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 Indice de Leyendas de Nicaragua


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  18 DE MARZO DEL 2001 /  La Prensa
El sargento Nacho Pastrán y el “careador” Toribio Tapudo 

    En las numerosas guerras fratricidas del siglo pasado, Toribio Garmendia era el asimilado cachureco que desde las trincheras, con su poderosa voz, gritaba improperios al enemigo 


 
 

Mario Fulvio Espinosa 
 

“¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo que juró arrancarte las botas con todo y patas...! 

Aquel era el grito que salía poderoso de la garganta de Mateo Antonio Zeledón, amigo entrañable y cómplice en las numerosas zanganadas juveniles cometidas por Sancho y el que esto escribe, allá por los años cuarenta en la finca “El Socorro” propiedad de don Francisco Huezo, en ese tiempo gerente del Banco Nacional. 

Para ir a dicha estancia existía un camino que con rumbo sur salía por el lado de la ermita de la Ascensión, continuaba por la orilla oriental de la Laguna Tiscapa y se adentraba en lo que es hoy la carretera a Masaya hasta llegar a otras estancias, entre ellas la hacienda San Juan, la última que conocí por ese rumbo. 

Todavía hará unos quince años quedaban algunas ruinas de la finca El Socorro, sobre todo una alameda de mangos que conducía hacia la casa de madera machihembrada del patrón. Hoy en esa zona quedan los Pollos Camperos, Residencial Altamira y lugares como La Vicky, el parque sucio, el Polideportivo España y otros que antes eran posesiones del señor Huezo y de su esposa, doña Clementina Maltez de Huezo. 

MATEO EL MANDADOR 

Mateo era el lechero de la finca. Su trabajo principal consistía en conducir el carretón halado por el “Careto” y venir a entregar las pichingas de leche a diferentes casas de Managua. Por la tarde, a eso de las cuatro, hacía otro viaje a la ciudad para recoger los recipientes vacíos y llevarlos de regreso, labor que concluía cuando “Careto” entraba al galope en la hacienda, a eso de las seis o siete de la tarde. 

Tanto Sancho como yo madrugábamos para esperar a Mateo a la salida de la hacienda, allí nos montábamos en el carretón para acudir al Colegio “Rubén Darío” donde estudiábamos, y por la tarde lo esperábamos para no tener que regresar a pincel a El Socorro, lugar donde vivimos durante tres felices años. 

El camino era ancho y arenoso. Estaba bordeado de hermosos árboles de pochote, roble, eucalipto, elequeme, acetuno, madroño, guácimo o tapaculo, jenízaros y tamarindos. Pero casi a medio camino se levantaba un gigantesco ceibo de aproximadamente setenta metros de alto cuyas raíces, sobresaliendo casi cinco metros desde el terreno, formaban raros huecos y repliegues donde perfectamente podían refugiarse cinco personas. 

Cuando por la tarde regresábamos en el carretón, al pasar por el formidable ceibo, Mateo emitía su declamado y estentóreo grito: 

“¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!” 

Nosotros pensábamos que era un “vacilón” de aquel mozo, recio, moreno -muy parecido al Diriangén de Edith Gorn-, alegre y dicharachero. Pero, con los días nos intrigó aquello y le pedimos nos explicara qué origen tenía su exclamación, fue así que conocimos la trágica historia del “careador” Toribio Tapudo que nos contó Mateo una tarde al compás del trote carretonero del brioso “Careto”. 

TORIBIO GARMENDIA “EL CAREADOR” 

“Pues resulta –dijo- que allá en Las Cuchillas, cerca de la hacienda El Encanto, conocí a Toribio Garmendia. Eramos vecinos, nuestras finquitas colindaban, de manera que hicimos entrañable amistad. 

Cuando lo conocí tendría 55 años, era un indio grande, recio, arrecho al machete y al trabajo de la tierra. Se había rejuntado desde hacía muchos años con la Martha Cienfuegos, la que le había dado dos niñas que a la sazón tendrían cinco y siete años. 

Lo particular de Toribio era su tremenda voz, si la subía del tono natural se escuchaba a distancia. Por las tardes antes de ir a dormir se sentaba en un taburete a la puerta de su rancho a cantar acompañándose de una mandolina y su voz melodiosa bajaba como la bruma por las cañadas de Las Sierras y se escuchaba a larga distancia. 

Precisamente por tener semejante vozarrón, Toribio era un veterano sobreviviente de aquellas sangrientas guerras de la Revolución de Zelaya y de las muchas que siguieron después que el General fue depuesto por la Nota Knox de los gringos. 

Toribio, un “conservador de nacimiento”, había nacido en Chontales y participado en numerosos combates al lado del general Emiliano Chamorro, en uno de los cuales recibió un rozón de bala en la frente, que le dejó una especie de surco colorado sobre la ceja izquierda. 

Hombré, me decía, yo soy a prueba de balas y sólo me podrán matar a traición. Y tenía justa razón pues siempre desempeñó en los combates el papel de “careador”, que se endosaba al soldado raso que tenía más galillo, y cuya misión era insultar de colina a colina al enemigo, para lo cual, además de tener voz de trueno, debía saber los peores epítetos para enchilar al enemigo y dar coraje a los compañeros combatientes. 

“Aquí hay güevos maricones, hijos de las once mil putas... Salgan de ese escondrijo... Vamos a hacer que nos laman los cojones... Comemierdas, cochones”, era lo que entre otros insultos gritaba Toribio a los liberales. 

Como “careador”, Toribio tenía que dar muestra de valentía suicida, pues para expeler sus exabruptos tenía que subirse a algún árbol o a cualquier promontorio del lugar donde estaban atrincherados los cachurecos, de manera que ofrecía un blanco franco a los liberales, que durante todas las guerras le dispararon a granel pero nunca lograron abatirlo. 

Por ese vozarrón, y no porque fuera trompudo, le endilgaron el mote de “Tapudo”. Toribio Tapudo va, Toribio Tapudo viene, así se quedó y ese fue el único estímulo que recibió aquel invicto veterano de cien batallas. 

Era Toribio un hombre que verdaderamente amaba a su patria, y cuando la guerra de Zelaya contra Honduras peleó como fiera bajo las órdenes de un general liberal, dejando a un lado su amado conservatismo. 

Me contaba Toribio que en la Batalla de Namasigüe los liberales habían colocado como “careador” y vigía a un humilde soldado originario de Somoto, de nombre Ramón Montoya. No se sabía desde qué lugar iban a atacar los hondureños, y a pesar de que Montoyita tenía 48 horas de estar en una incómoda posición, encaramado en un árbol, pudo divisar los movimientos de los catrachos y señalar el preciso lugar por donde atacarían. 

“Allá viene el enemigo”, gritó Montoya antes de caer muerto de un balazo en pleno pecho. Las tropas nicaragüenses advertidas repelieron el ataque e infligieron una severa derrota a los hondureños. La acción del raso Ramón Montoya fue perennizada en una estatua de bronce donde aparece descalzo, con su rifle, sombrero de paja y cantimplora, señalando con el índice hacia un lugar ignoto. 

Esa estatua, colocada sobre un sencillo pedestal, recibió el pomposo nombre de “Monumento al soldado desconocido”, y fue colocada en el Parque Central viendo hacia el norte y últimamente fue puesta al extremo sur de la Avenida del Ejército, donde todavía se conserva. 

Yo te aseguro -me decía Toribio-, que si el “careador” hubiera sido yo, la tal estatua no existiría pues a mí las balas me respetaban, y enfatizaba en que solamente podrían asesinarlo a traición. 

EL SARGENTO NACHO PASTRáN 

Cuando Somoza el viejo asesinó a Sandino y le dio un golpe de Estado a su propio pariente Juan Bautista Sacasa, ya Toribio Garmendia se había retirado a vivir tranquilo en su finquita. 

Y estaría allí todavía de no ser la ambición geófaga de Somoza que a través del tristemente célebre sargento Manuel Ignacio Pastrán comenzó a apoderarse de las tierras de los humildes campesinos cachurecos que vivían en Las Sierras y otras comarcas más allá del límite sur de Managua. 

Una tarde de abril, Pastrán con cinco guardias nacionales, se presentó a la casita de Toribio haciéndole cargos de abigeato. Toribio proclamó a grito pelado su inocencia, pero el sargento ordenó que lo amarraran de las manos y poniéndole una soga en la garganta lo traía amarrado a la grupa de su macho, sin escuchar los lamentos y llantos de la Martha Cienfuegos y sus dos muchachitas que le pedían de rodillas que liberara a su papacito. 

Con Toribio casi a rastras, Pastrán y sus secuaces vinieron por este camino y dicen que fue el propio sargento quien molesto por los reclamos del “careador” le dio un balazo en la espalda. La cosa es que al día siguiente al amanecer encontraron el cadáver de mi amigo metido entre las raíces de ese ceibo. Había sido torturado horriblemente y recibido en la nuca otro tiro de gracia. También dicen que unos campesinos escucharon a Toribio decir que sabía que Pastrán lo iba a matar, pero que él juraba que aún ya muerto le iba a arrancar con todo y botas las patas al sargento. 

Por eso es que al pasar por ese ceibo siempre grito así: ¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!”. 

CÓMO CONOCIMOS AL SARGENTO PASTRáN 

Cuando en 1946 Sancho y el que esto escribe nos trasladamos a vivir a Managua, nos tocó conocer al famoso sargento de la guardia nacional Manuel Ignacio Pastrán. 

Fue una tarde que nos fuimos a cazar garrobos con tiradora allá por el Camino de Bolas, eran casi las tres de la tarde cuando vimos venir una rara caravana que bajaba de Las Cuchillas. 

Adelante, montado en un macho ceniciento venía un militar que lucía un sombrero de marine y botas de media caña. Era de mediana estatura, más bajo que alto, cara aceitunada de rasgos severos, tendría tal vez unos 55 años. 

Detrás del macho caminaba un hombre de aspecto campesino, sin camisa y descalzo, le habían atado con mecates de cabuya ambas muñecas y desde la albarda del militar era halado con una soga que a manera de horca le aprisionaba la garganta. 

Cinco guardias armados con carabinas caminaban custodiando al preso, dos en los flancos y uno a la retaguardia. Aquel grotesco grupo “humano” caminaba sin prisa y por el polvo que se apreciaba en sus uniformes y en la vestimenta del prisionero se podía asegurar que habían realizado una pesada jornada. 

Aquel jinete era el sargento Manuel Ignacio Pastrán, militar de cañada al servicio de Somoza y el perseguidor más implacable que tuvieron en esa época los abigeos, contrabandistas, destiladores clandestinos y malhechores de la zona del Pacífico. 

Sus procedimientos eran expeditos, él era la ley en la región con licencia para torturar y matar. Pastrán, según dicen, fue el que a base de violentos desalojos de fincas dejó en la miseria a muchos campesinos conservadores e hizo descomunal terrateniente al dictador Somoza, que de inmediato se apropiaba de las propiedades que quedaban “improductivas y en el abandono”. 

Para usurpar fincas el sargento acudía al fácil expediente de acusar de abigeos o cualquier otro cargo a los campesinos, y llevarlos amarrados al Hormiguero. Muchos de estos desgraciados desaparecían sin que se investigara mucho de sus paraderos. 

Vivía el sargento Pastrán en las cercanías del Cine Victoria y a media cuadra de la casa del presbítero Pedro K. Siero, donde lo vimos en distintas ocasiones. 

No recuerdo en qué año murió, pero sí sé que la amenaza que le lanzó Toribio Tapudo de alguna manera se cumplió. 

Al hacerse más viejo Manuel Ignacio Pastrán fue abatido por la diabetes, se le pudrió una canilla que tuvieron que cortársela y después, por el mismo motivo le cercenaron la otra. 

Todavía está en mi memoria el vozarrón del lechero Mateo: 

“¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!” 

PAPEL DE CAREADOR 

Los insultos del “careador” tenían como objetivo hacer perder la concentración a los soldados enemigos. 

Posiblemente el famoso Ramón Montoya o “Montoyita” fue el “careador” de la batalla de Namasigüe. 

Cosas de los nicaragüenses, a Montoya se le hizo un monumento, pero a Toribio Garmendia no le hicieron nada. 
  La Prensa Junio 09-01


Version internet: Eduardo Manfut P 

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