Nicaragua .. en cada lugar.. algo especial..




 
visite El Río San Juan de Nicaragua
visite San Carlos
Fortaleza El Castillo del Río San Juan de Nicaragua

EL ASALTO A SAN CARLOS
Agudelo Mejía, William,
El asalto a San Carlos. Testimonios de Solentiname. Managua, Asociación para el Desarrollo de Solentiname, 1982.
  Ediciones de la Asociación para el Desarrollo de Solentiname Compilado por William Agudelo
Impreso y hecho en Nicaragua


 

El 13 de octubre de 1977 el Frente Sandinista lanzó una ofensiva. Importantes levantamientos se iban a producir en diferentes partes del país, los cuales no se produjeron por falta de coordinación. Sólo tres acciones se realizaron, una de ellas fue el asalto al cuartel de la ciudad de San Carlos, en el Río San Juan. Junto con otros combatientes, en ese asalto participaron muchachos y muchachas de Solentiname. En este libro se recogen los testimonios de ellos y de ellas. Aquí hablan Alejandro Guevara (ahora Capitán del Ejército Sandinista), Nubia su novia (quien ahora es su esposa), sus hermanas Gloria y Miriam y sus hermanos Julio Ramón e Iván (ahora Teniente Primero del Ejército Sandinista); Laureano Mairena y Bosco Centeno (ahora ambos capitanes del Ejército Sandinista); José Arana, quien estaba en Solentiname cuando llegó allí la guardia, después del asalto guerrillero; y Felipe Peña, quien cayó preso en el asalto, fue liberado después por el Frente Sandinista, se reincorporó inmediatamente a la lucha, y murió poco antes del triunfo en la guerrilla de Nueva Guinea.

Faltan los testimonios de dos: Elbis Chavarría y Donald Guevara, quienes fueron capturados por la guardia poco después del asalto, y asesinados.

 

Nubia:
El primero de mayo llegué por primera vez a Solentiname. Iba de visita con la María y la Gloria hermanas de Alejandro, a ver a Ernesto que acababa de llegar de Estados Unidos donde había ido a denunciar las barbaridades que hacía Tacho Somoza en Nicaragua. Las Guevara me invitaron a quedarme una semana más.

Entonces, platicando con Bosco, me dijo él que si yo quería dar clases y le dije que sí. El habló con Ernesto y ya yo me quedé allí. Tenía yo casi cuatro meses de estar dando clases cuando los muchachos salieron a recibir entrenamiento en las escuelas del Frente. Regresaron de su entrenamiento y todavía nosotros no sabíamos nada.

Faltaba casi un mes y medio para que se realizara el ataque a San Carlos cuando Alejandro nos habló de los planes para esa acción y nos informó que iba a haber entrenamiento para los que quisieran.
Me preguntó si quería participar y yo le dije que sí porque estaba consciente de todo lo que sucedía.


 
Miriam:
Estábamos en una fiesta y entonces Laureano me dijo que si yo quería participar en un combate y yo le dije que sí, que estaba que no me aguantaba por ir a un combate. Me dijo entonces que en la semana siguiente íbamos a tener unas rápidas clases.

Un lunes nos avisó y nos reunimos los trece que éramos y nos fuimos a La Comuna. Empezamos a tocar y a conocer el M-1, la M-3, el Garand... Allí las desarmamos. Yo nunca antes las había visto. Comenzamos uno por uno a armarlas y a desarmarlas y a aprender los nombres de las armas y los de las piezas. El número ocho me tocaba a mí y, claro, cuando me tocó yo ya había visto a algunos compañeros hacerlo y ahi le iba agarrando y comencé primero a armar y a desarmar la carabina M-1, el es más difícil y más duro porque hay que fuerza para cargarlo, y después terminé M-3.

Nubia:
Hicimos el entrenamiento en La Comuna junto todos los muchachos de Solentiname: los W`k ra, Laureano, Elbis, Felipe... En esa entrenamos como una semana. Teníamos Garand, una M-3, un M-1, una 45 y un 22 y eso hicimos el entrenamiento.

Ya faltando una semana para el ataque nos fuimos en pie de guerra. Iván y Pedro tenían salir primero porque debían hacer unos t previos. Después salieron la Gloria, y Felipe. De últimos nos quedamos Elbis, y yo. Salimos de la Comunidad la víspera del comunal en el "San Juan de la Cruz".


 

Felipe:
Ese día salí, no de La Comuna sino de mi casa donde vivía mi papá. A las seis de la am me despedí de él y le dije que regresaría dentro de unos ocho días y él se quedó triste por cierto. En La Comuna los muchachos ya estaban listos y en el puerto de Chepe nos embarcamos para San Carlos en la lancha Luis Ugarte.

Ya llegamos a San Carlos y ese día me junté Rafael, un hermano mío, y me piqué bas con mi hermano. El día siguiente lo pasé en San Carlos vueltas hasta las doce. A las doce me metí una casa de seguridad.
 


 
Alejandro:
Salimos de Solentiname el 12 de octubre de 1 Estábamos en la Comunidad sólo los que íba a asaltar el cuartel. Ernesto ya se había ido Costa Rica y William y Tere también se hab ido. Nosotros estábamos prácticamente aclados. Una semana antes yo había dirigido una escuelita militar en La Comuna. Ya estábamos entrenaditos. Teníamos un fusil Garand, una sub-ametralladora M-3, una carabina ,\4-1, una escopeta 12 y una carabina 22.

Julio Ramón: A las siete de la noche llegamos a la finca La Mica y recibimos la señal de que estaba el baqueano: una luz roja.

Laureano:
Nos iba a estar esperando un señor en Punta de Limón. Era el guía que nos iba a llevar al campamento. Allí estaba a la hora convenida. Nos hizo enterrar el bote en unos matorrales y el motor lo fuimos a esconder al monte. El andaba a caballo y nosotros a pie. Eran unos llanos horribles.


 
Nubia: 
Desembarcamos en Punta de Limón, una hacienda administrada por los Coronel y esa noche nos tocó una caminada dura porque "Carballito" se perdió. Iba muy nervioso. Sólo él llevaba caballo. ¡Y nosotros que creíamos que nos iban a llevar caballos!

El camino estaba puro suampo, puro lodazal.

Habíamos tenido el problema de qué hacer con los familiares. No decidía si se iban de Solentiname o se quedaban mientras participábamos en el asalto. Yo tenía toda la seguridad de que íbamos a triunfar. Por eso no tenía muchos deseos de que se fueran. A última hora las muchachas me dijeron que era mejor que se fueran para mayor seguridad y que regresarían al poco tiempo. Horas antes de que partiéramos me fui a conversar con mi papá la pasada a la costa de enfrente, a territorio de Costa Rica.


 
Miriam:
Laureano nos avisó que nos tocaba irnos a San Carlos. Un martes me fui yo a San Carlos. Unos de los muchachos se iban a ir el lunes y otros el miércoles en la noche. Nosotros, la Gloria y yo, nos fuimos un martes con Alejandro en el viaje que, como de costumbre, se hacía los martes a San Carlos.

Llegamos donde la María, mi hermana. Esperaba irme ese mismo martes al campamento pero ¡idiay! no había todavía orden y allí estuvimos esperando que nos dijeran cuándo. A una hora determinada iba a llegar Manuel, creo yo, para darnos la orden de irnos al campamento y así pasó el martes sin novedad. El miércoles como a las doce llegó un compañero y nos dijo que ya era hora de irnos y entonces alistamos unas cositas rápidas, unos pantalones, y nos fuimos. Al pasar por el campo deportivo estaba allí todo el chavalero de San Carlos. Los estudiantes estaban allí haciendo competencia de carreras y nosotros pasamos tranquilas. Pero estaba una sobri nita de nosotros (la Jessy 1 y va que se nos quiere pegar porque creía que íbamos a pasear, a dar una vuelta por la carretera. Se quería venir con nosotros.

- ¡No! ¡No!- le dijimos. -Quedate Jessy. Ya regresamos aquí. Vamos rápido y nos regresamos.

Felipe:
A las ocho de la noche salimos hacia La Loma.donde  a la siguiente noche iríamos a reunirnos con todos los compañeros. Unos compas nos estaban esperando con un caballo y nos llevaron hasta la propia casa de La Loma. Allí nos dieron de cenar. Estuvimos platicando con el "Cero" y con el "Uno" y después nos dijeron que nos podíamos acostar un rato. Como a la hora - ¡nos acabábamos de dormir! - nos despertaron sorpresivamente. 

Salí con la camisa en la mano algo asustado y nos dijeron que lleváramos para adentro unas armas que acababan de llegar en una camioneta. Las metimos y nos pusimos a desempacarlas. Iban envueltas las armas y nos pusimos a limpiarlas y a armarlas porque iban desarmadas. En eso pasamos hasta la madrugada en que nos acostamos un rato.

Laureano:
El camino era como de hora y media y "Carballito" nos hizo caminar como cinco horas. Perdidos. Nos rebelamos a seguir dando vueltas con el viejo en el llano, ya no aguantábamos estar con el lodo a la rodilla. Comenzamos a ir en línea recta, cortando los alambres para que pudiera pasar él en el caballo y así llegamos al aeropuerto. Nos tiramos a un monte y luego a salir a un campo rozado y hallamos el bus del instituto de San Carlos pegado en el lodo. Nos metimos de inmediato de vuelta al monte. "Nos están esperando" me decía yo. Pero nada: estaba parqueado allí, vacío.

Cuando íbamos a salir de Solentiname ya era de tarde. Repartimos la gente y encendimos el motor de la luz como siempre en la Comunidad. Lo llenamos de diesel, enllavamos las puertas, cerramos todas las casas. Escondí bajo unos ladrillos de la biblioteca todas las llaves y le enseñé a Laureano dónde quedaban para en caso de que yo muriera. Quería que no hubiera necesidad de romper las puertas. Dejamos la bodega de víveres abierta: pensamos que si la lucha duraba días, la gente iba a sufrir hambre y debían poder comerse los víveres que allí había. Aunque verdad es que ya no quedaba mucho. No quise que se llevaran mucha ropa porque estábamos seguros del triunfo y de que pronto volveríamos.

A las seis de la tarde Laureano había ido a dejar hasta la bocana del río en una panga a mi mamá con las dos muchachas casadas: la Esperanza y la Helena. Luego nos alistamos para la salida. Dejamos las luces encendidas y nos bajamos al muelle. Ibamos Julio mi hermano, Bosco, Laureano, mi hermano Donald, la Nubia (todavía no estábamos casados) y yo. Mis otros dos hermanos Iván y la Gloria estaban acuartelados junto con Pablo en La Loma, cerca de San Carlos. Apenas oscureció un poquito nos embarcamos en el "San Juan de la Cruz" y atravesamos el lago.

Ramón:
Caminamos y caminamos chapoteando lodo. La Nubia comenzó a cansarse. Me caí y casi me quiebro el jopo y comencé a arrecharme porque me daba cuenta de que el baqueano estaba cada vez más perdido. A la Nubia la llevaban montada a la polca porque ya no aguantaba. Un zancudero... Y una sed en esos suampos. Entonces nosotros tomamos la iniciativa porque más o menos conocíamos la región: fuimos pasando, trozando las cercas con un alicate que llevábamos.

Llegamos a La Loma en una forma clandestina por los matices del "Carballito" que andaba de importante. Estaban allá mis hermanos y los otros compañeros. No dormimos. Tomamos un poco de café, nos cambiamos y de allí comenzaron a presentarnos a Plutarco o sea el "Cero" de la operación.

Me dieron el arma y me dijeron que la revisara. Era una Browning.

-Lo estábamos esperando compañero- me dijo un flacucho. Ya me puse a revisarla. Al rato me dice:
-¿Ya la revisó?
-Ya- le digo-. Como que está bien- le digo. Los otros también estaban revisando sus armas, cargando magazines de 45. de M-1, de M-3, cargando sus escopetas. Después de que ya teníamos todo arreglado el compañero "Cero" nos explicó cómo se iba a atacar el cuartel. En la pizarra ya comenzó a decir los lados que se iban a atacar y cómo y entonces le pregunté al compañero flaco que en qué posición iba a estar yo porque tenía conocimiento de que iba a estar de largo ametrallando el cuartel y él me dijo: -Compañero: usted va a estar como a 20 metros más o menos y si es posible entra en asalto; Eso era un error: mi arma no era pára entrar en asalto por lo pesada y porque es arma larga. Un fusil ametralladora es para implantarse en un lugar como en emboscadas, como para cuestiones fuertes. Para entrar en asalto son las escopetas cortadas y sub-ametralladoras M-3, pistolas y cosas así. Eso entiendo yo. Me sorprendió mucho, pues, cuando dijo que iba a entrar en asalto no por miedo que tuviera yo sino por la clase de arma que llevaba.
Me dieron 1.000 balas y un ayudante que ya había limpiado la ametralladora.


 
Miriam:
Allí nomás llegamos a La Loma y nos recibió el compañero Freddy y nos pasó adentro. Pasamos donde estaban las armas y allí estaban Felipe e Iván armando y desarmando con su fusil al lado ya. Nosotros no hallábamos la hora de ver las armas porque las queríamos conocer bien para no tener ningún problema y estaba yo queriendo saber cuál era el arma que me iban a asignar a mí para estarla conociendo mejor. No nos pusieron a desarmar.

El compañero "Uno" que era el encargado de armas no nos puso a conocer armas. Nos fuimos a la cocina porque ellos no habían comido en mucho rato y nos mandaron a la cocina a mí y a la Gloria. Empezamos a cocinar para todos porque también esperábamos a los muchachos de Solentiname por la tarde. Dilatamos cocinando y terminamos como a las cuatro. A esa hora almorzó todo el mundo y quedó comida bastante. Y nada de los muchachos. Llegaron ya noche. Gloria: Llegaron dos muchachos allí bien vestiditos, bien peinaditos, cuando estábamos cocinando la Miriam y yo. Por la tarde como a las cinco fue que llegaron los dos y se metieron hasta adentro. Entonces el "Uno" dijo que por seguridad había que ponerlos presos y así fue, les dijimos que no se iban a poder mover de allí, que iban a estar presos. Les pusimos dos postas y ellos allí, acostados...

Me dijo entonces el "Uno" que les explicara algo del Frente, cómo funcionaba, cómo estaba el país, cómo explotaban a los obreros y a los campesinos, les decía yo que no era justo que unos niños comieran y otros no, que había niños que hasta se morían de hambre mientras que a otros les sobraba hasta para botar. Y entonces se pusieron a pensar los dos y muy animados me dijeron que tenía mucha razón. - ¡Es cierto lo que vos decís!- me decían.

Les expliqué que íbamos a tomarnos el cuartel de San Carlos para terminar con eso de estar fregando al pueblo en nombre de Somoza, que estaban matando a los niños y a las mujeres en el Norte...
Vino el "Uno" y les preguntó si querían pelear. Dijeron que sí, que ellos iban a combatir. Les dieron arma. Parece que uno de ellos había tenido problemas con la Guardia, como que lo habían echado preso. Se sentían propiamente ofendidos pues.

Se alistaron. Les pusimos las pañoletas del Frente, les dimos su fusil. Ahí estuvieron tranquilos combatiendo a la hora del combate. La columna norte iba jefeada por el comandante "Cero" y Chop. La columna sur estaba jefeada por el comandante "Uno". Yo quedé en la norte.

Miriam:
Me pusieron a hacer posta de las 7 a las 9 y a cada luz que yo miraba venir del lado del río avisaba y todo mundo se ponía en acción con los fusiles (tal vez era alguno de los muchachos que bajaban así en un camino al río porque todavía faltaba subir armas de las que habían dejado por ahí).

Por la noche se aparecen los de Solentiname contándonos que se habían perdido, que habían caminado por un lodazal. Llegaron a bañarse y a tomar un café. Bueno, entonces cuando toditos llegaron decidimos hacer un descanso. Algunos, como Elbis, se quedaron haciendo posta. Nos fuimos a descansar ya que nadie había descansado.


 
Felipe:
Continuamos el trabajo limpiando las armas, armando clips y haciendo aseo de la casa. Pasamos en eso hasta las cinco de la tarde cuando dejamos de trabajar. Entre las 11 y las 12 de la noche llegaron el resto de compañeros de Solentiname.

 
Alejandro:
Comenzamos los preparativos para el ataque. Yo y no pude dormir. Algunos durmieron un momento, otros se quedaron vigilando a unos detenidos: dos muchachos que habían llegado sin estar enterados de nada y que a última hora se sumaron a la lucha.

-Queremos ir a combatir- dijeron.
 
 

 

Laureano:
Hicimos la repartición de las armas: a cada quien la que iba a usar. Como eran las doce de la noche ya no había tiempo para dormir: a las dos de la madrugada teníamos que estar levantados. Todo mundo daba vueltas hasta que llegó el momento. Nos montamos los veinte en una camioneta y salimos hacia el cuartel. La camioneta como iba tan cargada hacía un ruido. .. ¡puta! Todo el pueblo oía el ruido de la camioneta. Y todo el montón de gente, todo el riflero con el calibre para arriba. Allí lo único que se me ocurría era que nos iban a ver y que nos iban a masacrar dentro de la camioneta. Llegamos al primer lugar donde se apeaba el comando norte y nosotros seguimos al lugar de nosotros a tomar posición. Me tocó subir con un radio, un megáfono de esos grandes y con mi carabina y mi maleta de balas. Conmigo iba todo el comando principal. Eramos como diez: el "Chato", el jefe militar del grupo, este muchacho Emiliano (que salió conmigo después), Julio Ramón, Alejandro, Felipe, Alvaro (un hermano de Chop) y la Miriam que era la única mujer en el grupo.

 
Julio Ramón:
Salimos un poquito antes de las cuatro. Eramos 17 ó 18 con su arma reglamentaria y con su parque y veníamos toditos en una camioneta que hasta que pegaba las llantas en los guardafangos. Llegamos más o menos a las cuatro y diez pero mientras tomábamos posición para el ataque y esperábamos la orden de fuego se nos fue como a las cuatro y veinte. Seríamos los últimos en bajarnos. Nosotros íbamos a iniciar el fuego.

 
Felipe:
En la madrugada nos dieron a cada uno su equipo completo: su fusil , q su cantidad de tiros que tenia que llevar. . . Nos embarcamos en la camioneta y salimos faltando media hora para las cuatro hacia la Fortaleza. Primero se apeó la escuadra que iba a atacar el lado norte. Ya la escuadra que iba a atacar por el lado sur se había ido y nosotros íbamos a atacar por el este.

Bueno, llegamos, nos apeamos y comenzamos a subir junto con el "Número Uno" que iba de comandante de nosotros y nos posesionamos cada quien de su posición. Antes de salir de La Loma el compañero "Cero" y el compañero "Uno" nos habían dicho que guardia que se rindiera y saliera con las manos en alto que se le ordenara pasar al parque y estar allí y que se le perdonara la vida. Nos dijeron también de que íbamos a tener cinco minutos de fuego nutrido y que después se les iba a pedir que se rindieran, o sea que nosotros íbamos a hacer un cese del fuego.

Así fue como empezamos el ataque.


 


José Arana:
Mientras tanto, en Solentiname, ese miércoles al amanecer jueves yo me sentía tranquilo. Antes de dormirme noté que la luz eléctrica seguía prendida tarde y le había dicho a la Norma: -Norma: este gente estará de fiesta (como a medio día yo los había visto embullados), se estarán echando sus tragos a lo mejor porque no han apagado la luz.

De allí me volví a dormir y no me dí cuenta de a qué hora se, apagó. Como a las ocho de la mañana me iba al trabajo y le digo a Norma:

-No importa que me vaya a las ocho y salga a las cinco.

Allí estaba ¡yéndome cuando llegó Chael.

- ¡Idiay! -me dice- ¿Idiay? (Yo lo miré un poco retrechero- ¿No te has ido para el trabajo?

-No. -le digo- Ahorita me voy para alláEntonces se me viene así quedito y me dice: - ¡Pero allí no hay nadie!

- ¡Idiay! ¿Y dónde están?- le digo yo-. No hombre! Eso es que están dormidos, no se han levantado. Ayer se durmieron bien noche. - ¡Es que no hay nadie! Ya, anduve viendo las puertas y todas están cerradas, enllavadas, hasta el taller. ¡Y fui a la playa y no están los botes!

Yo, sin ninguna malicia le digo: comandante de nosotros y nos posesionamos cada quien de su posición. Antes de salir de La Loma el compañero "Cero" y el compañero "Uno" nos habían dicho que guardia que se rindiera y saliera con las manos en alto que se le ordenara pasar al parque y estar allí y que se le perdonara la vida. Nos dijeron también de que íbamos a tener cinco minutos de fuego nutrido y que después se les iba a pedir que se rindieran, o sea que nosotros íbamos a hacer un cese del fuego.

Así fue como empezamos el ataque.


 
Jose Arana:
Mientras tanto, en Solentiname, ese miércoles a amanecer jueves yo me sentía tranquilo. Antes (le dormirme noté que la luz eléctrica seguía prendida tarde y le había dicho a la Norma: -Norma: este gente estará de fiesta (como a medio día yo los había visto embullados), se estarán echando sus tragos a lo mejor porque no han apagado la luz.

De allí me volví a dormir y no me dí cuenta de a qué hora se apagó. Como a las ocho de la mañana me iba al trabajo y le digo a Norma:

-No importa que me vaya a las ocho y salga a las cinco.

Allí estaba ¡yéndome cuando llegó Chael.
- ¡Idiay! -me dice- ¿Idiay? (Yo lo miré un poco retrechero- ¿No te has ido para el trabajo?

-No. -le digo- Ahorita me voy para alláEntonces se me viene así quedito y me dice: - ¡Pero allí no hay nadie! - ¡Idiay! ¿Y dónde están?- le digo yo-. No hombre! Eso es que están dormidos, no se han levantado. Ayer se durmieron bien noche. - ¡Es que no hay nadie! Ya. anduve viendo las puertas y todas están cerradas, enllavadas, hasta el taller. ¡Y fui a la playa y no están los botes! Yo. sin ninguna malicia le digo:

-Es que seguramente se echaron sus tragos y se van a levantar tarde.

Entonces me dice él:

- ¡No! ¡Qué va! Si es que... Hombre: yo te voy a decir una cosa: Elbis una vez llego a la casa y se lo contó a la mujer -me dice- y la mujer se lo contó a la Marina y entonces nosotros sabemos que ellos iban a atacar -me dice-. Ellos platicaban de eso pero yo no creía que lo iban a hacer ahorita -me dice-. ¡Esa gente se fue de viaje!

-Entonces -le digo yo- voy a ir a acabarme de convencer

Me fui al taller y ya miré que estaba cerrado. Ya vimos las casas y todo estaba cerrado. Entonces vine y abrí la bodega que está pegada a la de los víveres y miré: todas las mangueras, motores, todo guardado allí. Comencé a maliciar y le digo: -Francamente que esto está jodido. -Bueno - le dije-. Vos dijiste que me ibas a regalar unos guineos y un maíz y ya que no voy a ir a trabajar -le digo- vámonos a traer eso y esperamos.

Y entonces nos fuimos. El andaba con la suegra. Nos fuimos a traer el maíz primero. Al regreso ya la mujer puso el radio y le agarramos la cola a las noticias: de que Bosco Centeno herido en combate en San Carlos se había entregado a las autoridades en Los Chiles. ¡Jueputa! Allí fue donde me comencé a poner pesado. Dijeron que iban a seguir informando y le dijimos a la mujer que no apagara el radio. En el siguiente boletín ya dijeron que los guerrilleros salidos de Solentiname se habían reunido con otro grupo que venía de Granada y que eran como cincuenta hombres los que atacaron San Carlos, que habían salido a Los Chiles y que allí se habían entregado a las autoridades ticas y que en San Carlos estaban en una situación jodida, lamentable. Entonces ya me afligí. Nos fuimos a traer los guineos y en el camino nos encontramos con Chávez. El había pasado donde Doña Natalia, había pasado hablando por ahí. Me dice Doña Natalia cuando me ve llegar:

-Debías irte a buscar a tus hijos porque fijate que dijo Chávez: "Ahorita todos estos jodidos, todos estos hombres de Solentiname los voy a ver tirados como garrobos. ¡Ahorita de los palos al agua se van a volar. ¡Todititos!" - ¡Idiay! -le digo-. Yo no me corro de aquí. Si nos van a joder que nos jodan. Qué le vamos a hacer.

Alejandro: Había una fiesta en San Carlos donde supuestaw mente se iba a poder capturar a unos militares pero no dio resultado. Y en eso se nos llegó la hora. Serían las cuatro. Subimos dieciséis en una camioneta pequeña, armados, en la madrugada. Llegamos, bajamos de la camioneta y comenzamos a subir a pie para atacar el cuartel. Tomamos posiciones. Tocaron las campanas. Una vieja salió con una virgen y empezaron una procesión.
 

Laureano:
Estábamos tomando posición y ya teníamos ubicado a un posta. Lo teníamos en la mira esperando nada más la orden de disparar. Miriam había quedado abajo guardándonos las espaldas.

 
Miriam:
Había una lomita que los muchachos tenían que trepar y un callejoncito. Allí me dejaron cuidando a es decir guardándole las espaldas a mi,, a ellos que estaban frente al cuartel. Yo estaba detrás de ellos viendo quién se acercaba por el callejón pero nadie se acercó. Alejandro quería trepar arriba pero no pudo por las bolsas de tiros que llevaba y porque allí estaba muy lucio y entonces se quedó conmigo.

 
Alejandro:
Yo iba de punta de lanza en el grupo de asalto. Para entrar necesitaba un arma rápida y liviana, por eso llevaba la M-3. Cuando subíamos me resbalé y caí abajo con todo mi equipo. Venía rodando cuando ví atrás un foco.

 
Laureano:
Dijo alguien que por detrás venia un guardia con un foco. Estábamos esperando la orden de fuego pero el guardia venia por atrás y nos iba a ver. Se ordenó a un escopetero que disparara.

 
Julio Ramón:
Se dio orden a un escopetero de disparar y se oyeron dos disparos.

 
 

Miriam:
Vimos venir un foco y Alejandro disparó con la M-3 - ahí nomás se le descompuso. Entonces yo le pasé mi rifle y disparó los 15 tiros que tenía y después me lo pasó. El iba a seguir hacia arriba porque allí arriba lo necesitaban y yo ya no tuve arma: de viaje se le salió el resorte del magazine. Entonces y a no pude disparar.

 
Alejandro:
No hice más: dejé ir mi primera ráfaga. Era el cuque que venía a cocinar al cuartel. Cayó el hombre y el foco quedó alumbrando hacia nosotros. Y ya comenzamos a disparar. Nosotros por nuestro lado y la otra escuadra por el suyo.

 

Julio Ramón:
Yo no lo ví sino hasta que fue de día: estaba boca abajo, quequisque, jodido. No sé si en verdad era el cuque. La verdad es que era de la Guardia porque tenía puesto el uniforme.

 
Gloria:
Cuando del lado norte empezaron a disparar nosotros soltamos fuego ;barambam! ¡brambán! Yo usaba una San Cristóbal viej (sima y se me encasquilló, solamente pude gastar dos magazines. Chop me prestó su 9mm. y "Cero" me puso al lado de la calle para que vigilara. Llegó el compañero Alvaro a componer un fusil y yo muy desesperada le pedí que me compusiera el que se me había encasquillado pero resultó que no se pudo.

 
Felipe:
Todas las armas funcionaron bien en el primer ataque .iu~ porque la Browning disparó y disparó también la M-3 que llevaba Alejandro, todo disparó bien. Cuando en este primer ataque vimos que no se rendían los guardias y que seguían disparando con más coraje (hasta una Browning y toda chochada sonaba allí) entonces nosotros como que nos enfurecimos y comenzamos a disparar más a lo loco y sentí de repente un fogonazo en la cabeza y no sentía más. Al rato me dí cuenta de que tenía bañada en sangre la cara porque tenía un refilón de bala.

 
Julio Ramón:
La Guardia dice que nosotros habíamos tocando las campanas de la iglesia para dar la orden de fuego pero fue pura coincidencia. Abrimos fuego cerrado un rato como lo habíamos hablado y después les dijimos que se rindieran por medio del megáfono. En realidad nuestra intención no era matar a esos guardias (no saben ni leer, ellos no tienen la culpa, la culpa la tienen los comandantes, los más grandotes de ellos, los oficiales). Estábamos cerca del comando, como a unas 20 varas, y les gritamos que se rindieran y que salieran a la plaza con las manos en alto y el arma atravesada al hombro; pero no lo hicieron y nos contestaron con bala después de apagar las luces del comando y del cuartel. Entonces el "Uno" decía que abriéramos fuego con más rapidez, con la ametralladora que llevaba yo. - ¡Qué pasa con esa Browning!- decía.

 
Laureano:
Un mono estaba allí detrás de un palo de guayaba y parecía gente. Hacía bulla ¡juás! ¡juás! por la espalda. Y decían:

- ¡Allí viene uno por ese techo!

Lueguito le volaron bala. Entonces el mono que no era baboso se hizo el muerto. Se colgó y se murió.

En la mañanita estaba tranquilo poniendo cuidado. Parecía que había quedado muerto y no le pasó nada. Al principio el mono estaba jodiendo, haciendo bulla y va de brincar sacudiendo ramas. Cuando estaba allí con esa jodedera el comandante dijo:

- ¡Allí hay gente por detrás! ¡Viene gente por detrás!

- ¡Es mono!- le dijo alguien.

Entonces yo dije: "Para que no esté jodiendo este mono le voy a tirar" y ¡plás! ¡plás! le dejé ir dos tiros y el mono inmediatamente se colgó como que estaba tirado y allí se quedó colgado. Cuando amaneció: el mono jodido sentado en una rama de guayabo pero calladito. Ya no hacía bulla: ya se había dado cuenta de que lo podían joder si seguía haciendo bulla.

Miriam:
Allá arriba nos estaban diciendo de que disparáramos a este otro lado por algotro que venía atrás. Lo que había allí era un mono que los de arriba hirieron. A mi arma ya se le salieron todos los tiros para un lado y yo no hallaba qué hacer. Buscaba el resorte y ya no podía cargar el fusil porque se le salía de viaje la guía por donde iban los tiros. Los de arriba me estaban diciendo siempre:

- ¡Compañera! ¡Allí! ¡Uno!

Entonces yo les dije que se me había fregado el arma, que estuvieran a la espectativa de mi lugar porque por la posición que yo tenía podía entrar alguno del enemigo y ¡Dios guarde! yo allí sin nada. Siguieron los disparos y oí que a Julio Ramón se le había fregado la Browning.

Me metí por debajo de la alambrada arrastrándome. Me enlodé todita la barriga y las piernas y desde el tronco de un palo de coco pude hacer muy buenos disparos. Las balas cortaban los cocos. Unas bujías que estaban en unos palos de almendra las tuvimos que quebrar para que nos dieran la oscuridad porque cuando entramos estábamos totalmente iluminados. Fue cuestión de segundos. No supe ni a la hora que estábamos en lo oscuro.


 
Laureano:
Después de unos diez segundos de fuego se ordenó parar y con megáfono se le llamó a la Guardia que se rindieran; entonces cuando se les habló de que se rindieran comenzaron a disparar unos y otros comenzaron a bajar las gradas (como era en un segundo piso donde estaban durmiendo) uno por uno, pero venían armados y en posición de combate. Entonces yo le digo al jefe militar que venían armados y me dijo: "Disparen". Felipe y yo estábamos juntos y comenzamos a dispararles a los que venían bajando las gradas y comenzaron a caer. Uno salio corriendo y se metió a la iglesia. Los que venían bajando apagaron la
luz. Bueno, y ahí cuando vimos que no querían rendirse les volvimos a dar más fuego nutrido. Después como de tres fueguiadas seguidas no se miraba a nadie en el cuartel. A mí me bajó el jefe militar a reforzar la retaguardia. Después se bajó él también y me mandó a ver si tenía arma el guardia que estaba muerto abajo para usarla, él me quedó cubriendo. Llegué donde estaba el guardia pero no tenía nada, solamente unas gafas ahumadas y un vasito con pastillas en la bolsa del pantalón.

Hasta ese momento sólo Felipe era el que tenía un rasguüito en la frente. Parece que fue una granada que reventó muy cerca y un charnel de la granada lo alcanzó.

Iván:
Me tuve que arrastrar bastante para tirar la granada. La tiré en la cocina. Yo oía que estaban como cuatro o cinco guardias allí platicando que no sé qué, que no sé cuánto, que vamos a hacer esto y ,vamos a hacer lo otro. Cuando la granada reventó ya estaba yo protegido en un pretil. Y se acabó el güirigüiri.

 
José Arana:
En Solentiname, Chael y yo estamos echando los guineos al bote cuando oímos que viene el primer avión. Bajo se oía ya pasar el primer avión. Ahí fue donde yo ya me asusté de verdad. Me dije: "Ahorita se muere aquella gente de verdad". El avión pasó bajito y lo miré que se perdió donde Rodríguez y dio la vuelta del lado de donde Nicasio y volvió a pasar. Al ratito, otro. Entonces cuando pasó el segundo avión yo le dije a Chael:

-Hombré yo ya me voy. Vos vas a ir a dejar el maíz.

-Sí -me dijo-. Voy a ir a dejar ese maíz. Entonces agarramos un bote cada uno y nos fuimos. Ya cuando íbamos entre medio de Doña Natalia y la casa de Doña Olivia comienzan a venir los aviones sobre nosotros, pero hasta que nos rozaban la cabeza.

-Ve: -le digo a Chael- hagámonos los tranquilos.

Yo iba al canalete. Y así nos llevaron hasta cerca de la punta. Cuando salió el avión grande abajo de La Yuca se vino buscando donde Nicasio y dio la vuelta. Los otros aviones andaban sólo volando sobre la Isla del Padre y donde Ernesto. Llegamos a la casa. Yo me apié del bote y me fui a traer un saco. Eché los guineos y eché el maíz. Ya la gente estaba temblando, las mujeres. Entonces me dice Cirilo:

- ¡Idiay! ¡Qué vamos a hacer!

- ¡Idiay! Y qué vamos a hacer pues: nada -le digo-. Aquí no hay más que esperar porque la Guardia va a venir de un momento a otro. -Vámonos de aquí.

-Pero es que si nos corremos es peor para nosotros- le digo.

Afligidas allí las mujeres. No hacían caso de nada. Temblando. Nos fuimos a reunir todos a la casa de Doña Justa. Entonces Chael se fue de viaje para abajo.
-Ahí paso a la vuelta.

-Bueno -le digo- ahí te espero.

Cuando él vino de vuelta eran como las cuatro de la tarde y le digo:

-Hombre Chael: vamos allá arriba-. (En verdad te digo: sólo yo me daba miedo ir. Yo decía: "Algún guardia puede estar allí y me jode"). -Vamos.

Entonces nos fuimos. Yo siempre con la idea de encontrar algo allí botado. "Es que si esta gente se fue de viaje algo han de haber dejado. Yo voy a buscar". Comienzo a buscar arriba en las soleras, me asomaba debajo del piso y cada papelito que hallaba lo volteaba.

En la cocina estábamos cuando el primer ruido de motor, pero a toda velocidad, ya como a las cuatro. Entonces le digo: - ¡Allí vienen! ¡Esa es la Guardia! -Vámonos para tu casa -me dice Chael.
-No -le digo-. No nos vayamos porque si nos vamos a lo mejor estos jodidos ya vienen por la punta y nos van a joder.

Entonces nos fuimos para la casa grande y yo me senté mirando para la iglesia, en las gradas. Chael se paró en la baranda.

El bote yo creo que no había ni arrimado cuando ya los guardias se estaban volando al agua. Los miro a los jodidos que parecían zompopos.

Sólo verdear se miraba en aquel zacatal de guinea.

- ¡Allí vienen! -le digo yo a Chael- ¡Ellos son!,

Y ya los miramos que comienzan a volarse en las paredes allí en la iglesia y le meten la primer patada a la puerta y ¡brán! Yo me paré y puse las manos así en la solera de la casa. Entonces le digo a Chael:
-Si nos quedamos aquí... (ellos se pararon en la acera, en la puerta de golpe junto a la iglesia) si nos quedamos aquí nos van a joder porque si nos movemos nos tiran. Mejor vamos a entregarnos.



 
Julio Ramón:
La ametralladora tenía un pequeño desperfecto: no me tiraba ráfaga, estaba como Garand, tiro a tiro. Por fin la hice funcionar a ráfagas y así estuvimos combatiendo. Oíamos combatir a los del comando Sur que venían por abajo elimi nando a los puestos del banco y a los perros ,que pudieran estar por la parte de abajo del pueblo. Esos se echaron a siete: a los dos más importantes después del coronel que eran Delgadillo -el segundo comandante de la plaza- y el jefe de Policía.

Nos estuvimos volando penca con la Guardia. En realidad fue poca la resistencia que nos hicieron porque no los dejamos. Les dimos mucho tiempo para que se rindieran y ellos por no quererse rendir hicieron más larga la cosa. Y me pasaron cerca los hijueputas: alguien tiró una ráfaga que me pasó raspando y esmeradamente en ese momento yo me venía colocando. Sólo me eché a tierra y le contesté con lo mismo. Creo que me lo eché porque no volvió a tirar.

- El jefe del comando sur era Richard Lugo quien se destacó porque hizo una buena limpieza en la parte de abajo del pueblo. Al primer guardia que mató fue así: sale el guardia que cuidaba el banco y le pregunta:
- ¡Qué pasa!

- ¡Manos arriba! -le dice Richard. Y lo mató.

El nos había dicho antes que iba a poner su mente en blanco y que iba a pensar solamente en combatir y así lo cumplió. Mató a cuatro guardias y al sub-comandante Delgadillo y a su compadre el jefe político.
No pudo matar a un montón de guardias que se refugiaron entre un grupo de gente. Dicen que allí estaba también el cura de Los Chiles que acababa de llegar para celebrar la Misa de Fátima.


 

Bosco: Miré una ráfaga y tiré una ráfaga en esa dirección. El me ubicó. Y entonces comenzamos a tirarnos ráfagas el uno al otro. Ahí no mirabas otra cosa que los fogonazos. No siguió disparando: seguramente lo jodí.



 
Iván:
Cuando me fui al frente este me fui por veredas, cruzándome cercos entre las casas, saltando postes... Y se me cayó una bolsa de tiros como con 300 tiros y ahí nomás me puse a recogerlos rápido. Una vieja salió, me miró, puso cara de marimbero mal pagado y se metió gritando:

Al amanecer unas gallinas que estaban en un palo de naranjo comenzaron a cacaraquear y a hacer ruido y me arrecharon. Me sacaban de quicio y les disparé. Unas dos cayeron al suelo malmuertas. Una gente gritaba. Unas señoras lloraban y llamaban a sus chiquitos. Las balas traspasaban los techos de zinc de las casas. Muchas balas me silbaron cerca pero ni siquiera una me rozó.

- ¡Ahi vienen los guerrilleros sandinistas! Algunos tenían miedo. Algotros estaban muy de acuerdo y levantaban los puños en señal de apoyo.



 
Bosco:
Después de los gritos de las viejas estuvimos un buen rato acostados disparando a buenos blancos. Yo medio conocía el cuartel y sabía dónde estaba el depósito de las armas. Entonces yo disparaba rasante sobre el cuarto de las armas y como el cuartel es de madera y mi fusil era un Garand, creo que herí a más de un guardia.


 
Felipe:
Como a las cinco de la mañana, después de una hora y pico de combate vimos que ya no disparaban los guardias. Creo que todos nos confundimos pensando que estaban muertos. Entonces dijo el "Número Uno" que era el comandante de nosotros:
-Bueno: ¡vamos al asalto muchachos!



 
Bosco:
Nos mandaron a cubrir a los que iban en punta de lanza. Ir en punta de lanza es una cuestión de reflejos, de agilidad, de saber usar armas livianas de tiro rápido. En eso pues que íbamos dando vuelta nos encontramos con la Miriam Guevara, mi cuñada. Tenia unos ojos como nunca en mi vida se los había visto a una muchacha, como si echaran fuego ¡no son mentiras! Brillantes brillantes pero como si se hubiera untado algo para que le brillaran de esa manera. Ahí estaba la Miriam, arrodillada, con su fusil apuntando en mejor posición que la de nosotros. Tenía un guardia muerto a sus pies enconchado. Tuve miedo de lanzarme al ataque con sólo una granada. Con eso y todo avancé un poco más tarde que los compañeros, me parapeté detrás de un tronco y me puse a manubriar mi fusil, la carabina que andaba, y nunca me disparó. En ese momento me doy cuenta de que repiqueteó un tiro junto al cañón de mi carabina y me reculé como tres varas pues creí que me estaba blanqueando algún francotirador.


 
Alejandro:
Los jefes ordenaron que nos metiéramos en punta  de lanza. Lo hicimos y unos guardias que se habían apostado abajo, en el comando nos hirieron a dos: al segundo jefe (Marvin) y al "Chato" Medrano. Al primero en el brazo y al segundo en una pierna. Yo entré con otros dos compañeros a la planta baja del cuartel, donde están las cárceles. Quise avanzar más pero me tiraron de frente. Hice otro impulso y volvieron a tirar. Quedé esperando unos quince minutos a ver si llegaban los demás.


 
Felipe:
Entonces en eso el "Chato" que va adelante en el asalto iba a tirar una granada. La disparó pero no reventó la granada y él se lanzó a tirar otra. Le dispararon con una Browning. Fue cuando oímos unos quejidos que nosotros creíamos que eran de los guardias que se estaban muriendo pero en realidad eran del compañero "Chato".


 
Iván:
Yo estaba bien aposicionado del coco cuando miré que hirieron al compañero "Chato". Presentaba buen blanco. Estaba lejos, como a sesenta metros de él cuando miré que se bamboleó de un lado a otro como mareado. La Nubia estaba a mi lado y yo le digo:

- ¡Hirieron a Bosco!- (Porque le miré el cuerpo gordo como el de Bosco). -Yo creo que fue a Pedro- me dice la Nubia.

Después creyó que era Alejandro y se puso más nerviosa todavía. Conservé mi posición aunque no puedo negar que en cierta oportunidad me dio nervio, pero me supe controlar muy bien. Miré al "Chato" cuando se arrastró y se subió a un pretilito y ahí se quedó boca abajo. Le miré el pantalón roto y el gran manchón de sangre. De ahí no supe más. Un compañero lo cubría mientras él se arrastraba como podía hasta donde estaban los demás.



 
Julio Ramón:-
¡Viene un herido allí- dijo alguien y mandaron a uno de los muchachos del pueblo que habían querido combatir (les había gustado la cosa y se metieron así, improvisados, se portaron muy bien porque el pueblo está con nuestras cosas, ellos ni siquiera sabían quién era el Frente Sandinista y al ver las armas para ir a pelear se decidieron y se fueron a pelear) y ya salió él y le dio la mano al herido para cruzarse la cerca. Yo
creía que era Bosco pero no, era Ernesto el "Chato" Medrano. En una pierna venía herido y entonces lo bajaron.


 
Laureano:
A esas horas oímos venir al "Chato" quejándose de arriba, y ya lo vimos salir pasándose debajo de un alambre todo pálido, bien pálido. Venía con las piernas flojas, todas se le movían para los lados y no las dominaba. Entonces fue cuando llegó el "Cero" y propuso ir a buscar una panga para llevar al herido. De allí en adelante ya nos quedamos solos nosotros.


 
Julio Ramón:
El responsable en combate, el "Cero", no había cumplido bien su misión porque me hizo fundir a mí la Browning. Por culpa de él (yo creo que no sabía nada acerca del arma) la Browning se recalentó. Ernesto Medrano fue uno de los granaderos. Se metía sobre las balas sin ningún miedo. Lo hizó muy bien como lo hicimos todos. Ya llegó herido. Lo teníamos allí herido. Yo no sé cuánta sangre echó allí arriba donde estaba antes.


 
Alejandro:
De pronto ví que uno levantaba una mano ensan
gretada como diciendo que no avanzáramos y era el "Chato" que tenía la pierna quebrada. Yo le dije:

-Venite para acá. Yo te voy a cubrir. Arrastrate.

Comenzó a arrastrarse y yo disparando mientras tanto. Me dijo que se sentía mal. Se estuvo arrastrando para salir de allí y estuve disparando contra el piso de arriba que era de madera por si habían guardias vivos. Oí que desbaraté cosas arriba, vidrios, no sé qué babosadas. Le pedí gasolina a uno que estaba detrás de mí para incendiar el cuartel. En toda esa madera vieja iba a pegar el fuego inmediatamente. Pero oía que los guardias heridos se quejaban. Entonces resolví no pegarle fuego por los guardias heridos.



 
 
José Arana:
Ya llegamos donde estaban los guardias. Yo me les paré así cerquita con las manos en la bolsa. -Buenas tardes -les digo.

- ¡Ajá! me dice uno de ellos- ¡Ajá Chepito! conque vos fuistes el que quedastes aquí de retenida- me dice.

-Aquí no hay retenida- le dije yo.

-¿Y los guerrilleros qué se hicieron? -Ni guerrilleros hay aquí- le digo.

- ¡Ah! ¡Y vos qué sos hijuepueta!- me dice. -Yo no soy nada. Nosotros aquí quedamos. Todos nosotros somos trabajadores. -Poné las manos arriba pues. Las manos a la cabeza ¡ya! ¡Y pasen! Y ya saben que cualquier movimiento que haya aquí ustedes son los primeros que van a morir.

-Pues si eso ya lo sé- le digo yo. -Y me vas a abrir todas esas casas.

A-Eso está todo enllavado- le digo yo-. Está cerrado.

-Pues vos las vas a abrir ahora- me dice. -Bueno: si vos lo ordenás yo las abro.

Ya llegamos a la casa grande y desde que íbamos llegando ¡jodido! iban unos por aquí, otros por allá, y una patrulla con nosotros. -Bueno- me dice- abrí la primera. -Bueno - le digo- esta casa para más fácil se puede romper este cedazo que es plástico con una cuchilla y por ahí se entra. - ¡Abrí la puerta y no estés con babosadas de cedazo!- me dice.

Entonces me voy yo y me pongo ¡bangá! ¡bangá! Yo ya le iba a decir "Está dura esta babosada" cuando me dice:

- ¡Apartate jodido!
Y la agarra. . . Como a las cuatro patadas:

¡bam! a la mierda puerta. Hubieras visto cuando abrieron la puerta: sobre la puerta iban pero así, ves ¡bam! ¡bam!

-Si aquí no hay nada hombre - les digo-. Aquí pueden hacer lo que ustedes quieran porque aquí no hay nada. Armas aquí: únicamente el machete que tengo en la casa -les digo-. Y eso es todo.

-Bueno: andá entregá todas esas casas que quedaron.

-Todo se los voy a entregar. Si aquí no hay nada- les digo.

Ya a esa hora pusieron todas las casas en pampas.



 
 
Julio Ramón:
No había casi gente porque ya a casi toda la gente la habíamos matado pero quedaban como tres viejos que no sé dónde estaban escondidos con su arma, acechando como francotiradores. Y tenían armas poderosas los hijueputas. Teníamos que haberlos eliminado primero. Pero el compañero se tiró en asalto cuando ya era de día y ellos, desde adentro, tenían buena visibilidad. Fue a él al primero que arrisaron. Yo no soy ningún militar viejo. Primera vez que participo en un combate. No sentía nervio. Me sen tía tranquilo cumpliendo una mision que desde chavalo me ha gustado. Y sin ninguna ira contra los guardias. Solamente defendiendo los. intereses de un pueblo y creyendo que al siguiente día iba a flamear una bandera de liberación que era el Frente Sandinista. Para eso combatí y no sentí miedo.



 
 
Felipe:
Al compañero "Número Uno" que iba detrás del "Chato" al momento que quiso subir las gradas de la entrada a la Fortaleza le dispararon tam
bién y no nos dimos cuenta más de él. Supe después por los compañeros que había sido herido allí.


 
 
José Arana:
-¿Y hay más gente aquí?- me dice. -Sí hay- le digo.

-Quiénes- me dice.

-Está el contratista de aquí y Sóstenes Escamilla un viejito -le digo-, mi señora, dos niños, tres mujeres pues y dos niños. -Y esas dónde están.
-Pues en la casa donde vivo yo- le digo. - ¡Vayan a traer a esos jodidos! Entonces ya se fueron.

Los Madrigales eran los peores, eran unos tiburones. Me decía el jodido de Adolfo Madrigal: -Pero si usted sabe todas las mierdas por qué no le dice al hombre toda la verdad. Si usted sabe todo.
-Qué verdad le voy a decir si yo no sé nada.

-Sí. Usted sí sabe. ¡Cómo no va a saber! -Bueno. Es que yo no sé nada. Si le digo mentira es malo porque no es cierto. Qué remedeo decirle yo una cosa que yo no la sé. -Pues lo vamos a joder por no decir la verdad.

 Eso está seguro que me van a joder -le digo yo-. Diga o no diga me joden porque yo no sé nada. Yo no puedo decir nada y entonces me van a joder.

Nos pusieron contra la pared y nos amarraron con unos mecates que andan ellos, de esos alambres que tienene ellos, ya ¡pías! ¡plan! trozaron unos pedazos y nos amarraron. Ya le agarran la camisa a Alejandrito primero ¡pla! ¡pla! A todos les rompieron la camisa. Entonces abrieron la bodega de los víveres.

- ¡Ah! ¡Si aquí hay comida para la Guardia! Vayan a traer a esas jodidas mujeres que vengan a cocinar. ¿Quién conoce allí?

Y salta Juan Madrigal. Ve... ese jodido... si es que él andaba que hasta que se le quebraba la corroncha. Y entonces ya se fue a traer a las mujeres.
-¿Vos sabés prender aquí la luz eléctrica? -me dice el jefe.

-Sí- le digo yo. Eran como casi las seis.

- ¡Ah! Y cómo no va a saber este jodido si sabe todo el teje y maneje de aquí. ¿Cuántos años tenés de trabajar aquí?
-Nueve años- le digo.

- ¡Uh! ¡Claro papito! Si vos sabés todo lo de aquí. Hasta manejar armas sabés vos, ¿verdad? -Sé manejar 22 porque eso es usual que todo mundo lo maneje pero otra clase de armas no las sé manejar.
- ¡No jodás!- me dice.

Y ya les fui a prender la luz a los jodidos. Me llevaban amarrado del Adolfo Madrigal ("Vos verés si te dejás arrastrar de este jodido" le dijeron). Bueno pues: prendí la planta y no me fijé cuánto diesel tenía.



 
 
Miriam:
¡Idiay! Yo no hacía nada sin arma y sin nada. Sólo estaba viendo a algotros que el arma se les estaba fregando. Ya quedaban pocos Garands que eran los que menos se fregaban. Oímos decir que había uno de los muchachos herido y nos damos cuenta de que era el "Chato" el herido y se venía arrastrando solito. Lo ayudaron a bajarse porque venía pálido y lo trajeron hasta mi posición. All!' nos reunimos. Allí estaban Julio Ramón y Laureano y uno de ellos que estaba viendo a ver si componía las armas y qué va: las armas ya no tenían composición. Peor así para momentos rápidos.
Allí teníamos al "Chato" cuando llegó el compañero "Cero" y dice:

- ¡Hay que sacarlo!

Y se fue a buscar la panga para sacarlo al "Chato'.

Nos quedamos esperando y al ver que no llegaba nadie y que los aviones ya tenían como quince minutos de estar arriba la Nubia comenzó a decir que buscáramos como salir de allí. Los aviones pasaban lejos y Donald y Laureano les disparaban pero sin poder hacerles nada. Andaban helicópteros y aviones.


 
 
Leureano: Yo estaba nombrado punta de lanza también pero el comandante dice:
-No. Allí quédese reparando la ametralladora Browning con Julio.

Entonces me dejaron allí. Iba para arriba tam bién. Si no, tal vez me hubieran herido porque hubiera ido con el "Chato", con todos esos adelante.



 
 
Julio Ramón:
Estaba con Laureano reparando la Browning que se me había embalado y el M-3 cuando bajaron al "Uno" con el brazo izquierdo casi arrancado, y dijo:
¡Sáquenme que me desmayo! ¡Que me desangro!

Entonces Chop que era otro de los encargados del mando con "Cero' se fue, lo agarró junto con mi ayudante de la ametralladora y lo sacaron en un yate para Los Chiles. Yo estaba sin arma y así pasé como una hora pero cuando amaneció me encontré una 38 en un montecito. La miré y ví que tenía balas y me la metí.



 
 
Laureano:
Y de allí fue cuando ví salir a Marvin corriendo herido. Dijo:

-Ayúdenme que vengo desmayandome. ¡Sáquenme de aquí que voy a desmayarme! Nosotros seguíamos intentando reparar la ametralladora.



 
 
Julio Ramón:
El "Cero' ya se había retirado con toda la gente del comando Norte. Dejaron abandonados a Donald, Elbis y la Nubia. No los había vuelto a ver y me parecía que los habían matado. Mucha de la culpa por los caídos la tiene la mala dirigencia. Ir al asalto, con esos viejos guardias tirando allí; para mí fue un error de los más grandes: pasar de blanco donde alguien está tirando. No sabíamos cuántos eran. Lo más eran
tres. Pero no estaban tirando flores.



 
 
Laureano:
A esa hora yo me acordaba que en el comando norte todavía había gente porque no se habían venido todos y entonces me fui al comando norte a buscar a los que estaban. Me fui corriendo. Entonces me encontré con Iván que venía ya de allá y le pregunté por los demás y me dijo: -Allí vienen.

Ya ví que venía Elbis y también Donald y les pregunté:

-¿Nadie queda allá todavía?

la Gloria dentro de una de las casitas hediondas que hay allí, en un rincón. Y le digo:

-¿Y tu arma?- (tenía una pistola 9mm. sin magazine) ¿Y esa es tu arma?

-Sí. No me quiero mover de aquí porque tengo miedo: no tengo arma. ¿Para dónde voy a coger sin arma? Aquí estoy metida -me dice - -Vámonos- le dije.

Nos reunimos con los demás en el lado oeste.



 
 
Gloria:
Apareció Laureano y me dijo que nos fuéramos para el lado donde estaban ellos (yo no me había ido antes porque se me había fregado el arma). Cuando llegamos vemos que estaba allí todo Solentiname y tres muchachos más que no conocía. Allí me dí cuenta de que el herido era el "Chato" Medrano. Yo va no miraba a casi nadie. Se habían ido. Solamente los muchachos quedaban.

Felipe y Alejandro seguían tratando de componer la Browning.



 
 
Felipe:
Nos damos cuenta de que muchos compañeros se habían retirado con el "Número Cero" y nosotros no teníamos ni la menor idea de cuándo retirarnos porque nos habían dicho de que no habría retirada, de que sólo para adelante íbamos. Y confiados en eso es que yo creo que nos quedamos.

Alejandro estuvo disparando mucho con una M-3. Lo miré muy confiado pues, que disparaba y disparaba y allí muy cerca del cuartel casi se trepa las gradas. Me bajé hasta donde estaban los demás compañeros que es donde estaban las mujeres. Estaban la Gloria, la Nubia y la Miriam, Entonces miramos que estaban casi todos reuniéndose. Al momento bajó el compañero Alejandro y se puso a darle con un martillo o no sé qué babosada a la M-3 que se le había jodido. Le hago una crítica al compañero por exceso de confianza, pues era hora ya de haber estado planificando la retirada.

En ese momento llega el compañero Elbis que estaba cubriendo una posición y entonces el compañero Alejandro me da la orden de irme a cubrir la posición del compañero Elbis. Cambié el fusil con el compañero Elbis por una escopeta doce y once cartuchos y el compañero Roberto Pichardo muy solidariamente se ofreció a cubrir esa posición conmigo. Nos fuimos y esperamos a que los compañeros se retiraran.



 
 
Nubia
 A las seis de la mañana ya miramos. Pedí que me pusieran la radio en una casa vecina. Me pusieron la radio. Este combate iba a ser coordinado con otros en Ocotal, Granada, Chinandega... Y no había sucedido nada.

De las casitas Salió una muchacha que nos invitó a la Gloria y a mí a beber una taza de café. La muchacha, toda nerviosa nos decía que nos fuéramos. A esa hora ya estaban los aviones y los helicópteros volando sobre San Carlos. Nos decía la muchacha:

- ¡Bájese Pipita! (Ya bastante pálida ella que es un poquito blanquita) ¡Váyanse que la Guardia está bajando, está llegando ya al aeropuerto!

Parece que la gente de San Carlos sabía que cerca, en una hacienda de Tacho, estaban entrenando a unos militares para combatir la guerrilla y que estaban jefeados por un teniente Montenegro. Y en efecto: al rato de habernos ido ya estaba llegando un jeep de la Guardia. Esos se encontraron con Laureano y se tirotearon en el campo de aterrizaje y con suerte Laureano y el otro compañero lograron salir con vida.

Me replegué a donde los compañeros de Solentiname. Estaban Alejandro y Julio Ramón com¡Ya me avisó una muchacha que están bajando los guardias!- les dije.

Pero ellos siguieron en lo que estaban. Además teníamos al "Chato" herido y no lo queríamos dejar.

Al fin el "Chato" se quedó allí porque se nos hizo imposible llevarlo.



 
 

Julio Ramón:
La gente comenzó a andar por la calle tranquila, como si nada pasara, con sus tanquecitos de leche, todos en la calle viéndonos. Nos conocían.



 
Alejandro:
Ya era de día y estaba la aviación volando cada vez más bajo. Se nos había fundido la Browning que era el arma principal que andábamos. Quisimos repararla pero fue inútil. En eso se nos fue mucho tiempo y comenzamos ya a planear la retirada. Unos muchachos del pueblo nos pidieron que los dejáramos disparar un poquito, aunque fueran unos tiritos, pero ya no había chance.

El "Chato" estaba con un poco de cólera. Decía que no había que abandonar las posiciones y que allí muriéramos. También estaba pidiendo un arma para matarse y pidiendo que le disparáramos porque él no quería quedar así. Entonces el "Chacal" le dejó un Garand. En realidad era imposible salir del pueblo con él, caminando por una región de puros llanos y pantanos, sin caminos.



 
 
Felipe:
No me dí cuenta cuando se fueron pero antes de eso quería decir también que el compañero "Chato", cuando nosotros estábamos arriba todavía, se vino bajando de arrastrada con su fusil y con una pierna de arrastra (la tenía quebrada completamente) y bajó hasta donde estábamos todos reunidos. Estaba boca arriba con el fusil al pecho. Le preguntaron que cómo se sentía, que si lo llevaban. El dijo que no, que iba a morir en su ley. Allí quedó boca arriba y nosotros quedamos cubriendo la posición que nos habían asignado. Al rato de eso le dije al compañero: -Compañero: vaya a ver si ya se fueron los otros compañeros y si hay que irnos nosotros también.



 
 
Julio Ramón:
Recibimos una llamada desde Las Brisas (Las Brisas es una hacienda ya en territorio tico) del comando sur y decían que ya iban por ahí y que cómo íbamos nosotros. Les dije que vinieran porque yo estaba sin arma y que las escopetas estaban jodidas lo mismo que una carabina San Cristóbal. Les dijimos:

-Así como está tenemos más o menos dominada la situación pero se nos están fregando las armas.

-¿Y no han matado a nadie?- preguntaron. -No. Todos estamos buenos - les dijimos- pero se nos están fregando las armas. Si nos atacan fuerte va a estar jodida la cosa. Vengan a ayudarnos.

-Y por dónde llegamos - nos preguntaron- si andan sobrevolando aviones por todo el camino. -Busquen ustedes por dónde llegar. Y si traen, armas juéguensela.



 
 
Gloria:
La aviación comenzó a volar. Ya a esa hora no había nada que hacer: el "Uno" se había ido herido, lo habían sacado. El "Dos" y el "Cero" ya hacía rato que se habían ido. La Browning no servía y era el arma más poderosa que andábamos. La inquietud entre nosotros fue inmensa y entonces Alejandro comenzó a planear la retirada en cuestión de segundos. Fue una retirada más bien desordenada. Nos retenía el compañero "Chato" herido pero era claro que no podíamos) llevarlo con nosotros porque ni nosotros mismos sabíamos cómo íbamos a salir de San Carlos. El mismo compañero "Chato" se dió cuenta de ello, de que era imposible cargar con él. y nos pidió que lo matáramos. Pero nadie se halló en valor de hacerlo.


 
 
Ramón:
Bueno: el rato que combatí tiré 600 balas en pocos segundos, lo que causó que la ametralladora se recalentara demasiado y un casquillo se encajó en el calibre y se embaló. Me quedé pues sin arma. Los demás disparaban con Garand y con M-1 que fueron las armas que respondieron más. Las escopetas fallaron porque los tiros para ese tipo de escopeta deben tener la concha metálica de la base más ancha. La mayor resistencia de fuego nosotros, los del comando este. la pusimos. Fuimos los últimos en salir. La cosa duró como hasta las nueve de la mañana y a esa hora nosotros teníamos la situación dominada.



 
 
Laureano:
Estábamos solitos. Uno guardaba posiciones. Otros estaban sentados en las aceras viendo la calle. Y yo anduve corriendo siempre para todos lados. Me metía en un rinconcito v miraba hacia la comandancia y me salía a la calle. En una de esas me fui a la casa de la mamá de la Nubia a pedir agua ya que tenía una sed arrecha de tanto andar de arriba abajo. Cuando llegué a esa casa bebí agua y agua. Me encontré a Julio que también andaba bebiendo agua y le dije: - Andate para allá.

¡Y el jodido todavía andaba enamorando muchachas!

Entonces ya nos fuimos al lugar donde estábamos todos. William estaba montado en una camioneta tratando de prenderla para que nos fuéramos en ella. A esa hora ya andaba el avional. Me puse a la orilla de la camioneta a ayudarle con unos pedazos de navaja a romper unas chochadas porque no había llave para encender la camioneta, para prenderla directa. Andaba un helicóptero encima. Entonces yo allí cambié arma con William: le dí mi carabina y él me dio un Garand y empecé a dispararle al helicóptero. No cayó.



 
 
Julio Ramón:
Había llegado el "Cero" del otro lado y había dicho que iba a buscar una panga para sacar al herido. Y eran las nueve de la mañana y no regresaba. Nos quedamos sólo el grupo de Solentiname. Era la primera vez que combatíamos.

Andaba ya la guardia de Managua. Ya los aviones estaban ametrallando. Y nos quedamos haciéndole frente a la cosa. Ya no íbamos a pelear con la guardia de San Carlos sino con la que estaba llegando. El pueblo que andaba tranquilo en las calles y alegre por lo que estábamos haciendo comenzó a decirnos: - ¡Muchachos! ¡La Guardia está bajando por el lado del aeropuerto! Entonces nosotros dijimos: - ¡Qué pasa! Tenemos que hablar con "Cero' a ver qué dice el compañero. Tenemos que ver. lo para preguntarle qué hacer, cómo organizar una retirada porque eso no se planteó cuando estábamos en La Loma. Sólo: "Fuego de frente hasta llegar a Managua". Comenzamos a hacer gestiones a ver cómo nos comunicábamos con los otros, con los del comando sur, pero el radio no servía, el radio bueno se lo habían llevado. Me acuerdo que Elbis decía:

- ¡Qué hacemos! La Guardia nos está rodeando. Viene la Guardia de Managua. Aviones, helicópteros, toda mierda- ¡Nosotros qué hacemos! Qué se hizo Plutarco, el "Cero". ¡Quién es el jefe!

Y alguien dijo:
-El "Cero" va se fue para Los Chiles con otro en una panga.

Ya habían disparado varias ráfagas allí unas avionetas y un helicóptero de la FAN. Si hemos tenido unas buenas armas allí mismo los bajamos. Eramos novatos pero valientes. Un día vamos a descubrir todos los maturrangos que hizo Plutarco, el jefe. Su traición. No sé qué hubiera hecho en una escuadra con el Che. Creo que lo hubieran fusilado. Después terminó saliendo del Frente Sandinista. Lo sacaron.



 
 
Laureano:
Yo seguía en la camioneta con el muchacho y en eso le pregunto cómo vamos a salir en la camioneta y me dice:
-Ve: nos salimos a La Loma y allí vemos qué hacemos.

Y le digo:
-Pues allí nos metemos a la montaña. Llegamos a La Loma y ahí nomás nos metemos a la montaña.

Después le digo:
-Pero en el aeropuerto están bajando aviones ya. Necesitamos ir unos adelante. Si vamos todos en la camioneta en el aeropuerto nos van a masacrar. Que se vaya uno conmigo. Yo me voy con uno adelante corriendo al aeropuerto. Los otros se vienen en la camioneta y nos alcanzan. Se vienen despacio y nosotros a pie para que no nos agarren así en la camioneta apretados.
Entonces ese muchacho Emiliano me dice: -Yo voy con vos pues.

Yo en ese momento ni me percaté de que sólo llevaba dos clips de Garand y con eso salí corriendo, con 16 tiros nada más. Les había dicho antes de salir:

-Monten al "Chato" en la camioneta.

Babosada era eso porque lo hubiéramos ido a dejar a La Loma para que lo acabaran de joder allí.

El combate duró como tres horas. Estuvo bien porque vencimos a la Guardia, porque la agarramos desprevenida y porque nos pudimos marchar de allí. Yo llevaba un fusil con mira telescópica especial para francotiradores. Gasté tiros pues. Tiré porque me habían dado como 150 tiros. Todos nos portamos bien, todos los compañeros se portaron bien. No tiré todos los tiros: no había mucha necesidad de tirarlos. Después el arma me la cambió Bosco y me dio un Garand que últimamente le quedó a Donald. Por el Garand Donald me dió una escopeta doce de mazorca que se rajó de tanto tirar. Laureano. una viejita que era bien guardiera (la conocíamos que era bien guardiera) quería salir de su casa. La Nubia me gritó:

- ¡No dejés salir a esa vieja! ¡Que se quede que de aquí no se mueve nadie!

Y yo todavía volví a ver a la viejita con lástima, me daba lástima decirle "No. No se mueva. ¡Devuélvase!". La viejita volvía a ver para todos lados y la Nubia con la escopeta 12 que andaba rajado el cañón hasta el tronco (era un canal, ya no era un cañón) se viene (yo pensaba que la iba a matar a la vieja) y le dice: - ¡No! ¡De aquí no se mueve nadie! ¡Véngase para acá!

Y la apuntaba con la caña hueca, rajada. Y la viejita le dice:

-Permítame meterme en esta casa para hacer mi cafecito.


 
 
Y la Nubia:
- ¡Ah! ¡Pues allí métase!

Y allí se quedó la viejita.



 
 
José Arana:
Bueno y entonces les dicen a las mujeres: -Ustedes van a cocinar. Ahí está esa bodega llena de comida. Esa comida es de la Guardia. Aquí no tiene nada el Padre Cardenal, esto es de nosotros. Hay arroz, hay manteca, hay azúcar. hay de todo. ¡Cocinen para la Guardia! Y le dicen a los Madrigales:

-Les ponen cuidado a estas jodidas mujeres porque no vaya a ser que le echen veneno. Estábamos en la entrada de la casa grande. - ¡Ah!- dice el hijueputa-. Póngamelos allí, enfrente de ese dibujo que tienen allí. Allí se ven bonitos.

Ya amarrados nosotros se vienen y comienzan a buscar los libros y todo libro que hallaban sospechoso decían:

- ¡Traigan a ese barbuchín jodido! ¿Vas a decir que no conocés este libro? ¡Ah! no lo conocés ¿Y vos chino jodido?

-Para mí es desconocido- decía Chael. -¡Ah! ¡No vas a decir jodido!

Agarran una soga y comienzan a verguiarlo. Chael a cada pijazo que le pegaban hacía

". ,hup!".
- ¡No vas a decir que no lo conocés!

-No lo conozco.

¡Plás! le metían otro vergazo.

- ¡No lo conozco! ¡Si por eso me van a matar a pija pues mátenme pero yo no lo conozco!



 
 
Miriam:
Venía una situación desesperada y no estábamos haciendo nada con esas poquitas armas, no íbamos a poder hacerle frente a los aviones. Entonces nos montamos en una camioneta para ver si po díamos salir, ni sabíamos para dónde íbamos a coger en la camioneta con el "Chacal". El "Chacal" la prendió y nosotros nos montamos y la chocó contra un muro de tierra que había. Nos salimos en carrera y nos corrimos buscando la playa, buscando donde Don Chale.


 
 
Ramón:
Buscamos cómo retirarnos porque el pueblo tenía miedo. Nosotros no vamos a decir que no teníamos un poco de agitación nerviosa pero controlamos un poco los nervios, principalmente los hombres (porque las mujeres que andaban se portaron más o menos, guardaron más los nervios que Plutarco: el responsable de nuestras vidas y de nuestra acción guerrillera). Bueno: salimos huyendo no supimos para dónde. Primero arrancamos la camioneta. Los del otro comando se habían llevado las llaves pero el compañero William la arrancó. Quisimos sacar al herido por los lados del campo de aterrizaje, por el hospital, para después meternos a la montaña. Esa era nuestra iniciativa. Había coyoleo ya (se sentía) del Batallón Blindado de Somoza. Nosotros no sabíamos que ese batallón nos iba a atacar. Sabíamos que nos iba a caer la Guardia Nacional eso sí. Montaríamos a las mujeres y al herido en la camioneta. Laureano y Emiliano iban a ir abriendo brecha por si se topaban a la guardia porque estaban bajando en helicópteros y podían bajar aviones: en la pista no se habían puesto barricadas, se hubiera llenado ese campo aunque fuera de ganado.

Bajamos para el lado del muelle. Yo no supe cuántos éramos pero íbamos más o menos la mitad. Laureano y Emiliano siguieron el camino hacia el campo. La camioneta había quedado chocada ahí nomás porque William no sabía manejar. Nos bajamos y nos corrimos para el muelle. Emiliano y Laureano que iban para adelante se toparon con la Guardia y los tirotearon a los guardias. Se fueron y nosotros ya no supim os más.


 
 
Y dice la Nubia:
-Vámonos de aquí y llegamos rápido al lado de donde Don Chale, donde doña Merceditas Gross. Y entonces las dos nosotras nos fuimos. La gente iba saliendo, abandonando su casa, buscando cómo desaparecer de allí en ese lugar cercano al combate y entonces nosotros nos fuimos en carrera. La Nubia pasó tirando unas cosas en un excusado de una casa, una chaqueta y unas bolsitas de tiros de fusil, allí las echó en el "interior" y nos fuimos en carrera sólo ella y yo porque los muchachos querían seguir de pie haciéndole frente a la GN.

Un poquito antes de llegar a la casa de Doña Merceditas encontramos a Alejandro, a Gloria, al "Chacal", a Pedro y a Julio Ramón. Nos dice entonces la señora que buscáramos cómo irnos. Estaba una panga allí y no la pudieron encender porque no tenía llave. Las muchachas y yo nos metimos bajo el piso. Allí parecíamos ratones. Después llega alguien allí y le dice a la señora que no había ningún guardia en el pueblo todavía. La señora nos dijo que nos fuéramos, que agarráramos unos botecitos pequeños que había allí.


 
 

Alejandro:
Nos fuimos pues a buscar botes. Llegamos a la r casa de Doña Merceditas Gross. Temblando la buena señora pero nos dejó entrar a la casa. La señora se portó muy valiente, nos dijo:

-Miren: están perdiendo el tiempo. Allí están esos botecitos de canalete. Atraviesen con ellos el río y de allí para allá ese llano es duro. Allí pueden irse a pie hasta Los Chiles.



 
 
Nubia:
Elbis y Donald cogieron para el mismo lado de la playa pero ya no los pude ver más, yo creo que a causa del nerviosismo.

ga de Silvio Pilarte que no tenía motor de arranque. La señora de Don Chale nos decía: -Sálganse de aquí que aquí nos van a matar a mí y a ustedes. ¡Váyanse allí! ¡Pásense! Nosotros no le hacíamos caso porque no sabíamos qué pasaba en el pueblo, si los mismos guardias que estaban tirando antes habían tomado otras posiciones y podían matarnos a la pasada del río San Juan. Debajo había unos botecitos y unos motores sin gasolina. Allí estuvimos como quince minutos. Al rato se volvió a aparecer la señora y dijo:

-No hay ni un solo guardia en el pueblo. ¡Váyanse! Allí al frente es duro el terrero. No lo estén pensando más. ¡Mejor ya fueran huyendo!

Esas palabras de la señora nos llenaron de fuerza, nos cargaron las pilas como se puede decir. Ya debía ser algo tarde porque ella tenía un vaho puesto al fuego que estaba de a verga, olía de a cachimba. Nos pasó una pana y unos canaletes. Nos cruzamos en unos botecitos chiquitos. Debajo del muellecito habíamos botado una M-3, y la Browning desarmada, como 400 balas que me habían sobrado y una granada de fragmentación.



 
 
Gloria:
En dos botes nos cruzamos el río. Comenzó nuestro camino. La Nubia perdió los zapatos.

Nubia:
Yo había perdido los zapatos y me le había cachado a la señora unas zapatillas que al pasar al llano se me perdieron.



 
 
Miriam:
En dos botecitos nos trasladamos al otro lado, de a cuatro en cada bote. Nosotros sentíamos que ya nos estaban tirando por la espalda. Pasó un avión allá largo y entonces nosotros nos tiramos así rápido y dejamos los botes. Al ratito estába mos al otro lado. Pasó otro avión y nosotros comenzamos a meternos más en el llano, puro fango de viaje, y entonces pasaron más aviones cerca de nosotros y nos metimos más y nos tapábamos la cabeza con hojas.



 
 
Alejandro:
En un momento en que no pasaba la aviación t atravesamos el río en esos botecitos, medio sumergidos y remando con las manos. Después comenzamos a caminar por esos llanos con el agua a la cintura. Llanos de zacate cortante y helequemes que son árboles de agua con espinas.
El avión sobrevolaba. A la Nubia se le habían ido al agua los zapatos y había quedado descalza. La caminata era penosa, no se podía caminar casi. Siempre con el agua a la cintura.



 
 
José Arana:
Como a las nueve de la noche se apaga la luz.

Hubieras visto a esos guardias cuando se fue la luz. Todos estaban tranquilos con la luz. Habían ido a traer todos los colchones y colchas y los tiraron allí en la casa grande. Ya habían comenzado a voltear la biblioteca. El Franklin estaba en la hamaca. Todos estaban acomodados. Y entonces se va la luz. Nosotros estábamos en cuclillas amarrados y vendados con pañuelos o trapos (no sé con qué puta que andan todos ellos). Y se apaga la luz. Y un solo traqueteo.

-¿Y quién fue el que prendió la luz? - ¡Este jodido barbuchin!

- ¡Es plan hecho! ¡Claro que hizo que se apagaran las luces!

-Vení para acá- me dice Franklin-. Vos sabés dónde están, ¿verdad? ¡Van a venir para joder nos estos hijueputas!

-No hombre- le digo- si aquí no hay nadie -le digo-. La luz quién sabe por qué se fue -le digo-. Seguro que se le acabó el diesel.
- ¡Amarren a este jodido! Amárrenlo otra vez a éste. Que vaya a ver por qué fue que se apagó la luz.

Entonces ya me amarran a Madrigal y me llevan vendado. Cuando llegué y ví el tanque miré que no tenía diesel, se le había terminado.
- ¡Idiay! Si no me sueltan ni puedo ver ni puedo encender -les digo.

-Suéltenle la cara- dicen. (Yo tenía una mano suelta).
Entonces yo le digo a Juan Madrigal:

-Allí hay diesel en esa lata. Echale. Vamos a ver si enciende - le digo - porque cuando se apaga coge aire y cuesta mucho que pueda prender. Voy a prender. El primer pijazo y nada. Le hago el segundo...
- ¡Ah! No lo vas a prender, ¿verdad? ¡Jodido! Es truquito lo que estás haciendo. Si no lo prendés te vamos a pijiar.

- ¡Ah! Si no prende me tienen que soltar para cebarlo (Y me le pongo jodido a Juan Madrigal) Métamele la comprensión -le digo. Ya lo prende y ya.

- ¡Amárrenlo otra vez!



 
 
Felipe:
Pero Roberto Pichardo se dio cuenta de que ya se habían ido los otros compañeros y entonces sólo oímos los disparos de una avioneta y un helicóptero que acababan de bajar. Nos dimos cuenta de que los compañeros se habían ido y de que posiblemente nosotros estábamos rodeados por la Guardia. Como a la hora de estar allí, sinceramente yo me estaba durmiendo y mi compañero también porque teníamos como tres noches de desvelo y entonces él me dice:

-Compañero: métase a ese otro cuarto y puede dormir un par de horas y después de ese par de horas me meto yo y usted se pone a cubrir aquí. A los cinco minutos de haberme metido yo oímos que estaban disparando allí por donde había quedado el "Chato' boca arriba y creí que era el "Chato" que había disparado, que se había matado él mismo o que había disparado para que los guardias creyeran que estábamos todavía allí, pero como a los pocos segundos estaban ametrallando a mi compañero, a Roberto, me di cuenta de la situación. El había disparado con su fusil 22 y había herido a un guardia en la mano. En el momento en que lo ametrallaron salió caminando de lado, cayendo, y se me enredó en los pies. Me jalé el pie y se me zafó un zapato. Estoy en eso cuando veo que un tipo entra donde estoy yo y me apunta con un fusil. Yo me acomodé y le apunté con la escopeta y le disparé. Creí que lo había matado pero le erré. Cuando miro que no le pego manubreo mi escopeta y no me funcionó. El tipo se había puesto a cubierto. Me sentía desanimado completamente. Me dije: "Ahora sí estoy muerto pues". Pero los guardias gritaban de afuera: - ¡Ríndanse! ¡Ríndanse! Y yo, como vide que no me funcionaba mi escopeta, les dije:

- ¡Me rindo pero no me maten hijos de puta!
 



 
 
Ramón:
Cuando ya habíamos cruzado el río y ya íbamos llegando a la vega, un avión de la FAN aparece y entonces nosotros nos tiramos al agua y nos tapamos con zacate y dejamos ir los botes. Sacamos un Garand, dos carabinas y la 38 que era la que llevaba yo. Los aviones pasaron otra vez y nosotros estábamos debajo de los zacates.

Allí la Nubia medio se estaba escapando de ahogar.

- ¡Acercame el bote! ¡Acercame el bote! -



 
 
Laureano:

Me separé del grupo y me fui corriendo adelante y en la calle iba preguntando si no habían visto pasar guardias por allí, y me dijeron que nada, que nadie había pasado. La gente que venía en  la calle para el centro del pueblo me decía:
-Señor: ¿puedo ir al pueblo? Tengo una hijita allá, quiero ir a buscarla y a traerla. -Vaya hombre.

Todo mundo me pedía permiso y yo decía "vaya".
Cuando íbamos a 300 varas del hospital vimos que se estaba levantando un helicóptero del aeropuerto. Nosotros seguimos corriendo pero ya sospechábamos que había guardias, que habían bajado guardias; pero de todas maneras yo le dije al otro:

-En un helicóptero no viajan muchos. Serán unos cuatro. Sigamos. Llegamos así a la par de una montañita y ya vimos que venía un jeep bajando. Yo le dije a Emiliano:

_¡Ya vienen allí! Metámonos en esa montañita y aquí los vamos a joder a estos jodidos. Cuando nos tiramos nosotros a la montañita, apenas habíamos llegado nos agarran a tiros ¡tan! ¡tan! ¡tan! ¡tan! y era charco la montañita. Se sentían los chinguetazos de agua allí en el llano ¡pas! ¡pas! ¡pas! ¡Puta! Allí fue cuando me sentí muerto y pegué una carrera y me tiré dentro de un güiscoyolar y ni sentí las espinas; pasé corriendo y me paré detrás de un palo y el otro también se escondió detrás de un palo, pero el jeep se quedó parado. Entonces nosotros lo agarramos a tiros ¡pam! ¡pam! varios tiros. Yo le volé todo un clip. Cuando cambié el clip y volví a ver, ya el jeep se iba escondiendo en vez de seguir para donde nosotros. Se devolvió. Entonces le digo al otro: -Yo sólo tengo un clip. No tengo balas. Aquí no hay de otra que agarrar este llano y pasar a la Loma pues y tal vez los muchachos vienen en la carretera y allí pasan a toda verga porque a lo mejor ya los jodimos a estos del jeep (porque un Garand agarra un jeep y lo hace verga).
Y entonces nos tiramos al llano. Eran como las nueve de la mañana y salimos al otro lado del llano como a la una de la tarde. Después comenzamos a caminar ya en unos potreros. En ese llano nos pasaban los helicópteros como a veinte metros de alto. Se sentía el zacate que se movía así con el aire.

Cuando el helicóptero pasaba nosotros nos volvíamos cuajipales dentro del llano. Nos echábamos zacate encima y así caminábamos otro pedacito y volvía otra vez la misma chochada y nosotros a lo mismo. Es por eso que nos dilatamos tanto en el llano. Allá nos comenzó la sed como a las doce y teníamos que beber agua del llano, allí del charco, una agua oscura.. .



 
 
Miriam:

Llegamos a un poquito de tierra firme y caminamos todo ese día. Fue bien duro. Yo estaba dispuesta a caminar lo más que podía y nos agarró la noche. Mirábamos unas luces y no sabíamos y decíamos: "¿Y esas luces de dónde serán?" Y era San Carlos que todavía lo teníamos cerquita. Seguimos caminando. Los muchachos ya como a la una o dos de la mañana estaban cansados y se durmieron debajo de un palo. Yo no podía dormir con el río a la orilla y pensando que algún bote o algo se apareciera. Y

un zancudero que no nos dejaba en paz. Nubia se despertó y les hablamos y seguimos caminando en la oscuridad de viaje y nos metíamos en unos montes que eran oscuros. Al siguiente día mientras caminábamos nosotros sentíamos que íbamos mal: mirábamos que íbamos a salir al lado de La Esperanza y no queríamos pasar por allí porque nos podían agarrar. El ganado andaba de un lado a otro y decíamos: "Ahora oyen esta bulla de ganado y nos vienen a buscar".



 
 
Julio Ramón:
Tocamos tierra y nos metimos al suampó. Nos fuimos arrastrando. Hasta esa hora me dí cuenta de que íbamos siete, que faltaban cinco, que quedaron allá Emiliano, Laureano, Elbis, Donald, Felipe. . . Entonces comenzamos a decirnos: "Para dónde cogerían los muchachos... Laureano y el otro y el otro. . ." y comenzamos a hacemos preguntas porque nos sentíamos salvados metidos en ese suampal. Ya estábamos retirados de donde había sido la cosa. Continuamos arrastrándonos y seguían pasando los aviones sobre nosotros hasta que por fin logramos coger un tieso, un firme. Cuando llegamos al tieso que es frente a San Carlos oímos los cachimbeos. Nos volaron bala del río San Juan y de parte del río Frío que allí hace un ángulo a la salida de San Carlos. Llegamos a una ¡omita. Seguimos caminando y miramos hacia La Loma y miramos todo y oímos las balaceras bastante pegadas a la vega del río San Juan. Tratamos de calcular, de agarrar el Medio Queso y caminamos y caminamos toda esa noche. Había llegado la noche y no nos había pasado nada. Me sentía bastante tranquilo. Lo que más podía preocuparnos era que nos rastrearan, que nos siguieran, pero al mismo tiempo me decía: "No nos pueden seguir porque tienen miedo. Ese cachimbazo que les dimos no es como para que se animen a seguirnos. Nos pueden seguir pero con una lentitud bien despacia que no nos van a alcanzar". Caminamos toda esa noche.
Felipe: Yo me había rendido. Salí con el fusil en alto. Ellos comenzaron a gritar: - ¡Allí viene el hijueputa! ¡Allí viene el hijueputa! ¡Hay que matarlo! ¡Hay que tirarlo!de un lacta bulla

Decían todos:

- ¡Déjenmelo a mí! ¡Déjenmelo a mí!

Y entonces me dijeron:

-¿ldiay hijueputa? ¿Y tus compañeros? -Ya se fueron- dije yo. -¿Entonces sólo vos sos hijueputa? -Sólo yo -dije yo. Entonces me dicen:
- ¡Caminá para atrás! -Y yo caminaba para atrás.

-Caminá para adelante. Caminá para atrás. -Y yo caminaba diez, quince varas para adelante y para atrás y así me llevaron hasta la Fortaleza. Cuando íbamos cerca de la Fortaleza un guardia me agarró a culatazos y a terciazos con el fusil pero yo me le capeé y lo tuve que le podría haber dado un golpe. Entonces otro guardia me dio con la culata del fusil en la cabeza y caí sembrado en el pilar de la puerta de entrada a la Fortaleza. Allí me agarraron a patada y culatazo limpio ¡pam! ¡pam! ¡pam! y después me dijeron que me parara en cuatro patas y yo me paré voluntariamente en cuatro patas y un guardia se me abalanzó y me dio una sóla patada en los güevos (para ser sincero no me dio en los güevos porqué si me hubiera dado en los güevos me los hubiera vaciado, me los hubiera batido). Entonces al momento de sentir la patada me dí tres volantines y creyeron que me habían mata
do y dijeron:

- ¡Hijueputa! ¡Lo matastes!

Pero cuando vieron que estaba vivo dijeron: - ¡Qué güevos de hijueputa! ¡Son de hule! Estaba acostado cuando me pegaron cuatro patadas más. En realidad las patadas no eran para morirse pero yo arrugué la cara como si me estuviera muriendo para que no me siguieran dando. Tenía bañada en sangre toda la cabeza. Un oficial que acababa de graduarse en Panamá me dijo:

Ellos hijueirarlo!
Sentate hijueputa.

Yo me senté y entonces me dijo:
-¿Te fijás hijueputa? Sos caballo. ¡Mirá cómo estás! ¡Si sos un Cristo! ¿Qué remediás? ¿Qué sacás con.esto?

Yo no le contesté nada sino que lo quedé viendo fijamente.

-Estos hijueputas son caballos. Son engüevados- dijo.

Entonces me dice:

- ¿Querés que te pegue un balazo?- Y me apuntó con la ametralladora a la cabeza-¿Ah? -Si me vas a matar a patadas y a culatazos mejor pegame un balazo- le dije yo. -No hijueputa-me dijo-. No te voy a matar. Te voy a matar hasta después que declarés. Te vamos a investigar hijueputa -me dijo.



 
 
Alejandro:
Como a las cinco de la tarde salimos a un lugar

Ir mejor, a un potrero, con la aviación siempre volando bajo. Decidimos esperar un poco para caminar a la orilla del río en la noche. Caminamos con el agua a la rodilla: horrible, en la oscuridad. Pensamos que nos íbamos acercando a la hacienda de Somoza, La Esperanza. Quisimos esquivarla y nos metimos en un llano de lodo, esquivando también el río. Era un llano impa sable en el que nos hundíamos hasta el pecho.



 
 
Nubia:
Ese día fue duro. Tuvimos que caminar en puro llano, sobre pura espina de helequem. Toda la noche. Después salimos a unos potreros de La Esperanza y había un ganadal tremendo y allí pensamos que era mejor cruzarnos al otro lado. Llevaba los pies llagados.


 
 
Iván:
Ibamos siguiendo la orilla del río Frío. No andábamos muy a la orilla por lo que andaban botes. Era un llano de más de dos mil varas con todo tipo de espinas y dilatamos como tres horas para cruzarlo con el agua a la cintura o más arriba a veces. Muy peligrosísimo andar caminando allí por las culebras y por toda clase de bichos que andan en la montaña. Esas zonas son apropiadas para las culebras.

Andaba un M-1 que era el que había usado en el combate, nuevecito. El amor a la vida que uno lleva allí corriéndose no hace caso de los bichos que tiene la montaña. Llegamos hasta cierto punto donde me trepé arriba de un jobo para explorar un camino más seco o un estrecho donde pasar el río con menos dificultad y todo lo miré puro llano. Decidimos cruzarnos el río: no había otra alternativa.

Julio Ramón: Salimos a un río. No sabíamos si era el río Frío o el río San Juan y entonces echamos una mata de zacate al agua para ver hacia donde corría (si corría para abajo era el río San Juan y si para arriba el río Frío). El "Chacal" se quiso cruzar en un tronco y dejó ir el Garand y su ropa.



 
 
Alejandro:
El "Chacal" propuso desde antes que nos pasáR ramos al otro lado del río y, puesto que íbamos
dejando huellas, así los despistábamos. Eso hicimos.

Decidimos pasar las armas y la ropa amarradas a un tronco seco. Cuando cruzábamos la Nubia comenzó a gritar que se ahogaba. Era terrible: nadando en medio río, en la oscuridad (eran las dos de la mañana) y oír los gritos de una compañera que se estaba ahogando. Por suerte aún no se había refundido y entre Iván y yo la pasamos. Se subieron a la breña. Yo regresé a traer la ropa y las armas. Al "Chacal" desgraciadamente se le fue toda su ropa y las botas, sólo quedó en calzoncillos. Perdió el Garand también. Ya sólo quedamos con la 38 y dos carabinas M-1.



 
 
Nubia:
Para la cruzada nos dijo Alejandro que era mejor que nos desvistiéramos y entonces las mujeres nos desvestimos.

Al ir a medio río me dio nervio y me estaba ahogando. Cuando yo pedí auxilio aparecieron Iván y Alejandro a salvarme pues, con suerte porque todavía no me había hundido. Las botas y la ropa las cruzaron los muchachos amarradas a un palo. El fusil también. Nos quedamos las tres mujeres en brassier y calzón y un zancudero que había allí nos estaba comiendo. Dilatamos bastante porque la cruzada fue dura.



 
 
Miriam:
Decidimos no cruzar un gran llano sino cruzar al otro lado del río. Allí perdimos un Garand, un foco, un par de zapatos y la ropa de "El Chacal". Seguimos al otro lado del río y nos damos cuenta de que estábamos ahí nomasito de La Esperanza.


 
 
Gloria:
En esa cruzada nos comieron los zancudos porque estuvimos un buen rato en brassier y calzón. Para los muchachos fue durísimo: les tocó cruzar el río como tres veces.



 
 
Felipe:
Después de eso me tuvieron amarrado allí afuera en una parte donde me daba el sol y me caía la  lluvia. Allí me orinaba y allí dormía en los orines hediondos. Estaba todo ensangrentado, todito el cuerpo, la cabeza rajada con unas cuantas rajaduras y la herida del balazo que tenía también: en la cara tenía tres heridas que me habían hecho a patadas y a culatazos. Entonces un tipo medio me curó dos veces: medio me rajuró la cabeza y me trozó unos tucos de pelo, mes echó agua oxigenada o no sé que babosada y me puso dos inyecciones. El mismo día que me agarraron como a las tres de la tarde me llevaron un puño de arroz y untrozo de pan. Nunca di síntomas de que me sentía abatido. Siempre confiaba en Dios que no me iba a morir pues, y que si moría, pues moría en paz. Decían:

- ¡Ve qué hijueputa! No es como los otros hijueputas que no se hartan. Este hijueputa come. ¡Cómo es!

Al siguiente día no me dieron de comer del todo. Al otro día me dieron dos bollos de pan y con eso pasé todo el día. Al tercer día no me querían dar de comer pero al medio día el viejo coronel le hizo una seña a un guardia y le dijo: -Dénles de comer a estos hijueputas - y le cerró un ojo.

Yo me aproveché de su maña: cuando el coronel se fue, le dije a la mujer de la cocina: -Señora: el coronel dio orden de que nos traigan de comer. Así que por favor tráiganos porque estamos con hambre. Entonces la mujer mandó a un raso a traer comida y así hicimos un "tiempo" ese día. De allí, me estaba cagando y le digo a un guardia:

-Ve hombré: Aquí lo llevan a cagar a uno o hay que cagarse en el pantalón. -No hombre: te vamos a llevar. Y me mandaron con un compañero que me bajó el pantalón y defequé pues en el excusado de la comandancia.

Creo que fue domingo cuando llegó la Teleprensa y me entrevistaron y me hicieron algunas preguntas. Yo temía hablar directamente, abiertamente, pues se trataba de salvar mi vida de alguna manera que fuera. Ellos me preguntaron que si yo sabía lo que venía y yo les dije que sí. -Usted pertenece al Frente- me dijeron. -Desde luego acepté venir aquí voluntariamente sí pertenezco al Frente - les dije.
Otra cosa que me preguntaron era que si me habían pagado, que cuánto me pagaban para que anduviera allí y yo dije que nada porque los combatientes del Frente no andan por ninguna paga, andan voluntariamente. El coronel parece que no había perdido las esperanzas de fusilarme.



 
 
Iván:
Una vez toqué un coral. Ibamos arrastrándonos y con la mano toqué una culebra. Sentí lo alaste y frío, que era una culebra bien delgadita. Y le avisé a los que venían atrás que no pasaran por allí porque había tocado una culebra.


 
 
Alejandro:
Comenzamos a caminar y como a las dos horas amaneció. Todavía no habíamos pasado la hacienda de Somoza. Ibamos en un terreno más duro pero de vegetación muy cerrada. Yo sentía que habíamos caminado tanto y en realidad no habíamos avanzado mucho.


 
 
Iván:
Habíamos llegado a una parte donde descubrimos huellas de ganado y eso nos animó: sabíamos que el ganado busca lo más duro para caminar. La dormida era la cosa más horrible. Si dor
mfamos (tal vez minutos en el lodo) los zancudos nos picaban por todas partes. Y sin un plástico. Sin una colcha. Sin nada. Sólo con la ropa. Y el frío era muy intenso.


 
 
Julio Ramón:
Seguimos caminando de madrugada. Unos zacatales tranquilos porque no había casi nada. Al siguiente día nos metimos a una montañita y caminamos hacia unos ceibones. Entonces vimos La Esperanza.


 
 
Alejandro:
Como a eso de las nueve habíamos encontrado un palito de guayabas. De repente vimos huellas frescas y uno de los muchachos dijo que acababa de ver un guardia. Nos venían siguiendo. En realidad era la hacienda de Somoza la que estaba como a 80 metros de nosotros, al otro lado del río. Los helicópteros estaban bajando. Entonces hicimos que los otros avanzaran y "El Chacal" y yo nos quedamos guardando la retirada. Oí ruido adelante y le digo: -Parece que les dieron el alto.


 
 
Julio Ramón:
Encontramos un palito de guayaba. En lo que estábamos comiendo guayaba pasó un helicóptero y dio tres vueltas. Después una avioneta. Las muchachas comenzaron a decir: - ¡Nos han descubierto! - ¡No!-les dijimos nosotros- No nos han des cubierto.

En eso sentimos que alguien caminaba hacia donde nosotros, oímos ruidos. Era una montaña clara pero habían unos matones y yo sentí claro que alguien venía para donde nosotros. Nos pusimos en guardia. No era nada. Estábamos a la vega del río, cerca dee la finca de Somoza. Alejandro y William "El Chacal" que llevaban las dos carabinas se quedaron atrás para cubrirnos y yo que tenía la 38 me fui con las mujeres. Cuando íbamos avanzando oí cantar un gallo y creí que estábamos pasando la frontera. Oí tres balazos de carabina y entonces le dije a los muchachos:
-No se aflijan que parece que estamos pasando la frontera, la guardarraya.



 
 
Gloria:
Estábamos comiendo guayaba (nuestra primera comida después de haber* salido de San Carlos) cuando comenzó a sobrevolar un helicóptero. Alejandro y "El Chacal" se quedaron guardando la retirada. La Guardia nos había detectado y nos cercaba. Nos escondimos. Al rato oímos un ruido de bote y unos disparos de ametralladora y creímos que habían matado a los muchachos. Después sabríamos que los tiros que oímos habían sido disparados al bote dondé venía Charpentier, el Ministro de Seguridad tico.Nubia: Como a las diez oímos un gran bombardeo. Creímos la Gloria y yo que habían matado a Alejandro y al "Chacal". Nosotros íbamos al mando de Julio Ramón que llevaba la 38. Ese día nos sentimos rodeados, nos había rodeado la Guardia. Tuvimos que pasar todo el día escondidos para esperar la noche. Alejandro y el "Chacal" aparecieron como a las cuatro de la tarde.


 
 
Alejandro:

Debíamos tener el máximo de silencio. Nos quedamos esperando. Al rato vino Pablo que iba con los demás y dijo que había perdido el contacto con los otros compañeros y que había visto unos guardias, que le parecía que habían detenido a los demás. Nosotros nos quedamos apostados y después por el camino por donde habían pasado los demás vimos un guardia. -Aquí vamos a combatir hasta las últimas consecuencias "Chacalito" -le dije-. Si la Guardia nos llega a agarrar de todas maneras nos matan. Había movimiento en el monte alrededor de nosotros. No podíamos ver a los guardias pero estábamos rodeados. Nos paciamos: •yo adelante, el "Chacal" en medio y Pablo atrás. -Vamos a comenzar a disparar- les dije-. A la hora que caiga uno de nosotros el otro agarra la carabina y sigue.

Entonces hubo otro movimiento hacia un lado y me pareció ver a otro guardia por allí. El "Chacal" propuso que nos matáramos porque parecía que ya habían agarrado a los otros y nosotros íbamos a quedar heridos y nos iban a agarrar vivos. Oí junto a mí un tiro. Yo martillé mi carabina y no disparó ( ¡por suerte no disparó!) y le pregunto a Pablo: - ¡Qué pasó allí!
-El "Chacal", -me dice- me parece que se mató el "Chacal".

No podía ser. Alguien debía haberle disparado. Pere no: efectivamente se había matado.No se oyó nada más. Nos quedamos inmóviles, acostados allí todo el día. No podíamos enderezarnos para ver dónde estaba muerto el compañero. Había un tremendo zancudero. Habíamos perdido el contacto con los demás. De pronto hubo balaceras junto a la hacienda y adelante un bombardeo muy fuerte como a dos kilómetros de donde nosotros estábamos. Era que estaban bombardeando a Charpentier, el Ministro de Seguridad de Costa Rica que andaba revisando la frontera en territorio tico. La Guardia lo bombardeó y bajaron allí los helicópteros. Pero no sabíamos en ese momento qué había pasado.

Ese pelotoncito de la GN que andaba allí se retiró cuando estuvieron tirándole a Charpentier. O tal vez con el tiro de "El Chacal" se fueron. No sé.



 
 
Julio Ramón:
Alguien se asomó a mi rastro. Salió como a unas 20 ó 30 varas de donde yo estaba escondido en medio de dos gambas de coquito y pude ver que era uno de la GN porque asomó un poco la cabeza y el lomo. Le apunté pero se retrocedió. Oí un balazo atrás. Después estuve pensando en todo eso y en el balazo que oí atrás y el bombardeo y pensé: "Al rato sólo yo quedé vivo".


 
 
Iván:
En un momento en que creímos que habían matado a los demás compañeros les agarró una desesperación a las muchachas y querían hacerme subir a un palencón que había, puro bejuco, diciéndome que por lo menos yo me salvara subiéndome a ese palencón. Teníamos cerquita a la Guardia: uno de los compañeros había visto pisadas de guardia y habíamos oído ruidos así muy cerca de nosotros. Julio Ramón cuenta que él vió uno y Pedro cuenta lo mismo. Julio

A la muerte del "Chacal" yo no estaba. Sólo lo miré cuando ya estaba muerto.



 
 
Ramón:
Oímos un bombardeo fuerte, ráfagas, un cachimbeo de lo más de a verga como a kilómetro y medio. Me agarró una gran preocupación porque las muchachas no estaban cerca de mí y se habían corrido para otro lado. Me estuve escondido allí. Me sentía rendido y me dormí.

Estuve dormido todo el día hasta las cuatro y media. Para las cinco, cuando la montaña se oscurece, me fui a buscar a los muchachos.



 
 
José Arana:
Al rato dicen:

- ¡Traigan a ese jodido barbuchín!

Me llevan para allá por la esquina donde estaba la mesa.

-Sentate aquí -me dice-. Lo que tengo en la mano es un lápiz -me dice. -Sí - le digo.

-Tocó -me dice-. Y tocá que esto es un papel. -Si- le digo.

-Te voy a hacer unas preguntas y me las vas a contestar. Pero cuidado con decirme mentira porque ya sabés lo que te puede pasar. Cuando yo te haga una pregunta y vos me contestés y yo no esté seguro de que me decís la verdad te voy a jincar con el lápiz. Cuando no te jinque con el lápiz es que te estoy creyendo.

Y comienza a preguntar que cuántos años tenía, que de dónde era, que dónde había nacido, que cuánto tiempo tenía de conocer a los de La Comuna...

-A los de La Comuna los he conocido desde niños -le digo- porque todos somos de aquí.

Me preguntaba por gente de Managua que yo ni los conozco y comienza ¡pas! ¡pas!

- ¡Esto no te lo creo! Ya te diste cuenta. Seguí pues.



 
 
Nubia: -
La luz no la apagaron en toda la noche hasta que amaneció.
-Estás rendido - me dice.

-Pues ni tanto- le digo yo.

-Bueno: si estás rendido me decís -me dice-. Mejor andá para allá otra vez. ¡Llévenselo! -le dijo a los Madrigales-. Andá descansá- me dice- que mañana vamos a seguir con vos.

,( orrete que estamos rodeados! ¡Buscá un lugar donde esconderte bien!- me había dicho Iván. Me fui a esconder lo más que pude. Solita allí estuve triste. Oraba porque no sabía de ninguno de ellos, a nadie miraba ya. Como a las cuatro oí una voz detrás de mí que hablaba, que carraspeaba. Y yo decía: " ¡Es Alejandro!" pero me aguantaba las ganas de hablar porque podía ser un guardia el que estaba detrás. Cuando ya logré oírle bien la voz le hablé y era Alejandro que estaba así de cerca y me dice:
- ¡No te movás que estamos rodeados!

-No importa -le dije-. Nos vamos a rendir.

- ¡No! No nos rindamos -me dijo-. Yo voy para donde vos y que nos maten juntos.
Yo no le hice caso y me fuí para donde él.


 
 
Iván:  nos rodeó la Guardia nos separamos. Era de mañanita.

Después como a las cuatro nos ajuntamos. Transcurrió un tiempo de tensiones que nos hizo sentir como si fueran siglos los que habían pasado. Seguimos caminando y nos dimos cuenta de que seguíamos exactamente enfrente de La Esperanza.



 
 
Nubia:
Cuando llegué donde Alejandro ví que el compañero al que le decíamos "El Chacal" estaba muerto y entonces le pregunté a Alejandro qué había pasado.
-Se tiró - me dijo.Tenía el M-1 agarrado y yo dije:

-Yo se lo voy a quitar. Nos puede servir adelante. - ¡No hay que dejárselo! Y empiezo a despegarle, a estirarle los dedos ya tiesos como de hierro. Iván resolvió quitarle la chaqueta (nos•servfa contra el gran zancudero). Así que lo sentaron y se la quitaron.



 
 
Laureano:
Seguíamos avanzando en el llano. A la cintura y a veces más arriba nos llegaba el agua. Cuando salimos a los potreros y venían los aviones levantábamos el zacate estrella con el cañón del rifle y nos metíamos debajo del colchón de zacate que era así de grueso. Cuando los aviones desaparecían nosotros salíamos corriendo. Cogimos una montañita ya como a las tres de la tarde horriblemente cansados ya qúe toda la noche anterior no habíamos dormido y teníamos no sé cuántas horas de venir batiendo lodo. Allí en esa montañita tuvimos tranquilidad y pudimos descansar un ratito debajo de unos palos.

Había un caminito donde pasaba el ganado a aguar y de repente miramos un caballo ensillado. - ¡Hijueputa! ¡Aquí anda alguien!,Aquf hay gente ya! Vamos calladitos... Ya nos vamos en posición de combate por cualquier cosa y de repente voy viendo detrás de unos matones al viejito que nos había perdido la noche antes en los llanos. Allí estaba "Carballito" debajo de unos matones en la montaña y todavía con unas ramas tapándose. El viejito baboso:; él se tapaba bien pero al caballo lo tenía destapado!
- ¡Oy!¡quién anda allí!

Y el viejito se asusta y dice: - ¡Somos los mismos!

-Y qué está haciendo aquí -le digo.-Ya se fueron los jodidos -le digo-. Aquí andamos desperdigados nosotros buscando como salvarnos.

-Qué hijueputas -me dice-. Lo que más me duele es que ellos van a quedar vivos y uno aquí va a quedar muerto.

-Pero usted no está muerto -le digo yo- ¿Acaso no está vivo? Vámonos. Pasemos al otro lado. - ¡Ah no! -me dice-. No me muevo hasta que anochezca. ¡Yo sólo de noche me muevo de aquí! ¡No se muevan! ¡Tápense! ¡Corten ramas! ¡Ahí vienen los aviones! -Descansemos un ratito aquí -le digo- ¿Y
sus armas?

-Yo no sé qué las hice. Por ahí las escondí. Yo me acordaba que a él le habían quedado una escopeta y una 38 y entonces le digo:
- ¡Idiay! Búsquelas. Sin armas aquí lo van a joder.

-No -me dice-. Si yo aquí ando mis cosas-. Y comienza a sacar unas papeletas del Frente. No sabía que lo iban a joder por eso.

-Vámonos -le dijimos-. Tenemos que caminar y coger montaña. Aquí estamos cerca de San Carlos y nos pueden joder todavía. -No -me dice-. Yo no me muevo hasta que anochezca
Por fin lo hicimos moverse al viejo, que se fuera a un campamento donde más noche-nos íbamos a juntar. El nos dio las señas.

Seguimos caminando entre el llano. Teníamos que meternos entre el lodo cuando venían los aviones porque estaba casi pelado. Salimos al otro lado ya oscureciendo y cogimos una carretera... Nos perdimos. El campamento jodido de "Carballito" nunca lo hallamos.losé Arana: En cuanto a mí como a las once de la noche ya me habían comenzado a doler las piernas de estar en cuclillas, ya me comenzaba a quejar y entonces me dice Franklin: - ¿Estás rendido?

-Un poco. -le digo.

-Siéntense pues pero con la cara para allí. Sólo déjense caer y allí se enrollan pero con la cara contra la pared.

Ya nos sentamos con las manos amarradas atrás y las piernas enrolladas. Yo ponía la frente en la pared. Se oía la bulla de las mujeres allí en la cocina cocinando. Entonces se van a traer a Doña Mina. La metieron: -Pasale esa pata de gallina a esa vieja para que se siente.

Ya se sentó Doña Mina.

- ¡Ajá! Usted cuándo vino aquí.

-Nosotros tenemos como cuatro semanas de haber venido, mi marido Cirilo y yo. -Usted es guerrillera.

-No señor. No soy guerrillera. Nosotros somos unos pobres trabajadores. Nosotros somos de San Carlos.

- ¡Ah! Son de San Carlos. . . ¿Y a estos otros usted los conoce?

-Pues más antes no los conocía. Los conozco aquí. Conozco a este muchacho que hace dos semanas vino. El estaba allá en la zona de Delicias y él vino aquí a trabajar y es un buen trabajador. El Padre necesitaba unos trabajos y él se los vino a hacer pero yo no creo que él se dé cuenta de nada.
-¿Está segura usted?

-Pues segura que asegure no -dice-. Eso es lo que le puedo decir.
-Vaya a seguir cocinando.

Y siguen registrando y hallan una cajita donde tienen unas negativas de fotos y ya comienzan. Y estaba una foto mía.-Traigan a ese barbuchín jodido! -dicen¿Ves este negativo? ¿Quién es este?
-Yo -les digo.

-Yo creía que ibas a negar que eras vos.
-No tengo por qué negarlo- le digo.

- ¡Ah! -me dice-. Y para qué te tomaron esta foto.

-bueno -le digo- esa foto me la tomaron para una publicidad de la pintura, porque nosotros pintamos. Para la publicidad de la pintura pues y venderla fuera. -Esta foto te va a joder - me dice.
-De por sí ya estoy jodido aunque no sea con esa foto -le digo.
- ¡Llévenlo a acostarse otra vez!



 
 
Felipe:
Hablábamos pues del coronel, en la prisión. Le dio él orden a un raso y el raso me arrastró del pelo como 50 varas hasta el comando y allí me amarraron, me esposaron y me empezaron a preguntar por mis compañeros y yo comencé a mentir y a descontrolarlos. Después me dijeron que si me arrepentía, que si yo no les mentía, me iban a.perdonar la vida. Yo, sinceramente no les creí, pero me dije: "Voy a tratar de de cirles algo que ellos puedan saber sin mucho problema porque de todas maneras nada voy a hacer yo con estar mintiendo si ellos lo van a saber enseguida". Esa fue una táctica que usé yo en ese momento y, sinceramente, no me sentía abatido ni bravo ni me sentía tampoco con miedo. Me sentía con todo valor como para recibir la muerte. Yo decía entre mí: "Si esta gente decide fusilarme muero tranquilo, pero que me afusilen delante de toda la gente". No lo hicieron así porque les dije ultimadamente toda la verdad de los compañeros que andábamos y parece que quedaron satisfechos. El tipo que me tomó la declaración le dio orden al coronel de que me pasara a orden del juez.

El sábado por la tarde llegaron los derechos humanos. Un poco de periodistas y un poco de gente de aquí que me entrevistaron, que me hicieron un poco de preguntas. Sinceramente les digo que no respondí como debí porque creí que toda esa gente eran somocistas y no tenía por qué darles ninguna declaración tan abiertamente.



 
 
Alejandro:
A las cuatro y media de la tarde nos convencimos

de que ya no había nadie. Le hablé más o menas en voz alta a Pablo. La Nubia me oyó y se acercó arrastrándose, yo le dije que no avanzara, que esperáramos un ratito más y ella me dijo que quería morir junto a nosotros, que se sentía muy sola. Estaba sola en un charral y yo ya subí un poco la voz y todos los muchachos oyeron. Estaban cerca, metidos entre el monte. Nos reunimos y comenzamos a avanzar sigilosamente. La noche nos cayó encima sin darnos cuenta. Un poco antes había ido a explorar la orilla del río: seguíamos justamente frente ala hacienda de Somoza.
Julio Ramón: Pregunté por "El Chacal".

William se mató -me dijeron-. Desde que perdió el Garand y quedó en calzoncillos él se desmoralizó. (El balazo que yo había oído era el que se había pegado él.

Entonces yo les dije:

- ¡Idiay! ¡Qué pasa pues! Nosotros aquí vamos a entregarnos porque parece que estamos cercados. ¿Oístes el bombardeo?

-Sí. Lo oí muy bien -dijo Alejandro- y oí unos balazos así y así y así. -Yo creía que a ustedes ya los habían matadole dije.

-No. Aquí estuvimos y nos anduvo cerca.



 
 
Felipe:
Guardia. Entonces William por no quererse entregar se mató.

Yo a William sólo lo miré boca abajo allí. Ni me fijé muy bien porque ya estaba oscuro. En calzoncillos por cierto. Entonces les dije: -Vámonos que ahora es de noche y podemos avanzar.
-Por eso me quedé, por eso no avancé -me dice Alejandro-. Yo creí que te habías ido.

-No. Y cómo me voy a ir -le digo- si había oído el cachimbeo y balazos por delante. -Vámonos pues-. Y nos fuimos. La Nubia le quitó la carabina al "Chacal", la M-1 que todavía tenía agarrada. Tenía ya los dedos tiesos pero se la quitó. Pablo le quitó la chaqueta que le había prestado la Gloria y estaba toda llena de hormigas. Yo andaba así, sereno, y miré la cuestión sin sentir ningún miedo, como todo un combatiente viejo. Seguimos. Se quedaba allí el compañero que se había matado.

A la hora de la declaración que me llevaron a dar el coronel estaba presente con todos los oficiales y unos cuantos rasos. El le dijo al juez de antemano lo que debería escribir. Comencé a declarar y a decirle al juez todo lo que era en verdad y el juez comenzó a escribir un poco de cosas que no eran conforme a la verdad. Yo le dije al juez que todo eso era absurdo cuando me leyó la parte que había escrito, yo te dije que eso no era así.

-No te preocupés. No te preocupés que enseguida lo vamos a corregir. Todo esto es babosada. En todo esto yo te voy a ayudar. -Aunque no me ayude: por favor escriba lo que yo le estoy diciendo -le dije.
-De todas maneras te vamos a fusilar -me decían-. Te vamos a fusilar en cuanto des las declaraciones.

-Si me fusilan no importa pues, pero deben escribir lo que yo diga -les dije yo. Creía que sí me iban a fusilar pero francamente no tenía ningún temor por ello. El lunes me llevaron para la Fortaleza. Allí los guardias comenzaban a apuntarme con el fusil. Me querían hacer correr, me amenazaban, me decían que me iban a matar y un poco de cosas. Yo no les hacía caso.

Pasé 16 días esposado con las manos inflamadas. A los 16 días me soltaron las esposas y me dijeron que me bañara: iba a llegar la OEA. Llegaron unas mujeres allí con unas ropas y me dieron un pantalón en el que alcanzaban dos Felipes, entonces yo no me lo amarré sino que me lo agarré con las dos manos y los guardias me preguntaron:
-Qué te pasa a vos hijueputa. Por qué andás así pues.

-Porque se me cae el pantalón -les decía yo. Entonces me bajaron a la OEA y me estuve platicando con la OEA. Me entrevistaron y me dijeron que diera mi declaración. Entonces yó les dí una parte de mi declaración y después les dije:

- ¡Nombre! Si esto ya lo dije un poco de veces! ¡Esta declaración ya la dí! -Usted quiere decir que usted está repitiendo -me dijeron ellos.
-Sí. Estoy repitiendo. -Entonces no siga dándola.

Después de eso sacaron. a todos los otros que estaban conmigo, a todos los presos, y se quedaron sólo conmigo los de la OEA. Quiero hacer hincapié en que al representante de la OEA en Nicaragua no lo dejaron que se metiera con los otros. Tampoco dejaron que se metiera ningún oficial en la oficina donde estábamos metidos. El capitán Montenegro quería meterse a la fuerza porque yo había declarado a la Teleprensa queme habían pateado y que me habían rajado la cabeza y a él no le gustó eso. Me preguntaron que cómo me trataban y yo por táctica les dije que me trataban bastante bien a pesar de que me habían agarrado en esa forma en que me habían agarrado, me habían tratado bastante bien, que no me habían matado por lo menos y que me estaban dando de comer también. -Y el Frente Sandinista. . . ¿es antiimperialista?- me preguntó yo creo que el representante de los Estados Unidos.

Yo me quedé con la idea de decirle: "Hombre: nosotros, el Frente Sandista, el comando que atacó aquí, no fue a atacar ningún departamento de los Estados Unidos. Me parece que atacó una base militar de Somoza o de Nicaragua". pero no quise decirle nada porque consideré imprudente también eso y entonces le dije: -Hombre. Yo no sé. Yo creo que eso lo saben sólo los altos dirigentes y en realidad yo sólo soy un tipo campesino.

También eso quiero recalcar: que desde que a mí me agarraron yo dije que era un campesino y que yo realmente no sabía nada, no porque no supiera en realidad sino por táctica defensiva. Entonces los tipos no me siguieron preguntando.

- ¡Ahí está el detalle! -dijeron. Y después me dijeron:
-Qué necesita: nosotros lo podemos ayudar en lo que usted quiera.

-Bueno: yo lo que necesito es salir de aquí -les dije.

- ¡Ah no! Pero eso no podemos. ¿Usted disparó?

-Sí -les dije yo.

- ¡Pues menos que podamos hacer algo por usted!

Y eso fue todo pues con la OEA.



 
 
Gloria:
Prácticamente ese había sido un día perdido. Decidimos buscar una parte seca para dormir. Los zancudos nos comían. Amanecimos hinchados de tanto piquete.


 
 
Julio Ramón:
De noche el Pablo se salió a la vega de viaje para ver la casa que teníamos al frente y se aseguró de que era La Esperanza. Estábamos pasando justamente por el frente. Seguimos caminando. Como a las ocho de la noche se de sató una gran lluvia y seguimos por la vega del  río entre los zacatales con un gran zancudero encima. Pablo se quedó perdido bajo de la lluvia. No me di cuenta de ello porque yo iba cargando a la Nubia que llevaba los pies muy heridos porque había caminado todo el día descalza. Los muchachos (La Miriam, la Gloria y Alejandro) se nos habían adelantado como un kilómetro. No aguantaba ya a la Nubia y le dije:

-Aquí vamos a dormir.

-Sí. Durmamos -me dice la Nubia- y sigamos mañana.

Tenia frío y estaba toda hecha verga y yo con ella encima y con la pistola. Veíamos el reflejo de las luces de Los Chiles y entonces me dice ella:

-Yo creo que estamos frente a una casa. -Entonces vamos con cuidado -le dije yo. Decíamos:

-A Pablo que se quedó atrás lo van a agarrar. Pobrecito. Y seguíamos caminando.

Nos acostamos en una yerbita cuando en eso miramos un gran focazo pero algo atrás y descubrimos que era La Esperanza, que de allí alumbraban sobre el río. Allí nos quedamos a dormir. El zancudero y el frío toda la noche porque estaba lloviendo. No teníamos tranquilidad. Me dolían los pies. Me acosté atravesado de viaje y yo le serví de almohada a ella.Al rato le digo:
-Oí algo.

Y era que Iván nos sonaba la paloma o sea: nos chiflaba.

Cuando yo le contesté se dejó venir Alejandro.

Arara: Me volvieron a sentar donde estaban los otros.

Todos los jodidos guardias estaban acostados.

Yo, a través del trapo con que me vendaron los miraba a todos. Alejandrito también los estaba viendo a través del trapo pero quién sabe cómo echaron de ver los guardias que los estaba fil(liando.
- ¡Este jodido chele está viendo! ¡Sóquénle el trapo a todos estos jodidos! Hubieras visto hermano cuando eran como las cuatro de la mañana. . . Ya era un chichote el que tenía en esta parte y un dolor que me dolía todo. No sabía ni dónde era que me dolía el nudo del trapo.

Después de comer mandaron a las mujeres a acostarse.

-Y este viejito. . ¿qué hacemos con él? -dijeron.

-Que se vaya a dormir con las mujeres -dijo Franklin.

Allá al rato dice Franklin:

-Y aquel viejo jodido: ¿Qué se hizo?

- ¡Idiay! Usted dijo que se fuera a dormir con las mujeres.

-Hummmm. . . ese viejo jodido me da mala espina, no vaya a ser que se escape y le vaya a decir a los guerrilleros que aquí estamos nosotros. ¡Vayan a traerlo a ese jodido!
-Ya se lo llevó la mierda a Sóstenes- dije yo. Se van y lo traen.

-Aquí está el viejo. ¿Qué vamos a hacer con él?

- ildiay qué van a hacer pues! ¡Amárrenlo! Pero con las manos para adelante porque. pobrecito, está muy viejo.
Ya lo ponen con las manos para adelante y le dicen:

-Siéntese allí también.

Habían colocado postas en el muelle, en el genízaro, en la iglesia, en el motor de la luz y donde vivía yo. Tenían la casa grande rodeada. Estaba bastante avanzada la noche.

-¡Amigo! -dice Sóstenes. Nadiele contestó. - ¡Amigo! -volvió a llamar el viejo. - ¡Qué quiere! - le dice un guardia.

-Que me dé permiso de ir a orinar que me estoy orinando - le dice.

-Orínese ahí -le dice.

Al rato estaba Sóstenes orinándose en el pantalón: goro gorogro...
Al rato Cirilo:
- ¡Amigo!

- ¡Qué!

-Me estoy orinando.

-Orinate ahí y si tenés ganas de cagar cagate también.

Y Cirilo dos meadas se pegó.



 
 
Nubia:
Esa noche nos fue también dura como todas las otras que caminamos. Nos perdimos en un llano y decidimos dormir allí; pusimos unas hojitas en un lugar medio seco y dormimos. A las tres seguimos.


 
 
Alejandro:
Caminamos todo ese día y la noche. Como a las siete de la mañana del siguiente día yo ya iba con más seguridad, me sentía más cerca de Costa Rica. Vimos una casita y yo creía que era cerca de Los Chiles, en Costa Rica; se oían ladrar los perros. Como estaban pasando los aviones decidimos no avanzar más. Los Chiles no nos daban mucha confianza. Sabíamos que en casos como éste la Guardia se ha metido hasta Los Chiles.



 
 
Felipe:
A la cuarta noche comenzaron a meter a los presos - .- que estaban torturando. Llevaron a Armando Pilarte con el estómago y el pecho bien rojos de tantos golpes que le habían dado. Le pregunté:
- ¡Hermano! iQué te pasa! ¡Por qué venís aquí también!

Y entonces él me dijo que lo habían golpeado, que a punta de verga lo habían hecho decir que él era guerrillero y que había participado en el asalto. Me dijo que de los choques eléctricos se había cagado y se había orinado y que lo habían dejado sus minutos muerto colgado de unos alambres.



 
 
Iván:
En unas aguas muy sucias y así las bebíamos. Cuando nos acercábamos al río bebíamos. Los pies sobre todo nadie los aguantaba. Hasta yo traía los pies hinchados. Traía como ciento
cincuenta espinas creo ensartadas en los pies porque le había prestado mis zapatos a la Nubia.


 
 
Felipe:
Un cabo que se llama Cabo González me enseñó un retrato de Elbis. Yo lo quedé viendo muy entristecido porque me pareció que estaba muerto cuando ví ese retrato. Pregunté: -¿Qué pasó con ellos? No me contestaron nada. Entonces, bueno, yo me sentí muy mal cuando supe que habían caído esos dos compañeros: Donald y Elbis.


 
 
Laureano:
Dejamos la carretera porque daba vuelta para el lado del río San Juan.

-Cojamos aquí recto. Yo creo que vamos a ir a salir al Melchorita -le digo a Emiliano. Esa noche mi compañero se enfermó grave. No podía caminar. Decía que tenía reumatismo. Eran como las nueve de la noche y encima de una loma estábamos. Bien alta se miraba la luna y se miraban las luces de San Carlos y el reflejo de Los Chiles. Pero para el lado de Santa Fe no se miraba nada, para el lado que nosotros íbamos. Me iba guiando por las luces de San Carlos que se iban alejando.

Nos acostamos encima de una loma de zacate estrella. Había un zancudero insoportable. Me acosté boca abajo y con una pañoleta rojinegra que andaba en la bolsa me tapaba la cara para que no me la picaran los zancudos. Seguimos. Caminábamos un ratito y nos sentábamos. Cuando amaneció estábamos todavía en el llano y le digo a Emiliano:

- ¡Tenemos que correr! ¡Tenemos que darle rápido para llegar allá porque ahorita van a llegar los aviones!

Cuando estábamos como a 100 varas de la montaña los aviones comenzaron a volar. El primero que nos pasó fue un helicóptero verde que venía por detrás. Cuando oí el ruido y miré el bultito allá largo entonces levanto el zacate y me meto. Yo no supe ni cómo se metió Emiliano debajo de una zarza de tomatillo que había. No le dio tiempo ni de levantar el zacate y se tiró allí dentro de los tomatillos. Pasó el avión para el lado de Santa Fe y nos salimos nosotros en carrera para la montaña. Ya en la montaña comenzamos a caminar tranquilos, despacio, la montaña era espesa y no podían mirarnos. Al rato encontramos un río. Ancho era. Entonces, en la orilla, por ver si era hondo ¡bam! me resbalé y me llegaba hasta por aquí el agua. Ahí nomás nos pasamos. Por fin salimos a un tacotal alto.
-Ya vamos por Melchorita - le dije.



 
 
Felipe:
Al siguiente día que me agarraron comenzaron los guardias...

Uno de ellos agarró caló la bayoneta en el fusil y me comenzó a jincar con la bayoneta diciéndome que si yo no decía todo me iba a matar, me la iba a meter. Venía como si fuera una fiera. Decía que él tenía el grado de tigre, que no podía ser cabo ni sargento ni nada por el estilo porque él no sabía leer. Otro guardia también del mismo estilo me agarraba de encargo desde muy de mañana diciendo que me iba a ametrallar con la Browning. Una vez me pidió que abriera la boca. Yo estaba sentado, esposado, y le abrí la boca y él me metió el calibre de la Browning. Creyó que yo me iba a morir de susto o de nervio y yo no sentía nada de miedo ni nada. Me preguntó si disparaba. Yo le dije que era cosa de él, con gestos le dije que eso era cosa de él. De allí me la sacó y me dijo que ellos estaban acostumbrados a comerse los orejas de los guerrilleros a mordiscos.

Me dijo:
- ¡Pasame la oreja hijueputa!- con un gesto bien grotesco.
Yo le puse la oreja y no me la trozó.

Ese mismo día desde un radio que tenían arriba los guardias oí las noticias de Costa Rica. Oí que habían salido Alejandro, la Nubia y los demás compañeros que iban con él, y que estaban bien en Costa Rica.
Entonces sentí que mi conciencia descansó. Sentí que estaba bien la cosa porque si moría era solamente yo. Ese mismo día por la tarde me dieron la noticia.

Alejandro: Esa noche se nos perdió una parte de la gente: la Nubia, Pablo y Julio mi hermano. Me regresé a buscarlos, regresé lo más que pude en lo oscuro y encontré a la Nubia y a Julio. Decidimos seguir adelante porque no podíamos volver muy atrás porque alumbraban de la hacienda. Con un compañero perdido, en la noche y en lo oscuro, sin saber nada de él. Y seguimos avanzando en la noche, y eran dos los descalzos, y por ir esquivando las espinas y todas las cosas difíciles en lo oscuro, sin luz, me fui metiendo ' metiendo y fui perdiendo la margen del río. Me metí en un llano. A eso de las dos de la mañana teníamos el agua a la cintura. Buscamos la salida. Llegamos a una parte seca y nos dejamos caer apenas tocamos tierra dura, todos embebidos, y con el zancudero y en la oscuridad.



 
 
José Arana:
Yo estaba reventándome pero no les decía que me dieran permiso. No había más que orinar se cuando uno ya no aguantara. Ya como a las tres de la mañana habían parado de preguntar.
-Quédense tranquilos pues. Mañana seguimos. Mañana nos van a decir dónde está todo, las armas y todo.

Cuando eran como las cuatro de la mañana yo ya no aguantaba el dolor aquí. ¡A la puta! Sentía que me estaba ahogando en una sudadera.

- ¡Chocho!- le decía a Alejandrito. Alejandrito me retorcía los dientes. - ¡Arrecostate a la pared! Si ya nos estábamos moviendo mucho decían: - ¡Y qué es la bulla jodidos! No pueden estarse quedito.
Yo no hallaba la hora de que amaneciera. "Tal vez en la mañanita nos sueltan" me decía yo. Y en efecto: ya en la mañanita como a las seis de la mañana:
-Suéltenlos a estos que vayan a hacer sus necesarias -dijo el jefe-. Pero ya saben: bien custodiados. Cuidado se les va un individuo de éstos porque al que se le vaya un individuo de estos me paga con su vida.

-Qué se nos van a ir estos jodidos -decían los guardias.

-Y vayan a traer a esas jodidas mujeres, que vengan a hacer el desayuno.

Y se fueron a traer a las mujeres. Nos soltaron las manos y nos quitaron el trapo y ya nos fuimos a hacer las necesarias y volvimos. - ¡Siéntense allí!

Ya las mujeres habían cocinado y nos traían comida y café. Qué hambre íbamos a tener nosotros.

Yo me bebí un puño de café. Nos sentaron allí frente a la cocina sin amarrarnos. Y comenzaron aquellos guardias a registrar la hortaliza: ¡la batieron todita! Desde en la mañana nos pusieron un guardia al culo a cada uno.

Van allí a la casa y hallan la tapa que hay para meterse debajo del piso.

- ¡Vení ve! -me dice el jefe- ¡Ajá! ¡Vos sabés qué es esta mierda!

-Sí -le digo-. Es un hueco que hay para meterse cuando se mete algún animal. -Aquí es donde tenían las armas, ¿verdad? -Que yo sepa, no sé -le digo. - ¡Abrí jodido!- me dice. -Si aquí no hay nada.
-Allá hay otro hueco. ¡Andá destapá todos los huecos!

Ya se fueron a registrar ¡pas! ¡pas! y acabaron de voltear todo.

Y comenzó Juan Madrigal a hacer sacos de ropa.



 
 
Felipe:
A los dos días de que me encerraran yo estaba allí en el piso donde me tenían en unos orines, hecho paste. Estaba yo acostado con la cara en el suelo porque no aguantaba estar sólo sentado y entonces un guardia me habló y me dijo:

-Cómo te sentís hijueputa.
Entonces yo lo quedé viendo y le dije: - ¡Pura vida!

- ¡Qué hijueputa! ¡Cómo dice que está pura vida!

-Pues sí hombre porque si no me han matado quiere decir que todavía estoy pura vida -le dije yo.

Bueno. Entonces los otros se ponían a reír.



 
 
Laureano:
Ya no aguantábamos el hambre. Encontramos un palito de papaya de monte, le cortamos unas papayitas tiernas y con una navajita pelamos unas y las comimos (no tienen nada que comer casi: pura semilla y todas lechosas). Después nos encontramos unas matas de chagüite y una picadita como de un mes de hecha que iba en la dirección que nosotros queríamos y de repente nos encontramos unas matas de plátano con unas grandes cabezas de plátanos bien grandotes y sazones y nosotros con ganas de comer aunque fuera plátano verde y una cabeza que estaba doblada se la estaban comiendo las oropéndolas y a ésa le agarramos unos pedacitos cada uno, unos tronquitos así maduros que comimos, medio agrios. Salimos al camino. Para adelante había una casa y para atrás otra.

- ¡Puta! -le digo-. Aquí no nos podemos mover pero este camino es el camino de Melchorita ya.



 
 
Alejandro:
Cortamos ramitas, hojitas, y sobre ellas nos dejamos caer, como a las tres.

Decidimos dormir hasta que amaneció. En la mañanita, a las seis, nos paramos.

Salimos exactamente al río otra vez y seguimos en un camino muy duro, por el monte macizo donde podíamos avanzar protegidos por los árboles, y con más rapidez. Seguimos caminando. En cierto lugar no,, bajamos a tostar el agua del río y nos lavamos un poco la cara que llevábamos bastante inflamada por el desvelo, los zancudos, las heridas del monte. Era el tercer día.
Felipe: Primero nos estuvieron sacando al sol y a jugar volibol como quince días más o menos. De allí llegaron como cuatro tenientes haciéndose los búfalos pues, muy mandones, dándose a imponer mucho. Y dieron la orden de que nos encerraran y no nos sacaran ni a cagar siquiera. Nos metieron a la bartolina una lata con tapa de madera y nos dijeron que allí cagáramos, que allí orináramos y que hasta los tres días nos iban a sacar la lata, hasta que estuviera llena pues. Que no teníamos derecho ni al aire que respirábamos, que éramos unos antipatria, que éramos unos caballos y que lo que merecíamos era ser fusilados, que no sabían cómo era posible que todavía estuviéramos vivos. Un día llegaron dos más nuevos. No nos dijeron nada pero por la noche llegaron con unos focos muy relucientes alumbrando por toda la bartolina. Me imagino que al que buscaban era a mí pero yo estaba debajo de unas tablas que nos habían puesto o sea debajo de unos camarotes.

Yo estaba bien camuflado allí metido. Entonces como no me vieron dijeron que salieran a formar todos inmediatamente y todos nos salimos. Nos dijeron que nos contáramos cuántos habíamos y dijimos que habíamos diez. Entonces a un compañero que se llama Manuel Montiel se le ocurrió ir a beber agua en esos momentos (teníamos una pichinga de agua que era la que dejábamos para la noche) y entonces el teniente habló: -Dame agua - le dijo.

Entonces Manuel muy amable le fue a dar un vaso de agua y él le dijo:

-Botala allí-. Y le dice: -Dame más Manuel. Manuel le pasa otro vaso de agua y entonces él le dice:
-Botala otra vez.

De allí le dice:
-Dame más.

Manuel le pasó otro vaso de agua y entonces le dijo él:
-Bebétela vos-. Y Manuel se la bebió.

-Bebé mas. Bebete otro vaso más. -Entonces Manuel se lo bebió.

Después le dice:
-Bebete otro vaso más-. Y Manuel se lo bebió también.

Al fin, cuando ya llevaba como siete vasos Manuel le dice:

-Ya no quiero señor. ¡Ya no aguanto! Entonces le dice él:

- ¡Ah! ¡No querés hijueputa! Bueno: ¡querés agua o te doy el agua hijueputa! ¡Pásenme las llaves que voy a sacar a este hijueputa! Entonces a Manuel le agarraron unos nervios tremendos:
- ¡No señor! ¡Me la voy a beber!

Y entonces comenzó a beber más vasos de agua y a beber... Ultimadamente se estaba ahogando casi, vomitando el agua.
- ¡Ya no aguanto más señor! - ¡Bebé hijueputa o te saco!

Y entonces Manuel siguió bebiendo hasta que no aguantó.

-Venga otro hijueputa que beba agua -dijo el teniente.

Siguió haciendo lo mismo. Se acabó la pichinga de agua y mandó a un guardia a traer otra pichinga de agua y siguió bebiendo el que estaba bebiendo hasta que ya estaba vomitando. -Bueno. Sentate aquí hijueputa y que venga otro.

Así pasamos todos a excepción de un señor que Botala allí-. Y le dice: -Dame más Manuel. Manuel le pasa otro vaso de agua y entonces él le dice:
-Botala otra vez.

De allí le dice:
-Dame más.

Manuel le pasó otro vaso de agua y entonces le dijo él:
-Bebétela vos-. Y Manuel se la bebió.

-Bebé mas. Bebete otro vaso más. -Entonces Manuel se lo bebió.
Después le dice:

-Bebete otro vaso más-. Y Manuel se lo bebió también.

Al fin, cuando ya llevaba como siete vasos Manuel le dice:

-Ya no quiero señor. ¡Ya no aguanto! Entonces le dice él:

- ¡Ah! ¡No querés hijueputa! Bueno: ¡querés agua o te doy el agua hijueputa! ¡Pásenme las llaves que voy a sacar a este hijueputa! Entonces a Manuel le agarraron unos nervios tremendos:
- ¡No señor! ¡Me la voy a beber!

Y entonces comenzó a beber más vasos de agua y a beber... Ultimadamente se estaba ahogando casi, vomitando el agua.
- ¡Ya no aguanto más señor! - ¡Bebé hijueputa o te saco!

Y entonces Manuel siguió bebiendo hasta que no aguantó.

-Venga otro hijueputa que beba agua -dijo el teniente.

Siguió haciendo lo mismo. Se acabó la pichinga de agua y mandó a un guardia a traer otra pichinga de agua y siguió bebiendo el que estaba bebiendo hasta que ya estaba vomitando. -Bueno. Sentate aquí hijueputa y que venga otro.

Así pasamos todos a excepción de un señor

En cierto lugar nos bajamos a tomar el agua del río y nos lavamos un poco la cara que llevábamos bastante inflamada por el desvelo, los zancudos, las heridas del monte. Era el tercer día.



 
 
Felipe:
Primero nos estuvieron sacando al sol y a jugar volibol como quince días más o menos.

De allí llegaron como cuatro tenientes haciéndose los búfalos pues, muy mandones, dándose a imponer mucho. Y dieron la orden de que nos encerraran y no nos sacaran ni a cagar siquiera. Nos metieron a la bartolina una lata con tapa de madera y nos dijeron que allí cagáramos, que allí orináramos y que hasta los tres días nos iban a sacar la lata, hasta que estuviera llena pues. Que no teníamos derecho ni al aire que respirábamos, que éramos unos antipatria, que éramos unos caballos y que lo que merecíamos era ser fusilados, que no sabían cómo era posible que todavía estuviéramos vivos. Un día llegaron dos más nuevos. No nos dijeron nada pero por la noche llegaron con unos focos muy relucientes alumbrando por toda la bartolina. Me imagino que al que buscaban era a mí pero yo estaba debajo de unas tablas que nos habían puesto o sea debajo de unos camarotes. Yo estaba bien camuflado allí metido. Entonces como no me vieron dijeron que salieran a formar todos inmediatamente y todos nos salimos. Nos dijeron que nos contáramos cuántos habíamos y dijimos que habíamos diez. Entonces a un compañero que se llama Manuel Montiel se le ocurrió ir a beber agua en esos momentos (teníamos una pichinga de agua que era la que dejábamos para la noche) y entonces el teniente habló: -Dame agua - le dijo.

Entonces Manuel muy amable le fue a dar un vaso de agua y él le dijo:

-Botala allí-. Y le dice: -Dame más Manuel. Manuel le pasa otro vaso de agua y entonces él le dice:
-Botala otra vez.

De allí le dice: -Dame más.

Manuel le pasó otro vaso de agua y entonces le dijo él:

-Bebétela vos-. Y Manuel se la bebió.

-Bebé mas. Bebete otro vaso más. -Entonces Manuel se lo bebió.

Después le dice:
-Bebete otro vaso más-. Y Manuel se lo bebió también.

Al fin, cuando ya llevaba como siete vasos Manuel le dice:

-Ya no quiero señor. ¡Ya no aguanto! Entonces le dice él:

- ¡Ah! ¡No querés hijueputa! Bueno: ¡querés agua o te doy el agua hijueputa! ¡Pásenme las llaves que voy a sacar a este hijueputa! Entonces a Manuel le agarraron unos nervios tremendos:

- ¡No señor! ¡Me la voy a beber!

Y entonces comenzó a beber más vasos de agua y a beber... Ultimadamente se estaba ahogando casi, vomitando el agua.

- ¡Ya no aguanto más señor! - ¡Bebé hijueputa o te saco!

Y entonces Manuel siguió bebiendo hasta que no aguantó.

-Venga otro hijueputa que beba agua -dijo el teniente.

Siguió haciendo lo mismo. Se acabó la pichinga de agua y mandó a un guardia a traer otra pichinga de agua y siguió bebiendo el que estaba bebiendo hasta que ya estaba vomitando. -Bueno. Sentate aquí hijueputa y que venga otro.

Así pasamos todos a excepción de un señor queestaba con nosotros que se llama "Carballito". A ese no le dio de beber agua. Cuando ya estábamos todos bien llenos de agua, dijo: - ¡Pónganse a dar vueltas!
Y allí comenzamos a dar vueltas dentro de la bartolina y cuando ya nos estábamos cayendo de mareados dice:

- ¡Siéntense: van a beber más agua!



 
 
Laureano:
A mí me pareció que era el camino por donde íbamos a jugar fútbol. Nos metimos a esperar que anocheciera. Como a las cinco y media de la tarde comienza un cachimbazo de agua y entonces se nos oscureció todo. Brillaban de repente unos grandes relámpagos y entonces le digo a Emiliano: -Ahorita quién nos va a ver pasar en estos caminos. ¡Salgamos!

Y comenzamos a ir por el camino que de repente se hizo dos caminos y no sabíamos por cuál ir en lo oscuro y decidimos ir por cualquiera de ellos "El que sea a algún lugar va a salir" me decía. Andábamos perdidos al rato. Acabábamos de pasar una casita. -Ve:- le digo a Emiliano- escondamos los rifles aquí y vamos a ésa casita a preguntar por lo menos dónde vamos aquí. Vos no hablés -le digo.- Dejame a mí que yo aquí conozco y sé cómo le voy a hablar a la gente. Escondimos los fusiles y nos fuimos a la casita. Llamamos. Eran como las ocho de la noche. - ¡Quién es!-preguntó una voz de viejo adentro. - ¡Aquí! -contestamos-. Somos trabajadores de Santa Fe.

-Y para dónde van tan noche.

- ¡Ah! Es que vamos a donde Juan Rodríguez, un amigo mío. Por dónde vive. ¿Aquí estamos en Melchorita?

-Ya casi es Melchorita -me dice-. Pero el río está largo, como a dos horas y media. ¡Hijuelagranputa!" me dije. Ya entonces nos desanimamos en lo oscuro. Y dice el viejo: -Así en lo oscuro no van a llegar. Y se levantó el viejo con un gran machete en la mano y ríos alumbra la cara y nos ve todos revolcados y lodosos. Nos escondíamos bien las pistolas para que no nos las viera. Y entonces nos dijo:
-Les voy a conseguir unas candelitas y unos fósforos. Tal vez así llegan.

- ¡Ah! ¡Bueno! -le digo- Pero ve: Yo no voy a ir nada donde Juan Rodríguez. Voy a ir donde Carmelo Arana.

-Pero Carmelo Arana vive al otro lado del río. -Sí -le digo-. Pero es que Carmelo es familiar mío.
- ¡Ah! ¡Ah bueno!

Entonces ya nos dio las tres candelitas y una cajita como con diez palitos de fósforos. Como estaba lloviendo las metió en un un plastiquito. Entonces le preguntamos:
-Cómo se llama usted señor. -Julio Chamorro- nos dijo.

El ni nos preguntó cómo nos llamábamos nosotros. Le hubiéramos inventado los nombres ¡je! ¡je! ¡je! ¡je!

Ya volvimos donde estaban los rifles, los armamos otra vez y seguimos. Se nos apagaba la candela a cada rato. Nos caíamos. Como a la una de la madrugada se nos terminaron los fósforos. En lo oscuro seguimos el camino. Miré un llano y unas casitas cuando clareaba, antes de llegar al río.

- ¡Ah! Pues ya vamos a llegar -le digo a Emiliano-. Ya como quinientas varas nos faltan. Me subí a un palo para ver.

-Bueno. Aquí lo único que podemos hacer es guardar los fusiles porque no podemos pasar por esas casas ahorita de mañana que la gente nos va a ver.

Vamos a la orilla del río a ver el bote que vamos a agarrar en la noche y después a esperar a que anochezca. - ¡Hijueputa! ¡Por vos! -me dice-. *¡Yo creía que conocías!
-Pues me hubieras guiado vos -le digo.

El estaba peor que no conocía ni mierda del todo.



 
 
José Arana:
El que fue jefe de policía, un viejo negro de la costa que es medio chueco y usa anteojos (no sé cómo se llama el jodido viejo) agarró todas las herramientas del taller y todas las motosierras chiquitas, las máquinas eléctricas que había llevado Ernesto, aquellas sierras... Ya hizo una maleta y se fue empacando todas las cosas. Y uno ni cómo pujar. -Vamos a dividirnos en escuadrilla. A este jodido se lo van a llevar para La Comuna, donde vivían esos jodidos comuneros (que les dicen comuneros: un poco de mariguaneros eran los que vivían allí).
Hallaron un vergazo de fotos y yo era el identificador:

- ¡Vení jodido! ¡Sentate! Quiénes éste. -Fulano.

-Y éste.

-No lo conozco.

-No lo vas a conocer... Te hacés el chancho, ¿verdad? ¿Y este?... de Julio Ramón, de la Tere, de todos. Y hallan el libro donde está el cuadro de Elbis en la portada. Allí estaba mi abuelita, allí estaba Oscar, estaba Elbis... - ¡Idiay!- (Identificaron a Oscar) -¿Y dónde vive Oscar?

-En Fernando -les digo-. El trabajó aquí mucho tiempo pero él hacía meses que se había ido.

-Bueno: ustedes se van en una patrulla a traer a ese Oscar Mairena y pasan por la casa de los Silva registrando. Y ustedes se van para La Comuna y este jodido les va a enseñar el lugar donde entrenaban.
Va una patrulla jodida al mando de dos tenientes para acá y otros dos tenientes para allá con un vergazo de guardias. Juan Madrigal para allá con la patrulla y Adolfo Madrigal para La Comuna conmigo.
-Metete allí ¡Cuidado te vas a volar al agua! -me decía Adolfo.

-No soy loco -le digo-. No me voy a volar al agua.

Ya desde que íbamos llegando así frente a La Comuna, ya los jodidos (a mí me quería dar risa) apenas el bote puso la nariz se estaban volando.
-Vos te quedás atrás- me dijo un teniente. -Y vos respondés por este jodido- le dijo a Adolfo.



 
 
Iván:
Topamos con la casita de un señor que estaba solo y Alejandro y yo pensábamos... cómo te dijera... asaltar la casita esa para ver si se trataba de guardias o si solamente era un campesino que vivía allí. Queríamos pedirle información y buscar cómo llegar más pronto a la frontera. Ibamos acercándonos despacio, haciéndonos señas, con mucho cuidado. . . cuando miramos que el señor salió. Lo veíamos de largo y llevaba algo en la mano. Cuando se bajó el murallón del río creimos que se había tirado al suelo al ver las pisadas de nosotros. - ¡Eso es típico de guardia!- me dice Alejandro.
Nos fuimos acercando poquito a poco cuando en eso ya venía el señor de regreso y le hago señas a Alejandro y vemos a Pablo que viene detrás de él. Nos pegamos a la casa. El señor no nos vió hasta que nos tuvo como a tres metros y se puso bien lempo, se asustó, no hallaba qué hacer. Alejandro le apuntaba con su fusil yAlejandro:
yo estaba más atrasito listo para en cualquier momento que se necesitara hacer algo.

Llegamos a un sitio que estaba limpio, trozado el monte por debajo y arriba socolado, y divisamos una casita. Nos dimos cuenta de que ai' había gente: había un gallo, un perro. Fuimos nosotros avanzando con las dos carabinas, dejando a los otros atrás, pensando que allí podía haber guardias. Teníamos que entrar ellí para comer, y para sacar un camino más recto. Ibamos decididos a todo. Pensábamos que si había guardias íbamos a balearnos. Vimos que salió un hombre y que venía hacia nosotros, y después uno de los muchachos vio cómo se agachó y dice:
-Donde vió la huella se agachó: ¡eso es típico de guardia!

Pero era que se había agachado para pescar a la orilla del río. Nos dividimos: unos buscando la casa y otros buscando al hombre para sorprenderlo. Entonces nos dimos cuenta que venía con otro. Avancé lo más que pude, hasta ponerme delante de unos troncos para darle el alto, ya apuntándole. Pero cuál no fue mi sorpresa al ver a Pablo, al que habíamos perdido. Venía diciéndole al hombre:
-Sí amigo, por amor al prójimo.

Y el hombre hablándole a Pablo. Le dí el alto y ya me indentifiqué y le pregunté quién era. Y nos dijo cómo estaba la situación, lo que él había oído por la radio. Después nos dió a beber pinol y comenzó a cocinar. Nos metimos debajo del tapesco donde dormía porque la aviación pasaba. Y era bien limpia la casa. Nos dio algo de comer. Era la primera vez que comíamos un poquito, y también comimos unas naranjas que allí había.

Nos dijo que estábamos a menos de un kilómetro de la frontera.

Yo decidí que íbamos a estar ahí dentro del monte, porque podrían llegar refuerzos a la propia guardarraya donde no hay nada sino simplemente un mojón. Me quedé cuidando al hombre; los demás se metieron al monte y yo me quedé cuidándolo con una 38 pero la cabeza se me doblaba de sueño. Fue él que me dijo: - Parece que viene sobre el río un bote. Yo pensé: "Aquí nos vamos a poner a tirar sin razón. Mejor pasamos la frontera a como sea. No debemos tener un combate en condiciones tan desfavorables". Fui a llamar a los muchachos que estaban en el monte descansando y decidimos cruzar el río otra vez con un bote que el hombre nos prestó.



 
 
Nubia:
Y esa comida que nos dio ese viejito la sentí la comida más sabrosa de mi vida, ese arroz con guineos tiernos que nos dio (y nada más porque era bien pobrecito). ¡Ah! Y un pinolillo que me lo empecé a beber como lo más delicioso pero Alejandro me lo arrebató. El viejito nos empacó comida en una bolsita con plátanos y le dijo a Alejandro que era mejor que nos fuéramos porque él estaba oyendo un ruido de motor. Cuando Alejandro nos llamó nos levantamos con dolor del alma: yo por los pies que los tenía llagados y el pobre Iván (que se había quitado las botas y me las había dado a mí) que venía con sus pies llenos de espinas.



 
 
Felipe:
Recordaba que pocos días antes habían entrado como a las diez de la noche con un foco reluciente, alumbrando y hablando a uno por uno. Primero a "Carballito" que estaba más cerca: -Carballo- le dijeron-. Vení para acá. Antes de eso habían echado como diez latas de agua en la bartolina de manera que tenía como dos pulgadas de agua el piso. El señor temblaba de miedo cuando ellos le hablaron:
 ¡Carballo levantate!

Carballo se levantó y le dice:
-¿Para qué me quiere señor? (Ya temblando). -Acostate allí- le dijeron. Y se acostó en el piso el señor.

-Date vuelta- Y se dio tres vueltas en el agua. Después que el señor se levantó le dijeron: - ¡Ajá! ¿Nos querías matar?

- ¡Que no! - les dijo el señor temblando-. Yo no tenía nada en contra de ustedes. Incluso me dijeron que si yo decía me mataban. Por eso yo participé en la forma que participé. Después de eso levantaron a Carlos y a Carlos también lo estuvieron interrogando y lo hicieron acostarse también en el agua. Después de eso hablaron a Bayardo.

Yo dormía en el puro piso sobre un petate, detrás de unos camarotes hechos con tucos viejos de tablas, hediondos, y ellos todavía no hablan podido verme.
-Y "Pura Vida" qué se hizo- dijeron. -Allí está debajo - les dijeron. -Hablen a ese hijueputa que se levante. Entonces me hablaron a mí y yo me levanté rápido y les dije que qué les pasaba y me dijeron: - ¡Ah! ¡Hijueputa! Con que vos sos el famoso "Pura Vida".

-No hombre - les digo-. Yo no soy famoso. Me dicen ustedes que soy famoso pero yo no soy famoso.
-Vos sos el mentado "Pura Vida" - me dijeron entonces.
-Pues así me dicen - les digo yo.

De allí me dijeron que me acostara en el piso boca arriba y entonces me acosté y me dijeron que me diera vuelta también. Me dí vuelta y me dijeron:
-Estás arrecho hijueputa.

-No - les digo-. Si no me están haciendo nada. Esto es babosada. (Yo haciéndome el que no era conmigo). Entonces me dijeron:
-Después de que salgás qué vas a hacer. -Trabajar hombre. ¿Qué más voy a hacer? -Para dónde pensás coger- me dicen. -Para donde mi mamá.
- ¡Vaya a acostarse hombre hijueputa!



 
 
Iván:
Seguimos caminando sobre espinas y güiscoyolares de toda clase pero ya el camino era un poco más seco, más favorable. En unos potreros decidimos descansar hasta que fuera de noche.



 
 
Miriam:
Nos fuimos y ahí nomasito como a la hora llegamos al mojón de Los Chiles. Teníamos miedo de que allí estuvieran los guardias ticos o nicas. Creíamos que en Los Chiles estaban agarrando a todo el que llegaba del lado de San Carlos para regresarlo a Nicaragua. Pasamos así medio de larguito del mojón y dejamos desarmadas las armas que llevábamos bajo unas raíces. Ese día nos dio calentura y nos cayó lluvia.



 
 
Alejandro:
A la media hora estábamos atravesando el mojón en plan de combate. Creíamos que podría haber gente puesta. No había nada. A los 400 metros, ya dentro de Costa Rica, como temíamos tropezar con la Guardia tica y no queríamos absolutamente ningún problema con ellos, escondimos las armas en unas raíces y seguimos sólo con la 38 buscando Los Chiles por donde habían bombardeado a Carpentier.
Laureano: Nosotros necesitábamos un bote para cruzar el río.

Nos fuimos a guardar los fusiles a un montarascal. Allí dejamos los fusiles y allí dejamos las balas también. Emiliano traía una maleta de balas del fusil de él. Ya sólo nos quedábamos con la 38 y la 9mm. Llegamos a la orilla del río: sólo botes grandes había. Nos bajamos un poquito y allí vimos un botecito.

- ¡Este es el bote! -le digo- Vamos a escondernos mejor.

Nos metimos en unas macoyas de caña de bambú y allí nos quedamos todo el día como de cien horas de largo, esperando desde las seis de la
mañana hasta las seis de la tarde. Los aviones pasaban por allí a cada rato. Se oían tiros por el lado de Santa Fe y por el lado de San Carlos. A las seis de la tarde nos salimos y nos fuimos al bote. Estaba amarrado con un gran alambre y con candado y lo agarramos a retorcerlo y retorcerlo hasta que se quebró el alambre. Nos metemos al botecito y no tenía remos. Entonces agarramos una palanquita de las cañas de bambú. El río estaba correntoso para abajo y entonces me puse a pensar yo en la bocana del río Melchorita: allí hay una casita bastante buena y me dije: " ¡A la puta! A lo mejor allí hay un puesto de guardia. A esta hora deben de tener vigilado y cercado. A lo mejor allí hay guardias y nos van a joder".

Entonces le digo a Emiliano:
-Hacete al plan del bote cuando ya vayamos a salir, acostado en el plan del bote. No hablés ni hagas ruido de ninguna clase. Entonces arrecostado a la otra orilla del riíto con la palanquita me pasé y dí la vuelta en la puntita así para el lado de San Carlos. Me empujé y cuando ya iba como a veinte varas de la puntita salió alguien de la casa con un foco y alumbró hacia el río. Yo me pegué de viaje al gamalote y entonces el foco ya dio vuelta y el hombre se volvió a meter a la casa. -Ahora ya nos vamos a tirar al otro lado -le digo a Emiliano.

Con la palanquita, así como remando pero sin tocar el bote pasé el otro lado. De verano los Coroneles habían hecho una carretera a Los Chiles desde enfrente de Santa Fe de San Pancho. Me dije: "En Santa Fe debe de haber guardias cuidando el río también y nos van a ver. Vamos para San Pancho entonces". Llegamos a San Pancho y empujamos el bote.



 
 
José Arana:
Llegamos a La Comuna y entran primero a la . cocina. Habían frijoles y una sal.

-Todo esto échenlo al bote.

Entonces nos vamos para la casa donde dormían los muchachos y ¡pan! ¡pan! arrancan a patadas las puertas y empiezan a tirar los libros y las fotos de "Mozote".
-Este es "Mozote", ¡Felipe Peña!

-Sí. ¡Es verdad!- dijo Adolfo Madrigal.

- ¡Ajá! Conque éste es "Mozotito" el hijueputa. Ya lo tenemos a éste. Y éste es Laureano.

-Este es Laureano Mairena -les digo yo-. Nosotros le decimos Lurio.

-Este hijueputa fue el que nos volamos allá por el campo. Este hijueputa ya lo palmamos y a este hijueputa de "Mozote" ya lo tenemos. De "Mozote" había un peringinal de fotos, de un modo, de otro... Estaban, sabés, aquellas fotos de cuando vinimos de Upala a Delicias aquella vez con Donald, que iba Villavicencio, que nos tomamos unas fotos en la bocana impinándonos una botella de guaro. Registraron y batieron. Se llevaron toda la ropa y la echaron en un saco junto con los libros. Ya sacaron todo y se lo echaron a tuto. Agarraron para el lado de la punta.

-Ahora aquí nos vas a ir a enseñar el lugar donde entrenaban.
-Pero eso no lo puedo decir.

Sacaron un poco de cartuchos de Garand y de escopeta que habían hallado en La Comuna. -Vos conocés estas balas ¿verdad? -No - les digo.

- ¡Decís que no jodido! Y bien que las has tirado.

-Pues no las he tirado ni las conozco.

-Se ve que vos no querés decir la verdad -me dice-. Vos te vas a tener que ir para Managua. -Si ustedes quieren mandarme me voy. ¡Y qué voy a hacer!
Allí dilatamos.



 
 
Gloria:

No estábamos largo del mojón (como a 500 metros). Llegamos al mojón y enterramos los fusiles. Nos cayó un tiempo de agua pero terrible.
Iván: Todavía pasaba la aviación en terrenos de Costa Rica. Entró la noche y seguimos. Encontrábamos manadas de caballos. En un llano hallamos piches bastantes pero no podíamos tirar ninguno.
! aureano: Salimos caminando y hallamos la carretera. Allí no conocía. Allí nunca nos habíamos apeado. Entonces comenzamos a caminar sobre la carretera. A la orilla de la carretera encontramos un palito como con tres guayabas y esa fue la cena. Muy lodosa la carretera: a veces nos íbamos hasta la rodilla en el lodo. Va de caminar y caminar pensando a dónde iría esa carretera. Yo la sentía que iba al lado-de Los Chiles porque miraba el reflejo de San Carlos y decía: "Va para Los Chiles". De repente dió la vuelta así la carretera y yo me acordé: "¡Si esta hacienda es de Somoza! ¡Y La Esperanza es de Somoza también! ¡Esta carretera lo único que hace es unir esta hacienda con La Esperanza! ¡Hijueputa! ¡Ya nos llevó la mierda!". Dejamos la carretera y nos metimos a un llano a chapalear lodo arriba de la rodilla ¡plás! ;plás! ¡plás! horrible. A la una de la madrugada, cuando ya no aguantó= bamos, me dice Emiliano: -Hombre: durmamos.
-¿Aquí dentro del charco?- le digo yo.

-No -me dice-. Salgamos a un palo. Encima de un palo nos acostamos.Había un tuco de monte alrededor de un corozo y nos sentamos arrecostados al corozo y con las patas dentro del agua. Así nos dormimos.



 
 
Miriam:
Allá como a las cinco miramos los aviones volar sobre Los Chiles. Estaba lloviendo y nosotros queríamos entrar a esa misma hora a Los Chiles. Nos comimos el poquito de comida que el señor nos dió y seguimos caminando.

Al llegar a Los Chiles pasamos el último llano, unos lodazales y un potrero donde había ganado. Pasamos por el cementerio, pasamos por detrás del pueblo y allí nos vieron, nos sintieron llegar y miramos que la camioneta de la Guardia Civil nos estaba siguiendo pero había tanto lodo que no pudo pasar y ahí nomás se fue a parar. Era hora de apagar las luces de Los Chiles y nos tuvimos que quedar allí porque no dimos con el campo de aterrizaje (si hallábamos la carretera que da al campo ahí cogíamos para el lado de Las Brisas) y ya no vimos porque estaba oscuro. Estábamos cansados y nos quedamos ahí durmiendo a la orilla de un camino en medio lodazal. Nos dio un frío tremendo.

Como a las seis de la tarde nos empezó a caer una gran lluvia y toda la noche fue lluvia. No nos queríamos entregar en Los Chiles porque no sabíamos cómo estaba la cosa y si nos podían regresar. Nos metimos a unos potreros. Parece que la Guardia tica andaba vigilando porque nos siguieron unas luces y un ruido de jeep.

Nos escondimos. Los varones querían buscar la casa de un amigo pero no dieron con ella y a las once de la noche apagaron las luces de Los Chiles como de costumbre. Dormimos en ese potrero con frío y calentura. Estábamos delirando.



 
 
José Arana:
Cuando llegamos a la iglesia de vuelta estaba una patrulla de Morrillo. No habían llegado los de con Oscar todavía. Nos sentamos allí en el comedor y entonces me dice Franklin Montenegro:

- ¡Vení ve! ¿Al fin fuistes a enseñar dónde entrenaban?

-No - le digo -. Yo no sé.

- ¡Pues me vas a decir dónde entrenaban ahorita! -me dice-. Si no te voy a hacer vomitar la mierda por la trompa. -Pues la tendré que vomitar -le digo- porque yo no podré decir nada.

-Andá sentate allá antes de que te patee jodido. Al rato se aparece la otra patrulla con un montón de gallinas muertas y veo a Oscar con una gallina en cada mano. Chael delante y Oscar detrás.

- ¡Aquí viene Oscar Mairena! -dice el jefe¡Pásenmelo acá!

A Oscar le hallaron un libro en la casa, un libro que por cuentas lo había prestado y no lo había devuelto.
- ¡Miren lo que le hallamos a este jodido! -dijeron los guardias.

Ya le preguntaron por una mujer de Managua a Oscar y entonces él dice: -Yo no la conozco.

- ,Y ese libro? ¿Qué lo tenía haciendo?

-Pues me gustaba leerlo y lo presté una vez para leerlo y no lo había entregado. -Pues vos tenés buena doctrina jodido -le dice el jefe- ¡Bueno pues! -dice- Amárrenme a este hijueputa en aquel palo de almendro: ya le vamos a dar el agua por maldito -dice-. Me lo iba a llevar a Managua a darle diez años en La Modelo pero no, mejor lo vamos a tirar ya. Creían que era verdad. Ya se van los guardias y lo amarran a un palo de almendro. Se van como cinco jodidos y le ponen la metralleta (y Oscar con la camisa abierta) en el pecho y en la nariz. Oscar se ponía morado, blanco, rojo, y yo novolvía a ver sino que con el rabo del ojo lo miraba. Dije: "Ya lo vana joder". Los jodidos guardias le preguntaban al jefe:

- ¿Ya?

-No. Es érenme. Yo les digo -decía Franklin. Los guardias le apretaban el calibre así en la barriga y preguntaban:

- ¿Ya?
-No. Yo les digo. Espérenme. Yo les voy a avisar. Cuando yo les diga entonces le dan un solo.

-Si me van a matar, mátenme ya -decía Oscarpero ya no les digo más de lo que dije. Eso es todo lo que yo sé.

-Es que son engüevados estos jodidos, hasta eso tienen -decían.

-Esto no es engüevamiento-decía Oscar-. Yo no puedo decir máss y si me van a matar ¡pues mátenme ya! Yo no quiero estar sufriendo. -Ahí déjenlo amarrado -dijo el jefe-. Más luego cuando nos vayamos lo matamos. Y comenzaron a alistarse. Nos tenían sueltos todavía allí en el corredor. Entonces agarran dos mecates y dicen:
-Amarren a aquel chino: ya ese va de viaje-. (Y amarran a Chael).

-Me los voy a llevar a los dos para San Carlos. Amárrenme a este jodido también- (y ¡pas! me amarran a mí).

-A aquel jodido que está en aquel almendro suéltenlo de ahí y le amarran las manos: va de viaje. Lo vamos a mandar para Managua. Vienen las mujeres para el corredor en un solo llanto a acabarlo de hacer mierda a uno. A Oscar lo habían hallado arrancando frijoles con la mujer y los hijos y entonces le dice al jefe el teniente que lo trajo: -Jefe: dejemos a este jodido. Perdónelo -le dice-. Tiene nueve hijos y la mujer bien timbona y lo hallamos arrancando frijoles en el monte. Estaba trabajando.

Entonces dice el jefe:
-Bueno hijueputa: te voy a perdonar por tus hijos. Te vas para tu casa ¡ya! -le dice-. Suéltenlo -les dice a los guardias. Oscar fue soltándolo y saliendo volado y descal



 
 
Iván:
Decidimos bordear Los Chiles para seguir la carretera hacia Las Brisas. Nos metimos al panteón super rendidos. Los guardias ticos con una camioneta bordeaban y alumbraban. No queríamos entregamos porque teníamos miedo de que hubiera en Los Chiles guardias nicas (como estaban las cosas no era raro pensar que así fuera: los guardias nicas estaban pasando a todo momento la frontera). Decidimos dormir allí.


 
Alejandro:
Esperamos a que anocheciera para entrar bordeando Los Chiles. Con la noche tuvimos nubes de zancudos, las más horrorosas que pueda haber, y una fuerte lluvia. Llegamos hasta la orilla de Los Chiles atravesando llanos, rompiendo cercos. Nos metimos por el cementerio. A las once de la noche apagan la luz y ya no pudimos avanzar más por la oscuridad y la lluvia y también porque los muchachos estaban muy débiles, con un frío fuertísimo. Buscamos Iván y yo la casa del "Cabo" Ovidio pero en realidad estábamos bien desubicados.

Además había una movilización muy grande de guardias civiles de Costa Rica que nos pareció muy sospechosa. Y como nosotros no teníamos ninguna información mejor nos quedamos durmiendo en el monte. Seguíamos durmiendo después de que amaneció. A los muchachos les dio un frío... Julio se quitó la chaqueta y quedó desnudo sin camisa, expuesto al zancudero y al frío para envolver a la Nubia y a Miriam. Dormíamos en un charco.



 
 
Gloria:
Nos metimos al panteón y nos escondimos. Queríamos encontrar una casa amiga pero no pudimos. La Nubia y la Miriam deliraban de la fiebre alta.


 
 
Felipe:
El coronel dijo que nos iba a dar más libertad, que ~d nos iba a dar visita a todos y que el presidente h bíadichque seib a a portar bi en con tod
a o os, que ya no habría represión para nosotros... Lo hacía porque se aproximaba la llegada de la Cruz Roja Internacional. Comenzaron a decirnos que nos iban a sacar pronto. Los oficiales y algunos rasos nos decían:

-Ya a ustedes no les falta mucho. Así les falta (y nos señalaban como quien dice un poquito)Ya se la van a volar ustedes -decían. El coronel salió un martes y volvió un viernes y llegó todavía más cariñoso, como diciendo: "Ya no tengo nada contra ustedes". Y me dijo: -Ve: Ahora van a tener visita todos los días que ustedes quieran y a vos te vamos a perdonar la vida. Yo estaba dispuesto a matarte porque eso es lo que vos querías hacer conmigo. Yo no le contesté nada.

-Y eso es por el presidente, porque tengo órdenes superiores y debo hacerlo así y yo comprendo que debe ser así.

Dejaban entrar todas las visitas que llegaban.

En esos días comenzaron a darnos cinco pastillas a cada uno diciendo que eran para la malaria. Había salido un enfermo de los guardias y entonces nos rempujaban cinco pastillas. Cinco días nos dieron cinco pastillas a cada uno. A los cinco días, o sea lunes, llegó la Cruz Roja Internacional. Nos decían que el martes nos iban a sacar, que era lo más seguro. Incluso un guardia nos dijo:

-De tres días depende la libertad de ustedes. Entonces los muchachos creían que sí, que nos iban a sacar. Y yo, pues no creía porque yo sé lo que son esas cosas.

En esos días limpiamos bien la Fortaleza y la pintamos con cal, compusimos la bartolina, rellenamos los huecos que se ponían hediondos y puros gusanos, sellamos el hoyo donde orinábamos que hedía muchísimo, nos metieron un catre a cada uno (metieron cinco catres dobles para diez que éramos).

El día que llegó la Cruz Roja metieron periódicos, nos metieron radio y nos pusieron como si estuviéramos en la óloria. Nos dijeron que si preguntaban de quién era el radio que dijéramos que era de nosotros y que no dijéramos nada de las groserías que nos hacían.

Cuando el señor de la Cruz Roja llegó y preguntó si esos catres estaban desde siempre los que estaban a la orilla de la puerta contestaron inmediatamente que sí que esos catres estaban desde que nosotros habíamos entrado.

Preguntó por la ropa, que quién nos la daba, y dijeron que nos la daba el comandante, que él nos daba la ropa a todos. Le preguntaron también a un señor por almohada y dijo que también se la habían dado pues allí. Entonces preguntaron que si nos daban qué leer y entonces dijeron que sí, que teníamos los periódicos "Mire los periódicos" y se los mostraron al señor de la Cruz Roja. También preguntaron que si nos dejaban meter radio y dijeron que sí, que teníamos un radio allí.

-Y ese radio... ¿de quién es? -dijo el señor de la Cruz Roja.

-Pues es mío- dijo Fernando.

-Y quién se lo dió pues -dijo el señor de la Cruz Roja.

-Nos lo dieron aquí los guardias. El comandante dio orden de que nos lo dieran- dijeron. Yo creo que uno de ellos le dijo al señor de la Cruz Roja la verdad.

Cuando me entrevisté después con el señor de la Cruz Roja aparte y en privado yo estaba tan enojado que ni podía hablar. Cómo es posible que nos hubieran hecho tántas barbaridades y que estuvieran diciendo todos los compañeros que no nos habían hecho nada pues.

Iván: De mañanita nos levantamos y buscamos la carretera a Las Brisas y ya para ese entonces nos había visto mucha gente y habían dado parte a la Guardia Rural de Los Chiles. La carretera estaba muy lodosa. Las mujeres enfermas. La Miriam ya no podía caminar.



 
 
José Arana:
-A esos dos sí van a embarcarlos ya al bote. Nosotros nos fuimos para abajo y comenzamos a echar las bobosadas.
- ¡Métanlos allí a esos jodidos!

-Y cómo los van a llevar allí a esos jodidos -dice Franklin-: ¡que aguanten sol! Nos metieron en un bote amarillo. Cuando íbamos por La Venada nos soltó: -Los voy a soltar porque no sea que este jodido bote- ( ¡agarraba agua en puta el bote!)- se hunda y no puedan buscar cómo salvar el pellejo.

Llegamos a San Carlos. Hubieras visto cómo estaban las calles. ¡Puta! La comandancia parecía estadio como estaba de guardias allá arriba.

Nos metieron a una celda donde estaban dos más: el chofer del hospital y un veterinario al que le habían hallado un afiche en el hotel. El jodido chofer andaba acarreando los muertos al día siguiente de la balacera, andaba acarreando los muertos y heridos para el hospital y andaba borracho.

Iba con la camioneta llena de muertos (allí iban Delgadillo y "Reverbero" que hasta que se sacudían, dice) y entonces le hacen señas de la comandancia de que bajara la velocidad. El creyó que ¡e estaban diciendo que socara y le aprieta el caite ¡jodido! Le volaron unos balazos y no le dieron. Allí nomasito lo fueron a levantar al hospital. Bueno, era una celdita que hay allí donde no hay nada.
Como a las cuatro me fueron a sacar. Llegó un jodido con un trapo y un mecate: - ¡Veni vos jodido!

Estaba sentado yo en un cemento que era puro orín y ya pasé las manos para atrás y entonces me las amarran y me vendan. - ¡Pasá! -me dice- ¡Como gallina! ¡Caminá jodido! Ahora andás con babosadas y la noche que andabas volando verga andabas en carrera.

¡Ay! ¡Ahora no ves!
Y me pega el primer aventón el hijueputa con el calibre de la metralleta.

Cuando íbamos saliendo al portón sentí que íbamos por la parte pedregosa y oí que le decía un jodido allí arriba al que me llevaba: -Agarrale la mano.
El jodido quería que yo subiera solo las gradas que hay ahí, vendado y sin conocerlas. Iba despacio y me decía:

"A lo mejor es que me va a volar en un guindo este jodido".

- ¡Apurate jodido! -me dice. Y me empuja y caigo de rodillas.

-Ahora no conocés -me dice el coronel- ¡Ajá! Conque vos sos de los que me querían dar el agua. Tienen cara de guerrilleros estos jodidos -dice.
Alejandro: Empezamos a avanzar al siguiente día muy penosamente.

Los muchachos que venían descalzos traían los pies llenos de espinas. La Nubia venía Í con los pies pelados.

Veníamos muy mal pero en esas condiciones, de Los Chiles para allá no importaba que nos viera la gente. Mi meta era llegar a Las Brisas, la finca del poeta Coronel, y escondernos allí para ir después hacia San José. El camino era bien difícil. Me di una perdida y fui a salir a la finca de unos jodidos que son medio guardieros. Regresamos inmediatamente pero nos vieron, llegamos a Los Chiles y nos denunciaron. Dijeron que andaban guerrilleros. De todos modos había mucha gente traficando entre Las Brisas y Los Chiles porque era domingo. Nos vieron y dábamos lástima definitivamente.



 
 
Gloria:
Pensábamos llegar a Las Brisas y luego ponernos en contacto para que nos trasladaran en avión a San José pero nos denunciaron. Nos entregamos y fue mejor: ya veníamos hechos mierda, sucios, descalzos, hambrientos, medio desnudos, bueno, yo creo que ya no hubiéramos aguantado. un día más de camino.

José Arana: Ya se sienta un jodido en el escritorio y dice: -Sóquenle bien el trapo para que no vaya a ver nada este hijueputa aquí.

Y ¡pas! ¡pas! me socan el trapo jodido en el chichote aquí. Eran un poco de cocobolas las que me habían hecho, una por aquí... otra por aquí...

Comienzan a preguntarme y yo comienzo a decirles lo mismo. Me tuvieron como una hora y entonces dicen:

- ¡Llévenselo ya! . Y alístate -me dicen-: más luego volvés.

Como a las siete de la noche me trajeron otra vez. Y allí me estuve. Como estaban en la babosada de que el mismo jodido que me estaba preguntando estaba atendiendo el radio, se iba él para el radio y dilataba hasta hora y media. Yo amarrado a la silla y un jodido cuidándome.

Como a las dos de la mañana empecé a quejarme. Les digo:
-Ya no aguanto. Ya estoy como mareado. Ya no puedo decirles nada.
-Estás rendido... ¿de verdad?- me preguntaron.

-Si no pego un grito - les digo - es porque me van a meter mi pijazo.

Vengan a traer a este jodido ya para que se vaya a descansar.

Ya me fui. Pero a Chael no lo sacaban.

El sábado en la mañanita me trajeron otra vez. Ese día yo oí a Felipe.

Había alboroto en una casa sospechosa y los guardias nos pusieron en una parte abajo mientras iban a investigar. Ya me bajaron amarrado. Yo no lo miré a Felipe. Sólo lo oí así hablando con un guardia. El guardia le estaba preguntando que si él había andado. -A vos te agarraron- le decía el guardia. -Sí. Me agarraron- decía Felipe. -Vos anduvistes volando verga. -Sí - decía Felipe.

Entonces yo allí le hablé a Felipe cuando se me iba a perder. Le dije a Felipe delante del guardia:

-Hombre Felipe: estamos jodidos.

-Sí hombre "Cabo" -me dice- esto está jodido pero nosotros sabemos que la gran mayoría aquí son inocentes.

-Bueno -dice el guardia- si es cierto que todos estos majes aquí son inocentes y dicen la verdad, pues pueda ser que se salven. Pídanle a Dios -dice-. Tal vez Dios les ayude a salir bien. Pero vos sí note salvás -le dice a Felipe---. Vos no te salvás porque a vos te agarramos con las manos entre el calabazo y cualquier día de estos te damos el agua.

-Si eso ya lo sé -dice Felipe- que me van a matar. Pero no me aflige. ¡Idiay! si me van a matar pues me muero: voy a morir por una causa.

-Bueno. Lo que deberías hacer es encomendarte a Dios -le dice el guardia.



 
 
Felipe:
Al sol no me sacaban ni a trabajar. No les gustaba que saliera.

Parecía que tenían miedo.

A los cuatro meses me sacaron a trabajar la primera vez.

Me hacían preguntas como que si yo era militante desde hacía tiempo. Bueno, yo no tenía por qué decirles que sí y sólo me ponía a reír. Después de eso nos tuvieron como dos meses sin sacarnos a defecar. Nos dieron una lata y allí hacíamos todo.

Me sacaban a barrer la Fortaleza. Había un poco de fusiles allí. Parece que la idea era que yo cayera en la tentación de agarrar un fusil y ellos después dirían que había atentado contra ellos. Pero yo no agarré nada. Me hice el disimulado.

Hubo como quince días en que nos prendían la luz toda la noche. Había millones de chayules. Les suplicábamos que apagaran la luz pero no hacían caso, decían que era una orden del coronel. Había también muchos zancudos. Les pedimos que por lo menos fumigaran la bartolina pero tampoco lo hacían. El tufo era horrible. Pedíamos Pinesol para quitar un poco el hedor (había unos moscales tremendos). Nos decían que le pidiéramos Pinesol a la gente que iba de visita.

Mara pidió permiso para llevarnos almuerzo, o sea, garantizarnos por lo menos una comida al día. Y se lo dieron.

Pero la señora llevaba unos almuerzos muy pomposos y entonces los guardias se pusieron bravos y envidiosos. Así que le inventaron una calumnia a la señora: que había atentado contra los guardias queriéndoles envenenar el agua. Y le dijeron que no volviera a llegar que ella era una vieja hija de puta, guerrillera, que si volvía a llegar la iban a echar presa o a deportarla del país. Entonces ella no volvió a llegar hasta que se fue el mayor que había.



 
 
Miriam:
Muy de mañana nos fuimos a buscar la carretera que da al campo. Así de largo nos vio un hombre antes de llegar al campo.

Por irnos a Las Brisas íbamos llegando a una finca de unos Mora y hasta que ya íbamos cerca nos dimos cuenta de que Las Brisas estaban allá para atrás, largo, y ya nos regresamos y cogimos la carretera que va a Los Chiles y nos encaminamos a Las Brisas. Alejandro se encontró con un trabajador de Las Brisas que le dijo que ya nos habían ido a denunciar a Los Chiles.

Caminamos más rápido. Unos quince minutos antes de llegar a Las Brisas pasó un señor en un caballo y nos regaló leche y pan y después pasó otro señor y donde miró que la Gloria y yo quedábamos atrás agotadas de viaje nos prestó una bestia para que nos montáramos.

Llegamos a la casita de un trabajador que está enfrente de la entrada de Las Brisas y la señora allí nos prestó unas ropas de las pocas que ella tenía. Nos cambiamos y estábamos allí cuando nos llegó a decir el mismo señor que nos fuéramos de allí, que iba a llegar la policía tica y entonces nos metimos detrás de la casa, para adentro, y el señor nos volvió a alertar de que nos fuéramos de allí. La señora se fue a hacer una sopa de gallina y ya nos fuimos y nos metimos al monte.

Había un potrero bajito y nos podían mirar de largo, desde la carretera. Yo no pude llegar al monte sino que me quedé debajo de un árbol de corozo, allí había fresco y allí me quedé dormida. Allí se quedó la Gloria también. No pudimos llegar hasta donde estaban los muchachos como a unas cien varas.



 
 
Nubia:
Estábamos descansando sabroso en unas camitas de palo, bien acomodaditos cuando llega un amigo de Alejandro que trabaja donde el poeta Coronel y le dice que ya nos habían ¡&o a denunciar. Entonces nos vamos a esconder a un monte y  nos quedamos descansando.


 
 
Felipe:
Llegó un teniente de Managua que tenía por oficio torturar. Planearon entonces echar presos a un montón de gente civil de San Carlos y empezaron a meter gente.

De todos allí, el único que sabía lo que había sucedido en San Carlos era yo y ya mi declaración estaba dada. Empezaron a torturar gente. Creo que a algunos campesinos que llevaron la primera noche los asesinaron porque yo pregunté por ellos a los demás presos que llegaron después y nadie me supo dar razón de ellos. Incluso, a la mañana que siguió a la noche en que los llevaron a ellos vide que sacaron un puñal bien lleno de sangre, estaba seca la sangre, entonces yo lo quedé viendo y me aterroricé bastante pues. Entonces un teniente que iba a la par del que llevaba el puñal le dijo: -Lavalo bien.

Y cuando vio que yo Westaba viendo hizo un gesto como de vergüenza. - ¡Hijueputa! ¡Son unos caballos! ¡Qué remedean que los estén matando como pendejos! ¡A ustedes los van a matar también!- dijo.
En el camino me había encontrado a un trabajador de la hacienda y le dí una plata para que nos comprara comida.

Al llegar a Los Chiles se dio cuenta de que habíamos sido denunciados, no compró más que un pan y se vino corriendo a caballo para decírnoslo. Nosotros estábamos en la casa acostados sobre una tablitas. Primera vez que nos acostábamos en un lugar seco. La señora de un trabajador de allí nos había prestado ropa seca, pero tuvimos que quitárnosla y ponernos otra vez la mojada y meternos al monte.

Más tarde llegó el mandador de Las Brisas en un caballo a decirme que Doña María, la esposa del poeta Coronel, me llamaba.



 
 
Alejandro:
  Salí y me ví rodeado de guardias civiles que estaban haciendo posta y ya no tuve tiempo de correrme. Le hice seña a Doña María delante de los guardias y ella me pasó un papelito con teléfonos de San José y el lugar donde debíamos tomar el avión.

Me pasó 200 colones y estuvimos haciendo el teatro de que yo era empleado de ella. Vino uno de los que nos habían visto, aunque nos habían visto de lejos, y me reconoció. Yo tenía la cara bien llena de piquetes y los brazos llenos de un montón de heridas y rayones. Dijo uno de ellos -el jefe- que yo era guerrillero. Me dijo:

-Usted no es empleado. Usted es guerrillero. Nosotros los queremos ayudar a ustedes.

Parece que llevan heridos. Todos nosotros primero nos morimos pero no entregamos a ningún guerrillero. Andamos protegiéndolos. Entonces yo le dije que no. - ¿Y esas heridas que tiene?

-Es que me emborraché y me botó el caballole dije.

-No -me dice.
No tenía cómo disimular. Lo pensé y le dije: -Me entrego si me prometen que me van a sacar de aquí de Los Chiles.

-No le prometemos que hoy porque es muy tarde, pero mañana a las seis de la mañana lo mandamos a San José -me dice. Eso me decidió a ir a buscar a los demás que venían peor.

Fuimos a buscar a los muchachos al potrero donde estaban.



 
 
José Arana:
Al rato vino el jodido que me estaba haciendo la declaración a mí y me subieron. Empezó a preguntar un montón de babosadas: que si yo era marxista, que dónde había trabajado antes, y un poco de babosadas. Después me llevaron. Cuando llegábamos allá a la Fortaleza, allí afuera me soltaron el brazo. Yo no miraba porque estaba vendado. Y llega un hijueputa y me  dice:
- ¡Ajá! Conque vos sos uno de los gallos de Solentiname.
-Sí. Yo soy de Solentiname -le digo.

-Conque sos hombrecito -me dice.

- ¡Idiay! Si hombres somos todos desde que nacemos -le digo.

¡Pa! Me mete el primer pijazo. Desde el sábado nosotros estábamos sin comer. Sentí que me llegó hasta por aquí el pijazo, un pijazo limpio.

Y yo con las manos amarradas. Ahi nomasito el hijueputa me pega otro pijazo y al suelo yo. Me quedo allí con la lengua de fuera, sin aire.

Creí que me iba a morir.

Entonces medio me levanto yo y me voy medio enconchando y me pega otro.

Yo me levanto y el que estaba abriendo el candado no terminaba de abrir la puerta. Abren al final la puerta y me
meto un poco de boca y me quedo encorvado y se mete adentro el hijueputa y agarra a Chael y va a pija con él dentro de la celda.

Yo creí que lo iba a matar.

Se lo llevó a pija hasta el comando pero cuando llegó al comando por cuentas ya iba loco Chael porque ahí nomasito lo trajeron de vuelta.

- ¡Idiay! ¡Qué te hicieron! ¡Por qué te trajeron ya! -le digo.

-Lo que pasó -me dice- es que allí estaba un poco de gente llorando. Estaba la Marifta, estaba mi mama -dice-, estaba Don Santos, un poco de gente estaba pidiendo asilo para irse a Costa Rica.
-Sólo babosadas sos vos -le digo.

-Dijeron que mejor nos iban a matar porque ya para qué queríamos vivir nosotros si ya bombardearon Solentiname.

-Sólo mierda venís hablando. Es que venís toco de la pijiada que te dieron -le digo-. Controlate un poco.

¡Y hubieras visto! Comienza a hablar un poco de babosadas y a llorar y entonces le decía yo: -No llorés que me hacés verga a mí también. Yo sé que a Solentiname no lo han bombardeado. Tampoco a nosotros nos están matando ni tampoco van a matar a los hijos de nosotros. Mirá: -le digo- Felipe allí está y no lo han matado. Y eso que lo agarraron aquí volando pija. ¿Y nos van a matar a nosotros? Anocheció sin comer. Dos días sin comer. Y la sed. Nos pasaban de esos litros plásticos con agua, uno en la mañana y otro en la tarde para los cuatro.

Por la noche se puso más loco Chael: se me tira encima y comienza a llorar:

-A vos no te van a matar.

Yo sé. Pero va mataron a la Marina y mataron a mis chavalos. Y vuelve a comenzar a hablar un poco de babosadas. Sacó un papel que andaba en la bolsa de la camisa y se puso a buscar un palo de fósforo. - ¡Aquí traigo este papel para que veas todo lo que pasó en Solentiname! Y se levanta en cuatro patas a estar jodiendo. Que andaba una araña, que la agarráramos. De ahí se levanta y le dice al veterinario:

- ¡Vos jodido! ¡Nos vas a contagiar a todos! -Vení echate -le digo- o si no te voy a pegar tu vergazo ¡ya!

Chael se queda asustado y se levanta y se va para la puerta y la agarra ¡bangán! ¡bangán! ¡bangán!

- ¡Guardias! ¡Puesto jodido! ¡Quiero un guardia!

-Para qué querés un guardia -le dicen.

-Quiero hablar con él -dice- ¡Necesito a la autoridad ahorita!

- ¡Callate! ¡Vení! ¡No estés de loco! -le digo. - ¡Que me traigan un guardia! ¡Si no desbarato esta puerta!

Y agarraba la puerta vieja ¡pliplaca! ¡piplaca! -Andá agarrá a ese carajo -me dice el veterinario- porque si no lo van a verguiar.

Entonces me voy yo y ya lo agarro. Estaba sin camisa Chael.

¡Callate! -le digo- ¡Controlate! Son los nervios que te tienen hecho mierda: Eso son los golpes que te pegaron sin comer.

Después se calmó. Le dimos un poquito de agua.



 
 
Felipe:
Te voy a decir honestamente: yo creo, sin nada de exageración, que me querían matar, asesinarme de una manera disimulada.
Ellos querían hacer aparecer la muerte mía como accidente, tenían el plan de poner a uno que no supiera bien, que no fuera un guardia viejo

-- sino un tipo inexperto para que me matara.  El que pusieron a amenazarme era un tipo que ese mismo día lo habían integrado a la Guardia.

Era criminal y lo integraron a la Guardia precisa mente para que hiciera ese trabajo.

Como a las seis de la tarde llegó el guardia a hacer su turno y ahí cerca estaban unos aspirantes a guardias que con mucha malicia y gestos le dijeron al guardia:

-Mosco caballo- (porque él era misquito) -Mosco caballo- le dijeron- qué vas ha hacer. - ¡Nada! ¡Nada! -dijo él.

-Y cómo vas a hacer para matarlo -le preguntaron- si todos duermen en fila - le dicen. -Es que yo lo voy a matar cuando esté dormido. Le voy a disparar en la cabeza.

Entonces los aspirantes le dijeron: -Mejor llamalo para que no vayás a herir a los otros.

Entonces él hizo un gesto de reproche y les quiso decir que no pues, o que no tenía valor de hacerlo así.

Yo estaba viendo todo esto por medio de sus mímicas y me puse bien nervioso.

Ese día había tomado unas pastillas de Super Tiamina 300 y que me alborotaron los nervios mucho más.

Yo temblaba, sinceramente, y me sentía muy mal. Incluso me daba asco, me daba horror morir de esa manera porque yo decía: "Si a mí me matan descaradamente a mí no me da terror, no me da nada. Pero si me van a matar dormido de una manera de lo más deprimente, de lo más horrible, me da asco morir así. Si a mí me quieren matar dormido a mí no me matan: yo voy a estar tres o cuatro noches despierto hasta donde aguante. Incluso no voy a dejar dormir a los compañeros".

Bueno. Cuando el tipo llegó como a las seis y media ¡prás! encendió la luz. (Yo antes había estado orando pidiéndole a Dios que no me mataran de esa manera, que me mataran por la voluntad de él, no porque un imbécil quisiera matarme así). Entonces en el momento en que prendió la luz ¡prás! se le fundió. Yo sinceramente creo que fue un milagro. Entonces el tipo se preocupó mucho y siguió ¡praca! ¡praca! ¡praca! un poco de veces y no me asesinó.

Como a las diez de la noche llegó el sargento William Gross y le preguntó: - ¡Qué pasa! ¡Cuál fue la orden que te dieron a vos!
-Bueno -le dijo él- a mí me dijeron que caminara de acá para allá y de allá para acá. -No -le dice el sargento-. La orden que te dio el coronel.

-De matar dormido -le dijo él- y la luz se fundió.

-Entonces-le dice- tomá este foco. ¡No seás pendejo! Tomá este foco y cuando esté dormido le metés un solo en la cabeza.

Entonces el misquito comenzó a alumbrame a cada rato pero yo no dormí esa noche y cada vez que me alumbraba yo movía a los demás para que estuvieran despiertos.

Esa noche no me hicieron nada porque no dormí.

La segunda noche pasó lo mismo. A los centinelas que pusieron les ordenaron estarme alumbrando a cada rato pero tampoco dormí la tercera noche. En la madrugada el sargento William pasó como a confirmar si yo no dormía porque al preguntarle él a los guardias que por qué no me mataban ellos le respondieron que era porque yo no dormía. El sargento William pasó de madrugada, me enfocó la cara, miró que estaba despierto con los ojos pelados, muy pelados, y entonces dijo:

-Este hijueputa qué pensará, por qué no duerme.

Quién sabe qué malas intenciones está pensando. Si supieran que yo sé lo mal intencionados que son ustedes -me decía.



 
 
Miriam:
Cuando desperté voy viendo a un policía tico con Julio Ramón. Era el teniente Valerio. Bueno: si lo he visto llegar solito al policía pues me hubiera corrido pero como lo veo llegar con Julio Ramón me dije: "Aquí no hay de otra: nos vamos a entregar y estamos en manos de ellos".
 



 
 
José Arana:
Al siguiente día amaneció domingo y me soltaron las manos.

Llegaban a jodernos a la puerta los guardias.

Nos ponían las metralletas:

¡Ah! ¡Estos son los de Solentiname!

A estos hijueputas aquí nomás les vamos a dar el agua.

-No se aflijan. -les decía yo a los otros-

Estos hijueputas lo que quieren es hacernos mierda.

No les hagan caso porque estos hijueputas así son y a última hora nos van a soltar.

Y yo no les hacía caso. Ni los volvía a ver cuando llegaban a la puerta: me ponía con la cara para allá.

A los seis días nos cambiaron de celda. En la otra celda ya había agua y un inodoro sucísimo.

Nosotros lo lavamos. Seguíamos el veterinario, el chofer del hospital, Chael y yo.

Al ratito de estar allí llegaron como siete guardias a sacar unos catres viejos que había allí.

- ¡Saquen esos jodidos catres y esos colchones! Estos jodidos chanchos que duerman en el suelo.

Al sexto día de estar sin comer pasó un jodido Cabo Velásquez (que estuvo mucho en Santa Fe) y le pregunta al veterinario: -Cuántos hay aquí.

-Habemos cuatro -le dice- Idiay Sargento: ¿Cuándo nos van sacar? Por una babosada me echaron preso.

-Sí hombre. Ya vas a salir -le dice el Cabo. -Sargento: -le digo yo- nos tienen sin comer aquí. ¡Si somos humanos! -Sí Sargento -dice el veterinario-. ¡Si somos gente! Necesitamos comer aunque sean frijoles sancochados.

-¿No han comido?

-No. Nosotros tenemos aquí seis días de no comer -le decimos.

- ¡No puede ser! -dice- No puede ser que tengan seis días de no comer si yo he ordenado que le den comida a los presos. Entonces se fue a ordenar que nos llevaran un gallo-pinto a cada uno.
Ya nos comimos el gallo-pinto y en la cena nos llevaron un tiempo a cada uno.

Como a las tres noches de haber estado allí llegó el Franklin borracho a medianoche con una grabadora a la celda donde estaba Felipe. Lo oíamos hablar que no sé qué vos Felipe Peña... - ¡Ahí está Felipe!- le digo a Chael. Entonces ya nos paramos nosotros y nos pegamos a la puerta y le preguntaba ¡ajá! le preguntaba a Felipe conque por dónde fue que pasaron y Felipe diciendo que yo no tengo más que decirle, yo ya hice mis declaraciones... .



 
 
Felipe:
Llegó Mara preguntando por los tres guerrilleros de Solentiname que se hablan entregado.

Abrieron la puerta de la bartolina y me sacaron sólo a mí.
Ella preguntó muy desesperada:
- ¿Y Donald y Elbis? ¿Qué se hicieron?

Entonces le dijo un guardia que estaba allí:
-Pues los matamos. ¿Qué más va a ser?

Ella se puso muy histérica, muy enojada, y se puso a discutir con el guardia diciéndole que cómo era posible, que los habían agarrado desarmados y que los habían llevado vivos al pueblo de San Carlos y que todo el pueblo los había visto, que cómo era posible que los fueran a matar después. El guardia disimuló y se hizo que bromeaba pero en realidad yo no sé si fue broma o fue serio porque hasta la vez que no aparecieron puede ser que los hayan matado.



 
 
Miriam:
-Si ustedes no se han querido entregar ustedes son unos tontitos -me dijo el policía-.

Nosotros los vamos a proteger.
¡Y cómo andan de heridos!

El señor nos ayudó y salimos de allí a la carretera y allí estaba toda la guardia tica esperándonos. Nos metieron en una casita porque andaban los aviones volando y tenían miedo de que miraran que allí estábamos nosotros y que los aviones nicas les hicieran algo a ellos.

Nos montaron al yip de la Guardia y nos trajeron al pueblo de Los Chiles. Toda la gente estaba viendo detrás de la camioneta y nos llevaron unos periodistas. Nos dieron café y galletas. Nos preguntaron por qué no nos habíamos entregado y todas esas cosas y nosotros decíamos que teníamos miedo de que ellos nos entregaran a la Guardia de Somoza. Un señor nos mandó unos colchones y dormimos muy bien en una celdita.



 
 
Felipe:
Ya había llegado mi hermano a ponerme en manos de un abogado. Yo pensaba que me iban a dar la sentencia, que me iban a condenar no sé a cuántos años (por lo menos treinta años, decían). Me sentía completamente abandonado sin nadie que preguntara por mí, sin nadie que dijera nada, ni un alma que se interesara por mí. Por eso es que tuve yo cierta flaqueza en ciertos momentos de decir algunas cosas que tal vez no las hubiera dicho si hubiera contado con ayuda. Entonces vi a mi hermano que me preguntaba que cómo me sentía y que me decía que no me preocupara que él me iba a defender. -No te preocupés hermano- le dije-. Estoy en manos del juez. Yo confiaba en que el juez era un tipo honesto. No sabía de las bandidencias, de lo que era el somocismo.


 
 
Alejandro:
En el comando de Los Chiles había un montón y de gente afuera. Entramos en una camioneta cerrada. Curaron a los muchachos las heridas de los pies y les dieron café con un poquito de atún y galletas, y nos metieron presos allí en una cárcel que ellos tienen con dos centinelas. Era la primera vez que dormíamos bajo techo, sin mojarnos, ya secos aunque fuera presos. O secos no, porque dormimos con la misma ropa que andábamos, aunque se cambiaron de ropa las muchachas.


 
 
Nubia:
Se portaron muy bien. Nos dijeron que éramos muy tontos porque no nos entregábamos. Y nos entregamos pues. Ya nos llevaron al comando con un gential que nos seguía que parecía una fiesta ese día.
Cuando llegamos al comando todo el gential nos tenía rodeados. Nos entrevistaron. Nos curaron los pies unas enfermeras (por cierto una de ellas era como gringa) y nos trataron bastante bien.

Allí dormimos.



 
 
Felipe:
Los últimos días estábamos más o menos tranquilones, porque nos dejaban entrar todas las visitas. La última visita fue domingo (nosotros salimos martes) y la estropearon unas patrullas que habían llegado de la montaña. Cuando las visitas iban entrando ellos querían salir a la calle a vaguiar porque acababan de llegar de la montaña. Y les dijo un teniente que no salieran a la calle vestidos de overol porque los podía matar la gente.

Ellos dijeron que iban a salir armados porque no los iban a matar así nomás y como no los dejaron salir dijeron que nosotros la íbamos a pagar, que nos iban a matar a nosotros.

Dijeron que no iban a dejar entrar las visitas. Las señoras se fueron donde el coronel a decirle que qué pasaba, que la visita tenían que darla. Y así fue como entraron. A los guardias los desplegaron para la covacha donde dormían y cuando ya estuvo la gente allí adentro empezaron a hacer escándalo, a manipular el fusil, a pelearse entre ellos mismos. Las mujeres empezaron a gritar. Unas se atacaron de nervios llorando porque creían que los guardias iban a disparar pero yo les dije que no se preocuparan, que si nos iban a matar el problema era para ellos.
Eso fue domingo.

El martes como a las cinco de la tarde dijeron unos guardias:

-Está invadido el Palacio Nacional de estudiantes.



 
 
Gloria:
Cuando la Guardia Civil nos llegó a traer en un carro me desmayé. A la Nubia la montaron chineada. Al comando llegaron tres enfermeras y comenzaron a curarnos los pies. Nos dieron ropa y comida.
Al día siguiente nos llegó a traer una avioneta escoltada por otra porque había peligro de que nos atacaran. Sobre suelo tico volaban los aviones de Somoza.



 
 

Felipe:
Nosotros no teníamos radio.

Lo pudimos oír porque en la Fortaleza habían guardias que tenían radio y lo pusieron un poquito alto, no para que oyéramos nosotros, sino que ellos querían oír todos entonces.

Bayardo oyó el comunicado que decía que el comando que se había tomado el Palacio pedía la liberación de todos los presos políticos y diez millones de dólares.

Entonces en la mañana un guardia que se había hecho amigo de nosotros nos dijo que Somoza había dicho que nos iba a dar la libertad pero que nos iba a deportar del país. Después llegó un sargento a decirnos que nos preparáramos porque nos iban a mandar para Managua.

Uno de los presos que estaban conmigo preguntó por qué nos iban a mandar para Managua y entonces le dijo el guardia que decía Bernabé Somoza que nos mandaran para Managua pues, que nos iban a dar la libertad. Más tarde nos dijo otro guardia que un comando sandinista se había tomado el Palacio Nacional y que pedían la liberación de todos los presos políticos y diez millones de dólares.

A las ocho y media nos dijeron que nos preparáramos, que nos vistiéramos y que nos lleváramos toda la ropa. Me puse tres camisas, tres pantalones y tres calzoncillos, me puse los dos pares de calcetines que tenía y mis zapatos que eran míos porque el coronel unos días antes cuando iba a llegar la Cruz Roja nos dio dos mudadas a cada uno, dos bluyines de mezclilla (por supuesto que era mezclilla mala) diciéndonos de que esa gente que nos iba a visitar sólo llegaba a dejarnos babosadas (que caramelos, que pan, que chocolates, que chochaditas) y que para que viéramos que él sí era buena gente nos iba a dar dos mudadas a cada uno y nos iba a dar un par de botas de guardia y que el que quisiera engancharse a la Guardia supiera que estaban dispuestos también a darle su número de guardia.

Bueno pues. Completamos de enmaletar la ropa y como a las ocho y media llegó un yip de la Guardia y allí nos montaron y nos tuvieron como dos horas metidos allí. La patrulla que había estado molestando a las visitas el domingo anterior decía:

- ¡Allá nos vemos en la zona norte! ¡No! Si es mejor que los matemos ya -decían. Y nos apuntaban con la Browning y con los fusiles. Nosotros ya acostumbrados a ese tipo de amenaza ni les hacíamos caso. Estábamos pensando que veníamos alegres a la libertad. A las diez nos llevaron en el yip buscando la iglesia. Pasamos por el comando, frente al parque. En ese momento estaba la gente reunida allí, había como cuatrocientas personas, estaba el parque lleno, llena la orilla de la iglesia, dándonos la despedida.

La gente se fue detrás buscando el campo de aterrizaje porque nos llevaban en avión pero no permitieron que se metiera nadie al campo. En el avión nos esposaron por parejas y así nos llevaron hasta Managua. En Managua nos seguían amenazando otros guardias cuando nos apeamos.



 
Alejandro:
Al día siguiente muy temprano nos llevaron para t San José en un avión custodiado por una avioneta. Nos estaban esperando en el aeropuerto unos periodistas de la televisión y de los periódicos. Tuvimos una larga entrevista y de allí nos llevaron a la comisaría donde nos tuvieron detenidos por diez días sin que supiéramos qué había pasado con todos los otros.


 
 
Laureano:
Al siguiente día amaneció domingo. Oímos unos disparos ¡pam! ¡pam! ¡pam! dentro de la montaña cerca de nosotros. Como cinco tiros de Garand ¡pam! ¡pam! ¡pam! al lado del Medio Queso.
- ¡Puta! -le digo a Emiliano-. A lo mejor allí van otros de los muchachos y se están verguiando con la Guardia.
-Ojalá sea eso- me decía el otro que iba más que agüevado.
Encontramos un monte bajo, acotado. Entonces me subí a un palo y ví Las Brisas. La reconocí porque sólo allí hay árboles de pino. Estaba como a cinco kilómetros. Sólo lo blanquito de la casa y los pinos se miraban. Entonces ya me orienté bien.
Como a las diez de la Wañana salimos a la misma carretera que habíamos dejado antes y vimos unas fincas, unas casitas así seguidas. Allí nos decidimos a entrar en las casitas a preguntar si estábamos en Costa Rica. Ibamos listos, armados.
-Si nos salen guardias no nos vamos a dejar agarrar así nomás; nos tiramos con ellos como podamos. Allí puede haber más de tres guardias.
Llevaba mi 38 con 6 tiros adentro.
Cuando entramos a la primera casita que era una ranchita bien humilde, estaba una señora moliendo maíz para nacatamales. Tenía unas patas de chancho guindadas y todavía se sentía el olor del chancho. Ni siquiera le dimos los buenos días.
-Señora- le digo yo- adónde es aquí: ¿estamos en Costa Rica o estamos en Nicaragua? -Bueno -dice la señora-. Aquí es Costa Rica pero allí nomasito está Nicaragua, está la frontera.


 
 
Felipe:
De allí nos llevaron en una zaranda hasta la central  de policía y allí estuvimos toda la tarde. Empezaron a llevar compañeros que iban a ser liberados. Hasta el siguiente día nos reunimos como cuarenta en esa Central de Policía. Como a las cinco de la mañana del siguiente día nos metieron en un bus y nos llevaron al aeropuerto y cuando íbamos en la calle la gente gritaba abiertamente:

- ¡Viva el Frente Sandinista! ¡Viva la Liberación Nacional!

Y nosotros también gritábamos que regresaríamos a Nicaragua, que no íbamos de viaje. Era emocionante aquello porque la gente estaba bien alborotada. Nos tuvieron en el bus como hasta las diez que llegó el comando. La gente se desbordaba por la orilla del aeropuerto, había montones de gente que quería meterse donde estábamos nosotros pero los guardias les impidieron meterse. Había como cien carros rodeando todo el aeropuerto. Luego nos metieron al avión. Faltaban presos, compañeros que no habían sido entregados. Pero ya se había cumplido la hora que habían puesto. De allí nos llevaron a Panamá.



 
 
Nubia:
En San José nos entrevistaron también y como ocho días nos tuvieron detenidos. Nos trataban muy bien. Nos dieron de comer bien. Los muchachos salieron hasta gordos.


 
 
Gloria:
Al llegar a San José pedimos asilo y los ticos nos dijeron que nos iban a dar asilo pero con una condición: que no nos metiéramos en asuntos políticos.
 
 
 
Museo del Frente Sandinista de Liberación Nacional
www.manfut.org