Colecciones NiKa-CyberMunicipio

Promotor: Frente Sandinista        Ejecutor: Arq. Hugo Zambrana
Parque Central, frente a la Plaza-Fuente de la República de Nicaragua

 Monumento al Comandante Carlos Fonseca Amador
Plaza- Fuente - Parque histórico-Escultura
194 cms. por 256 cms. por 600 cms. de largo
Monumento en forma poliédrico. Originalmente ostentaba una antorcha de fuego, la cual fué intervenida por una lampara eléctrica en forma de llama.
Como un homenaje a la lucha del Comandante Carlos Fonseca Amador en contra de la dinastia somocista, el saninismo le erigió en el Parque Central frente a la Plaza de La República, un Monumento Mausoleo. todos los 8 de noviembre simpatizantes del partido roji-negro, rinden tributo a fonseca Amador en su Monumento, donde tambien erán llevados en la decada de los 80 a niños, pertenecientes a la Asociación de Niños Sandinistas (ANS).
 

VISITE EL MUSEO DE CASA NATALICIA DE CARLOS FONSECA AMADOR EN MATAGALPA
Pero el primer contraste del que Carlos Fonseca Amador llegó a ser consciente debe haber sido el de su propia familia. Él vivía con su madre, su hermano mayor Raúl y, con el tiempo, sus tres hermanos menores, en una pieza sin ventanas, de unos doce pies, en el patio, al lado de la cocina de la casa de una tía. A media milla estaba la mansión donde su padre, Fausto Amador Alemán, vivía con su esposa e hijos. La residencia Amador, uno de los pocos edificios de dos pisos en Matagalpa, junto con el frontispicio de la catedral, de la que quedaba a media cuadra de distancia, dominaba el extremo norte del pueblo. En su interior los resplandecientes pisos y gabinetes de caoba, los mosaicos de azulejos, el jardín de árboles y flores y el elegante mobiliario importado, eran mantenidos inmaculados por los sirvientes que allí vivían. La madre de Carlos, Agustina Fonseca Ubeda, había llegado a Matagalpa del lluvioso poblado de montaña, San Rafael del Norte, hacia 1930. De acuerdo con un residente local y pariente lejano de Carlos. San Rafael del Norte, era "una localidad de sencillos habitantes, blancos y rubios en su mayoría, dedicados a la ganadería y al cultivo de la caña de azúcar los que tenían tierras," y la familia Úbeda era de "ganaderos, cultivadores de la caña o de pequeñas huertas, hombres de trabajo y de vida austera, sumamente religiosos, a veces solamente se aparecían en el pueblo para las festividades de Semana Santa.
 

UNA TUMBA, DOS CUERPOS
En julio de 1979 el cuerpo de Carlos Fonseca y su compañero había sido localizado, desenterrado y vuelto a enterrar en Dipina. “Fueron varios meses de búsqueda y cuando finalmente los compañeros a mi cargo me confirmaron el hallazgo, me comuniqué con Humberto Ortega, que estaba a cargo de la jefatura militar, y le propuse la exhumación del comandante Fonseca. Se autorizó y vino Roberto Sánchez a cargo de la misión. Debíamos tener los restos de Carlos Fonseca antes del 7 de noviembre”, recuerda Irving Dávila.
Y así fue. Luego de viajar en mula y a pie durante tres días, Amador Gallegos, Seidi Rivas y Santos Sobalvarro acompañados de campesinos llegaron al punto donde habían dejado los restos y salieron de Dipina con un par de osamentas envueltas en plástico negro: la de Carlos y la Benito.
Llegaron a Waslala en helicóptero el 4 de noviembre y entregaron los restos a Roberto Sánchez Ramírez, jefe de relaciones públicas del nuevo Ejército sandinista y al comandante guerrillero David Blanco, responsables del traslado.
“Los tuve en mis manos. Era un manojo de huesos envueltos en un plástico negro que había llevado de Managua. Los pusimos en una mesa y los velamos en el campamento. Estábamos emocionados, nadie los desempacó. Al día siguiente nos llevaron al ataúd y metimos los restos aún envueltos en el plástico. El cinco se veló en Matagalpa”, explica Sánchez.
Aunque David Blanco reconoce no haber viajado hasta Dipina, recuerda que cuando recibió el paquete donde estaban los huesos le explicaron el proceso de reconocimiento de los restos. “No había posibilidad de hacer pruebas de ningún tipo, pero se comprobó que se trataba de Carlos Fonseca y su acompañante. Los huesos de Carlos eran inconfundibles, un hombre alto de huesos largos, otra de las señas era la falta de un par de manos, que le fueron cortadas y enviadas a Managua para que Somoza comprobara su identidad. El otro compañero era un hombre pequeño de aquí de Sutiaba”, cuenta Blanco.
El 6 de noviembre la osamenta de Fonseca y Núñez viajaron en caravana hasta Managua.
El ataúd es entregado a la Dirección Nacional del FSLN en Managua, y se les informa que en él también están los restos de su compañero, que hasta ese momento no había sido identificado.
“Nunca hubo nada escrito, pero nosotros informamos a la Dirección Nacional que ahí venían también los restos del muchacho que había caído con Carlos. No podíamos identificarlo, solo sabíamos que era leonés. No se dijo nada más. Estoy en capacidad de decir que nadie, nadie, abrió ese ataúd nunca más... es el ataúd que está enterrado en el parque”, sostiene Roberto Sánchez.
 
 

Fausto Amador no respondió favorablemente a esta súplica. Agustina Fonseca vivió en la cocina de lsaura Ubeda hasta que murió de un derrame en 1967. Ella murió sin un centavo y sus hijos tuvieron que prestar dinero para comprar una simple caja en la cual enterrarla.

El padre de Carlos, pertenecía a una de las familias más ricas y poderosas políticamente de la región. Aunque ni en la partida de nacimiento ni en eI registro bautismal de Carlos Alberto se menciona a ningún padre, sus abuelos Amador aparecieron en la fe de bautismo de 1937 y en un momento dado, durante sus años de escuela primaria, el padre comenzó a reconocer su parentesco.

Los Amador de Matagalpa han sido prominentes cafetaleros, comerciantes y políticos desde el siglo diecinueve. El padre de Fausto Amador y abuelo de Carlos era Horacio Amador, un importante negociante de café que también poseía cafetales y varias casas en Matagalpa. Uno de los tíos de Fausto, Sebastián Amador, había sido el jefe político del departamento de Matagalpa, de 1915 a 1917, durante la administración del presidente conservador Adolfo Díaz. Los Amador, como la mayoría de las familias aristocráticas de Matagalpa, tradicionalmente apoyaban al Partido Conservador, pero Fausto cambió su filiación por el Partido Liberal Nacionalista (PLN) del presidente Anastasio Somoza García. En 1950 Fausto se trasladó con su familia a Managua para administrar varias de las grandes empresas de Somoza. En los años setenta él tenía una gran cantidad de tierras agrícolas en las regiones de Matagalpa y Managua; y cuatro casas lujosas en Managua, además de la mansión familiar de Matagalpa.

Poco después de que Carlos Fonseca naciera, Fausto Amador se casó con Lolita Arrieta, hija y nieta de prominentes profesionales y cafetaleros de Matagalpa. Entre 1939 y 1950, Fausto Amador y Lolita Arrieta tuvieron una hija y tres varones: Gloria, Iván, Fausto Orlando y Cairo. Coincidentemente, Carlos tenía, por el lado materno, tres hermanos y una hermana: Raúl, René, Juan Alberto y Estela. Sus relaciones más cercanas, él las desarrolló con Fausto Orlando Amador y Juan Alberto Fonseca, ambos casi una década más jóvenes.


 
 
 

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El guerrillero desconocido
Mezclados con los restos de Carlos Fonseca Amador, en el panteón de los héroes sandinistas, reposan los restos de un joven guerrillero al que la historia ignoró 
Tammy Zoad Mendoza M.
Cada noviembre, un costado de la Plaza de la Revolución florece. En fila, van llegando pomposas coronas, delicados arreglos y hasta flores huérfanas que se suman al jardín temporal. Son para Carlos Fonseca Amador, jefe de la revolución sandinista y fundador del FSLN, pero alguien más las recibe. Benito Núñez Ortiz, un joven guerrillero de Sutiaba, está enterrado junto a Fonseca. 
En la misma plazoleta donde descansa otro héroe nacional, el Coronel Santos López, y frente al mausoleo en el que con honores enterraron a Tomás Borge, comandante y fundador del FSLN, está también un chavalo leonés que dejó sus estudios para entrar a la lucha revolucionaria en la montaña. Un joven que, 36 años después, solo su familia y algunos vecinos recuerdan. Benito, al que sus padres han buscado su tumba. Siguieron su rastro por Estelí hasta Zinica. Nunca lo encontraron. Tampoco saben, hasta ahora, que el muchacho acompaña a Carlos Fonseca en el suntuoso mausoleo que el Frente Sandinista construyó como panteón de sus héroes. 

EMBOSCADA EN BOCA DE PIEDRA 
Es de noche. A penas pasadas las seis pero las cortinas verdes de árboles hacen aún más espesa la oscuridad. En la comarca Boca de Piedra truenan disparos al fondo del terreno del campesino Matías López Maldonado, pero él no se asoma porque sabe que es la Guardia Nacional ejecutando una emboscada. 
Carlos Fonseca, Benito (llamado también “Patricio”) y Crescencio Aguilar “Danilo” eran el blanco. Fonseca fue alcanzado por una bala en el muslo derecho, pero logró cruzar una alambrada y arrastrarse hasta un barranco. Benito, empujado por los impactos de bala, cayó abatido en el acto. Crescencio logró huir a la comarca vecina. La escena quedó en la memoria de don Matías López, quien en su testimonio brindado en el 2004 a un diario nacional recuerda con claridad la noche en vela que pasó. Tronó el cielo y empezó la lluvia. El cuerpo de Benito amaneció tendido cerca del alambrado, y al campesino esa pesada mañana le tocó cargar el cuerpo de Fonseca para sacarlo de aquel barranco.
“Por tratarse de Carlos Fonseca la Guardia decidió trasladar los cadáveres a otro punto, pensaron que nunca los iban a encontrar o que el hecho no tendría repercusiones graves en ellos”, comenta Irving Dávila, quien fue el jefe militar de Waslala y el coordinador de las expediciones en busca de los restos de Fonseca. 
“A inicios del 76 realizamos investigaciones en Boca de Piedra, la gente del lugar nos dijo que a él y a su compañero la guardia los levantó y se los llevó en helicóptero rumbo a Dipina. Cuando llegamos ahí los campesinos nos confirmaron que Carlos y su acompañante habían sido enterrados ahí. ‘Aquí los dejaron. Uno era un hombre alto, flaco... el otro era bajito, moreno’. Nos dieron las descripciones y concordaban con Fonseca”, detalla Dávila. Pero las señas también retratan a Benito Núñez, un moreno y bajito personaje de Sutiaba. 

 

UNA TUMBA, DOS CUERPOS 
En julio de 1979 el cuerpo de Carlos Fonseca y su compañero había sido localizado, desenterrado y vuelto a enterrar en Dipina. “Fueron varios meses de búsqueda y cuando finalmente los compañeros a mi cargo me confirmaron el hallazgo, me comuniqué con Humberto Ortega, que estaba a cargo de la jefatura militar, y le propuse la exhumación del comandante Fonseca. Se autorizó y vino Roberto Sánchez a cargo de la misión. Debíamos tener los restos de Carlos Fonseca antes del 7 de noviembre”, recuerda Irving Dávila. 
Y así fue. Luego de viajar en mula y a pie durante tres días, Amador Gallegos, Seidi Rivas y Santos Sobalvarro acompañados de campesinos llegaron al punto donde habían dejado los restos y salieron de Dipina con un par de osamentas envueltas en plástico negro: la de Carlos y la Benito. 
Llegaron a Waslala en helicóptero el 4 de noviembre y entregaron los restos a Roberto Sánchez Ramírez, jefe de relaciones públicas del nuevo Ejército sandinista y al comandante guerrillero David Blanco, responsables del traslado. 
“Los tuve en mis manos. Era un manojo de huesos envueltos en un plástico negro que había llevado de Managua. Los pusimos en una mesa y los velamos en el campamento. Estábamos emocionados, nadie los desempacó. Al día siguiente nos llevaron al ataúd y metimos los restos aún envueltos en el plástico. El cinco se veló en Matagalpa”, explica Sánchez. 
Aunque David Blanco reconoce no haber viajado hasta Dipina, recuerda que cuando recibió el paquete donde estaban los huesos le explicaron el proceso de reconocimiento de los restos. “No había posibilidad de hacer pruebas de ningún tipo, pero se comprobó que se trataba de Carlos Fonseca y su acompañante. Los huesos de Carlos eran inconfundibles, un hombre alto de huesos largos, otra de las señas era la falta de un par de manos, que le fueron cortadas y enviadas a Managua para que Somoza comprobara su identidad. El otro compañero era un hombre pequeño de aquí de Sutiaba”, cuenta Blanco. 
El 6 de noviembre la osamenta de Fonseca y Núñez viajaron en caravana hasta Managua. 
El ataúd es entregado a la Dirección Nacional del FSLN en Managua, y se les informa que en él también están los restos de su compañero, que hasta ese momento no había sido identificado. 
“Nunca hubo nada escrito, pero nosotros informamos a la Dirección Nacional que ahí venían también los restos del muchacho que había caído con Carlos. No podíamos identificarlo, solo sabíamos que era leonés. No se dijo nada más. Estoy en capacidad de decir que nadie, nadie, abrió ese ataúd nunca más... es el ataúd que está enterrado en el parque”, sostiene Roberto Sánchez. 

BENITO ¿CARVAJAL? 
El 7 de noviembre, miles de personas lo reciben en la Plaza de la Revolución para su entierro en el mausoleo del parque central. 
Treinta y tres años más tarde una de las 171 vallas colocadas en la Avenida Sandino habla de este episodio. Benito “Carvajal” murió junto a Fonseca en Zinica en 1976 y que en 1979, luego de exhumarlos, los trasladaron a Managua donde fueron enterrados juntos en el mausoleo. 
Don Salvador Núñez se ve triste, apagado, ido en algún lugar. Aunque su mente siga perdida después de una embolia cerebral, él se encuentra aquí de pie, con los brazos recostados en un muro y sosteniéndose la quijada. Está y no está. Un hombre moreno, bajito, un indio sutiaba de cepa. Hoy viste ropa elegante pues lo invitaron a un acto importante: el aniversario 36 de la muerte del comandante en jefe de la Revolución Popular Sandinista Carlos Fonseca Amador. Y de su hijo, aunque su traicionera memoria le impida recordarlo. 
“Él no recuerda muy bien a las personas, ya su mente no está bien”, comenta apenada su hija Paola Núñez Ortíz. “Para él Benito es mi hijo, que bautizamos así en honor a mi hermano. A veces se acuerda y dice que va a ir a buscarlo a la montaña. Mi mamá murió sin saber dónde quedó Benito, mi hermano. En el 79 anduvieron en Estelí, hablaron con “El Zorro” Rivera y él les confirmó que había andado en Zinica con Carlos Fonseca. “Mis papás no dieron con el punto exacto y solo les quedó la biografía que le entregaron y un documento que dice que murieron juntos en combate”, explica doña Paola mientras muestra las hojas amarillas en las que resalta el membrete oficial de FSLN para entonces. 
Don Salvador Núñez ha pasado toda la tarde frente a la casa Buzón Magno Bervis. Hay música, toldos y sillas regadas a mitad de la calle. De vez en cuando sale de su mundo y platica con otros señores que permanecen a su lado. Se distrae nuevamente y permanece en silencio, como poniendo atención a lo que dice el hombre de rojo y negro al micrófono. 
“Solo he podido rescatar el nombre de Benito Carvajal, de los demás solo quedan los números que reemplazaban los seudónimos. 112, 113, 114 y 115 elegidos al azar en la escuela militar para desinformar al enemigo y que al final, nos han desinformado a quienes hemos querido conectar las cifras con los nombres reales”, lee Francisco Jarquín en una cita a Tomás Borge.
Don Salvador no se inmuta al escuchar el nombre de Benito, no recuerda bien a su hijo y cuando lo hace estando en familia, ni a él ni al resto de sus hijos se les habría ocurrido relacionarlo al Benito “Carvajal” del que todos hablan en el episodio de la muerte de Carlos Fonseca, pero del que nadie sabe nada. 
--¿Sabe usted algo de Benito Carvajal?, pregunto a Francisco Jarquín luego de su intervención en el acto. 
“Nosotros solo manejamos la información histórica. Lo que está registrado en libros y en escritos como el del comandante Borge. 
--¿Entonces solo se sabe el nombre de este personaje? 
“Así es. Se sabe que Fonseca viajaba con dos muchachos al momento de la emboscada y que murió junto a uno de ellos. Benito Carvajal”. 
--Pero, el único Benito con el 113, leonés y combatiente en la zona de Zinica es un muchacho de Sutiaba 
“Desconozco eso. Hasta ahora voy a estudiar bien los documentos respecto a ese tema, me interesa mucho reconocer a los jóvenes guerilleros de aquí. Si encuentro algo de ese Benito te aviso. Pero de Benito Carvajal no puedo decir nada. ¿Cómo voy a contradecir al comandante Borge?” 
Benito era el 113, que reemplazó su anterior seudónimo de “Patricio”. En su barrio, Sutiaba, era conocido como “El Venado” porque era inquieto, ágil y escurridizo. La primera vez que aparece su nombre y su seudónimo es en las páginas 112 y 121 del libro La Marca del Zorro de Sergio Ramírez Mercado. Es el mismo Francisco Rivera, “El Zorro”, que en sus testimonios recuerda a Benito como el compañero cercano y de confianza de Fonseca, el mismo que muere junto a él en Zinica. ¿De dónde sale el Carvajal? 
Según Roberto Sánchez, historador, es posible que “El Zorro” confundiera el apellido del joven y que en sus memorias haya borrado accidentalmente la identidad del verdadero Benito, aquel muchacho de Sutiaba que solo recuerda su familia aunque nunca pudieron encontrar sus restos. Así dejó de ser él mismo y el “Carvajal” le robó su historia y mérito. 

EL VENADO 
Era el cuarto, de los nueve hijos de María del Pilar Ortiz y Salvador Núñez. Un chavalo callado y servicial. Le decían “El Venado” y así es como lo recuerda don Edmundo Bervis. “Él estudiaba en el Instituto Técnico La Salle, pero luego fue captado por el Frente que vio en él cualidades”, recuerda Bervis, quien fue su vecino y quien vive aún en la misma cuadra de la vieja casa de Benito. “Era un muchacho pilas puestas, educado e inteligente. Empezó regando papeletas de noche, las metía debajo de las puertas... luego lo entrenaron y era decidido. Lo mandaron a la montaña. Tenía coraje y agallas el chavalo, por eso lo pusieron de compañero de Carlos Fonseca, no cualquiera se ganaba su confianza... Lástima que aquí se olvidan de los muchachos”, suelta como un lamento don Edmundo Bervis. 
Para su familia sigue siendo Benito Benigno Núñez Ortiz, “El venado” que todos querían a pesar de su poco hablar. Sus seis hermanos vivos, ninguno es activo en el partido. Francisco, uno de los hermanos menores, reconoce que no guardan malos sentimientos con el partido, a pesar que su familia ha atravesado varias crisis económicas y que su madre se mantuvo fiel a la memoria de sus hijos caídos en combate. Lamentan no poder haber encontrado a su hermano a tiempo.
Doña María del Pilar Ortíz nunca pudo llevarle flores a su hijo y su padre, don Salvador Núñez, no recuerda bien quien fue su hijo Benito. Saben que murió en Zinica. 
Y ahora, ya saben dónde está su tumba. Es la misma de Carlos Fonseca Amador. 

Carlos Fonseca se identificaba con la clase social de su madre. Sus sentimientos por Agustina Fonseca parecen haber sido una mezcla de amor, lealtad, piedad y no poca culpa. Él arriesgaba su propia seguridad para visitarla durante sus años en la clandestinidad, y pedía a sus jóvenes compañeros del FSLN, correr el riesgo de llevarla de visita a Costa Rica y Honduras. Pero a su padre lo miraba como a un espíritu de naturaleza más intelectual. Las cartas de Fonseca a su padre están llenas de análisis históricos y literarios, cuando él trata de transmitir sus ideas y motivaciones políticas en desarrollo. Educado en los Estados Unidos, Fausto Amador era bilingüe -inglés y español- y tenía fama de brillante administrador. En el otro lado, Agustina Fonseca era conocida tanto por callada como por bella. Aún siendo joven, según dicen sus vecinos, ella "era una mujer que no hablaba". Algunos contemporáneos de Carlos que conocieron a su madre asumían que ella era iletrada, aunque podía leer y escribir.

Menos de un año después de la muerte de Agustina Fonseca, en un mensaje del Día de la Madre dedicado a las mujeres cuyos hijos e hijas habían sido asesinados por la Guardia Nacional, Fonseca sostuvo que ella, eventualmente, llegó a concordar con su actividad revolucionaria: "Permítaseme evocar este día a la madre del que escribe estas líneas, mi madre proletaria, cuyos días en el mundo ya concluyeron. En su humildad llegó a comprender y a decir con satisfacción que este hijo pertenecía a la patria".` Otros residentes matagalpinos de la época la recuerdan como apenada y confundida por el radicalismo de Carlos y, desafortunadamente, no hay al respecto testimonios de la propia Agustina.


 
 
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