Colecciones manfut.org
   
 manfut.org 
Indice de Leyendas de Nicaragua

 
LA CASA DE LOS SUSTOS


.
.
.
.


Buuh!!!!

Aquellos tétricos años que pasé en la casona que comprara mi padre en el Barrio de la Estación, han quedado tan grabados en mi memoria, como el cincel graba una imagen en una pieza de mármol.

Tenía yo apenas catorce años cuando tomamos posesión de la misteriosa casa, cuyas manifestaciones del Más Allá aún persisten en mi pensamiento como una amarga pesadilla que haya experimentado en mi vida de adolescente. La casa amenazaba ruina; mi padre, con el poco dinero que le sobró de la compra procedió a cambiar el viejo piso de ladrillo de barro por uno de cemento.

Pero la casa tétrica, que me inspiraba temor, estaba ubicada al oeste de la esquina, que era la que ocupábamos nosotros. La casona era de dos pisos y tenía cuatro balcones que, deteriorados por el comején, amenazaban desplomarse; la mayor parte del tiempo permanecían deshabitados.

En los cuartos de arriba nadie habitaba tampoco, sólo una legión de murciélagos chillones y un mundo de bichos raros. Recuerdo que una vez, jugando base-ball, se introdujo la pelota por la abertura de una tabla del forro de uno de los cuartos que daban a la calle; al abrirlo nosotros para auscar el juguete, nos llevamos la impresión más horrible.

 Millares de murciélagos poblaban las eternas ridades de esos cuartos misteriosos; se oían sobre las tablas el loco aleteo de los papalotes, el zumbido de los mosquitos, la fuga de las ratas y, sobre' el piso sin ladrillos, el ruido apenas perceptible de los reptiles al arrastrarse.

Los cuartos eran tan helados y húmedos que nuestras epidermis se sentían resentidas, y un fuerte y repugnante olor a orín se respiraba por todas partes. No quisimos dar un paso más; apenas nos atrevimos a llegar hasta donde la claridad de la puerta llegaba, retando a las sombras y los misterios. Salimos del cuarto medrosamente entrevisto, abandonando todo intento de  rescatar nuestra pelota.

Dos meses llevábamos de vivir allí, cuando se empezaron a observar cosas extrañas, fuera de lo normal. Primeramente fué la cocinera de la casa la víctima de tales fenómenos. Los trastos de cocina o cualquier otro utensilio que ella dejara en lugar acostumbrado, los encontraba esparcidos en toda la cocina, con evidente desorden.

A plena luz del día se oían pedradas en el piso alto de la casona, en los cuartos de la planta baja y en la cocina; a veces estas piedras caían sobre nosotros, pero sin causarnos daño.

Por las noches, ion mucha frecuencia, las lámparas se apagaban tan de súbito, que parecía como si una ráfaga de viento les entrara por los tubos.

Pero donde más se sucedían los tales aparatos era en la casona vieja de dos pisos. Allí, después de las seis de la tarde, parecía que tuvieran reunión las almas de ultratumba. A medida que la no.he iba enlutando las cosas, aumentaban los ruidos misteriosos.

 Pasos fuertes y marcados como los de un apuesto militar, seguidos del tintineo de unas espuelas y el ruido metálico de un sable al arrastrarse. Se oía .ambién el ruido metálico y la voz clara de una persona que cuenta dinero, el crepitar de un fósforo al entenderse y el murmullo apagado como de un grupo de personas reunidas en conciliábulo.


Todo eso le dió que pensar a mi padre que en la tal casa podía haber dinero enterrado y que por tal motivo se sucedían esos aparatos.

Las gentes de la calle y principalmente los vecinos aseguraban que quien espantaba allí era el ánima en pena de un señor Montealegre, dueño anterior de la casa y persona de quien las gentes timoratas afirmaban que tuvo pacto con el diablo. Picado por la curiosidad, mi padre decidió evocar el espíritu que molestaba en la casona.

Llegó, efectivamente el espiritista. Guillermo Reyes -así se llamaba- era originario de El Viejo, y debido a que tenía anquilosada una mano, a consecuencia de un balazo recibido en una expedición punitiva de que formó parte cuando el Presidente General José Santos Zelaya quiso ayudar al derrocamiento de un gobierno de Colombia, lo apodaban "Mano de Cabra". Pero era una magnífica persona y de una cultura elevada.

Don Guillermo observó que uno de mis hermanos menores podía servir de médium, y se dispuso a hacer la prueba, con tan buen resultado, que mi hermano, al primer contactó del flúido magnético, se durmió.

 ¡Viva!, dijo entonces el maestro de ciencias ocultas, lleno de júbilo. Mi hermano se había transformado desde ese momento en un vehículo para comunicarse con el más allá de los sueños y la vida.

Recuerdo que cuando se iba a dar principio a las sesiones espiritistas, todos, por orden de don Guillermo, uníamos nuestras manos para que el flúido fuera más fuerte y así facilitarle mejor el trabajo.

Pero resultó que el espíritu que encontró mi hermano -ya en trance- no era el del señor Montealegre, como al principio suponíamos, sino que el de un español natural de Asturias, quien dijo llamarse Abraham Asturiano y ser el autor de todos los aparatos que se sucedían en la casona. 

 Manifestó también que era el dueño de un cuantioso tesoro que estaba enterrado en el patio de la casa y custodiado por cuatro esclavos indígenas. También se procedió -por orden de mi padre- a las excavaciones en los puntos que el espíritu había indicado.

Cierta noche, estando mi hermano en trance, oímos claramente en el tambo del segundo piso de la casona, como que dos personas se paseaban de punta a punta del corredor; se oía el tintineo de las espuelas y el ruido metálico del sable al arrastrarse.

Mi hermano en ese momento abrió la boca y comenzó a hablar palabras inconexas, pero poco a poco se le fué aclarando la voz, hasta que le oímos decir que las personas que se paseaban en el corredor eran el español y él y en prueba de ello -añadió mi hermano-, el gallo que está durmiendo al pie de la escalinata va a cacarear, porque don Abraham le va a pellizcar las patas.

El médium volvió a su estado consciente a los pocos minutos. Sería a eso de las doce de la noche ya todos estábamos acostados, cuando el gallo, alborotado salió volando sobre los tejados vecinos, como si alguien, de pronto, lo hubiese asustado; luego se oyeron unos pasos que subían la escala. y todo volvió a quedar en silencio.

Había transcurrido ya medio año de trabajos infructuosos. Diecisiete perforaciones se habían hecho sin ningún resultado ventajoso para los buscadores del tesoro de marras. Al contrario, la casa, convertida en una nueva morada subterránea, quedó amenazada de desplomarse al menor sismo de los tan frecuentes que ocurren en esta ciudad. Don Guillermo, cansado ya, y mi hermano, debilitado por las diarias sesiones, habíanoptado por descansar algún tiempo, mientras recuperaban las fuerzas.

Para reemplazar a un trabajador que se había enfermado, mi padre contrató a un viejo corinteño, veterano retirado de las cuadrillas de trabajadores del Muelle, conocido con el apodo de Cartucho.

Era el tal Cartucho más bolo que el mismo guaro y vivía perennemente en un estado de semiconsciencia; -pero con todo y su falla alcohólica, desempeñaba bien su trabajo. Era de esos muelleros fuertes, cuya recia musculatura se la había sacado los güinches de los buques.

Pero Cartucho no trabajaba en la noche, dormía propiamente en los cuartos de la casona y se acostaba cuando moría la última campanada del toque de la oración. ¿Y por qué en la quietud de la noche se oía casi siempre el golpe bofo de la barra en la profundidad del hoyo?

Muchas veces se levantaron, los excavadores a indagar y encontraron siempre a Cartucho sobre una tabla durmiendo la mona.

 Atribuyeron que los golpes de la barra que se oían eran producidos por el mismo espíritu en un deseo de ayudarles a descubrir el tesoro y poder salir de la pena que lo obligaba a rondar en torno del oculto tesoro que lo ataba a la tierra y del cual quería desasirse, por lo que tales aparatos se producían en la casona de los sustos.

Así siguieron las cosas por un tiempo; don Guillermo todavía no había regresado de su viaje de descanso, cuando, informado por una vecina, acertó a llegar a la casa una vieja gitana, de esas que viven del truco, la vagancia y la charlatanería a costillas de los incautos.

Manifestó con aplomo saber el paradero del codiciado y quimérico tesoro, pero que debido al mucho tiempo que tenía de estar enterrado se había empactado con el diablo, y que para desempactarlo era menester enterrar una cadena de oro -protegida dentro de un tarro- en el lugar mismo donde ella sabía que se encontraba -"por gracia de Santa Teresa y de Santa María"- la botija que contenía el tesoro.

Sin titubeo alguno le fué entregada la prenda, que consistía en una hermosa y antigua cadena de oro amarillo de varias vueltas, con un pescado, "dije" también del mismo metal. La gitana dijo que la cadena debía desenterrarse a los tres días y que se convertiría en carbón. Y en realidad así fué; porque al desenterrar el bote, solamente se encontró en el fondo un poco de ceniza.

Ya la vieja arpía había volado con todo y la cadena.

Los ruidos siguieron, y en crescendo.

Ya se hacía insoportable aquello; noches enteras las pasábamos en vela. Una tarde, serían las seis, la sirvienta, que se había quedado en la cocina, llegó con el rostro ensangrentado. Cuando le hubo.pasado el susto, expresó con palabras entrecortadas por la emoción, que manos misteriosas la habían asido de las posaderas lanzándola contra el cocinero, con tal violencia, que de rebote fué a dar de cara a un lavandero, donde se produjo las heridas que le manaban abundante sangre.

Un mes más -después de lo ocurrido en la cocina- soportamos aquel infierno de casa; hasta que por    } fin, habiendo encontrado otra, mi padré nos llevó la buena nueva de que íbamos a desocupar aquella guarida de espíritus burlones.

Las primeras horas de la última noche las pasamos alegres al pensar que ya no íbamos a seguir viviendo allí. Pero como si el espíritu que moraba en. la casona se hubiese enterado de nuestra huida, quiso jugarnos la última broma. Acostados ya -serían las once y media de la noche-, se oyeron los pasos que bajaban la escala, pero no llegaron hasta allí -como de costumbre- sino que siguieron caminando sobre el piso sin ladrillos, y luego subieron al tambo del corredor de la esquina que habitábamos.

Nunca los pasos se habían atrevido a llegar hasta ese lugar. Luego se sintieron fuertes y violentos empujones en las puertas, que hicieron saltar los aldabones de seguridad y las puertas quedaron abiertas de par en par.

Los pasos del misterioso e invisible habitante siguieron por los otros cuartos, en tanto que el grito de ¡Santo Dios! y ¡Santo Fuerte! salía angustiado de los labios de las mujeres. Los chicos llorábamos de miedo, metidos entre los colchones de los catres. Los pasos, finalmente volvieron a subir la escala de la casona, y ya no se volvió a oír nada.

Al día siguiente abandonamos la casona, el tesoro y las costosas excavaciones, ricos sí de experiencia y curados para siempre de la fiebre del oro, mortal más que la malaria, porque mata el cuerpo y el alma de los hombres.



Fuentes: 
 Leyendas Nicas
Version internet: Eduardo Manfut P  Diciembre 2000.
......................................................................................
LA VENGANZA DE PANCHO RAMIREZ
La Carretanagua
El Cadejo
El Barco Negro
Ceguas, Chanchas y micas brujas
Chico largo del Charco Verde
El lagarto de oro
Los duendes
Muertos y aparecidos
El coronel Arrechavala
La Llorona
La Mocuana
El punche de oro de Subtiava
La dulce Xali del Cailahua
El camino y los pinos del Nikiniki
La historia del Viejo Chinantlan
Leyenda de La Inmaculada en Granada
Los siete negritos
La Novia de Tola
Toribio Garmendia
Leyenda del Monolito de Cuapa

.
.
.
.
 

 

Colecciones NiKa Cyber Municipio


BoacoChinandegaChontalesCarazoEsteliGranadaJinortega
LeonMadriz Managua MasayaMatagalpa Nueva Segovia 
RAAN  RAAS    Rio San Juan   Rivas