Colecciones manfut.org ++++++++ Bienvenidos.. Nicaragua en cada lugar... Algo Especial..++++++++ Colección de Leyendas de Nicaragua
 


LEYENDA DE LA MONA BRUJA
 
 
-Colecciones Manfut-
 LA MONA BRUJA
Pasaje de la vida que ocurrió a principios del siglo pasado.
 Colecciones Manfut

Herculano Rojas vivía en la comarca de Mapachín. Allí tenía su pedazo de tierra a la que le sacaba el jugo año con año. Su mujer, que ya tenía una
marimba de cipotes, le metía también el hombro en el trabajo.
Cuando llegaba la época de las siembras y se daba principio a las limpias de las huertas, ella, bajo el sol calcinante.de Abril, se embrocaba a la par de su hombre a recoger la basura, y cuando se procedía a romper la tierra cogía también el arado o llevaba la yunta.

 "Es mi brazo derecho", decía Herculano por cualquier cosa, poniendo siempre de ejemplo la abnegación y diligencia de su mujer en el trabajo. La Carmen, como casi todas las mujeres de la clase campesina, era muy fecunda. La pobre, en ese particular y como las huertas de Herculano, nunca tenía descanso; no había terminado de destetar un cipote, cuando ya le venía el otro, y eso por no cipiarlo, como decía doña Eligia, la vieja comadrona que la asistía en todas sus tenencias.

Por una vida vivía en cinta, y si no estaba en la huerta ayudándole al hombre, era en la piedra moliendo el maíz de las tortillas o el pinol para el tiste. De once hijos se componía la familia de Herculano Rojas y la Carmen Montoya. Catorce años de vida marital habían dejado en la pareja de campesinos un saldo de once vivos y dos muertos por delante: la primicia que se da a la madre tierra, como solía decir filosóficamente Herculano.

Empero la Carmen no presentaba aquel cuerpo ajado que se ve en la mayoría de las mujeres por la crianza continua. Por el contrario, era de una contextura vigorosa a la par que se gastaba unos brazos de marcados bíceps. Era alta, morena, de cabellos negros y lacios que contrastaban con una dentadura tan blanca, capaz de provocar envidia a nuestras mujeres. Es decir, en la Carmen todavía se descubrían restos de sangre indígena bien marcados. Herculano adoraba a su mujer y a sus hijos, nítenía el vicio de los tragos, y cuando se ia pero pueblo para hacer las compras del yantar, regresaba muy entrada la noche, ebrio y embrocado en el caballo.

Herculano no tenía enemigos, porque a nadie le había hecho ni males ni bienes, pero su mujer, siempre que él se iba para el pueblo, se quedaba con el credo en la boca temerosa de que le pudiera suceder algo. hombre honrado y consciente de su deber, no Como participaba en las chusmas de serviles que adulaban al gobierno en las manifestaciones callejeras.

Si yo quiero echarme tragos, lo hago con mi propia plata y no con la que sirve votos -les decía Herculano a los amigos que sustenta an sus mismas opiniones,    la patria libre de tiránica opresión-. que era la de un preocupaba, y con Pazón    De ahí que la mujer se algunas copas ingeridas comenzaba a soltar laa lengua, exponiéndose a la vez a un ultraje de la soldadesca.

Un domingo por la mañana, Herculano o cen ellos, los  con unos amigos que lo invitaron para ir a la cantina. Las conversaciones menudearon entre trago y trago y la cosa se hizo larga, al extremo que el sol ya se había inclinado anunciando la tarde. Dos litros de aguardiente se habían escanciado entre él y los amigos.

-Vos, Herculano -habló uno-, ¿nunca has óydo decir de la mona bruja que sale en la quebrada del Mapachín? Los ojos achinados del dueño de la taberna parpadearon sorprendidos ante la pregunta curiosa del parroquiano, en tanto que el interpelado, encogiéndose de hombros y con una indiferencia muy común en el incrédulo,

contestó: -Pues como nó, ya había óydo decir, pero la verdad, yo nunca la he vido; será por las reliquias que mi mujer me ha puesto pa librarme de esas cosas o porque cuando he pasado por la quebrada ni siquiera me doy cuenta, porque, como dice el dicho, voy "hasta donde amarra la yegua Jacinto". Asegún me han contado -volvió' a hablar el parroquiano -, la tal mona se aparece en las ramas de un chilamate viejo, un poco antes de llegar a la quebrada; eso lo supe por la mujer de un compadre mío a quien le salió y se le encaramó en las ancas del caballo.

 El pobre ya no sirve para nada, dende que lo jugó la mona ha quedado idiota. Dicen los que la han vido, que es grande y coluda. La mujer de mi compadre, asegún me contó, tuvo que regar agua bendita en contorno de su casa porque la maldita había cogido de llegar todas las noches con intención de entrar al cuarto donde duerme mi compadre. Desde las ramas de un mamón se déscolgaba al techo y allí se estaba hasta que los luceros comenzaban a juir del alba.

Todo el resto de la tarde que quedaba se concretaron los hombres a conversar del animal embrujado. Herculano se fué de regreso para el rancho  cuando el lucero de la tarde con sus cuatro puntas de luz hincaba el infinito azul del cielo.

Los cascos de la yegua al pasitrote sonaban como claves en el silencio del camino. La noche ya había entrado, tornando las cosas diferentes. Los árboles entre las frondas dormidas tenían semejanza a fantasmas en acecho del viandante, y las alimañas, al paso de las bestia salían asustadas sonando bulliciosas la hojarasca, en tanto que los pocoyos con sus agudas notas de ¡caballerroo!, presentaban sus ojos que parecían un puñado de lentejuelas rojas en el clamasco negro de la noche.

La yegua de Herculano se detuvo casi ya para llegar a la quebrada, y parando la cola soltó su necesidad. Herculano, ebrio como iba, sintió que una cola larga y peluda le golpeaba la riñonada; y atribuyendo que era el animal embrujado, sacó con la rapidez del rayo su cutacha, al tiempo que le espetaba colérico, ¡mona puta!, y zas... descargó con tanta fuerza el arma, que se oyó caer la cola cortada tajo a tajo.

 El hombre siguió su camino pensando que había terminado con el hechizo que asolaba la comarca; en tanto que la asusi adiza yegua no cabía en el estrecho camino, sofr ada por la fuerte mano de Herculano. Al llegar al Rancho le quitó el freno a la yegua y, sin desensillarla, le pegó dos palmadas en las ancas para que se fuera a comer al corral.

Por la mañana el hombre le contó a su mujer la aventura que había corrido en el camino y creyendo ser el héroe de la zona, no cabía en sí de júbilo.

Pero la realidad fué otra, y toda la resaca de la borrachera anterior se le fué como por encanto cuando su mujer llegó del patio espantada de ver a la yegua con la de la mona bruja.
internet: Eduardo Manfut P  Diciembre 2000