y está cerca de Estelí, del teatro de operaciones, de una gran colaboración campesina.

Había donde comer porque existen muchas haciendas de ganado, la comunicación era factible para la gente de a pie como para los vehículos y adecuado para la transmisión por radio.

Era un cerro muy alto y te comunicabas perfectamente bien con Honduras, con Costa Rica y con todos los frentes guerrilleros, además de que también contábamos con un buen puesto médico con cirujanos experimentados.

Pomares atacó Jinotega, donde fueron encajonados a las orillas de la ciudad y Javier Carrión, el segundo al mando, toma la decisión de replegarse porque tras un combate de cinco días en Jinotega el objetivo se ha cumplido.

Durante la retirada, Germán Pomares es alcanzado por una bala, que le perfora el abdomen.

El 22 de mayo por la noche él se sintió aparentemente un poco mejor y entonces dijo: “Ya no me muero”.

Al día siguiente fue sincero, era fuerte de carácter y dijo: “Voy a morir”. Él supuso que era peritonitis, porque la bala le quedó adentro de los intestinos y de eso murió el 24 de mayo de 1979.
 

Muere meses, semanas, días antes del triunfo de la revolución.

Entre nosotros había una relación de amistad muy grande, yo diría casi paterna, por eso le decíamos El Viejo y él te miraba como diciendo soy tu papá, o tu tío.

En términos políticos y militares era como una enciclopedia.

La experiencia que él tenía era extraordinaria. A pesar de su extracción campesina era culto y le gustaba estudiar. Él se alfabetizó en el Frente si no me equivoco. Era un hombre al que le gustaba leer.

Tenía un espíritu de superación increíble. Fue uno de los fundadores del FSLN y creo que es el único que participó en todas las gestas del Frente desde que se fundó y mucho antes anduvo metido.

Estuvo en el Frente Norte, y se fue a combatir al Frente Sur, ahí anduvo como seis meses, como quien anda de vacaciones.

Y voló duro allá en el Frente Sur. Un hombre valiente y de grandes convicciones, fuerte, le decían “El Danto”.

Tras la muerte de Pomares, El Zorro asume la jefatura del Frente Norte, y yo paso a ser el segundo jefe.

A Francisco Rivera lo conocí en Honduras en 1976 en una escuela militar, en la ciudad, y después nos conocimos en el campo, y a partir de ese mismo momento trabamos una buena relación y llegamos a ser grandes amigos. Mejor dicho, hermanos, prácticamente.

Estuvimos muchos años juntos, como tres años anduvimos compartiendo toda la actividad revolucionaria.

Cuando llegamos a Estelí, nos encontramos con El Zorro al que habían enviado solamente con lo del pasaje y cinco córdobas. Informó que se habían preparado las condiciones para la insurrección y luego agregó que él, Facundo Picado y yo íbamos a ser miembros del Estado Mayor.

A la semana ya éramos cuatro porque posteriormente se integró Aráuz. Así, pasé a ser miembro del Estado Mayor de la insurrección que se estaba preparando para todo el Norte.
Un buen día, con Facundo Picado decidimos asaltar el Banco Nacional de Desarrollo. Preparo a la gente militarmente y recabamos información de Ocotal.

Allí participamos cinco compañeros.

Yo dirigí el operativo y a última hora se incorporó Facundo Picado porque los otros compañeros no tenían experiencia militar, los únicos éramos él y yo.

Era una situación difícil porque se trataba de asaltar un banco en el centro de la ciudad, en Ocotal.

Se tomó la decisión en la noche, horas antes. En el fondo, yo no estaba de acuerdo con que Facundo participara en la acción, porque si se frustraba podíamos morir los dos que ya éramos miembros del Estado Mayor de la insurrección de septiembre, pero por suerte el asalto fue un éxito recogimos el dinero y conseguí llegar a Estelí.

Eran cerca de 80.000 córdobas, es decir casi 10.000 dólares, y como El Zorro nos había llevado apenas 5 córdobas, nos sentíamos millonarios. Nadie tocó un sólo centavo. Me traje el dinero para la capital, y se lo entregué a Joaquín Cuadra, quien me contó que apenas sí tenía veinte córdobas, para la estructura de Managua.

Entonces esos córdobas se distribuyeron por toda Nicaragua. Se mandó plata para León, Chinandega, Masaya, Granada, y a nosotros nos quedaron 10.000 córdobas para repartir en Estelí.

Inmediatamente comenzamos a entrenar a los nuevos combatientes.

Nosotros mismos terminamos de refrescar algunos conocimientos.

Se había decidido ya que el enfrentamiento iba a ser en la ciudad. Realizamos simulacros de la toma y defensa de localidades con ataques al comando central y sus guarniciones. La gente tenía que hacer barricadas con puestos de tiradores y combatir en la ciudad.

Esto lo hacíamos en casas de seguridad, en pequeños grupos de cuatro, de cinco, hasta de diez, en fincas que estaban en la periferia de Estelí.

Teníamos colaboradores en la cooperativa Transportes Unidos en la que había un aparcadero grande donde metían camiones inmensos.

Ellos tenían una bodega a la orilla de la carretera que nos facilitaba la fabricación artesanal de niples, que son unos artefactos que llevaban dinamita y TNT. También fabricábamos minas antitanques.

Estábamos preparando a la gente que ya había tenido algunas experiencias y también a otra que se había incorporado recientemente a la guerrilla.

Esta agrupación ya no es para luchar en la montaña, muchos de ellos trabajaban en el reconocimiento de la topografía, del casco urbano de Estelí, en relación a la información del enemigo, de la Guardia Nacional, conocer el comando internamente, cómo está distribuido, cuántos hombres, qué armas tenían, etc. Después del asalto al banco ya nos trasladamos definitivamente a Estelí, desde donde también íbamos a insurreccionar Ocotal. Una columna del Frente Norte que ya estaba en la montaña, donde se encontraba El Danto. Nosotros teníamos un infiltrado en la Guardia, que se llamaba Alejandro Guillén, un colaborador histórico del FSLN, desde los ‘60 al que todos en Ocotal conocían como El Macho. La gente creía que él era somocista.

En aquel tiempo, entre los combatientes sandinistas, existían varias categorías: Los “hombres arma”, había un gran contingente de milicianos, la gente que espontáneamente se organizaban allí en la ciudad y los reclutábamos. También orientábamos a nuestros cuadros para que captaran a nuevos combatientes.

Eran combatientes populares que desconocía que El Macho era colaborador nuestro. Él tenía muchos vínculos fuertes con los coroneles y por eso él entraba al comando a cada rato como el que entra a su casa. Ese hombre fue clave en el trabajo conspirativo pues nos dio toda la información del número de efectivos militares que había, qué armas tenían, la covacha del comandante ahí se la pasaba el día metido y les robaba los mapas. Me paseaba con él por Estelí donde la Guardia no me decía nada, porque como entraba con El Macho, con quien andaba para arriba y para abajo de la ciudad. Nos movíamos juntos por Ocotal y Somoto. Cuando pasábamos por los comandos que había allí nadie lo tocaba ni le decía nada. Me presentó a los guardias y todo fue tranquilo. Después yo ya le pasé a Alejandro Guillén, al El Zorro. Me trasladé en caballo a la montañita y llegué en la noche, sobre las siete más o menos y después a las 4 de la mañana, ya avanzamos de la montañita hacia la ciudad de Estelí.

Entramos el 9 de junio del 79. Para entonces León ya estaba insurreccionado, pues si no me equivoco se levantó el día 5 de junio. En Masaya ya se estaban dando algunos combates. En la ciudad de Matagalpa aún no había comenzado el accionar guerrillero. La información decía que se daban enfrentamientos en varios puntos de Nicaragua y que El Frente Sur estaba combatiendo ya.

Llegué a Estelí con mi columna de combatientes que contaba unos ochenta hombres. Penetramos por el barrio El Zapote, el mismo por el que habíamos entrado nosotros en septiembre del 78. Allí pasé por la casa de El Zorro. La columna la dividimos en dos grupos. Íbamos buscando El Calvario. Allí encontré a don Marcos, padre de Francisco Rivera, quien me preguntó por su hijo. Yo había estado clandestino en casa de don Marcos, así que ya nos conocíamos. En cuanto me vio me dice: “¿Qué pasó con mi muchacho?, dicen que lo mataron…” La Guardia decía que El Zorro había muerto en Estelí. Lo tranquilicé al contarle que estaba vivo.

el libro La marca del Zorro. Hazañas del comandante Francisco Rivera Quintero contadas a Sergio Ramírez (1989) de Sergio Ramirez es uno de los textos «canónicos» del testimonio sandinista.[2]

El libro está basado en grabaciones de video de conversaciones de una duracíon total de diecisiete horas realizadas en septiembre de 1988 con el «comandante Francisco Rivera Quintero, El Zorro de la película que fue la guerra de liberación de Nicaragua»

(13; véase Delgado, 1999: 37). En el prólogo, Sergio Ramírez subraya la subalternidad de la historia contada: « […] todo como un gran círculo trazado con pólvora que depunta en los días duros de una infancia proletaria vivida en un barrio marginado de Estelí, el lugar donde El Zorro nació en 1954, se cierra en 1979, también en Estelí, el lugar al que regresó tres veces en son de insurreción, hasta sellar la victoria» (13s.).

El Zorro como «combatiente clandestino desde la adolescencia, guerrillero de la montaña, caudillo militar por naturaleza, jefe de tres insurrecciones populares al frente del pueblo en las barricadas» (13), no solamente es el representante de todo un pueblo en su lucha contra la dictadura.

Su lucha también se inscribe en una continuidad de resistencia de las clases bajas «desde los albores mismos de la existencia del Frente Sandinista, cuando en los años de su infancia ayudaba en pequeñas tareas a su hermano Filemón Rivera, uno de los primeros soldados en alistarse en las filas de la lucha clandestina» (16) – una tradición que radica en mitos aún más remotos de luchas de «héroes, mártires y santos de catacumba» (ibid.).

En un acto de heroización y santificación por la experiencia vivida de los «territorios míticos de la montaña» (ibid.), El Zorro se vuelve uno de esos héroes y mártires, «un santo [...] , pues de verdad, la lucha por la liberación de Nicaragua se libraba entre santos y demonios» (15).

Al mismo tiempo, Ramírez insiste en la autenticidad y veracidad de la presentación del relato del comandante, que no obstante las intervenciones del autor y de otros (véase 13) conservaba el «halo fundamental que envuelve los acontecimientos del relato, la memoria misma del protagonista, siempre en vela» (13).

Se evoca la relación simbiótica entre autor y testimoniante: «La mano del escritor ha intervenido solamente para ordenar sus recuerdos en una estructura narrativa capaz de mostrar la progresión del círculo que su vida traza con pólvora, para que arda a los ojos del lector, metiéndome en la piel de El Zorro y en su propio lenguaje para exaltarlo en todos sus fulgores.» (14)

De hecho, en gran parte se lee el relato de Francisco Rivera Quintero como una ilustración o ejecución de la definición paratextual de coordenadas en el prólogo del autor.

Se cuenta en primera persona la vida y el actuar político-militar del protagonista, especialmente entre 1972 –su entrenamiento militar en Cuba (abril de 1972 – mayo de 1973) y su integración a la lucha armada en las filas de la guerrilla sandinista– y 1979 –la exitosa (tercera) insurreción en su ciudad natal Estelí en el norte de Nicaragua bajo su dirección, el 16 de julio, es decir, tres días antes del derrocamiento definitivo de la dictadura somocista y la entrada triunfal de los revolucionarios a la capital Managua.

En numerosos flashbacks se recrean su infancia y su juventud y se dibujan retratos de su familia, en particular, de su madre y padre. Precisamente en estos analepsis se reconstruye la subalternidad de su entorno familiar y social en un barrio de Estelí habitado por gente de las clases bajas y humildes.

Contado y grabado entre dieciseis y nueve años después de los acontecimientos y escrito desde una posición de poder –en el tiempo de la grabación y la publicación del relato, Sergio Ramírez fue vicepresidente de la República de Nicaragua y Francisco Rivera Quintero uno de los canonizados y legendarios comandantes de la revolución– este testimonio se volvió un documento «oficioso» de la historiografía del sandinismo gobernante, un testimonio metonímico del sandinismo tardío, institucionalizado.

Este carácter se recalca en elementos paratextuales, iconográficos e iconotextuales. Por ejemplo, el paratexto «Reconocimientos» le otorga casi un carácter oficial: «La grabación en video de las entrevistas fue realizada por un equipo de la Dirección de Divulgación y Prensa de la Presidencia de la República [...] / Los mapas fueron preparados en el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (INETER) [...] / La cronología es obra de Roberto Cajina, investigador de la Dirección Política del ejército Popular Sandinista [...] » (9).

Los seis mapas incluidos en el libro (véase 11, 79, 99, 119, 165, 189) siguen el camino de Francisco Rivera hacia la montaña, las operaciones militares del FSLN entre 1975 y 1976, la ruta de Carlos Fonseca poco antes de su muerte en 1976, las acciones del Frente Norte de 1977 a febrero de 1978 y el transcurso de la insurrección en Estelí en septiembre de 1978. La «Cronología selectiva» (279-297) presenta principalmente actividades militares de la guerrilla y de la Guardia Nacional así como sucesos políticos.

Era elaborada –así se dice en una nota de pie– con el propósito exclusivo de servir «como una referencia básica de los sucesos acaecidos a nivel nacional entre 1954, año en que nace Francisco Rivera Quintero, y el triunfo de la Revolución Popular Sandinista en julio de 1979» (279).

Cabe destacar que se logra este carácter semioficial solamente en base a fuertes intervenciones del autor Sergio Ramírez en el texto y una literarización del mismo. Con esto, el problema de la autenticidad, representatividad y veracidad de este testimonio se presenta como muy complejo, hasta que uno se debe preguntar si se trata de un texto histórico-documental o literario-ficcional.

En el texto abundan elementos que son constituyentes de la construcción del doble «contrato de veracidad» (Craft, 2000: 81) entre testimoniante y lector al igual que entre testimoniante y autor/escritor/agente. Está repleto de estructuras que se han tomado del relato/testimonio oral y que evocan la memoria del testigo como instancia de autenticidad: «no sé» (21), «se me ha olvidado cómo» (42), «se me viene un recuerdo» (47), «y ahora que reflexiono en mis recuerdos sobre aquel momento» (122), «de otros me iré acordando después» (152), etc.

Aunque Sergio Ramírez subraye que la elaboración de las grabaciones en video para la publicación del libro se realizó en cooperación con Francisco Rivera, no se puede admitir que se trata de un texto «sin mácula de adornos o acomodos» (13), como se dice en el prólogo, y tampoco se puede hablar de la «anulación del ego del escritor y su identificación incondicional con los protagonistas» (Narváez, 2000: 118), que fueron señaladas como rasgos típicos del testimonio, en general.

Ramírez no solamente da a entender que con la ayuda de una tercera persona  –el ya mencionado historiador Roberto Cajina– fueron recopilados, comparados y comprobados datos de acontecimientos, lugares geográficos, fechas y nombres. (véase 13) También en la organización del texto mismo no se puede pasar por alto las intervenciones del autor Ramírez.

Estas son fácilmente visibles en la división del texto en veinte capítulos y su «acompañamiento» paratextual por títulos que retoman fragmentos de oraciones del texto, pero evidentemente apuntan a una literarización del texto, como por ejemplo: «Un río de aguas bermejas» (19), «Un hombre singular» (33), «Me había llegado la hora» (59), «Siete compañeros a las siete de la noche un siete de noviembre» (109), «La chispa estaba prendida» (159), «Metidos en la ratonera» (219), «El fin de un largo viaje» (267), etc.

Esta literarización está reforzada por las últimas palabras de los capítulos, que con frecuencia expresan reconocimientos y conclusiones generales («Otros tiempos nacían, otro día nos amanecía. Estábamos en el camino de nuevas victorias, y ya nunca más nos íbamos a quedar esperando que nos mataran, uno por uno», 201) o sirven como puente hacia el siguiente capítulo («A las pocas semanas, estaría por segunda vez peleando dentro de Estelí», 217), una técnica que es típica de toda la obra narrativa de Sergio Ramírez. Es decir, el texto se inscribe en una tradición literaria del autor.

También la relación entre intelectual y subalterno se presenta como muy compleja y conflictiva, de ninguna manera puede ser reducida a la postulada subordinación del escritor al testimoniante. El sujeto-narrador (Rivera el guerrillero) en su humildad y modestia es destruido por el autor (Ramírez el intelectual y vicepresidente de la República).

La mayor dificultad en la producción de este testimonio, así escribe Ramírez en el prólogo, consistía «en derrotar su modestia, sacarlo del anonimato en que siempre quiere refugiarse, vencer su humildad, obligarlo a usar el yo y abandonar el nosotros en el que trataba de perderse» (14). Finalmente, esta deconstrucción resulta en la construcción de un nuevo Yo, de un nuevo sujeto histórico representativo de todo un proyecto.

En un ensayo el crítico nicaragüense Leonel Delgado argumentó que esta singularización del nuevo sujeto histórico no se da espontáneamente como en el testimonio «fundador» sandinista de Omar Cabezas, sino es reconstruido desde una posición de la «política correcta», «señalando al subalterno su lugar en la historia y el pragmatismo político necesario para figurar en lo letrado, espacio, que es, a la vez, [...] el de la historia y de la literatura» (Delgado, 1999: 38).

El subalterno sube al círculo de los «letrados», pero a costo de la definición de la «voz correcta» de los subalternos por los intelectuales. ¿Dónde queda entonces, pregunta Delgado, el espacio para el «´otro subalterno´, no nacional-sandinista, no ´hombre nuevo´, no universitario» (ibid.)?

«Metido en la piel de El Zorro»: con este título del prólogo Sergio Ramírez pretende haberse puesto en la persona de Francisco Rivera Quintero y así al servicio de los subalternos, para prestar oídos a su voz auténtica. ¿No será más apropiado decir que El Zorro fue comprimido entre las dos tapas del libro de un escritor reconocido, miembro de las clases medias privilegiadas y además en ese período de la élite política del país: «metido en el libro de Sergio Ramírez»? ¿No perdió El Zorro así definitivamente su subalternidad, que ya le fue escapando cuando se volvió un líder de los sandinistas triunfantes y que solamente sobrevive como ficción (literaria)? Sergio Ramírez mismo explícitamente señaló la construcción («Konstruiertheit») del texto.[3]

La primera y más importante intervención que él como autor tenía que hacer en la elaboración de las grabaciones de video para la publicación en forma de libro había sido la de revisar y cambiar el habla del comandante Francisco Rivera, caracterizada por la jerga política sandinista de esa época, y su sustitución por el habla popular, para dar el texto un mayor grado de autenticidad – la construcción de un subalterno ideal por la deconstrucción del subalterno real.

Con este texto, Sergio Ramírez sigue aferrado a una de las pretensiones fundamentales del testimonio: reconstruir la verdad histórica desde abajo, desde los margénes. Conserva la posición que es posible contar la verdadera historía, en confrontación con las opresiones y omisiones de la historiografía oficial, al igual que en otro texto suyo con que incursionó ya en los años setenta en el subgénero testimonial.[4]

Sin embargo, al mismo tiempo destruye una de las últimas bastiones del discurso testimonial, para el cual la veracidad del testimonio fue garantizada precisamente porque se incorporaba «en su palpitación directa la tradición oral de raíz popular» así como «el discurso coloquial y la diversidad de matices sociolectales ahí impresos» (Zavala, 1990: 291). En La marca del Zorro el «habla popular» se ha vuelto definitivamente en un producto artificial/una obra de arte. Con esto, el libro marca una crisis del testimonio, o más preciso del discurso testimonial, que es muy significativa de los cambios en la narrativa centroamericana a finales de la década de los ochenta, especialmente respecto a la relación entre Historia y ficción.
 
 
 



Omar Cabezas Lacayo, político y escritor, (1950 - ).

Omar Cabezas nació en León (Nicaragua) en 1950. Prominente miembro del FSLN formó parte de la Junta de Comandantes de la Revolución Sandinista y después del período revolucionario ha editado varios libros. Entre ellos el titulado: "La montaña es algo más que una inmensa estepa verde" (1982) donde cuenta sus vivencias como guerrillero en la lucha contra la dictadura de Somoza (en inglés se titula: Fire from the Mountain: The Making of a Sandinista ISBN: 0452258448).

En 1968 fue dirigente del Frente Estudiantil Revolucionario. Durante la insurrección luchó en el "Frente Norte" desde 1974 donde paricipó en la toma de Estelí.

Sus comienzos como escritor se dieron justo al triunfo revolucionario y animado por una redactora del Washington Post que había conocido en tiempos de la insurrección en Estelí. Cuando la Revolución cumple un año, el Ministerio de Cultura saca una revista que se llama Nicarahuac y allí publican un fragmento de sus primeros escritos.

Fue elegido miembro de la Asamblea Nacional de Nicaracua en las elecciones de 1990. Ha venido ejerciendo como Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos de la República de Nicaragua.

 
 

Prof. Jaime Herrera Chavarría

Investigador y escritor esteliano.
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Entrevista histórica de Marta Harnecker a Humberto Ortega (Parte I)

M.H.- La lucha armada del pueblo nicaragüense por su liberación ha sido una lucha larga. Conozco tu libro "50 años de lucha sandinista" donde desarrollas sus grandes hitos hasta 1975. Hace dos años atrás parecía, sin embargo, imposible una victoria tan cercana. ¿Qué determinó el gran salto adelante dado por el proceso revolucionario que culminó con el derrocamiento de Somoza y el somocismo?

H.O." Bueno, antes de contestar directamente a tu pregunta quisiera hacer una brevísima síntesis de lo que expongo en el libro que tú mencionas, aunque es muy difícil hacer esto sin caer en simplificaciones y omisiones. El movimiento revolucionario que se integra en nuestro país en los años 30 con la lucha de Sandino...

M.H.- Que se integra o que se inicia.

H.O.- Bueno, nosotros decimos que se integra porque resume todos los esfuerzos anteriores de la lucha revolucionaria en Nicaragua, y, además, porque Sandino logra recoger las ideas más revolucionarias de su época y logra integrarlas en el proceso histórico nuestro. El indudablemente lo inicia y en su desarrollo va integrando una serie de factores políticos, ideológicos de carácter antiimperialista e internacionalista, de experiencia militar. Es en ese sentido que nosotros hablamos de integración. O sea, que los 7 años de lucha de Sandino contra los yanquis nos legan una serie de elementos históricos, programáticos, de criterio revolucionarios, que nosotros recogemos.

Es necesario recordar que, incluyendo las luchas de Sandino, se han dado ya en ese momento en Nicaragua cerca de 33 movimientos armados contra el imperialismo y contra la oligarquía, encabezados por las corrientes liberales que representaban a los sectores revolucionarios de aquella época.
La. lucha desarrollada por Sandino sufre un duro revés con su muerte y la de los demás miembros de su Estado Mayor. Pero, a pesar de ello, siempre se siguieron dando en el pueblo, de una u otra forma, respuestas a la opresión. Respuestas pobres, limitadas, dispersas, pero que se iban acrecentando poco a poco.

El ascenso mayor de esas luchas se produce en los años 50. Es en esa década cuando Anastasio Somoza García, fundador de la tiranía, es ajusticiado por Rigoberto López Pérez. Acción individual, pero que no fue un simple tiranicidio, sino que será como su autor lo expresó "el principio del fin de la tiranía".
Luego en el 58, cuando Fidel está en la Sierra, se inicia un movimiento armado encabezado por Ramón Raudales y al año siguiente la guerrilla encabezada por Carlos Fonseca. Desde 1958 hasta 1961 se dan cerca de 19 movimientos armados que buscan cómo enfrentarse a la dictadura.

El triunfo de la Revolución Cubana produjo una gran reactivación política. Impacto profundamente a nuestro pueblo que vio, en la práctica, cómo se podía derrocar a un tirano.

Esta fase de 1959 a 1960 representa la forja de condiciones para la creación de una vanguardia revolucionaria, capaz de ponerse al frente de la guerra revolucionaria y popular en la misma forma y con la misma certeza que Sandino.

En 1961, de la conjugación de varios grupos armados, surge al Frente Sandinista, como una alternativa distinta a las fuerzas que en ese momento lideraban la lucha contra Somoza, las llamadas paralelas históricas o fuerzas libero-conservadoras.

El Frente Sandinista presenta una alternativa nueva para esa coyuntura pero reconociendo los legados dejados por el movimiento revolucionario iniciado por Sandino.

Después de su fundación transcurre un largo trecho durante el cual, además de la experiencia orgánica y militar muy importante para el futuro del movimiento, el FSLN acumula fundamentalmente autoridad moral, abnegación, ejemplo, tenacidad, para poder llegar con ello a las masas y poder organizarías, para que las masas tengan confianza en su vanguardia. Durante ese período la represión somocista se orienta especialmente contra las guerrillas.

La acción más importante que hace el Frente para darse a conocer al mundo tiene lugar el 27 de diciembre de 1974, cuando se secuestra una casa llena de somocistas, se logra un millón de dólares, se dan a conocer, por primera vez, por cadena de radio y televisión los planteamientos revolucionarios sandinistas y se rescata a los presos políticos.

El objetivo que busca esta acción que aparece como un tanto aislada no se logra: fortalecer las guerrillas de la montaña. Somoza desata una campaña represiva tremenda en las ciudades, en el campo y en las montañas, donde el movimiento estaba tratando de montar las guerrillas que se encontraban en una fase de contactación, de estructuración de las columnas armadas. Desde 1974 a 1977 hubo miles de muertos, miles de desaparecidos.

Aquella represión y nuestras debilidades no permitieron que las guerrillas tomaran la ofensiva militar. No fuimos capaces de organizar todo el caudal político y agitativo que esa acción produjo. Esto permitió que el enemigo nos quitara la iniciativa: montó una campaña de censura de prensa, el estado de sitio, la ley marcial y los tribunales militares.

Esta situación de cierto estancamiento se interrumpe en octubre de 1977 con la ofensiva sandinista que se inicia con la toma del cuartel de la Guardia Nacional en San Carlos, cerca de la frontera con Costa Rica, el día 13. Y continúa con el asalto y toma del poblado de Mozonte, a 5 kilómetros de Ocotal, departamento de Nueva Segovia, el día 15, donde los guerrilleros realizan un mitin en la plaza pública antes de retirarse. Dos días más tarde es atacado el cuartel principal de Masaya, a escasos 20 kilómetros de la capital al mismo tiempo se da una importante emboscada al enemigo en movimiento. Cuatro compañeros logran mantener durante más de 4 horas a todas las fuerzas enemigas que venían desde Managua rumbo a Masaya. El día 25, tres escuadras de una columna del FSLN se apoderan del poblado de San Fernando, los efectivos del cuartel se rinden.

Estos hechos comienzan a marcar un salto cualitativo político-militar. Desde entonces se inicia una práctica flexible en el manejo de la política de alianzas. Ahí surge el Grupo de los 12.

M.H.- ¿Pero qué es lo que permite ese octubre de 1977?

H.O.- Octubre de 1977 ocurre gracias a una modalidad de carácter ofensivo que se da a la lucha armada en un momento en que la crisis del somocismo es muy aguda.

Después del terremoto en 1972 la situación del somocismo se agudiza. La corrupción burocrático-militar se profundiza. Y si bien esta corrupción administrativa afecta fundamentalmente a las masas, también alcanza a afectar incluso a sectores de la burguesía pequeña y media, ampliando la base social opositora a la dictadura.

Por otra parte, sectores empresariales empiezan a perder confianza en la capacidad de la dictadura para asegurar condiciones adecuadas para el desarrollo del país. Existe así una creciente resistencia interna de todos los sectores del pueblo. A todo esto se agrega el cada vez mayor cuestionamiento internacional del régimen por su política represiva. Mientras Somoza perdía cada vez mas autoridad política y moral nosotros la ganábamos, a pesar de las duras condiciones en que nuestros tenaces guerrilleros en las montañas del Norte, en la columna Pablo Ubeda, llevaban adelante su lucha para contrarrestar la iniciativa militar que, desde finales de 1975, el somocismo les había logrado en la práctica.

Este tenaz esfuerzo, más la actividad diaria de hormiga, que nuestros militantes realizaban en el resto del país, permitió que nuestro movimiento lejos de ser aniquilado se mantuviera presente aún en esas difíciles condiciones. Si esto no se hubiese logrado, la acumulación política y moral no se hubiera podido revertir transformándose posteriormente en una fuerza masiva, en una fuerza militar, como ocurrió.

La acentuada crisis económica y la creciente resistencia popular desencadenaron una crisis política en el país. Sectores empresariales que hasta entonces adecuaban sus intereses a las condiciones impuestas por la dictadura, pasan a una actividad francamente opositora. Un grupo de militantes del Partido Conservador bajo el liderazgo del director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro, se integra a la coalición opositora Unión Democrática de Liberación, organización antisomocista hegemonizada por sectores inconformes de la burguesía. La UDEL exige la vigencia de las libertades políticas y sindicales, el levantamiento de la censura de prensa y del estado de sitio, el cese de la represión, la amnistía y el indulto general para los presos y exiliados políticos.

A mediados de 1977 se registra un gran ajetreo político entre la oposición burguesa alentado por el giro dado a la política exterior norteamericana por la nueva administración Cárter.

El imperialismo y la reacción buscan fórmulas de recambio del somocismo sin cuestionar sus resortes de poder fundamentales: el inmenso poder económico y el poder represivo de la Guardia Nacional.

Este contexto político obliga a Somoza a realizar intentos por mejorar su imagen. El 19 de septiembre se levanta el estado de sitio y la ley marcial y el dictador convoca a participar en elecciones municipales.

Es importante tener en cuenta que estos esfuerzos de democratización o de remozamiento se dan en 1977. cuando la reacción y el imperialismo están convencidos de que han logrado aniquilar o al menos reducir a su mínima expresión al Frente Sandinista.

Desde 1975 hasta 1977 ellos habían jugado todas sus cartas para aplastarnos militarmente. Para ello devastaron grandes zonas del campo, reprimieron en las ciudades. montaron tribunales militares. Casi todos los dirigentes nuestros: Carlos Fonseca, Eduardo Contreras. Carlos Agüero. Edgar Munguía. Filemón Rivero. habían muerto. La respuesta militar del FSLN era aún muy difícil, muy limitada.

Somoza y los yankees juraban que nos habían destruido y que. por lo tanto, no podíamos hegemonizar la crisis. Cuando ellos calculan que ya nosotros estamos bien golpeados. bien dispersos, divididos, piensan que es el momento para levantar un proyecto de democratización.

Es en ese preciso momento y para impedir estas maniobras que nosotros decidimos pasar a la ofensiva militar.

Retomamos la iniciativa que el 27 de diciembre de 1974 habíamos tomado, pero tratando de retomarla de tal manera que no la perdiéramos. No teníamos una gran organización de masas pero sí contábamos con los activistas y los elementos organizativos que iban permitiendo, poco a poco, la organización y movilización de las masas. No teníamos formas superiores de organización de la vanguardia, pero sí estábamos conscientes de que el elemento militar, en esas condiciones, nos podía permitir estar presentes en diversas coyunturas alcanzando campo político y campo organizativo para ir implementando toda una estrategia de carácter insurreccional.

M.H.- ¿Cómo se entiende que se decida una ofensiva si las condiciones del Frente Sandinista son tan precarias?

H.O.- Es cierto que teníamos condiciones precarias, que a pesar de nuestros esfuerzos no lográbamos mantener la ofensiva militar. En la práctica estábamos a la defensiva y era necesario realizar los esfuerzos para romper con esa situación, evitando caer tanto en el espíritu aventurero como en la apreciación demasiado conservadora de esa situación precaria y difícil.

Para realizar estas acciones ofensivas fue necesario que nos desprendiéramos en nuestra conducta de determinado conservadurismo que nuestro movimiento mantenía en la práctica y que lo llevaba a realizar una política de acumulación de fuerzas de manera pasiva. Y cuando hablo de pasiva me refiero a lo general, no a lo particular, porque de hecho se dieron acciones donde se logró retomar la iniciativa militar.

M.H.- ¿Podrías precisar más qué entiendes por acumular fuerzas de manera pasiva?

H.O.- Entiendo por política de acumulación de fuerzas pasiva la política de no participar en las coyunturas, de acumular en frío. Pasiva en la política de alianza. Pasiva en el sentido de pensar que se podía acumular armas, organización, recursos humanos, sin combatir al enemigo, en frío, sin hacer participar a las masas, no porque no quisiéramos hacerlo sino porque pensábamos que si sacábamos mucho las uñas nos iban a golpear y desbaratar.

Sabíamos que estábamos pasando a la ofensiva en condiciones con los recursos mínimos necesarios para esa nueva modalidad.

En mayo de 1977, nosotros ya habíamos elaborado una plataforma programática donde se enuncia una estrategia de carácter insurreccionar.-" Esto es a su vez la síntesis de la apreciación estratégica de carácter insurreccional que, junto con Carlos Fonseca, nosotros hacemos en 1975, la que a su vez es la culminación de los esfuerzos que en ese sentido se hacen después de la muerte de Oscar Turcios y Ricardo Morales Avilés, en septiembre de 1973, a raíz del golpe en Chile. Ya ahí empieza a darse una discusión interna dentro del sandinismo acerca de dos estrategias: la de la guerra de guerrillas teniendo como eje central la montaña, por un lado, y por otro, la de la lucha armada teniendo como eje central las masas. Esa es la primera discusión que se da, un tanto inmadura, un tanto dualista: o la montaña o la ciudad. Plantear ese tipo de dualidad no era correcto.

M.H.- ¿Quisiera preguntarte por qué relacionas a las masas con la ciudad y no con la guerrilla?

H.O.- La verdad es que siempre se pensó en las masas, pero se pensó en ellas más bien como un apoyo a la guerrilla, para que la guerrilla como tal pudiera quebrar a la Guardia Nacional, y no como se dio en la práctica: fue la guerrilla la que sirvió de apoyo a las masas para que éstas, a través de la insurrección, desbarataran al enemigo. Así pensábamos todos. Fue la práctica la que nos fue cambiando y nos hizo ver que para vencer había que activar no sólo nuestros contingentes guerrilleros sino que tenían que participar las masas activamente en esa lucha armada, porque el movimiento armado de la vanguardia nunca iba a tener el armamento necesario para quebrar a ese enemigo. Sólo en la teoría podíamos tener las armas y los recursos para quebrar a la Guardia Nacional. Nos dimos cuenta que nuestra principal fuerza estaba en ser capaces de mantener una situación de movilización total: social, económica y política, que dispersaran la capacidad técnica y militar que el enemigo sí tenía organizada.

Al estar afectada, por ejemplo, la producción, al estar afectadas las carreteras, al estar afectado el orden social en general, el enemigo no podía mover adecuadamente sus medios y recursos, los tenía que distraer en movilizaciones de masas, de barrios, en barricadas, sabotajes, etc. Eso permitía a la vanguardia, que estaba estructurando al ejército, enfrentarse mejor a las fuerzas materiales del enemigo, que eran superiores.

Volviendo a lo que te decía: la maniobra reaccionaria pretendía hacer frente a esta crisis y salir adelante. Nosotros nos dimos cuenta de esa situación, vimos que el enemigo había dado un paso adelante levantando el estado de sitio y que buscaba dar la amnistía, y si la daba nos iba a poner en una situación difícil. Por eso apresuramos los pasos de la ofensiva.

M.H.- Ofensiva que para ustedes es limitada...

H.O.- Bueno, como nosotros todavía no habíamos vivido la experiencia insurreccional pensamos que llamando de esa manera se podía movilizar a las masas para apoyar esas acciones. Pero la práctica nos demostró que todavía no estábamos preparados para llenar todas las condiciones que permitieran una respuesta masiva del pueblo, que diera un carácter típicamente insurreccional a ese esfuerzo. Tuvieron que pasar dos años para lograrlo.

Esta ofensiva se enmarcó dentro de una estrategia insurreccional pero no fue una insurrección en ese momento aunque nosotros sí llamamos a la insurrección. Estas acciones, en la práctica se limitaron a ser una propaganda para la insurrección.

M.H.- ¿Uds. sopesaron lo que podía significar el fracaso de esas acciones?

H.O." Sí, lo hicimos. Si nosotros fracasábamos en ese momento era un golpe muy duro para el sandinismo. Tenía que correrse el riesgo. Ahora nosotros sí sabíamos que no podíamos ser aniquilados porque conocíamos al enemigo. Claro, siempre se corre el riesgo, pero era peor ser aniquilados sin pasar a la ofensiva que ser aniquilados pasando a la ofensiva, porque combatiendo teníamos la oportunidad de iniciar un proceso de triunfo. No pasando a la ofensiva político-militar sólo teníamos la alternativa de ser derrotados. Ese era el problema que se nos planteaba.

M.H.- Entonces, ¿a pesar de que no lograron su objetivo insurreccional, Uds. no consideran que esas acciones de octubre hayan sido un fracaso?

H.O.- Nosotros vemos octubre como un logro histórico, porque octubre nos permite en primer lugar echar abajo la maniobra del imperialismo. Cuando el enemigo consideraba que estábamos destruidos, nosotros aparecemos con más fuerza que nunca, o sea, aparecemos golpeando como nunca antes el sandinismo había golpeado. Quedan sorprendidos cuando nosotros aparecemos haciendo acciones en las ciudades, cosa sagrada para ellos.

Por otra parte, si bien la crisis existía las masas no reaccionaban frente a ella y sólo veían que la vanguardia estaba siendo golpeada. Estas acciones reactivaron la hegemonía del sandinismo en las masas y la confianza de las masas en sus propias luchas reivindicativas y políticas. Y llevaron al somocismo a cometer graves errores siendo el principal de ellos el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, el 10 de enero de 1978.

Este asesinato permitió que las grandes masas se volcaran a la calle por primera vez, para expresar el sentimiento sandinista que durante muchos años habían reprimido. Por lo tanto, octubre profundiza la crisis que en ese momento el imperialismo y la reacción estaban a punto de hegemonizar.

M.H.- ¿Y desde cuándo Uds. empiezan a preparar las acciones de octubre?

H.O.- Ya desde antes de mayo del 77 nosotros veníamos consiguiendo armas, produciendo los asideros políticos y estratégicos, como esa plataforma programática de la que te hablaba, buscando cómo organizamos con la gente que en ese momento coincidía con nosotros.

Nosotros respondemos con lo que teníamos acumulado ante esa coyuntura. Nosotros venimos acumulando, acumulando para una cosa superior, pero no se puede acumular fuera de las coyunturas, porque entonces nunca se acumula.

Nosotros invertimos en esa coyuntura, conscientes de que se iba a reproducir nuestro esfuerzo, porque nosotros mirábamos la crisis existente, las maniobras del enemigo, mirábamos a la defensiva, mirábamos que teníamos que responder en esos momentos. Si hubiéramos sido conservadores y hubiéramos dicho: no, acumulemos fuerzas en silencio, la coyuntura pudiera habérsenos ido y la habría agarrado el enemigo, creándose así las condiciones para golpearnos definitivamente o por lo menos durante un largo trecho, porque se habría logrado confundir al pueblo con algunas mejoras, haciendo que nuestros planteamientos fueran difíciles de entender.

Las acciones de octubre permiten echar ,al suelo la maniobra enemiga y hacen que o<el sandinismo 'aparezca con fuerza. Por otra parte, desde el punto de vista militar, esas acciones no fueron totalmente un fracaso. En Masaya no se pudo tomar el cuartel pero, por ejemplo, la mayor parte de los participantes quedaron vivos. En el norte se mantienen las guerrillas desde octubre hasta mayo del 78, en lo que se llamó el Frente Norte Carlos Fonseca. En el ataque a San Carlos murieron unos cuantos compañeros, pero allí se dio un triunfo militar nuestro. No pudimos sostenerlo pero no fue como el Moncada en Cuba en 1953; nosotros tuvimos capacidad de golpeteo, de repliegue, acumulación de fuerzas y nuevo golpeteo.

Y para demostrar esto, cuatro meses después nos estábamos tomando dos ciudades y estábamos cercando por primera vez un campamento antiguerrillero en la zona de Nueva Segovia.

Si se hubiera tratado de un fracaso no se hubiera podido estar en condiciones de pasar, en pocos meses, a ese tipo de acciones. A partir de octubre nosotros fuimos en una espiral ascendente política y militar.

M.H.- ¿Y las masas en octubre...?

H.O.- En octubre no hubo respuesta de las masas en cuanto a su participación activa.

M.H.- ¿Fueron entonces acciones de una vanguardia solamente?

H.O.- Sí, de una vanguardia, que a la par de profundizar la crisis, de echar a un lado los planes de la reacción y de permitir un repunte de esta vanguardia, comenzó también a fortalecer determinada actividad de las masas que, a pesar de la represión éstas venían ya realizando a través de luchas reivindicativas, gremiales y políticas. Estas acciones, por lo tanto, logran fortalecer al movimiento de masas que después se vuelve activamente insurreccional.

M.H.- ¿Pero esta ofensiva no desencadenó la adopción por parte de la dictadura de medidas más represivas contra el pueblo?

H.O.- Sí, en su desesperación el régimen es llevado a reprimir indiscriminadamente. El somocismo reprime al movimiento revolucionario de manera brutal. La represión que venía en un plano ascendente se agudiza con estas acciones de octubre.

M.H.- Y entonces, ¿las acciones de Uds. no son juzgadas como acciones aventureras, que lo único que van a obtener es una mayor represión para el pueblo?

H.O.- Sí, algunos sectores de la izquierda que estaban dedicados a la labor de montar sindicatos, etc., dijeron que estas acciones venían a desbaratar la organización y el repunte del movimiento de masas, pero no fue así. Es cierto que la represión iba a golpear la organización abierta, legal de las masas, pero no iba a golpear su organización en condiciones realmente revolucionarias. Aceptar esos planteamientos era caer en el rejuego que el imperialismo estaba montando con la salida democrática-burquesa donde el movimiento sindical debía tener su participación. Para nosotros era preferible que no se diera ese movimiento sindical castrado.Resumiendo entonces, el salto adelante se da en octubre del 77, y agrava la crisis. Luego, viene el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, que agudiza aún más la situación y la hace completamente irreversible, con la cada vez más elevada participación permanente insurreccional de las masas en las ciudades, en los barrios, en todos lados.

Luego se da la toma de la ciudad de Rivas combinada con la toma de la ciudad de Granada (2 de febrero de 1978). En estas acciones participaron compañeros que después cayeron en la lucha como el comandante Camilo Ortega Saavedra, que dirigió la toma de Granada, el comandante cura guerrillero Gaspar García Laviana, internacionalista español, y otros compañeros como Panchito Gutiérrez.

M.H.- ¿Cuándo comienzan a incorporarse las masas al proceso insurreccional?

H.O." Las acciones de octubre de 1977 dan un gran impulso al movimiento de masas pero es a raíz del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro que éstas se desatan y nos dejan ver claramente, como en una radiografía, el potencial, la decisión y la voluntad sandinista de combate de que disponen, para incorporarlas a una línea armada.
Esa sublevación de las masas que se da en torno a este hecho no fue dirigida totalmente por el Frente Sandinista. En eso hay que estar claros...

M.H.- ¿Fue una acción espontánea?

H.O.- Fue una reacción de las masas que el sandinismo, al final, comienza a conducir con sus activistas y con algunas unidades militares. Pero no es un movimiento de masa que respondió a un llamado del sandinismo; respondió a una coyuntura que nadie tenía prevista.

Ahora, la capacidad que tuvimos para meternos en ese movimiento de masas fue todavía limitada en ese momento y tuvo por objetivo reafirmar nuestra presencia política y militar dentro de esas masas, aunque todavía no desde el punto de vista orgánico, concreto, porque no teníamos cuadros para eso.

Desde octubre en adelante empezamos a dar los pasos en ese sentido: Los activistas, los mecanismos... e iban desarrollándose rápidamente formas nuevas de organización de las masas y además permanentes: los comités de barrios, trabajo en algunas fábricas, en el movimiento estudiantil. También antes de octubre empezaba a gestarse el Movimiento Pueblo Unido. Este fue el resultado de los esfuerzos sandinistas por reagrupar a las organizaciones revolucionarias alrededor de sus planteamientos para enfrentar al somocismo e ir logrando la conducción del pueblo para nuestro proceso de liberación nacional y social.

Cuando los sectores de la oposición burguesa empiezan a retroceder en la huelga es cuando el FSLN se hace presente con las acciones armadas del 2 de febrero. Por eso decidimos tomarnos Granada, Rivas y el campamento antiguerrillero en Santa Clara. Nueva Segovia.

Estas acciones, que implicaron la toma de dos ciudades y un campamento antiguerrillero fueron encabezadas, esta última por Germán Pomares, Víctor Tirado y Daniel Ortega, la toma de Granada por Camilo, el hermano menor nuestro, y la toma de Rivas por Edén Pastora y el cura Gaspar García.

Es el primer golpe contundente en esa crisis. Estas acciones que aparecen como de gran envergadura, multiplican el ánimo de las masas y su decisión de lucha antísomocista. Pero esta vez viniendo ya a la vanguardia fortalecía, con capacidad de combate, con capacidad de golpear al enemigo, con capacidad de tomar ciudades. O sea, ven un salto considerable de octubre a esas acciones, como vieron un salto considerable en octubre con relación a las posiciones defensivas que vivía en ese momento el sandinismo. Entonces nosotros vamos en una espiral ascendente, porque las acciones que se dan en febrero son superiores a las de octubre.
 

Entrevista histórica de Marta Harnecker a Humberto Ortega (Parte II)

M.H.- Y el tener luego que retirarse de las ciudades tomadas, ¿eso no marca un fracaso?

H.O.- No, no, porque se toman las ciudades, se le quitan armas a la Guardia, se les reduce, se hostiga al enemigo y cada vez que se puede se sigue golpeando. Todo el mundo se queda en las ciudades o alrededor de ellas.

Ya en ese momento la columna Carlos Fonseca funcionaba en el Norte, sin tener una sola derrota táctica.

Paralelamente las fuerzas guerrilleras de la columna Pablo Ubeda, en los centros montañosos, lograban irse reactivando al tener un respiro, ya que la Guardia se vid obligada a quitar la presión que hasta ese momento concentraba sobre ellas. El movimiento guerrillero de Nueva Segovia tuvo mucho más influencia sobre los centros vitales, económicos, sociales y políticos, al quedar más cerca de ellos. Pero fue el movimiento guerrillero tradicional y el que se seguía manteniendo en los centros montañosos los que permitieron el crecimiento y la hegemonía moral y política del sandinismo hasta octubre.

O sea, octubre continúa toda una obra que se dio desde el punto de vista de los esfuerzos armados, fundamentalmente, en esos centros montañosos, porque así lo señalaban las condiciones operativas de ese entonces, pero llegó un momento en que la lucha armada tenia que trasladarse a zonas de mayor influencia política.

No se trataba de atesorar lo acumulado sino de reproducirlo. Si nos quedábamos ahí estábamos atesorando, si nos desplazábamos a otras zonas estábamos reproduciéndonos.

Todo el impacto de las acciones de febrero tienen su máxima expresión en la insurrección de los indios de Monimbó. Es la primera insurrección como tal, organizada, preparada de antemano por los indios y los sandinistas que allí había. El combate duró casi una semana, hasta el 26 de febrero. El enemigo aplasta esa insurrección que es parcial...

M.H.- ¿Quieres decir que es la única en el país?

H.Q.- Sí, pero a su vez esa insurrección parcial es el alma de las masas á nivel nacional, se convierte en el corazón de la insurrección que tiene que darse a nivel nacional.

M.H.- ¿Cuando ustedes planifican la insurrección de Monimbó se dan cuenta de los limites que tiene al ser una experiencia aislada?

H.O.- Es que nosotros no planificamos esa insurrección, sino que nos pusimos al frente de una decisión de la comunidad indígena. Monimbó ocurrió alrededor del 20 de febrero y se mantuvo como una semana más o menos. La toma de varias ciudades (Rivas, Granada) y las acciones del Frente Norte habían creado una gran expectativa en las masas, una gran agitación y ya se empiezan a recoger las consignas insurreccionales que el FSLN había lanzado a partir de octubre a través de panfletos, de pintas y moscas que se distribuían por todo el país, pero la vanguardia no había podido contractarse de forma más orgánica con aquel sector de las masas políticamente más inquieto. Este sector, alentado por los golpes efectivos propinados por el FSLN a la Guardia Nacional, en medio de la crisis política del somocismo y de los problemas sociales y económicos que se vivían, se fue por delante de la capacidad de la vanguardia de canalizar toda esa efervescencia popular.

El barrio de Monimbó, que es un barrio de Masaya de cerca de 20 mil habitantes, con zonas urbanas y rurales, empezó a prepararse en forma espontánea para la insurrección. Empezaron a organizarse cuadra por cuadra, cercaron todo el barrio con barricadas, comenzaron a posesionarse de los puntos claves del barrio. Comenzaron también a ajusticiar a todos los esbirros, comenzaron a ejercer la justicia popular por primera vez. Comenzaron a mandar como cuerpo sandinista sin tener Todavía la conducción organizada del sandinismo. Eso no significaba que allí no había sandinistas. Sí los había y precisamente Camilo Ortega se traslada a Monimbó, con contactos que allí teníamos, para tratar de dirigir esa insurrección y muere en esa acción.

M.H.- Bueno, eso es distinto, entonces no se trata de una insurrección planificada por ustedes. Ahora, ¿si Uds. hubieran podido, habrían tratado de detenerla?

H.O.- Era muy difícil hacer eso, porque ese levantamiento respondía al desarrollo objetivo de esa comunidad. Claro, dentro de nuestros planes quizás los hubiéramos postergado para más adelante u orientado de otra manera. Quizás no habríamos impulsado la insurrección armada de esa manera sino otro tipo de actividad de las masas, pero el hecho se dio así. Este sector de los indios responde inmediatamente así ante el incentivo de las tomas de las ciudades que el FSLN había realizado días antes. A finales de febrero la vanguardia todavía no tenía desarrollo organizativo y los elementos para poder conducir esa decisión y voluntad de combate que estaba presente en las masas.

M.H.- Porque una insurrección aislada implica sin duda que el enemigo pueda concentrar todas sus fuerzas sobre ella...

H.O.- Claro, y precisamente nosotros aprendimos esa verdad en la práctica.

M.H.- Entonces es importante conocer otras experiencias históricas para evitar errores ...

H.O.- Sí, Nosotros, la vanguardia, conocíamos esas experiencias históricas pero las masas no las conocían.

M.H.- Entonces fue un aprendizaje del pueblo.

H.O.- Sí. Nosotros, la Vanguardia, conocíamos eso desde los clásicos. El principio de concentración de fuerzas es una verdad, es uno de los principios básicos de la guerra desde antaño.

Lo importante es que en el caso nuestro pasamos por esa experiencia a pesar de la vanguardia. Esta estaba clara que eso iba hacia un revés, pero a la vez un revés transitorio, porque la decisión de Monimbó contribuyó en la moral y los esfuerzos del resto del pueblo para ir a la insurrección.

Por eso, ¿hasta qué punto puede decirse que eso fue un error histórico? ¿Hasta qué punto eso fue un desacierto de las masas o simplemente fue lo que las masas podían hacer en ese momento? De hecho, ese ejemplo contribuyó, tanto a nivel nacional como internacional, para el triunfo y desarrollo de la insurrección después. Quizás sin ese paso doloroso, de sacrificio, hubiese sido más difícil lograr esa autoridad moral, esa agitación de masas nacional, ese espíritu de apoyo entre un hombre y otro hombre por haber visto cómo ellos se sacrificaban solos y, a su vez, el apoyo del mundo hacia un pueblo que, se estaba sacrificando solo. Quizás sin ese ejemplo hubiese sido más difícil acelerar las condiciones de la insurrección.

Esta fue una experiencia que nos enseñó a nosotros y que enseñó al pueblo.Con la experiencia que se da desde octubre hasta Monimbó nosotros confirmamos que hay una voluntad de las masas para ir a la insurrección, pero que hace falta más organización militar, más organización de masas. Hace falta que maduren más las condiciones políticas. Hace falta más agitación, hacen falta elementos de agitación superior, como es una radio clandestina. Hacía falta más que organizar a las masas, movilizarlas para la guerra, a través de mínimas formas de organización.

M.H.- El problema de la radio se lo plantean recién en esa fecha...

H.O.- Ya desde octubre, pero no habíamos podido montarla. Teníamos una radio que en 1960 la habían usado los primeros anti-somocistas, que estaba vieja y en ese momento no pudimos echarla a andar. Sin embargo, luego la arreglamos y la echamos a andar por esos meses del 78. Medio se oía allá por Rivas, medio se oía... Ya en esa época teníamos plena conciencia de la necesidad de una radio, de una forma de comunicación con las masas para educarlas para la insurrección.

Siguiendo con el desarrollo de la idea. Se da una acumulación de fuerzas en medio de una actividad tremenda de lucha, pasando por el ajusticiamiento del general Rehilando Pérez Vega, que era el jefe del Estado Mayor de la Guardia Nacional, pasando por la toma del Palacio en agosto y culminando la primera fase de todo este movimiento insurreccional, que parte en octubre del 77, con la primera gran insurrección nacional en septiembre del 78.

M.H.- ¿En ese momento, Uds. llamaron a la insurrección y pensaron que iba a ser exitosa?

H.O.- Nosotros llamamos a la insurrección. Se nos precipitaron una serie de acontecimientos, de condiciones objetivas que no permitieron que estuviéramos más preparados. De hecho no podíamos decir no a la insurrección. El movimiento de las masas fue por delante de la capacidad de la vanguardia de ponerse al frente. Nosotros no podíamos ponernos en contra de ese movimiento de las masas, en contra de ese río, teníamos que ponernos al frente de ese río para más o menos conducirlo y enrumbarlo.

En ese sentido, la vanguardia consciente de sus limitaciones se pone al frente de una decisión general de las masas. Decisión y voluntad que a su vez fue tomada del ejemplo de Monimbó; que a su vez los indios de Monimbó tomaron de la vanguardia. O sea, la vanguardia dio la consigna con octubre, las masas la siguieron por primera vez en forma organizada en Monimbó, la vanguardia crea condiciones de ese ejemplo y las masas avanzan más rápido que la vanguardia, porque existían una serie de condiciones objetivas, como es la crisis social, la crisis económica, la crisis política del somocismo.

Y como estaba tan podrido el somocismo, cada acción nuestra multiplicaba con creces las apreciaciones que nosotros teníamos de la agitación y el impacto que cada uno de esos hechos debía tener. Nosotros no podíamos dejar de golpear por eso. Era muy difícil dar en el blanco. Dábamos en el blanco, pero no precisamente en el centro.

Nosotros vamos con un espíritu de triunfo, pero sabemos que teníamos limitaciones para ese triunfo. Sabemos que es difícil. pero sin ese espíritu no podíamos ir, porque es con ese espíritu que el hombre logra su máxima preparación anímica para dar su sangre.

Por otra parte, si en ese momento nosotros no dábamos forma a ese movimiento de masas, se hubiera caído en una anarquía generalizada. O sea, la decisión de la vanguardia de llamar a la insurrección de septiembre permitió ordenar ese caudal, permitió irle dando forma a la insurrección para el triunfo después.

M.H.- ¿Qué condiciones existían ya para la insurrección?

H.O.- Las condiciones objetivas de la crisis política y social estaban dadas. Pero las condiciones de la vanguardia, en cuanto a un poco más de nivel organizativo para conducir a las masas y sobre todo, el armamento, no estaban. El armamento no estaba dado pero el resto de las condiciones sí lo estaban.

M.H.- Había una crisis económica muy importante, pero Somoza todavía contaba con muchos instrumentos de poder: el ejército fundamentalmente ...

H.O.- Correcto, precisamente el ejército. Y nosotros todavía no teníamos un elemento que era la experiencia de una insurrección nacional, el fogueo de las masas en esa experiencia y el conocimiento del enemigo, que demostró todas sus debilidades en esa experiencia. Y no contábamos con las armas suficientes, pero sí sabíamos que si la insurrección no triunfaba era, prácticamente, un golpe del cual no se iba a levantar jamás el somocismo. Teníamos plena convicción de eso y tan grande era nuestra convicción que al mes estábamos llamando de nuevo a la insurrección.

En tanto, había algunos compañeros de la izquierda que sostenían que septiembre prácticamente negaba la posibilidad de un triunfo a corto plazo, que esas acciones habían constituido un error estratégico, una derrota, y que por ello postergaban el triunfo definitivo.

Y estaban equivocados, porque septiembre no fue un triunfo, pero tampoco fue una derrota desde el punto de vista estratégico. Fue un logro histórico, con sus aspectos positivos y negativos.

M.H.- Entonces, ¿cuál es la valorización final?

H.O.- Que fue un logro, porque crecimos como vanguardia. Si participamos en esa insurrección 150 hombres, de allí salimos multiplicados en cantidades muy superiores. Estructurados en tres o cuatro veces esa cantidad y, en cuanto a posibilidades de captación, en miles. O sea, crecimos en hombres, y crecimos en armas, porque le arrebatamos armas al enemigo. Prácticamente no tuvimos muchas muertes en cuanto a la vanguardia. Hubo muertes por el genocidio del somocismo, pero cuadros muertos en el combate fueron muy pocos. O sea que conservamos nuestra fuerza.

M.H.- Y haciendo un balance desde el punto de vista militar.

H.O.- Conservamos nuestras fuerzas, adquirimos experiencia militar, recuperamos armas, conocimos al enemigo, destruimos medios de movilización del enemigo, destruimos blindados 'del enemigo. Este tuvo más muertes que nosotros, porque el pueblo contribuyó a eso y también nuestro propio poder de fuego, y nos pudimos retirar -esto es una gran enseñanza- exitosamente. Pudimos, por primera vez, maniobrar militarmente, replegándonos a otros puntos de la misma ciudad y del campo, para acumular fuerzas para las nuevas jornadas insurreccionales ofensivas que después vinieron.

Entonces no se puede decir que fue una derrota. Derrota hubiera sido si nos hubieran exterminado, si nos hubieran quitado todas las armas, si nos hubieran disgregado, dispersado.

En ese sentido, a pesar de que no fue un triunfo militar, ya que no pudimos tomar los cuarteles en las cinco ciudades en que se dieron las acciones, fue un gran logro político.

Vuelvo a repetir que fuimos a la insurrección por la situación política que se había creado, para no dejar que masacren al pueblo solo, porque el pueblo, igual que en Monimbó, se estaba lanzando solo.

M.H.- ¿La masacre del pueblo se hubiera hecho entonces igual, con ustedes o sin ustedes?

H.O.- No, se hubiera hecho peor, porque nosotros por lo menos conducimos la voluntad del pueblo, así como en Monimbó, ahora en una magnitud más grande. Por eso yo te he dicho que nosotros tuvimos un desarrollo en espiral, ascendente. Aquí no se dio nunca el círculo vicioso.

En los últimos momentos, bajaban los campesinos a incorporarse a la lucha en las ciudades. En Chinandega, por ejemplo, se te llenaban las casas de seguridad dando clases de tres horas. El pueblo se iba a lanzar a las calles. Era el pueblo el que iba a la vanguardia de esa lucha. Entonces no quedaba otra cosa que ponerse al frente de esa ola para conducirla y tratar de obtener lo más positivo que ella pudiera dar.

Nos pusimos al frente de ese movimiento y lo dirigimos en cinco ciudades. Fue la primera insurrección nacional conducida por el sandinismo, pero que responde más que todo a una presión de las masas.

M.H.- O sea que para llamar a la insurrección ustedes toman en cuenta principalmente el estado de ánimo de las masas.

H.O.- Correcta Porque el estado anímico de las masas se acrecienta, se profundiza y dinamiza con la toma del Palacio en agosto, que fue el ingrediente inmediato de la insurrección de septiembre.

M.H.- Y al planificar la toma del Palacio, ¿pensaron ustedes la repercusión que tendría en las masas?

H.O.- Sabíamos que se venía el movimiento de masas, pero preferimos que se viniera a que no se viniera. Lo importante era salirle al paso a la maniobra del imperialismo que pensaba montar en agosto, encaminada a un golpe de Estado para colocar una junta cívico-militar, para mediatizar Ja lucha revolucionaria. ..

Esta acción tenía que ver con esa maniobra. Nosotros veíamos que si no teníamos una gran organización partidaria, si no teníamos una clase obrera y en general las clases trabajadoras organizadas en bloque, la única forma de hacer presencia política era con las armas. Hubo por eso muchas acciones que por su forma eran militares, pero que por su contenido eran profundamente políticas. Ese es el caso de agosto.

Fue una acción militar pero que respondía a una coyuntura política más que a una situación militar. Así también fue en octubre del 77, respondía a la necesidad de recuperar la iniciativa militar y también de contrarrestar una maniobra política.

M.H.- O sea que cuando algunos se preguntan por qué ustedes se lanzan a la insurrección de septiembre sin haber logrado todavía la unidad de las tres tendencias eso se explica...

H.O.- En ese momento todavía no estaban dadas las condiciones de la unidad. Primero había que fortalecer más la lucha. Todas las tendencias trabajaban.

Fue así como poco a poco fuimos entendiéndonos, pero alrededor de una línea, que era la que en la práctica se iba imponiendo, no la nuestra sino la que el pueblo iba demandando.
Después de Monimbó nosotros desintegramos la columna Carlos Fonseca y la lanzamos a los centros más neurálgicos de la actividad económica, social y política del país. Para nosotros no existe esa dualidad montaña-ciudad sino estar en las masas.

Dispersamos esa columna de 40 ^'hombres y mandamos unos a Estelí, otros a Managua, otros a León... La columna permitió educar a esa gente, permitió una formación más integral, porque estaban reunidos allí al calor de miembros de la Dirección como Germán Pomares, y otros dirigentes de nuestra Dirección Nacional. Así se formó un grupito de cuadros que nosotros lanzamos luego a la ciudad, a preparar la insurrección que nos enseñó Monimbó.

Con todo lo que pasó de octubre a Monimbó nosotros decíamos: hay que ponerse al frente de ese movimiento de masas. Para no dejar que la represión lo agote, porque si éste se agota por muchas columnas guerrilleras que tengamos no triunfaremos en un corto plazo.

Entonces, el eje central del triunfo no fue militar, fue la participación de las masas en esta coyuntura insurreccional. Nosotros luchamos siempre porque se mantuviera la actividad de las masas. Y ya al final ésta estaba decayendo, eran dos años de actividad ininterrumpida después de octubre y la represión era cada vez peor. La Guardia Nacional se disfrazaba de guerrilleros, de insurrectos y, como la noche era de los guerrilleros, salía a los barrios y mataba a la gente. La represión era tal ya que algunos sectores del pueblo comenzaban a replegarse.

Para nosotros toda la estrategia, todos los presos políticos y militares se dieron alrededor de las masas, de que el estado de ánimo de las masas no decayera, y por eso hacíamos acciones que no encajaban dentro de una complejidad político-militar y de un plan, pero sí respondían a la necesidad de seguir motivando a las masas, de seguir dándoles oxígeno para que no decayera ese movimiento de masas en las ciudades, que nos permitía a nosotros acumular fuerzas. Fue la actividad de las masas lo que permitió al movimiento armado acumular las fuerzas que necesitaba esa misma masa.

Nosotros actuábamos para que esa masa se mantuviera en movimiento y por eso a veces aparecían acciones aisladas de un plan militar, pero correspondía a una situación estratégica político-militar que era mantener la presión de las masas, darle oxígeno a las masas, porque sólo en esa medida se tenía posibilidades de triunfo en lo militar.

Nuestra estrategia insurreccional estuvo gravitando alrededor de las masas y no de lo militar. En eso hay que estar claro.

M.H.- Pero, de hecho, el que el acento haya estado en la insurrección urbana y no en la columna guerrillera ¿no implicó un demasiado alto costo humano y material? El hecho de que la lucha se haya centrado en las ciudades hace más fácil la represión, por ejemplo los bombardeos de las ciudades...

H.O.- Esta pregunta no tiene sentido, porque esa era la única forma de lograr el triunfo en Nicaragua. Si no hubiera sido así nunca hubiera habido triunfo. Nosotros sencillamente pagamos el costo de la libertad. Si hubiera existido un camino más ahorrativo lo habríamos elegido, pero la realidad nos enseñó que para triunfar había que partir de esas situaciones que se vinieron acumulando, bien o mal, desordenadamente, y que llevaban a un costo social muy alto.

Tratar de explicar a las masas que ese costo era muy alto y que buscaran otro camino habría significado la derrota del movimiento revolucionario y más que la derrota: caer en una utopía, en un paternalismo, en un idealismo.

Los movimientos de liberación deben aprender que el costo de su lucha será aún mucho más caro que el nuestro. Yo por lo menos no concibo un triunfo en América Latina y en ningún lado que no se dé con la participación masiva de la población y con una crisis total, económica, política y social, similar a la que se dio en Nicaragua.
En ese sentido hay que señalar, en mi opinión muy particular, que considero bastante difícil tomar el poder sin combinar creadoramente todas las formas de lucha allí donde éstas se puedan desarrollar: campo, ciudad, barrio, zonas montañosas, etc., pero gravitando siempre alrededor de una concepción en donde las masas activas sean el eje central de esa lucha y no donde el eje central sea la vanguardia concibiendo a la masa sólo como un apoyo de la misma.

Nuestra experiencia demostró que es posible la conjugación de la lucha en el campo y en la ciudad. Nosotros tuvimos lucha en las ciudades, en las vías de comunicación, como también columnas guerrilleras en los centros rurales y montañosos. Pero estas columnas no eran el eje del triunfo, simplemente eran parte de un eje superior que era la lucha armada de las masas. Ese es el principal aporte.

En mayo, después de septiembre, el movimiento avanza en fortaleza militar y política, se profundiza la actividad de las masas, las barricadas, la lucha diaria en los barrios, cosa que no se habría podido hacer si hubiera habido una derrota estratégica.

De septiembre hasta que lanzamos la Ofensiva en mayo, el peso de la actividad militar lo soportan las columnas guerrilleras del Frente Norte y las de Nueva Guinea, que son columnas que están en zonas rurales y montañosas. La ofensiva final comienza con la toma del poblado de El Jícaro en Nueva Segovia. Aquí, en el mes de marzo, el comandante Germán Pomares realiza distintas actividades militares que logran dominar a la guarnición enemiga y a la vez atraer y hacer caer en varias emboscadas a los refuerzos que envía la Guardia Nacional en auxilio de las fuerzas derrotadas en El Jícaro. Estas acciones continúan con la toma de Estelí en abril realizada por la columna del Frente Norte Carlos Fonseca. La toma de Estelí fue obra de una columna guerrillera, no de una insurrección popular. Fue después de la acción de la columna que se agruparon las masas.

M.H.- Pero, ¿por qué se toma nuevamente una ciudad aislada?, ¿no se repite con ello la experiencia de Monimbó?

H.O.- No, porque en Estelí no fuimos derrotados, la Guardia no pudo desbaratar a la gente que estaba allí. Los compañeros se retiraron rompiendo el cerco y demostraron cómo miles de guardias no fueron capaces de vencer a una columna de menos de 200 hombres. Es cierto que la toma de Estelí fue desproporcionada en ese momento. Lo que ocurrió es que se orientó hacer acciones por la zona de Estelí directamente. Eran acciones que estaban dentro del perímetro del Frente Norte, eran tácticas de apoyo mutuo entre las fuerzas del Frente Norte. Pero la situación del país estaba tan podrida que la toma de Estelí creó una expectativa nacional que aceleró la ofensiva insurreccional.

Después de septiembre, entonces, el peso de la guerra lo sostienen las columnas guerrilleras del Frente Norte. Se mantiene al mismo tiempo un hostigamiento nacional con las milicias y demás unidades de combate de las fuerzas sandinistas. Se elimina a centenares de esbirros y de chivatos. Después de la insurrección el pueblo se da cuenta de que no perdió y quedó enardecido con la represión.

M.H.- ¿Es decir que el tipo de golpe que se va dando al enemigo es más grande que la represión que éste puede desatar?

H.O.- Es más grande. El pueblo ya está curtido y tiene tanta sed de triunfo que los crímenes de septiembre, lejos de amilanarlo lo estimulan. Todos tuvieron un pariente muerto o un amigo, existía sed de venganza. Venganza popular es lo que quería el pueblo y nosotros no nos íbamos a oponer a ello.

La ofensiva se inicia en marzo del 79 con la toma de El Jícaro. En ese momento se estaba realizando la unidad de las tendencias. Todas estaban de acuerdo en que se debía iniciar una ofensiva por el Norte, ya había un consenso por la insurrección. Al Jícaro le sigue Estelí. Después de Estelí sigue lo de Nueva Guinea. Un revés militar para nosotros, sin embargo, empantanó al enemigo, lo desgastó. Fue un sacrificio de 128 hombres... El plan era correcto, pero los compañeros no pudieron enfrentar algunas situaciones tácticas y fueron golpeados por el enemigo.

M.H.- ¿Cuál era el plan de Nueva Guinea?

H.O.- Meter esa columna allí, empantanar al enemigo, guerrillear, en tanto en el resto del país esto creaba condiciones para que, una vez la Guardia dispersa, se realizara un trabajo político-militar en las ciudades. Así la represión se iba a sentir menos porque la Guardia iba a estar empantanada en Nueva Guinea. Pero los compañeros en lugar de guerrillear, se metieron en las zonas llanas, donde fueron más fácilmente golpeados.

M.H.- O sea que ya en ese momento el centro de la lucha se ha desplazado a las columnas guerrilleras.

H.O.- El movimiento de masas no permitía al enemigo volcar toda su fuerza militar adonde estaban las columnas, pero a su vez el movimiento de las columnas obligaba al enemigo a dirigirse hacia ellas, lo que aliviaba la lucha de las masas en las ciudades.

El enemigo estaba en un callejón sin salida. Si abandonaba las ciudades, el movimiento de masas se le iba arriba. Si se quedaba en las ciu4ades, se facilitaba el movimiento de las columnas guerrilleras.

M.H.- ¿Esta forma de combinación de la lucha armada fue algo pensado de antemano o se fue aprendiendo en el camino?

H.O.- Mira, son cosas que se van aprendiendo en la lucha y se les va dando forma. Nosotros sabíamos que iba a ser así. Planificando una actividad en el Norte para que la Guardia fuera al Norte y que el resto del país se preparara más fácilmente.

Entrevista histórica de Marta Harnecker a Humberto Ortega (Parte III)

M.H.- Pero esa afirmación que tú hacías de que la lucha de las masas en las ciudades permitió el fortalecimiento militar de las guerrillas es una reflexión que ustedes hacen a posteriori. Eso no fue planificado así, ¿no?

H.O.- Efectivamente, nosotros sintetizamos así la experiencia práctica.

Volviendo a la secuencia de acciones, después de Nueva Guinea se da la toma de Jinotega en mayo, luego los combates de El Naranjo en el frente Sur. Es a partir de esos combates que llamamos a la insurrección final.

M.H.- ¿Por qué hacen el llamado a la Insurrección final en mayo?

H.O.- Porque ya ahí se estaban dando una serie de condiciones objetivas cada vez más profundas: la crisis económica, la devaluación del córdoba, la crisis política. Y porque después de setiembre nosotros vimos que era necesario conjugar en un mismo tiempo y en un mismo espacio estratégico: la sublevación de las masas a nivel nacional, la ofensiva de las fuerzas militares del frente y la huelga nacional donde estuviera involucrada o de acuerdo de hecho, la patronal.

Si no lográbamos conjugar estos tres factores estratégicos en un mismo tiempo y espacio no habría triunfo. Ya se había dado varias veces la huelga nacional, pero sin conjugarse con la ofensiva de las masas. Ya se había dado la sublevación de las masas, pero sin conjugarse con la huelga ni con la capacidad real de la vanguardia de golpear profundamente. Y ya se habían dado los golpes de la vanguardia, pero sin estar los otros dos factores presentes cuando se lograron conjugar en cierta manera esos tres factores fue en Septiembre, pero no se lograron conjugar plenamente porque el proceso todavía no era conducido totalmente por nosotros. Nosotros planteábamos con claridad después de septiembre, en circular interna, que si no se lograba conjugar estos tres factores no habría triunfo.

Sin la unidad de los sandinistas hubiera sido muy difícil recoger y sintetizar en una sola línea práctica los logros que hasta entonces habían acumulado históricamente las distintas tendencias. Podemos por eso afirmar que la unidad jugó y seguirá jugando un papel vital para la revolución.

M.H.- ¿Y no debía existir todavía otro factor? ... Porque, por lo menos desde el exterior, parecía existir un equilibrio de fuerza que era difícil de romper...

H.O.- Bueno, ese es el problema militar. Eso después te lo explico. Ahora estamos viendo los factores estratégicos. Desde mayo Somoza ya tenía perdida la guerra estratégicamente. Ya sólo era cuestión de tiempo.

M.H.- ¿Pero si ustedes no hubieran recibido las armas que recibieron en las últimas semanas habrían podido vencer?

H.O.- Correcto, a eso voy. Pero antes quiero señalar que es muy importante conjugar estos tres factores. Después de septiembre se da El Jícaro y se trata de continuar con Estelí, pero no se puede coordinar bien. Se da Estelí y prácticamente es una acción de la vanguardia, contundente, pero que se da aislada también. Nueva Guinea se mueve en función de apoyar a Estelí, pero cuando ya las fuerzas de Estelí están en retirada. El movimiento de Nueva Guinea despierta un gran interés nacional, una gran agitación y cuando se trata de movilizar las fuerzas para continuar ese empuje, para lograr una coordinación de todos esos factores, cae Nueva Guinea y surge Jinotega, que surgió tratando de coordinarse con Nueva Guinea e ir así coordinando todo.

La toma de Jinotega coincide con la actividad del Frente Sur y la toma de El Naranjo -punto fronterizo con Costa Rica donde la Guardia tenía acantonada una importante fuerza en un cuartel- que el Estado Mayor del Frente Sur decidió tornar en coordinación con un ataque a la ciudad de Rivas, iniciándose así la ofensiva final en el Frente Sur de Nicaragua.

El Frente Sur quiere aprovechar la dispersión de fuerzas que produce la toma de Jinotega, pero cuando entra en acción las fuerzas de Jinotega ya se habían retirado. Es ahí donde cae Germán Pomares.
Entonces nos dijimos: si seguimos así nos desbaratan, porque nos van a ir debilitando por partes. Si se pierde en El Naranjo se pierde la posibilidad de un triunfo militar a corto plazo.

La acción de El Naranjo no se podía perder. Elaboramos en este sentido un plan que recae en ese momento fundamentalmente en el frente interno, o sea sobre los frentes que comprenden fundamentalmente las ciudades, ya que en ese momento las fuerzas de las columnas guerrilleras están dispersas, están recuperándose de los combates que han tenido anteriormente, no son capaces de incidir inmediatamente. Entonces la insurrección se lanza consciente de que las columnas del Norte, las de la Pablo Ubeda que estaban en las zonas montañosas, no iban a tener ninguna incidencia inicialmente pero sí la tendrían después.

La insurrección que nosotros vimos se tenía que mantener a nivel nacional por lo menos quince días, para dar margen a que las columnas se reagruparan e incidieran en el momento oportuno, haciendo ya totalmente insalvable la situación militar del enemigo y logrando de esta manera un asedio estratégico total, del cual el enemigo no pudiera salir y del cual el triunfo sólo sería cuestión de tiempo, de'1 máximo desgaste del enemigo, para pasar al asalto final sobre él. Desgaste que iba a estar determinado por el corte de sus vías de comunicación, por el aislamiento de todas las unidades militares enemigas, por su falta de abastecimiento, etc., presentando un frente enorme de lucha a nivel nacional que el somocismo no pudiera atender.

Así se dio. ¿Qué pasó? Nosotros hacemos el plan insurreccional en ese momento. Fundamentalmente para las ciudades se previo que una vez entrada la columna del Frente Sur, Benjamín Zeledón, en el combate de El Naranjo, tenía que lanzarse pocos días después la insurrección en el Frente Occidental Rigoberto López Pérez y que una vez lanzada la insurrección allí esto iba a crear una situación difícil a la Guardia: golpes en el Norte importantes, golpes en Occidente y golpes en el Sur. Días después de los combates de El Naranjo debían proceder a combatir las fuerzas nuestras en Masaya, Granada y Carazo, para cortarles las vías de comunicación a las fuerzas que tenía Somoza en el Frente Sur, como así fue. Y una vez que estuvieran luchando estos frentes, lanzar la insurrección en Managua.

M.H.- Te interrumpo, ¿fue en El Naranjo donde los sandinistas sufrieron una derrota y tuvieron que retirarse a su retaguardia?

H.O.- No, en El Naranjo no sufrimos ninguna derrota. Allí lo que se dio fue una maniobra militar, o sea que se abandonan las colinas de El Naranjo y a los pocos días se toman Peñas Blancas y Sapoá, que son las principales bases militares que tiene la Guardia en el Frente Sur. Se logra sacar al comandante Bravo de Sapoá y luego se produce en esa zona, hasta el final de la guerra, una guerra de posiciones.

M.H.- Volviendo ahora a la pregunta acerca del equilibrio militar de fuerza y al problema de las armas: ¿cuál era el plan inicial de ustedes?

H.O.- Nosotros contábamos con arrebatarle las armas al enemigo.

M.H.- Pero eso no se produjo.

H.O.- Se produjo en parte... En la práctica ocurrió lo siguiente. Se logra desatar la ofensiva de la vanguardia y se logra ir coordinando con los demás frentes, a partir de El Naranjo. Se logra llamar a la huelga que es total y en esa huelga jugó un papel decisivo Radio Sandino. Sin esa radio hubiera sido difícil mantener la huelga. Se logra también la sublevación de las masas. Se dan, por lo tanto, los tres factores de los que habíamos hablado. Entonces, cuando Somoza empieza a empantanarse y no puede destruir nuestras fuerzas, su derrota era ya cuestión de tiempo, de más o menos días, La definición de la situación estratégica ya estaba dada. El enemigo ya estaba perdido estratégicamente, sólo se estaba defendiendo, pero nosotros tampoco podíamos triunfar y es por el elemento técnico. Fue el elemento técnico militar el que permitió acercar la definición de una guerra que ya estaba perdida por el enemigo. Podía ganar algunas batallas pero no la guerra. Ya no podía Somoza salir de ese hoyo. Ahora, si no hubiera habido ese armamento la guerra quizás se habría mantenido un mayor tiempo, con un mayor costo social, con mayor sangre y con mayor destrucción del país. Nosotros íbamos a vencer con menos armas, pero con más destrucción.

Porque llegaron armas, pero estas armas no llegaron a todos lados y en los lugares donde llegaron se pudo vencer a la Guardia con la destrucción, con la quema de manzanas enteras, para poder rodear al cuartel con llamas. Donde había un cuartel y no había suficientes armas nosotros sacábamos a la gente que aún Quedaba en las casas prácticamente destruidas por los bombardeos y el fuego de los morteros del enemigo y procedíamos a ocupar dichas casas aledañas al cuartel para acercar nuestras fuerzas al mismo y dominarlo. Se prendía fuego a las casas ya destruidas para obligar al enemigo a salir de su cuartel rodeado.

Las pocas armas de que disponíamos las colocábamos a la salida, en los puntos claves, y se les combatían con bombas de contacto. O sea, eran miles de manos del pueblo con machetes, con picos y palas, con garrotes, con bombas caseras. Ese fue el armamento y demostró que podía destruir. como iba destruyendo, al enemigo, pero eso iba a hacer más larga la guerra. Sólo el elemento técnico militar podía acortar la definición final, que ya estaba dada.

Ya Somoza no podía tener granos, ya no podía tener gasolina, ya no podía moverse por ninguna carretera, ya no controlaba el país, ya la economía estaba destruida, ya todo estaba paralizado. Ya Somoza no podía gobernar y no podía aguantar más así. A ello hay que agregar la presión internacional. En algún momento Somoza tenía que salir catapultado.

M.H.- Pero, dime: ¿ese tiempo no podía jugar también contra el movimiento de masas, agotándolo?

H.O.- No, ya a esa hora no se agotaba, porque aunque no hubiera armamento suficiente ya se le iba quitando al enemigo y se le iba derrotando. Claro que el elemento técnico-militar, el armamento que se recibe juega un papel bastante decisivo para apresurar la victoria y para decidir, en algunos puntos, algunas batallas que sin ese armamento se hubieran perdido. No sabemos si estas batallas perdidas hubieran influido en el ánimo de las masas y en la situación militar del resto de los lugares y hubiéramos perdido la guerra, y en ese sentido podemos decir que jugó un papel estratégico y que es necesario tener un mínimo de reservas de elementos bélicos técnicos -tipo bazucas, explosivos y armamentos de poder de fuego- más que grandes cantidades, ya que éstas nunca van a suplir las necesidades del pueblo. Lo importante es tener la voluntad del pueblo de volcarse a la calle y luchar con lo que tenga.

Resumiendo, se logró conjugar esos tres factores: huelga, sublevación y ofensiva militar; y antes que eso se logró la unidad del sandinismo, sin lo cual habría sido difícil sostener estos tres factores conjugados y coordinados. Además, se contó con una buenísima red de retaguardia, que permitió contar con el elemento técnico decisivo a última hora para decidir la guerra rápidamente. Y se contó con medios de comunicación que fueron vitales también: medios de comunicación inalámbrica para coordinar un frente con otro y 1a radio. Sin esos medios de comunicación tampoco habría habido triunfo, porque no se hubiera podido coordinar la guerra política ni militarmente. Se logró contar con Radio Sandino que fue el principal elemento agitativo para la insurrección y para la huelga. Otro elemento fue, también, que se logró aislar al somocismo, formar una unidad nacional antisomocista y neutralizar a las corrientes reaccionarias de intervención.

Sin esos elementos, sin unidad monolítica del sandinismo, sin una estrategia insurreccional apoyada en las masas, sin una debida coordinación entre los frentes guerrilleros y los frentes militares de las ciudades, sin una comunicación inalámbrica eficaz para orientar al movimiento de masas, sin recursos técnico-militares de contundencia, sin una retaguardia sólida para introducir estos recursos, para preparar a los hombres, para entrenarlos, sin actividad de preparación previa, de triunfos y reveses, como se dio en Nicaragua a partir de octubre, en donde las masas fueron sometidas a la más bárbara represión, pero a la vez a la más grande escuela de aprendizaje, sin una política de alianzas hábil, inteligente y madura, tanto a nivel nacional como internacional, no habría habido triunfo revolucionario. Y el triunfo fue la culminación de todos esos factores.

Parece sencillo decir esto, pero lo que nos costó a nosotros conjugarlo... Nos costó un octubre, nos costó un febrero, nos costó un Palacio, nos costó una insurrección de setiembre, nos costó todos los combates después de setiembre, de El Jícaro, de Estelí, de Nueva Guinea. Nos costó todos los esfuerzos que se dieron en la zona de la columna Pablo Ubeda en la montaña, en la zona de la Costa Atlántica. Todo eso nos costó ^para lograr el triunfo.

M.H.- Y la existencia de esa retaguardia -que estuvo ausente en muchos movimientos guerrilleros latinoamericanos- ¿desde cuándo ustedes la implementaron?

H.O.- Nosotros, la tuvimos siempre. Ya tenía una experiencia directa de eso desde muchos años atrás. Nuestro país no es una isla como Cuba, tiene necesariamente que apoyarse en los países vecinos y el movimiento revolucionario se apoyó desde el inicio en los movimientos vecinos. El mismo Sandino fue por México, fue por Honduras... muchos hondureños se unieron a la lucha de Sandino, costarricenses... entonces nosotros nos apoyamos en Honduras y Costa Rica para satisfacer necesidades de retaguardia que era difícil satisfacer en el propio Nicaragua.

Nosotros operábamos clandestinamente en Costa Rica y operábamos clandestinamente en Honduras. Y para establecer la retaguardia a niveles superiores fue necesario, paralelo a la actividad de conseguir recursos, a la preparación de escuelas clandestinas, implementar una labor de solidaridad con la causa nuestra de los principales sectores políticos progresistas organizados de cada país, sin sectarismo y no sólo con los sectores de izquierda porque si hubiera sido así nos habríamos aislado. "A NOSOTROS NO NOS DIERON UNA RETAGUARDIA, NOS GANAMOS EL DERECHO A TENERLA".

Las alianzas, a las que nosotros llegamos a través de nuestro trabajo, fueron vitales para conseguir los elementos de alto nivel técnico.

M.H.- ¿Cómo lograron ustedes poner en práctica una amplia política de alianzas siendo un movimiento armado? Pareciera que es más fácil implementar una política de ese tipo siendo un movimiento de tipo electoral...

H.O.- Nosotros logramos esa amplia política porque nos hicimos respetar y eso otros movimientos no lo logran, porque los ven como un juego, porque no los respetan. Nosotros nos ganamos el derecho a realizar alianzas, impusimos nuestro derecho. Si nos hubieran visto como un gato no se habrían acercada, pero nos vieron como una fuerza y entonces tuvieron que aliarse con nosotros. Y se aliaron con nosotros por la programática política que planteábamos, aún siendo un movimiento armado y teniendo una dirección revolucionaria.

Las corrientes progresistas se daban cuenta de que éramos un movimiento revolucionario y que no estábamos totalmente de acuerdo con su ideología, pero veían que teníamos una programática política que le interesaba en parte a ellos y veían que teníamos fuerza militar. Esos tres elementos permitieron que llegáramos a una política de alianza de hechos y no de acuerdos. Nosotros no sostuvimos ningún acuerdo. Simplemente se expusieron las reglas del juego y se actuó en base a ellas, se implementaban de hecho. Así fuimos logrando ganar terreno político.

M.H.- ¿Puedes decirnos qué papel desempeñó la correlación internacional de fuerzas en la victoria?

H.O.- Es fundamental tomar en cuenta la correlación internacional de fuerzas, la situación internacional, la situación de las distintas fuerzas del área, las contradicciones de los países desarrollados de occidente, etc.

Hubiese sido muy difícil alcanzar el triunfo contando sólo con el desarrollo interno logrado. Una vez que lo alcanzamos nos dimos cuenta que había que engarzarlo a la fuerza que había en el exterior. Y para lograrlo había que aplicar una política madura hábil, dando a conocer los planteamientos programáticos revolucionarios, democráticos, patrióticos, de la reconstrucción nacional. Esto fue lo que nos permitió contar con el apoyo de todas las fuerzas maduras del mundo, de las fuerzas revolucionarias, de las fuerzas progresistas...

M.H.- ¿Fuerzas maduras? ¿En quiénes esté" pensando?

H.O.- Me refiero a las fuerzas burguesas que van madurando un fenómeno y no se precipitan con obras aventureras como las de la CÍA, las de los reaccionarios retrógrados. Hay fuerzas maduras en el mundo que una vez que conocen la calidad, la fuerza de un movimiento revolucionario, incluso teniendo contradicciones con él, lo llegan a respetar. Se puede llegar de hecho a determinadas alianzas, determinadas coincidencias políticas, qué van sumando en la correlación de fuerzas que se requiere para dar el salto definitivo. Es importante para lograr esto que programáticamente se planteen soluciones a los problemas reales del país, soluciones que todo el mundo vea como correctas.

Lo que nosotros hacíamos era transmitir los problemas objetivos: Nicaragua necesita una reconstrucción por este y este fenómeno: Necesita una unidad nacional por esto, esto y esto.

Por otra parte, era importante ganarse apoyo de todos, no sólo de los sectores de izquierda. El Frente Sandinista se preocupó de montar una infraestructura de solidaridad en cada país buscando, en primer lugar el apoyo de los que más nos entendían.

Ahora, pasar de la actitud de simpatía hacia un apoyo material ya es un salto. ¿Quiénes van a dar ese apoyo material? Quienes lo quieran, sin ningún compromiso político, sin deponer los principios.

Lograr ese gran apoyo fue la maestría de los sandinistas. Nosotros buscábamos ganar el máximo de fuerza externa para obstruir cualquier maniobra intervencionista extranjera. Y para ello logramos ganar para nuestra causa incluso a sectores del propio Estados Unidos.

M.H.- Dime, y respecto al movimiento "andinista ¿qué significó para el proceso la existencia de tres tendencias y luego su reunificación?

H.O.- Nosotros decíamos que la unidad del sandinismo fue decisiva para el triunfo. Ahora, para entender el proceso de reintegración habría que historiar un poquito.
Lo que hubo en Nicaragua, más que una división profunda del FSLN, fue una especie de fraccionamiento de la vanguardia en tres partes producto de nuestra inmadurez en aquel momento...

M.H.- ¿En qué año?

H.O.- Se comienza a dar en 1976-77.

M.H.- ¿Qué la motiva?

H.O.- A eso voy. Más que cuestiones de carácter ideológico, programático, lo que se dio fue la preocupación de todos sus dirigentes por dar respuesta a los problemas del movimiento revolucionario y tratar de estructurar el trabajo revolucionario en función de esas tareas.

M.H.- No entiendo mucho lo que quiere decir..

H.O.- Las formas que teníamos a nivel de dirección para tratar los problemas eran muy artesanales. En la práctica casi no se daba una conducción colegial. Debido a la represión, debido a que nos manteníamos mucho tiempo sin vernos, al faltar una línea común, un compromiso político materializado en un estatuto, cada quien organizaba de hecho su trabajo a su manera. Y empezaban los choques. La división no nace de una profunda discusión ideológica y política, aunque de hecho existían este tipo de problemas. Si hubiera existido un marco de organización menos artesanal quizás hubiésemos podido resolver las contradicciones, que son propias al desarrollo de todo movimiento, de manera positiva, atendiendo a la crítica, unidad y crítica. La no existencia de este marco de discusión adecuado sumado a nuestra inmadurez como hombre, como revolucionarios, y a la situación represiva llevó a que nos fuéramos separando, fraccionando en la práctica en las tres tendencias que se conocen.

El fraccionamiento surge del propio desarrollo del sandinismo, y, además, en un momento -cuando caen en combate Oscar Turcios y Ricardo Morales, ambos miembros de la Dirección Nacional- en que el propio desarrollo de la organización exigía que diésemos un salto cualitativo en nuestra forma de organización y conducción que permitiesen formas superiores de organización de la vanguardia para poder dirigir mejor la lucha de las masas, para enrumbar de una manera más segura la lucha armada en Nicaragua. Nosotros tuvimos conciencia de esa necesidad, pero no pudimos implementar ese salto que debía recoger la experiencia de los compañeros más viejos, más veteranos en cuanto al trabajo partidario, al trabajo con las masas, a su experiencia militar, a su experiencia en el tratamiento de las fuerzas políticas en el ámbito nacional e internacional, y conjugaría con el impulso de los jóvenes que comenzaban a integrarse ya en ese momento de manera más importante.

Había que conjugar lo viejo con lo nuevo y en la práctica hubo choques en ese sentido. Los compañeros más viejos comenzaron a desconfiar de los compañeros más nuevos que comenzaban a proyectarse como responsables de distintas tareas, y los más nuevos que no conocían cómo habían sido de difíciles las luchas de los años anteriores- subestimaban a los compañeros más veteranos porque, indiscutiblemente, los más veteranos arrastraban todavía formas artesanales de trabajo que ellos pensaban debían ser superadas.

M.H.- ¿Tú te sitúas entre los más veteranos?

H.O.- Yo creo que sí, ¿no? Nosotros estamos entre la gente que comenzó años atrás.

M.H.- ¿Y a qué se debe que aparezca como una especie de división del trabajo entre las tendencias? Por ejemplo, que la tendencia proletaria haya trabajado principalmente en las organizaciones de masas urbanas y la tendencia de la guerra popular prolongada en las guerrillas de las montañas?

H.O.- Es necesario aclarar que esa división del trabajo de la que tú hablas no es producto del fraccionamiento en tendencias sino que existe antes de que se divida el Frente.

Te explico...
En la cabeza de los dirigentes de las tres tendencias estaban presentes los problemas globales de la revolución. Lo que quiero decir es que cuando se da este fraccionamiento, los compañeros que trabajaban en las distintas estructuras, a las que habían sido asignados por el FSLN, al no lograr encontrar solución a los problemas que iban surgiendo, por las dificultades y debilidades ya señaladas, comienzan, en base al trabajo que ellos dominan, a estructuras ahí y a buscar cómo darle respuesta a los problemas de la revolución a partir de las estructuras en las que ellos descansan. Hay que recordar que se trabajaba en medio de la más brutal represión, no se podía abarcar todo un trabajo nacional, cada cual sigue desarrollando el trabajo que la propia realidad le imponía. De esta manera, los compañeros que trabajaban en las zonas montañosas siguieron desarrollando su línea de trabajo, la que les imponía las condiciones de ese momento; los que trabajaban en estructuras ligadas más directamente a algunos sectores productivos, estudiantiles y en la divulgación de la teoría revolucionaria científica continuaron desarrollándose predominantemente por esa línea; y los que mantuvieron un trabajo predominante militar buscando la insurrección, siguieron a su vez trabajando por ese camino.

En la práctica, los tres esfuerzos de las tres estructuras por separado impulsaban una sola lucha, elaboraban una sola concepción, estructuraban una sola estrategia para el triunfo.

Esto explica por qué ninguna de las tres tendencias pensó estructurar un nuevo Frente Sandinista. ..

M.H.- Por lo tanto no hubo tres secretarios generales...

H.O.- No, por supuesto. Y esto explica también por qué al rehacerse la unidad del movimiento presentaban todo un cuadro de complementación del trabajo.

M.H.- Es decir, que esa especie de división del trabajo existía antes de la ruptura...

H.O.- Sí, así era. Las diferentes áreas de trabajo habían sido orientadas así por el movimiento. Ahora, el hecho de que todos proviniéramos de un tronco común nos ayudó muchísimo. Hizo que respetáramos mutuamente el trabajo de las otras tendencias. Por ejemplo, la tendencia insurreccional no luchó por crear otro frente estudiantil revolucionario, dejó que esa organización que, jugó un papel tan importante en Nicaragua, siguiera siendo controlada por las otras tendencias. Tampoco se intervino en el trabajo que realizaban los compañeros "proletarios" en algunos centros productivos. Y esto fue recíproco por parte de ellos. Ellos no pretendieron montar otro Frente Norte u otro Frente Sur, que era el trabajo militar más grande que realizaban los "insurreccionales". Por el contrario, ellos se coordinaron y complementaron ese trabajo.

M.H.- Además, ninguna de las tendencias, sin el apoyo del trabajo concreto de las otras, hubiera podido triunfar ...

H.O.- Correcto. Lo que ocurrió es que cada quien quería hegemonizar el proceso, quería ver quién sobresalía más en esa lucha. Pero eso se fue superando en la lucha misma y cada quien fue viendo la importancia que tenía cada quien en ese trabajo. Así se logra llegar a los acuerdos de unidad que se empiezan a gestar a finales del 78 y se concretan en marzo de 1979 en base a una sola concepción y no en base a que cada uno cediera en los principios por los otros. Todo el sandinismo se pone de acuerdo en una concepción que afirma el carácter insurreccional de la lucha, la necesidad de una política de alianzas flexibles, la necesidad de una programática amplia, etc. Ese asidero programático, político, ideológico nos permite rápidamente ir coordinando cada vez mejor nuestras estructuras de trabajo hasta lograr dar un salto en nuestra reintegración. Por eso yo pienso que lo que nosotros hicimos fue, más que unirnos, reintegrarnos. Las tres tendencias tenían un enorme deseo de ser nuevamente un solo FSLN y la prueba es que tú ves ahora con qué entusiasmo, con qué amor, con qué celo se cuida esta unidad que se logró y que estamos convencidos es irreversible. Y así como la unidad de los sandinistas fue vital para el triunfo, así también la unidad de toda la Izquierda alrededor del sandinismo y la unidad de todo el pueblo en torno a esa izquierda y el sandinismo es vital para consolidar el proceso y llegar a realizar nuestro proyecto histórico.

M.H.- Entendemos que en Nicaragua la mujer desempeñó un papel muy importante en la lucha armada, que en las ciudades peleaba codo con codo con el hombre, que en las columnas guerrilleras llegó a representar el 25 por ciento del contingente, que hubo varias comandantes mujeres, ¿Cómo evalúas este hecho?, ¿Es algo nuevo o existe una tradición anterior de participación de la mujer en este sentido?

H.O.- Podríamos decir que el Frente Sandinista recogió las tradiciones históricas de participación de la mujer en los acontecimientos de lucha, no solamente de la época de Sandino sino del siglo pasado y de un poco más atrás. Ya tú conoces la participación de la mujer en la lucha de Sandino, de su propia compañera, de compañeras internacionalistas como las hermanas Lía Toro. El caso de las mujeres que fueron sacrificadas, despedazadas por los yankees en 1912. Ahí también hubo una mujer salvadoreña que se llamaba Lucía Matamoros que fue descuartizada por luchar contra la intervención de ese tiempo. Están también el caso de la compañera Concepción Alday, esposa de un guerrillero liberal, el primero que se enfrenta a los yankees en Chinandega, que fue muerta en 1926.

El FSLN heredó y desarrolló esta participación. Pero es importante señalar que el sandinismo no sólo desarrolló la participación de 'la mujer en su vanguardia, sino que logró la participación de la mujer en todo el pueblo, y no sólo en tareas de apoyo a tareas fundamentales sino su participación activa en tareas fundamentales estratégicas. Este es el caso de la comandante guerrillera Dora Téllez, más conocida como comandante 2, de la comandante guerrillera Mónica Baltodano y de otras comandantes guerrilleras como el caso de Leticia Herrera. Estas tres compañeras jugaron un papel muy importante no solamente como apoyo a la lucha revolucionaria sino como conductores de ella en sus aspectos políticos y militares, y ya en la insurrección como conductores de frentes de guerra, como el caso de Dora Téllez, comandante 2, (Claudia) que fue responsable de lo que se llamó el Frente Occidental Rigoberto López Pérez que fue uno de los frentes más importantes de la guerra.

El Sandinismo no le cerró las puertas a la mujer partiendo de criterios machistas atrasados de subestimación de la mujer. Por último hay que destacar que la participación de la mujer en la insurrección fue importantísima, incluso hubo columnas en que todo el mando era de mujeres, mujeres que mandaban sobre centenares de hombres sin problemas.

M.H.- Antes de terminar esta entrevista ¿quisieras señalar algo más?

H.O.- Bueno, antes que nada quisiera darte las gracias por la oportunidad que me has brindado de referirme a estos temas fundamentales para la comprensión de nuestro proceso revolucionario. Quisiera haber podido meditar más en las respuestas, pero las tareas diarias que enfrentamos me lo han impedido. Por esto, lo que aquí digo no debe ser considerado como la última palabra, como lo más acabado, como lo más maduro. Sólo son algunas apreciaciones particulares más que espero sirvan para madurar mejor la verdad de nuestro proceso histórico, de nuestra valiente y hermosa lucha revolucionaria.

Inicio de entrevista

 El lugar en que los sandinistas nunca perdieron

Roberto López Belloso (*)
Brecha. Uruguay, 20 de julio.

En buena parte de Nicaragua los sandinistas mantienen el gobierno desde el 19 de julio de 1979. Una Nicaragua profunda que en parte coincide con las zonas en las que Sandino combatió a los marines en los años treinta. Un hilo conductor que casi calca el territorio desde el que los liberales se oponían a los conservadores en el siglo xix, y que ha sobrevivido al fracaso de más de un proyecto político.

La carretera Panamericana atraviesa Nicaragua de sur a norte. En cada uno de los dos extremos en los que esa ruta corta el contorno del país, puede empezar a recorrerse la paradoja de la supervivencia de un estado de las cosas que se creía enterrado: el extraño anacronismo de la Nicaragua sandinista. La frontera norte, con Honduras, siempre ha sido una línea difusa. Pero la nebulosa que existe a campo abierto se sustituye a nivel del asfalto por una nítida barrera metálica de color blanco. Es una frontera cavada en medio de la montaña, con una carretera flanqueada por dos imponentes paredes de roca. En la más visible hay un enorme mural que retrata, en dimensiones de realismo socialista, a Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln). No es posible resistir la tentación de preguntarle al aduanero por la presencia de ese icono de los años de la revolución después de tres gobiernos nacionales de derecha. Su respuesta es tajante: "Mientras nosotros estemos, él se queda; y nosotros no nos vamos". Ese desafío; ese "no nos vamos", heredero del "no pasarán" de los años ochenta, tiene en el norte sus ejemplos más emblemáticos.

Las causas pueden encontrarse en una cierta tradición progresista que hunde sus raíces en las luchas entre conservadores y liberales, de las que luego se alimentó Augusto César Sandino, que a comienzos de los años treinta combatía a las tropas de ocupación estadounidenses, y que décadas más tarde retomaría el fsln en su guerra contra la dictadura de Somoza. Pero una explicación de genética histórica no puede ser suficiente para dar cuenta de una continuidad que ha sobrevivido al fracaso del proyecto político de la revolución sandinista, sobre todo porque las ciudades sandinistas no se reducen al norte, sino que salpican todo el país, aunque es cierto que la mayor concentración de los 52 municipios donde gobierna el fsln se encuentra en las montañas norteñas y alrededor del eje de la ciudad de León, en el oeste.

Es posible que las causas del inamovible 40 por ciento de los votos que mantiene la izquierda a nivel nacional estén en las propias peculiaridades de la experiencia nicaragüense: un intento de socialismo que incluyó expropiaciones de medios de producción y estatización de tierras, pero que permitió la prensa opositora, que no vetó la religión, y que tuvo el valor de convocar a elecciones limpias cada seis años como lo preveía la Constitución; muchas veces, ante la débâcle de las elecciones de 1990, se olvida que en 1984 hubo elecciones con la presencia de partidos opositores, y que el fsln las ganó con un 64 por ciento. Pero el desafío del que hablaban los aduaneros no siempre se produce en los clivajes clásicos de izquierda o derecha. A veces se trata de la pulseada entre el poder constituido y una cierta tradición de bandolerismo expropiador y redistributivo que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia del país.

El propio Sandino podría llegar a situarse en esa tradición. O si no Sandino, al menos algunos de sus lugartenientes, como Pedrón, un salteador de caminos que era el terror de los campesinos de las montañas del norte antes de volverse general del Pequeño Ejército Loco, como bautizó Gabriela Mistral a las fuerzas sandinistas.

Hoy resulta imposible no relacionar a aquel Pedrón del primer tercio del siglo pasado con uno de los personajes más peculiares de los noventa: Pedrito el Hondureño. Antiguo sargento de las fuerzas armadas de Honduras, fue reclutado por el comandante sandinista Tomás Borge antes de la caída de Somoza, cuando Borge purgaba condena en una cárcel del vecino país. Vuelto guerrillero, al triunfar la revolución en 1979 Pedrito se integró al naciente Ejército Popular Sandinista. Con el grado de mayor dirigía uno de los batallones de lucha irregular (bli), unidades que peleaban lo más crudo de la guerra enfrentando a esa mezcla de mercenarios y campesinos que fue "la contra". La leyenda dice que Pedrito, así llamado por su intimidante tamaño y su voz aflautada, aprovechaba la movilidad de su trabajo para robar ganado en Costa Rica cuando le tocaba enfrentar a los contras del sur, y venderlo en Honduras cuando el deber lo convocaba a perseguir a los contras del norte.

ESTADOS UNIDOS Y NICARAGUA

No se puede entender la Nicaragua de hoy sin recordar la larga historia de invasiones estadounidenses. El interés histórico de Washington en Nicaragua se basaba en que allí querían construir un canal interoceánico antes de quedarse con el de Panamá. No debe olvidarse que en 1916 Nicaragua y Estados Unidos firmaron el tratado Chamorro-Byran, que le dio a los estadounidenses una opción por cien años para realizar el canal y el derecho a perpetuidad de fortificar las islas del Atlántico o construir una base naval en el Golfo de Fonseca. Un curioso tratado en el que una de las partes estaba ocupada militarmente por la otra. En 1926, cuando parecía que se había logrado una fórmula de estabilidad interna gracias a la coexistencia de un presidente conservador y un vice liberal, este último comienza a ser desconocido en su investidura y estalla una revuelta liberal que está en el origen de la nueva invasión de los marines que se produce en enero de 1927. Sandino, que ya había tenido contacto con ideas de izquierda durante su estadía en México, se une a las fuerzas liberales en mayo de 1926 junto con un pequeño contingente de mineros. Cuando los principales generales liberales deponen las armas ante la ocupación de los marines, Sandino se interna en el norte y continúa la guerra sólo con sus hombres. La primera de las batallas tiene lugar en la norteña ciudad de Ocotal, un 16 de julio de 1927.

Allí puede rastrearse también el hilo conductor del mantenimiento de gobiernos locales del fsln a pesar de sus sonadas débâcles electorales a nivel nacional. En 1996 y en 2000, los sandinistas mantuvieron las alcaldías de Ocotal y de Jalapa, aunque habían perdido en todo el resto de Nueva Segovia. En las calles de Ocotal, esa ciudad empobrecida y detenida en el tiempo que no parece ser una capital departamental, todo el mundo sabe quién fue Sandino, y en las paredes céntricas todavía están las pintadas que permiten cultivar una arqueología del sandinismo. Por desidia, por reafirmación de identidad, o por falta de dinero para blanquear las fachadas, las paredes de Ocotal muestran, aún hoy, la propaganda electoral de 1984: una silueta de Sandino en uniforme camuflado y portando un moderno fusil de guerra, junto la consigna "Contra el imperialismo, vote al fsln", tan distinta a la imagen light que vendió el sandinismo en los últimos comicios nacionales.
 
 
 

JALAPA

A dos horas de Ocotal, sin una buena carretera que la conecte con el resto del país, y después de pasar por catorce precarios puentes de madera, algunos con aspecto de viejos tablones levantados sobre un abismo de seis o siete metros, está Jalapa. Es allí, más que en Estelí incluso, donde se siente la persistencia de lo que debió haber sido la corta década de la revolución sandinista. Esa cabecera departamental, una más en las que el fsln nunca perdió una elección, parece un pueblo minero más que una ciudad. A un paso de la frontera, fue en los ochenta la ciudad más codiciada por la "contra", que nunca pudo tomarla a pesar de someterla a recurrentes bombardeos de piezas de artillería disparadas desde el lado hondureño.

En Jalapa, Mauricio es uno de los artífices de la curiosa alianza por la cual los ex contras de la zona votan a la derecha al parlamento, pero reservan para el fsln el sufragio para elegir los cargos de alcalde y de presidente. También es una fuente inagotable de anécdotas que convierten su casa en una peña improvisada prácticamente todos los días. Una de sus historias preferidas es la de la frustrada toma de Jalapa de hace más de una década.

Una de las primeras medidas del gobierno de Violeta Chamorro en 1990, después de ganada la presidencia, fue eliminar el destacamento militar de Jalapa y reducir la policía a un número simbólico de efectivos. A la semana, una columna de contras todavía no desmovilizados intentó una toma de la ciudad. Pero pese al retiro de las tropas, la población no estaba indefensa. La parte que Mauricio más disfruta de ese cuento es cuando relata la forma en que se hizo con un ak 47, ya que el suyo había quedado en casa de su hermana. Escuchándolo no se puede dudar de la veracidad de sus palabras, aunque el estilo corresponda más a una proeza de Obélix que a la tradición de la guerra de guerrillas. En unas horas los contras habían sido derrotados y quedaban en las calles de Jalapa los cuerpos de diecisiete de ellos, entre los cuales el de uno de sus comandantes más renombrados. El padre de este comandante contra vivió en Jalapa durante todos los años de la revolución, focalizando en su persona el rechazo del entorno por las acciones de su hijo. Cuentan que cada vez que se habla de la muerte de su hijo, el anciano no puede evitar que se le nublen los ojos y comentar, moviendo la cabeza en forma de negación: "Pensar que navegó en océanos, y vino a ahogarse en una escupidita".
 
 
 

(*) El autor vivió en Nicaragua entre 1992 y 1996.

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 INSURRECCIÓN DE LOS DEPARTAMENTOS

En septiembre del 78 el pueblo nicaragüense vanguardizado por el FSLN se insurrecciona en los departamentos de León, Matagalpa, Chinandega, Estelí, Masaya y Managua; es decir, en más del 50% del total de la población nicaragüense. Los sandinistas combaten con fusiles 22, Fal, garand y revólveres 38, 45 y 22 contra una guardia nacional bien armada y dotada de tanquetas, helicópteros y aviones que bombardean de forma inmisericorde las ciudades insurreccionadas, al grado que al cabo de 20 días obligan a las tropas insurrectas a abandonar las ciudades y replegarse a campos y montañas.

La dictadura somocista expulsa a los combatientes de las ciudades principales, pero éstos se repliegan con el doble de combatientes con que habían empezado, de tal modo que se da una integración masiva a la lucha contra la dictadura somocista.

A partir de esta primer insurrección suceden dos fenómenos importantes: El primero es que las divisiones internas empiezan a superarse y los dirigentes de cada tendencia sandinista buscan la forma de comunicarse entre sí, hacer acciones comunes y trabajar un proyecto de unidad del FSLN y, la segunda, es que diversos países latinoamericanos como Costa Rica, Panamá, Venezuela y México se pronuncian a favor de la lucha libertaria del pueblo de Nicaragua y propician en los organismos internacionales el aislamiento del régimen somocista.

1979, AÑO CLAVE

El año de 1979 es un año de avances en la lucha de liberación, los sandinistas a lo largo del año 78 y 79 han constituido diversos frentes de combate: el Frente Sur Benjamín Zeledón, en la parte sur del país; el Frente Norte Carlos Fonseca, en la parte norte del país; el Frente Pablo Ubeda, en la parte central de las montañas; el Frente Oriental Carlos Roberto Huembes, en Chontales; el Frente Occidental Rigoberto López Pérez, en la zona de León y Chinandega y el Frente Central Camilo Ortega, en la zona de Masaya y Carazo; además del frente organizado en la capital Managua , que es el centro neurálgico del combate contra la dictadura.

En marzo de 1979 los dirigentes de las tres tendencias del FSLN firman el acuerdo de unidad del Frente Sandinista y deciden impulsar la batalla final contra la dictadura en el mes de julio del 79.

En Abril del 79 se da la segunda insurrección de Estelí.

En junio del 79 se hace el llamado a la ofensiva final convocando a todos los frentes militares a combatir a la guardia de Somoza y a converger todas las fuerzas sobre la capital Managua ; a la misma vez, se llama a toda la población nicaragüense a una huelga general que permita involucrar a todos los nicaragüenses en la batalla contra la dictadura militar somocista. Nuevamente se insurreccionan Estelí, Matagalpa, Chinandega, León, Managua, Masaya, Carazo, Estelí y Rivas.

Somoza responde con todas sus fuerzas bombardeando y atacando a todas las ciudades, pero sus días están contados y no es posible detener el avance de las fuerzas libertarias que en los primeros quince días del mes de julio van liberando de forma progresiva todas las cabeceras departamentales más importantes hasta que entran triunfantes el 19 de julio de 1979 a la capital Managua.

Mientras los combates se recrudecen en las principales ciudades de Nicaragua, el gobierno de los Estados Unidos intenta manipular a la OEA con el objeto de que ésta designe fuerzas interventoras en Nicaragua, el intento de Estados Unidos fracasa al tener la oposición absoluta de los principales gobiernos latinoamericanos; posteriormente, pretextando motivos humanitarios intenta afincar fuerzas militares en Costa Rica para desde allí intentar algún esfuerzo militar en Nicaragua; esta intentona también fracasa. Finalmente, en esfuerzos negociadores con las fuerzas insurgentes sandinistas, pretende influir en la composición de la Junta de Gobierno de Reconstrucción nacional, asunto que no logra concluir con éxito.

www.manfut.org
Guerra de Estelí 
Primera Insurrección Popular de Estelí  en 1978
Insurrección Popular 1979 
Guerra en 1984  y  1985
la toma de Estelí de 1993

Esteli  Madriz   Nueva Segovia    Matagalpa Managua

EL INTERROGATORIO
Alejandro Dávila Bolaños