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Indice de Leyendas de Nicaragua
 
LA VENGANZA DE PANCHO RAMIREZ


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LA VENGANZA DE 
          PANCHO RAMIREZ

Pancho Ramírez, aquel honrado finquero que conocí antaño en una de mis pasadas por el pueblo de San Pedro de los Potreros Grandes, había quedado viudo; la Parca, la traicionera de las cuencas vacuas y la guadaña a cuestas, se había llevado a su mujer en una fría mañana de Octubre. 

Fue una puñalada al corazón la que sintió cuando tuvo que separarse de su compañera con quien viviera diez largos años, es decir, desde que se la llevara del poder de sus padres, que vivían en las riberas del Torondano. 

Adolescente, Isabel le había entregado su cuerpo virgen, y, de ese amor saturado de campo, nació el hijo, el hijo que no sintió las caricias maternas, teniendo Pancho que hacer veces de madre, porque las ternuras, los desvelos, las canciones cuneras y arrulladoras y todo lo que le pudiera haber, prodigado la finada, se lo prodigó él. 

Así vivió este hombre, solo, en medio de la lobreguez del campo, de ese campo que era parte de su alma, sin más caricias que las de su, pequeño hijo, el canto de los pájaros, el murmullo del río y la fronda de los húmedos y exuberantes bosques.

Colindante a la pequeña propiedad de Pancho, estaban los extensos terrenos de don Faustino Mendoza, ricachon del pueblo vecino, y miserable hasta los tuétanos, y quien a la vez ejercía el cargo de Alcalde, al amparo de cuyas funciones especulaba a espaldas de la ley, convirtiéndose en usurero que prestaba dinero a un tipo de interés exagerado; de ahí que se hubiese también convertido en uno de los mayores terratenientes del lugar. 

Interesado en demasía, don Faustino hacía frecuentes visitas a la finca de Pancho, instándolo con ofertas ridículas para que le vendiera su parcela. 

Pero Pancho siempre se negaba; no tenía interés alguno en deshacerse de su finca, a la que le ligaban los más sagrados recuerdos. 

Desgraciadamente, ya don Faustino le había puesto la puntería y el tenaz empeño del viejo exacerbaba al humilde campesino. 

Cierto día, el ganado de don Faustino se pasó a las huertas cultivadas de Pancho, haciéndole destrozos. ¿Mala intención? ¿Venganza por la dura resistencia de no querer venderle? No se supo; lo cierto es que no valieron las protestas y reclamos en los tribunales. 

El dinero y la influencia política pudieron más que la razón y la justicia.

El mal invierno y las plagas hicieron fracasar a Pancho, todas sus ilusiones se fueron al suelo, y el hombre quedó sumido en la más honda tristeza. Llegó un día que se encontró sin un real en la bolsa. 
¿Qué hacer? ¿Vender la finca a don Faustino? No, mil veces no; primero la muerte antes que eso.

Entonces, ¿cómo hacer para solucionar tan grave problema? El hijo necesitaba del alimento y era menester proporcionárselo de cualquier manera. 

¿Robar? Jamás. Pancho no iba a delinquir, hurtando en la propiedad ajena, aunque ésta fuera la de su mayor enemigo. 

Tomó una yunta de las de sus mejores bueyes aradores y se fue donde don Faustino a malvenderlas. 

Apretándose el estómago logró pasar dos meses con el escaso dinero obtenido de la venta.

Pero llegaron después, con la exactitud desesperante de las cosas irremediables, los meses más inclementes del verano, ar
dientes, implacables; el fuego ' de los mediodías incen
diaba la tierra, que se iba rajando como esas viejas
heridas gangrenosas. 

El río también se había secado,cortándose a trechos, donde se formaron pozas que, si al principio fueron cristalinas, tornáronse después en tremedales malolientes, donde vivía en acecho el anó
feles. 

El ganado no bajaba allí por miedo a hundirse
y por la putrefacción de las aguas estancadas; rompía,
atormentado por la sed, las cercas de don Faustino,
para ir a beber el agua azufrada de las pilas de sus
corrales, con las consiguientes protestas del implaca
ble viejo, quien ordenaba el arresto de los animales y
su permanencia en el Cabildo del pueblo, hasta tanto Pancho no llegara a enterar la inicua multa 

Todo eso lo hacía don Faustino con premeditada intención, de exasperar al hombre y obligarlo a venderle a él la propiedad por la cantidad que a su antojo fijaría Cierto día se acercó Pancho a la hacienda del viejo y acaudalado usurero, para convenir con él la forma en que el ganado pudiera pastar en sus terrenos, en las ricas humedades que poseía en los playones que formaba el río en la época de las grandes crecientes, a cambio, si era posible, de su trabajo personal en las socolas del rastrojo,. que don Faustino pensaba convertir en chagüite. 

Su ganado estaba famélico, porque sus potreros habían quedado mustios, y apenas eran cuatro bueyes los que le habían quedado ya.

-Véndamelos; es lo mejor que puede hacer -fue la respuesta que obtuvo de don Faustino. Y como para martirizarlo más,, añadió: -y véndame también la finquita; a lo mejor un buen día usté se muere y nadie se va a dar cuenta, porque vive íngrimo.

Por fin, acorralado por el hambre y la tenacidad de aquel hombre que había llegado en su perversidad hasta denunciarlo como ladrón o cómplice del robo de unos animales imaginarios, le vendió la finca, mejordicho, se la regaló.

Era duro para Pancho desprenderse de ella, pero ¿qué iba a hacer? Sin dinero, sin trabajo, porque el miserable viejo se lo había negado, y sin bueyes; porque todos, uno a uno, los había vendido; apenas la yegua rosilla le había quedado, aquella hermosa yegua, la que llevó en sus ancas a Isabel cuando se la sacó del bohío. 

Llegó la noche; al día siguiente tenía que entregar la finca. El hombre, con el corazón destrozado, salió al patio, se arrimó al palenque y tiró la mirada al cielo tachonado de lentejuelas.

Su alma quería escapársele y contarles a las estrellas sus cuitas; así pasó largo rato rumiando su desgracia a la luz de la luna, que jugaba coquetona con los jirones de las nubes, y que era quizá la única -aparte del viejo Faustino- que se reía de su dolor. 

En el rancho, la mortecina luz de un candil somnoliento alumbraba el rostro placentero e inocente del hijo huérfano que dormía -ajeno a las penas de su padre- en el tapesco de cañas que las manos encallecidas y amorosas del labriego le había tejido. 

Había vuelto el invierno: los árboles se cubrían con sus copas de esmeraldas, las flores engalanaban con sus matices las huertas, y las mariposas, semejantes a flores desprendidas, alegraban el paisaje campestre con su volátil policromía. 

En los potreros vecinos el ganado pastaba tranquilo, y en las rondas se oía el chirrido de las chicharras que golpeaban los tímpanos.

Pancho ensilló su yegua, montó en ancas a su hijo y partió sin rumbo determinado. Ai doblar el primer recodo del camino paró la bestia, y con el torozón en la garganta, volvió por última vez la mirada a la querencia. 

Ya comenzaba a entrar la noche, había llovido por otros lados, y las nubes, antes dispersas, las había ido arrinconando el viento hacia el oeste donde se formaban en cúmulos de oro y gualda. Las aguas habían lavado el camino, y se oía el murmullode las pequeñas cascadas que formaban los canjil De pronto, Pancho divisó a corta distancia a don I tino que iba para su hacienda. 

El viejo sabía qi campesino, desposeído ya de todo su haber, habí< cho que le cobraría la cuenta, y nervioso por tal tivo sacó su revólver, disparándole a boca de  El proyectil se fue a alojar en una de las pierna Pancho; éste no le dió tiempo de hacer otro disl porque, con la rapidez de un rayo, había sacad suyo vaciando todo el tambor sobre el pecho del v que se fue de bruces sobre el cuello de la mula montaba, para luego caer dentro de un canjilón l de agua, mientras la bestia, asustada, se tendía en rajuste sobre el camino en dirección a su queren

Pancho recogió sin desmontarse el sombrero se le había caído,' volvió la mirada sobre el cu inerte de su enemigo que yacía sobre un charcc sangre que diluía la corriente del canjilón, arre la yegua que giró inquieta por los recientes di ros, sobre sus patas traseras y, apartándose del c; no, se tendió al galope sobre el llano solitario de se lo tragó la noche.
 



Fuentes: 
S Pablo Antonio Cuadra y Francisco Perez, Muestrario del Folklore Nicaraguense Banco de America series Ciencias Humanas 1978.
Version internet: Eduardo Manfut P  Diciembre 2000.
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