EL TIGRE QUE COMIA PERROS
El Chonco y el San Cristóbal son dos colosos hermanos que pertenecen a la gran familia de los Marrabios.

La mano de Dios no sólo se demuestra en las cosas animadas, que hace a un hermano mejor, tipo que el otro; a un vegetal, más frondoso, de forma estética, mientras el otro luce sus ramas coyundosas y torcidas.

Así también el Gran Hacedor del universo se fijó en las cosas inanimadas, y aquí tenemos la prueba en estos dos gigantes de piedra.

Mientras el San Cristóbal se yergue cono perfecto mayestático e imponente que vive en sus milenios saturado de la sempiterna música de sus graves y erectos pinos, el Chonco es apenas una mole sin configuración geométrica alguna.

Da la idea de que Dios al formarlo lo estrujó entre sus manos, para que el San Cristóbal en su majestuosidad e imponencia no tuviera rival.

La mano de Dios marcó tanto sus dedos en la masa granítica del Chonco, que dejó señas indelebles.

Señas que son profundas cañadas que crispan el cuerpo, que dan vértigo y dan horror.

Y en esas enormes aberturas cubiertas de tupida y rara vegetación viven a su entera libertad manadas de tigres, mañosos y cebados como sus hermanos del encantado Cosigüina.
 
 




EL MISTERIO DEL GOLFO DE FONSECA
Hay misterios insondables en la vida, que nunca se han podido esclarecer y que se hacen más impenetrables a medida que se adentran en la noche del tiempo.

Naufragios de buques, tesoros de piratas escondidos en las costas; galeones hundidos con fortunas fabulosas dentro de sus bodegas; ánimas en pena de españoles como la de Diego Izquierdo, que vaga en las quietas noches de verano en los dilatados llanos segovianos con una luz en la mano custodiando su tesoro.

Como la del Coronel Arechavala, que se aparece con todos los arreos de su rango militar montado en brioso corcel cuyos cascos suenan sobre las piedras de las calles leonesas despertando ecos dormidos de una época pretérita.

Templos hundidos y cargados de leyendas que datan del tiempo de la Conquista, como los que existen en el histórico Realejo.

Todas esas cosas se presentan ante nuestros ojos rodeadas de una nebulosidad que el tiempo se ha encargado de cubrir.

Pero el mar, ese mac de que nos habla Julio Verne, en sus "Veinte mil leguas de viaje submarino", y Víctor Hugo nos describe con todos sus horrores en su famosa novela "Los trabajadores delmar", que creó cuando vivió desterrado en la isla de Guernesey, risueño peñasco de la pintoresca provincia normanda; ese mar que guarda en sus entrañas una fauna y una exótica vegetación, dibuja en el cerebro del hombre una incógnita, una enorme incógnita que los grandes exploradores submarinos como Piccard no han podido descubrir.

Precisamente porque mi relato se desarrolla en el mar es que comencé con este pequuño prólogo.

Aunque mi escrito está lejos de presentar a un Capitán Nemo escudriñando las profundidades del mar, o a un Gilliatt en singular combate con un pulpo; pero sí presenta un cuadro trágico que sucedió hace muchos años en el Golfo de Fonseca, en esa gigantesca herradura bordeada de cerros, manglares y campiñas pintorescas que une a tres repúblicas hermanas.

Sucedió en Pascua.

Era la madrugada del 26 de Diciembre de 1924.

En la costa del pequeño puerto de El Tempisque cinco hombres alumbrados por la trémula claridad de un candil, hacen esfuerzos por desembarcar un bote y echarlo al agua.

Cinco hombres de los cuales los nombres de cuatro han sido ya tachados por la mano del destino.

La embarcación va cargada de víveres y algunas botellas de ron.

Al despertar el alba despegan de la costa fangosa y se adentran por el ancho camino de agua.

Elías Montealegre es el dueño del bote; va acompañado de un sirviente, tres expertos salineros y un individuo morfinómano llamado Juan Antonio Romero.

El bote puso proa en dirección al Golfo para rumbear después hacia las costas cosigüineñas donde Elías es dueño de una salinera.

Un poco antes del mediodía los tripulantes avistaron la boca del Golfo.

Comenzaron a sentir el viento y los hombres se aprestaron a poner la vela.

La embarcación sorteaba las olas con ligeros cabeceos que salpicaban de agua los cuerpos de los hombres.

El Golfo era como una inmensa sábana gris en cuyas márgenes del norte apenas visible se presentaba la banda de las costas hondureñas, y como una sombra esfuminada, la sombra de El Conchagua.

No había una nube que aplacara un poco los calcinantes rayos del sol.

A las dos de la tarde los tripulantes de la lancha echaron fondo debido a que se había desatado un terral (1) y era peligroso navegar en tales circunstancias.

Estaban frente al lugar llamado Punta Arenas a la ojeada de unos ranchos que servían de albergue a varios ostioneros.

La tempestad parecía tomar fuerzas cada vez.

El viento silbaba levantando olas inmensas donde el bote era un mísero juguete debatiéndose vanamente por salir de las corrientes que lo empujaban golfo adentro.

Al avanzar, también retrocedía; se inclinaba a babor y estribor y, como si fuera algún animal queriendo coger resuello, levantaba la proa bruscamente, para caer después en un abismo.

Así pasaron toda la tarde aquellos desgraciados prisioneros de la muerte, alejándose cada vez más de la orilla, perdiendo toda esperanza de que un norte los aventara a los manglares.

El Golfo se puso negro y de vez en cuando se oían confusamente ruidos que provenían de la resaca al estallar en los farallones.

Cayó la noche y con ella una lluvia fuerte y pertinaz que hacía temblar de miedo a los ranchos de los no menos atemorizados ostioneros, en cuyos ojos quedaron dibujadas las siluetas de aquellos cinco hombres qeu eran víctimas de un trágico destino.
*
Dos días después de la tempestad, un viejecito, cuidador de mora en el lugar llamado "El Chorro", venía en su bote de trancar una caleta (2), cuando encontró a la trágica embarcación prensada entre las raíces de la ñanga (3).

Al acercarse, los ojos del viejo cuidador escaparon de salirse de sus órbitas al descubrir en el fondo a cuatro hombres apiñados que parecían dormir, pero que en verdad estaban muertos.

La incógnita surgió entonces en la mente de aquel hombre. ¿De dónde procedían aquellos hombres? ¿Por qué eran cadáveres si no presentaban en sus cuerpos señales de herida? ¿Habían perecido por el frío? ¿Fueron envenenados? ¡Qué misterio encerraban aquellos cuerpos encontrados en la caleta de un manglar! El viejecito remolcó el bote y lo condujo a su rancho que estaba a la vera de un estero, dando aviso a las haciendas inmediatas del macabro hallazgo.

Elías fué conducido a Chinandega, donde se le dió cristiana sepultura, mientras sus tres compañeros eran enterrados en la Playa de los Muertos.

El misterio que envolvía aquella tragedia persistió por mucho tiempo.

Los familiares de Elías agotaron los medios para descubrir aquella incógnita, pera todo fué en vano.

Pasaron muchos años, y el tiempo se encargó de cubrir con un velo aquella tragedia que enlutó un hogar.

El recuerdo quedó solo para los deudos y amigos íntimos de los muertos. hasta que un día el General Silvestre Herradora descorrió el velo del misterio al decirle a uno de los parientes de Elías que, los tripulantes de la lancha no habían muerto de frío ni de hambre.

El General Silvestre Herradora narró lo siguiente: -Estaba yo cierto día tomando copas en una cantina de Amapala en compañía de Juan Antonio Romero.

Ya habíamos escanciado una botella cuando mi compañero, con los vapores del alcohol en toda su acción, me dijo con palabras entrecortadas por el hipo, estas frases: "Todo el licor que está aquí podés tomarlo, menos el de ésta".

Y sacando de su bolsa una botella me aclaró: "Porque ésta contiene morfina y te puede suceder lo mismo que a los del bote en el Golfo de Fonseca".

El misterio por tantos años oculto estaba aclarado.

Juan Antonio Romero, el único sobreviviente de aquella tragedia, le contó al General la forma en que murieron sus cuatro compañeros.

La tempestad los empujó muy adentro del Golfo, y perdiendo remos y timón que gobernaran el bote, pasaron dos días al garete.

Se tomaron todo el ron que llevaban, y ya ebrios confundieron el litro de aguardiente con morfina que acostumbraba tomar a sorbos Juan Antonio, y ellos se lo apuraron a tragos, muriendo pocas horas después, envenenados.

Al arrojarlos el viento a las costas de El Chorro, Juan Antonio abandonó la lancha macabra y se dirigió a su casa a campo traviesa, ocultando la verdad de la cual él era el único testigo.

Juan Antonio Romero, sin duda y es la única forma en que se puede explicar, anestesiado ligeramente con aquella droga, no se dió cuenta que sus compañeros brindaban en aquellas copas mortales el trance solemne hacia lo desconocido.

SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS CONTENIDAS
(1) Terral: Viento huracanado que se desata en el Golfo.
(2) Trancar una caleta: Poner en la boca de la misma redes durante la marea alta para atrapar el pez cuando la marca baja.
(3) Ñanga: Lodo podrido que existe sólo en playas y esteros donde se encuentran las conchas y cascos de burro.





 
 

EL CACIQUE DE TEZOATEGA
En las regiones de las costas del Mar Pacífico, desde la isla de Iagüei hasta el tormentoso Chorotega, desde el esbelto San Cristóbal (Padre de los Marrabios) hasta el decrépito Cosigüina, se asienta la exuberante llanura de Chinantla, señorío de la aguerrida tribu nagrandana.

Las milpas lucían frondosas sus cuchillas de esmeraldas, porque Centeotl había pasado besándolas. El indio estaba alegre: Tlaloc había rezongado sobre la cordillera y pronto caería de los cielos el agua de los dioses buenos. Ya Dax-Kalú había dejado prendida en las faldas de los montes su cabellera de oro y se hundía tras la raya plúmbea de un ocaso moribundo.

Se encendían ocotes en los Chinamitl donde los indios apuraban en cumbas la efervescente y embriagante Lya-Mítaú.

En la mansión real el viejo cacique Acayeti deliberaba en consejo.

Hablaban del regreso de Agateyte, el único descendiente de Acayeti y, por lo tanto, heredero al trono de Tezoatega.

El Nahual había dicho que el joven indio se encontraba en peligro; de ahí la preocupación que reinaba en el poblado indígena.

Agateyte era guerrero a la vez que cazador. Cuántas veces allá en la cordillera Maribia su formidable puntería dejó clavada la flecha en la paleta de un venado, y cuántas veces el pedernal de su lanza se había hundido en el testuz del jabalí.

Acayetl estaba viejo y se había vuelto filósofo.

Era muy creyente en el nahualismo copio fiel descendiente de la tribu nagrandana. Ahuitzotl, bravo guerrero, conquistador de estas tierras había traído consigo las costumbres pipiles, y después, con la invasión de estos últimos a las costas del Golfo de Chorotega, los pueblos nagrandanos se fueron mezclando, poco a poco, con pipiles.

En la tribu de Acayetl había numerosos y buenos guerreros, además de una población civil extensa.

Acayetl había sido casado con una princesa pipil, habiendo tenido únicamente un hijo, el mismo que ahora se encontraba ausente de su padre.

El viejo cacique quedó viudo desde muy joven, habiendo tenido Agateyte que ser amamantado por una Chichithua de la tribu.

Desde entonces Acayetl no había vuelto a tomar una rabagú (mujer) que le sirviera de compañera.

Era magnánimo y sabía impartir la justicia entre sus súbditos, por lo que era muy querido.

Se interesaba sobremanera por los asuntos del Estado y le había dado un gran impulso a la agricultura. (Cuando los españoles llegaron a Tezoatega se admiraron de ver el adelanto de los nagrandanos, pues tenían hermosas y bien cultivadas sementeras de maíz y grandes corrales de piedras donde había toda clase de animales montaraces).

A menudo se le miraba conversando en su Chinamitl con el Nahual de la tribu, pues no ejecutaba antes una maniobra de guerra o una invasión a los pueblos vecinos sin consultar por medio del hechicero con Ahulneb (dios de la guerra).

Pero esta vez Acayetl no consultaba el futuro de un combate ni la buena cosecha de las milpas.

Se trataba de la vida de su hijo,que hacía varios días se había marchado con rumbo al territorio de los Chontales, con quienes los nagrandanos sostenían a menudo guerras por la posesión de los ocotales de la cordillera Maribia. Aunque Agateyte se había ausentado del pueblo con cuatro de los mejores guerreros, en el consejo de ancianos existía preocupación y ansiedad por la suerte del futuro cacique de Tezoatega.

Acayetl salió del Chinamitl y fijando la mirada sobre la cordillera se dibujó en su frente una arruga como muestra de su preocupación. Sabía que Agateyte estaba enamorado de Zuhuy, una hermosa joven india hija de su enemigo el cacique Chontal, cuyos dominios se extendían al otro lado de la cordillera Maribia sobre una verda llanura que se prolonga hasta las tierras del Lempira.

Entre las sombras de la noche una piragua se desliza cautelosa.

Cuatro remeros la hacen avanzar con vigor cortando con la quilla las aguas del Estero Real.

Una brisa salobre que llegaba del Golfo mecía los mangles, despabilando a las aves marinas que chillaban entre el ramaje.

Zuhuy en un extremo de la embarcación iba recostada sobre el brazo de su amado.

Pesadas gotas de sangre se desprenden del rostro de Agateyte y van a caer sobre los pechos desnudos de la india.

Pero la herida que sufre el indio es poca cosa ante la hazaña acometida, y sonriente fija sus ojos negros como la misma noche en el rostro dulce de Zuhuy.

Agateyte de pronto da una orden y la piragua enfila su proa hacia la ribera izquierda, ocultándose entre el angosto pasadizo de una caleta. El golpe acompasado de varios remos acusaba la presencia de piraguas enemigas; la certeza del indio esquivó el encuentro cuando a los pocos momentos cuatro piraguas con la velocidad del viento bajaban el estero.

Pasado que hubo el peligro, la piragua fugitiva se deslizó nuevamente con cautela, rozando las raíces largas de los mangles.

Agateyte en la proa escudriñaba las sombras previendo un ataque de sorpresa. Densos nubarrones se desgajaban de la cordillera en dirección al golfo; la brisa soplaba con fuerza y se oía en la montaña el clamor de los vientos que rezaban como en un coro de titanes la oración panteísta de los dioses.

El estampido del trueno se fue rodando como una inmensa bola sobre las faldas de los montes, para luego perderse en la llanura en un eco moribundo.

Parpadeaban los relámpagos y la rayería como potro encabritado se desbocaba en la selva en un pandemóniun de luces y de fuego. Se picaron las aguas, haciendo bailar a la piragua que navegaba amparada en la borrasca.

La lluvia caía con fuerza acompañada de heladas ráfagas que azotan ban el rostro de los fugitivos, y desde lejos como un tropel de bestias salvajes se oía el rumor del viento que golpeaba la cresta de la selva.

Entre las claridades del relámpago que iluminaba el alma de le noche, la piragua de Agateyte llegaba por fin a su destino.

Poco a poco el cielo se fué despejando y apareció Metztli en todo su esplendor pintando de plata el bosque y la montaña.

El regocijo fué general por el regreso de Agateyte.

El Consejo de Ancianos, los sacerdotes y capitanes del ejército, por orden de Acayetl se habían reducido en su Chinamitl.

El Cacique quería depositar el poder en la primera luna del siguiente mes en manos de su híjo.

El destino de Tezoatega y el poderío de la tribu nagrandana iba a depender de la inteligencia del joven y bravo guerrero Agateyte.

Llegó el día en que Agateyte fué proclamado jefe, los heraldos recorrieron los caminos llevando la nueva a los pueblos nagrandanos, que llenos de regocijo acudieron a rendir el tributo que los dioses exigían como una recompensa por el nuevo jefe que de esa hora en adelante iba a dirigir los destinos del pueblo nagrandano.

NOTA: Cuando los españoles llegaron a Tezoatega, el único cacique con barba que encontraron fue Agateyte. Este se dejó crecer la barba para ocultar la cicatriz que le dieron los chontales cuando se raptara a Zuhuy.



Un güegüe me contó
María López Vigil
En el principio, al comienzo de todo, Nicaragua estaba vacía. Vacía de gente, pues. Había tierra y había lagos, lagunas y ríos. Y muchos ojos de agua.

Pero no había ni mujeres ni hombres para mirarlos. Las mojarras y los guapotes, también los cangrejos, eran dueños de las aguas y vivían en ellas y hacían en ellas lo que les salía...

También estaban los cenzontles y los colibríes volando alrededor de las flores y los zanates instalados en los árboles.

Y estaban los árboles: el jocote, el granadillo, el jícaro, el malinche, el chilamate, el cedro real y un poco de árboles más.

Los perros zompopos corrían entre las piedras y los garrobos salían a tomar el sol sin que nadie los molestara.

Coyotes, conejos, leones y dantos andaban de vagos por el monte y se hartaban tranquilos.

Ya estaban los volcanes cocinando lava y botando humo, pero todavía no había nadie en Nicaragua.

Nuestra tierra estaba vacía. Vacía de gente, pues.

En el principio, al comienzo de todo, dicen que ya estaban los dioses.

Los dioses vivían allá, por donde sale el sol. Nadie se asomó nunca por el rumbo de los dioses.

El dios Tamagostat era varón y guardaba la luz del día.

De sus manos venías todas las cosas buenas y también todas las cosas buenísimas.

La diosa Cipaltonal era mujercita y guardaba la noche.

O más que todo: guardaba el momento de la noche en que llega la luz y empieza a ser de día.

Era la guardiana de la aurora.

Cipaltonal era linda, tenía la cara pintada con los colores del amanecer.

Tamagostart se enamoró de ella, se volvío dundito por ella.

Para encontrarla recorrió el cielo a toda hora. Pero no la halló.

Tanto y tanto caminó Tamagostat que todas las nubes se dieron cuenta de que era un dios enamorado.

Un día, una de ellas se apiadó de él y le reveló el secreto: - Mirá, hombre, a la linda Cipaltonal sólo podrás hallarla si te alistás para cuando el sol abra su ojo y deje escapar su primer rayo de luz. Sólo entoces.

Tamagostat hizo posta en las misma nalgas del sol, se desveló, estuvo de vigilancia, hasta que un día, por fin, cuando el sol abría su ojo izquierdo, logró mirar a su amor. y su amor lo miró a él.

- ¡ ¿Ideay? !
- Cipaltonal, te quiero tanto, tanto, tanto...

Entoces, la cara pintada de amanecer de Ciapltonal se puso roja, roja, roja.

Estaba más linda que nunca.

Tan linda que Tamagostat dio un brinco por encima del primer rayo de luz y la besó en, la boca.

- ¡Jodidoooo! -se oyó gritar al sol-.

Así fue. Aquel día el amanecer no fue igual al de otras mañanas. Tuvo tres mil colores nuevos. Colores tan bonitos como nunca se había visto antes y como nunca más se volverán a ver. De aquel beso de nuestro padres nacimos todos nosotros los nicaragüenses.



LA NEGRA CAMILA
Era un señora originaria de la ciudad de León, su piel era de color morena oscura, vestía de negro hasta el ojo del pie (a ciencia cierta no se sabe por qué, pero lo más cercano que se ha podido llegar es que fue debido a que enviudó muy joven -al poco tiempo enloqueció) con un delantal en la cintura.

En un rincón de su casa mantenía -un "NAGUAL" (que consiste en una -hoya, con un garrobo en su interior o podría ser cualquier otro animal).

Cuando salía a la calle, llevaba consigo el nagual envuelto en un motete de trapos, para ella el nagual era un amuleto de buena suerte, siempre que andaba en la calle
tatareaba una melodía, parecida a la del son del toro (como el del tambor), porombopombo, porombopombo, porombopombo...

Muchos vecinos de ella aseguran que se transformaba en MONA, para enterarse de lo que ocurría y lo que pudiera afectar a ella.

Se dice que esa era probablemente la causa . de su amuleto, se convertía también en chancha o chompipa.


 



TACONUDA
Es una mujer de 7 pies, de estatura, joven, pelo largo que le llega hasta la pantorrilla, delgada, zapatos de tacón altos y curvos, de cara seca, de ojos hondos labios pronunciados pintados y risueños, chalina negra, bustos respingados, vestido blanco con un fajín de plata y hebilla cuadrada grande y un cintillo dorado en el pelo.

Esta linda joven era hija de un cacique que era dueño de todas las haciendas desde la linea hasta llegar a Masaya, su padre le heredó todas sus riquezas por ser la única hija, es de apellido Sánchez.

Dicen que sale en los cafetales en las cuchillas cerca de las haciendas que llevan por nombre Corinto y Las Mercedes.

El encanto de ella agarrar a los hombres y ponerlos locos, le sale a los capataces y los lleva a las curvas de los caminos, dejándolos adormecidos y desnudos hasta que sus familiares los encontraban.

Cuando la taconuda pasaba dejaba un gran aroma de perfume y por eso la identificaban, pero no a todo hombre se llevaba.

Dicen los que la han vista que le gusta que la llamen taconuda.

En 1968 aparece por primera vez en el sector de El Crucero, cuenta Don Mario que la oyeron carcajear y gritar a las 8 de al noche, luego se dieron cuenta al señor Don Goyo era que se lo habían llevado, empezaron a buscarlos, lo hallaron desnudo, inconsciente y con restos de palos podridos en la boca, a este señor le decían en aquel entonces El Gato.



EL TIGRE QUE COMIA PERROS
EL MISTERIO DEL GOLFO DE FONSECA
EL CACIQUE DE TEZOATEGA
Un güegüe me contó
LA NEGRA CAMILA
La TACONUDA
Leyenda de Toro Huaco
Leyenda de las yeguitas
Leyenda de muertos guardatesoros
Como nacierón el Sol Y la Luna
      en el mundo Mayagna.
Nataniel
(cuento mayangna)
Historia del lagarto de arriba
(cuento rama)
Hermano Anancy y los monos
(cuento creol)
Nataniel
(cuento mayangna)
Historia del lagarto de arriba
(cuento rama)
Hermano Anancy y los monos
(cuento creol)
Como perdió la voz el Danto
El ULAK y el Hombre
El Relámpago y el Trueno
La desaparición de Wiswis
Asang Busna y Kara
El dueño de la Laguna
Damhpuni.
LA ISLA DE WAIHWAN
El pez de oro
(cuento creol)
Garra grande y garra pequeña
(cuento creol)
El Sustituto del Diablo.
Lusipa Pliskara Aimakan Ba
El Tigre y La Tortuga
Limi Kusua Wal Sturka
Una Mujer Resucitada
Mairin Kum Pruan Wina
La mujer que se Convertía en Mona
Urus Mairin Pruan Tanka
La Venada Que Se Transformo En Mujer
Sula Mairin Upla Takan Ba Sturka
Los Comedistas Del Pura Yapti que se
Transformaron en Pez Sierra
Pura Yapti Papulra Nani Tuaina Takan Ba
El Cazador
Antin Dadimra
El Cuento de Masapau
Masapan Kisi Ka
El Hombre Haragán
Waitna Srinwaskira
El Cuento Del Ulak
Ulak Kisi Ka
Madal El Adivino
Yapi Kakaira, Madal
El tigrillo y el hombre