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LEYENDAS  DE  NICARAGUA 
El
Ángel  Explorador
Por Róger Cedeño Álvarez 


 
LEYENDAS  DE  NICARAGUA 

Tocaron a la puerta de la esquina de mi casa, seguro que era Clark, eran las 6:30 de la mañana, yo ya estaba preparado; llevaba mi traje de boy scout, pantalones cortos, camisa sin cuello ambos de color caqui y medias verdes oscuras. Terminé de colocarme la pañoleta al cuello, de colores azul y amarillo, ajustándola con el anillo de madera de jobo al que pacientemente le había labrado una hermosa flor de Lys. Me coloqué la pesada mochila a mis espaldas y me dirigí a la puerta.

 - ¡Ideay Clark!. ¿Cómo amaneciste? -

 - ¡De a verga! - contestó Clark, al mismo tiempo que me saludaba, tocando con los dedos de su mano derecha el ala ancha de su sombrero de “tres pedradas”; adornado con un hermoso cordón rematado con punteras metálicas de color dorado que resbalaban sobre el ala del mismo.

 Nos dirigimos a buscar a Donald que vivía de mi casa dos cuadras al lago, en la misma dirección que luego seguiríamos para ir a la estación del ferrocarril de Managua.

 A las 7:30 deberíamos de tomar el autocarril, un tren diesel, que nos llevaría al occidente del país; a Chinandega, para subir al volcán San Cristóbal.

 Desde hacía algún tiempo el profe de nuestro curso: Matías, al cual le apodábamos “Poco-Pelo”, nos había propuesto realizar esta excursión, para lo cual, él pondría de acuerdo al grupo Nº 3 de Boys Scouts de Chinandega y al grupo Nº 7 de Boys Scouts de Managua que era el de mi colegio. Desgraciadamente, solamente, nosotros tres íbamos a la excursión y el padre de Donald a punto estuvo de no dejarle ir, al ver que faltaban el resto de los muchachos.

 - No se preocupe, Don Rodolfo: seguro que en la estación habrá un montón de boys scouts del colegio y junto con los de Chinandega formaremos cuatro patrullas para subir al volcán.

 Lo primero no lo dije tan convencido pero sí confiaba en lo segundo, ya que el profe se encontraba en aquella ciudad, era de allí, y lo habría preparado todo bien.

 El padre de Donald se quedó francamente preocupado; yo nunca sabré si él se enteró posteriormente de la aventura que vivimos, pero fue evidente que su preocupación no era vana. Nuestra edad media era de 12 años y era la primera vez que hacíamos este tipo de gira: subir a un volcán.

 Bajamos hacia el lago de Managua por la avenida en la que se encontraban: la Sala Evangélica, el restaurante chino Cantón, el edificio de la Lotería Nacional ..., .. al llegar a la altura de la tienda de Julio Cedeño se nos vino una bocanada de mal olor procedente del mercado San Miguel, estaban lavando calle y aceras, y recogiendo la basura del día anterior. Mi tío José, alguna vez, me había dicho que procurara no pasar por la noche por las calles del mercado San Miguel, según me contó, ahí asustaban. En el terremoto que destruyó la ciudad de Managua el 31 de Marzo de 1931, muchas personas perdieron la vida en este mercado y no eran pocos, después de transcurridos unos meses desde la catástrofe, los que habían escuchado en el silencio de la noche murmullos, ruidos y movimientos que semejaban el quehacer diario del mercado, luego y emergiendo de lo más profundo de la tierra se escuchaban gritos de auxilio y lamentos que se apagaban poco a poco. El mercado nuevo fue levantado sobre el anterior y los vigilantes nocturnos del mismo no duraban mucho en su trabajo, debido a las apariciones y los raros fenómenos que después de tantos años persistían en este lugar.

 A la altura de la calle Momotombo giramos a la derecha hasta llegar al parque Candelaria y luego tomamos la calle de la estación. En la estación del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua ya había un enorme bullicio de gente y las vendedoras voceaban sus mercancías, alineadas a lo largo de la acera, separadas por una verja de madera del andén interior de la estación en donde ya resoplaban viejas y hermosas máquinas de vapor; más allá se encontraba el moderno autocarril diesel.

 Mientras esperábamos en la cola para comprar nuestros pasajes, buscamos ansiosos entre la gente algún otro uniforme de boy scout ..... pero fue inútil, no apareció nadie más. Nos dirigimos a la entrada y yo me iba fijando en los puestos de comida en los que las vendedoras sentadas al lado de sus carretones, bateas, canastos, ollas , panas y porras te decían al pasar:

 - ¿Qué vas a querer ... amooor? -
 - Mirá, papá, aquí está tu Cooosa de Horno -
 - Nacatamaaaales .... Nacatamaaaales -
 - El Atoooool .... el Atoooool -

 El aire se impregnaba del olor de aquellos deliciosos manjares, preparados con amor y el tierno maíz de la tierra, ofrecidos por aquellas hermosas mujeres de tez aceitunada y de cabellos negros, aún mojados y que ya se empezaban a secar con el tibio sol de la mañana.

 Subimos al tren. En la puerta de la estación estaban colocando festones y banderitas con los colores patrios, era sábado 11 de Octubre y al día siguiente se celebraba El Día de la Raza. El tren se empezó a deslizar suavemente sobre las vías, a la derecha se extendía el malecón de Managua a las orillas del lago, lugar de esparcimiento para los managuas que por las tardes buscaban la brisa del lago tratando de escapar del sofocante calor de la ciudad; había un largo muelle que se adentraba en el lago y al final del mismo estaba el Copacabana: un restaurante de forma circular, hecho de madera y que le daba un toque de distinción a la ciudad, ya que era lugar de encuentro de la alta sociedad de Managua. El Copacabana fue tragado por las aguas del lago dos años después, como consecuencia de las tremendas lluvias e inundaciones que azotaron la región. Las aguas llegaron hasta las vías del tren y al colegio La Asunción. El hermoso y romántico Malecón de Managua, uno de los símbolos de la ciudad quedó sepultado bajo las aguas. El Copacabana era de mi madrina.

El tren fue serpenteando alejándose de la ciudad y dibujando los contornos de las orillas del lago.

 -¡Miren muchachos, que grandote se ve el Momotombo!- exclamó Clark, -Es verdad- dijo Donald -Parece tan cerca, como si se pudiera tocar con las manos-.

 Ahí estaba el cono perfecto del volcán Momotombo, con su eterno penacho de humo; y el Momotombito a su lado. El paisaje era perfecto: el brillante color gris-azulado del lago, la mañana nítida y clara, la silueta de los dos volcanes recortada sobre un cielo profundamente azul, no se me ocurrió otra cosa que decirles a los muchachos, mientras les mostraba la etiqueta de la caja de fósforos marca Momotombo que había sacado del bolsillo izquierdo de mi camisa:

 -Miren muchachos, la vista es igual que la que viene en la caja de fósforos-.

 El destino final del tren era el Puerto de Corinto, situado a unos 20 Kms. al sur de Chinandega, pero antes tendríamos que pasar por diferentes pueblos; Mateare, Nagarote, La Paz Centro, Chichigalpa y también por la ciudad de León. Al día siguiente cuando hiciéramos el viaje de vuelta, yo me bajaría en León y dormiría en casa de María Lourdes, una amiga de mi mama, y regresaría a Managua junto con ella el lunes por la mañana.
 

 Nos detuvimos en la estación de Mateare para recoger pasajeros, me fijé en una mujer que cruzaba las vías del tren llevando a un niño de la mano y sobre su cabeza un gran motete de ropa; se dirigía al lago y supuse yo que sería una lavandera. En esos momento recordé una triste historia que me había contado mi abuelita Edelmira y que precisamente había sucedido aquí en Mateare muchos años atrás:

 A principios de siglo y a lo largo de varios años, se sucedieron prolongados inviernos con frecuentes lluvias torrenciales y temporales interminables que causaban tremendas inundaciones. Tanto en la cuenca del lago de Managua como en la del   lago de Nicaragua se experimentaron cambios ecológicos que dieron lugar a la aparición de una exuberante vegetación en toda la región. Cuentan como a menudo se formaban impresionantes trombas de agua en el lago de Managua, remolinos gigantescos nacían en el centro del lago y se desplazaban hacia la ciudad causando el pánico en la población; en pleno día, el sol se oscurecía, el cielo se quedaba negro y la tormenta descargaba toda su furia con una rayería espantosa; el ruido de la lluvia envolvía el murmullo de la oraciones que toda la ciudad elevaba al Altísimo en esos momento de angustia. En no pocas ocasiones los torbellinos dejaban caer sobre la ciudad : peces , ranas , tortuguitas y algunas veces crías de cocodrilos.

 En estos años la caza y la pesca fueron abundantes. En el sitio conocido como la Punta de Chiltepe, una extensión de tierra que se adentraba en el lago de Managua entre esta ciudad y  Mateare, había numerosos nidos de cocodrilos, la piel de estos animales era muy apreciada ya que era utilizada para la fabricación de carteras, maletines, zapatos y valijas que constituían la base de una industria en auge y que había adquirido especial relevancia en el mercado de Centro América.

 El exterminio masivo de los lagartos, les obligó a migrar a otras zonas del lago y se empezaron a ver reptiles de enormes dimensiones cerca de las orillas de la ciudad de Mateare.

 Una mañana soleada y cálida, mientras un grupo de lavanderas aporreaba la ropa sobre las rocas de la orilla, que les servían de lavanderos,  los niños de las lavanderas jugaban y se bañaban en la orilla, un gigantesco animal de 10 metros de largo, surgió de entre las aguas y atrapó por la cintura a una chavalita de 5 años; los instantes posteriores fueron tremendos, los demás niños, empezaron a gritar, alertaron a las mujeres que acudían con palos y piedras para tirárselos al animal, otras corrieron hacia las primeras casas del pueblo para pedir ayuda pero todo fue inútil, el cocodrilo se adentró en las aguas aprisionando entre sus fauces a la niña, de cuya boquita se desprendía un fino hilo de sangre, levantó su mano y la agitó mientras dirigía una última mirada a su madre, exclamó:

 -¡Adiós mamá!- La madre de ojos profundos y de rostro cetrino respondió:
 -¡Adiós hija mía .... adiós mijita……. adiós mi muchachita linda!-

 Desaparecieron bajo las aguas y todo quedó en calma y en silencio. Las mujeres siguieron lavando la ropa con jabón del país, mientras sus lágrimas se mezclaban con las aguas del lago. Hay quienes aseguran que el sabor de las aguas en esta zona es más salado y más amargo que en el resto del lago.

 En la estación de Chinandega nos esperaba el profe, él había llegado el día anterior procedente de Managua para realizar los preparativos de la gira al volcán. Desde mi ventanilla y a medida que el tren disminuía su velocidad para estacionarse en el andén, pude apreciar su cara de preocupación; Matías era un hombre joven, de tez morena y medio murruco, de ojos negros y vivaces, esbelto, inteligente y culto. Su única familia era su madre con la que pasaba todos los fines de semana aquí en Chinandega durante el curso escolar. 

 Descendimos del autocarril y el profe con extrañeza preguntó: -¿Ideay, solamente vienen ustedes tres?- frunció el ceño y torció la boca, mientras se dirigía a otro hombre que le acompañaba y que luego supimos que era profesor del Instituto Nacional de Occidente. -¿Bueno, qué vamos hacer?-. -De la gente de aquí, no va a venir nadie-. -Y de mi clase solamente han venido estos tres muchachos-.

 Hablaron entre sí, salimos de la estación y nos dirigimos hacia un viejo camión verde, marca Ford, que se encontraba estacionado una cuadra más abajo. Eran las diez y media de la mañana y el profe del Instituto nos llevaría  a un cruce de caminos, a unos 10 Kms. de la ciudad y que era un último punto de encuentro para los que quisieran ir a la excursión.

 La “cacharpa” del profe del Instituto atravesó las calles de la ciudad, llenas de lodo y de charcos debido a las últimas lluvias del invierno. Los dos profes iban en la cabina del camión, mientras nosotros viajábamos de pie sujetos a las barandillas de la cesta de madera del camión, inmediatamente detrás de la cabina para poder contemplar las calles de esta ciudad desconocida para nosotros.

 A la vuelta de una esquina, una vez más nos volvió a sorprender Nicaragua y su belleza: al final de una calle larga, larga, larga, estaba la carretera como una lanza de plata clavada en un esplendoroso y casi ofensivo verde brillante; más allá el colosal volcán San Cristóbal, con sus faldas verdi-azules , armiño de nubes rodeando su cintura y su cono perfecto como una antena de oraciones dirigida hacia el infinito, un poco más al fondo a la izquierda: el volcán Chonco y a la derecha el volcán Casitas, formando una trilogía de potencia sublime.

Llegamos a un cruce de caminos a unos cinco Kms. de las faldas del volcán. Había un enorme palo de chilamate y sus ramas casi cobijaban las cuatro esquinas del cruce. En aquel paraje no había nadie, con un cierto desánimo nos bajamos del camión y nos despedimos del profe del Instituto, que consciente de la situación ,se ofreció a llevarnos devuelta a la ciudad.

El camión se alejó y nos dispusimos a emprender la marcha .Eran las once de la mañana y ya hacía calor .El profe sacó del bolsillo de atrás de su blue-jean  una gorra de beisbol y se disponía a colocársela en su cabeza cuando una bocanada de aire fresco agitó las ramas y las hojas del árbol ; en ese momento los cuatro dirigimos la mirada hacia el tronco del árbol ya que hacia nosotros se encaminaba un boy-scout ;era 
alto ,de tez blanca ,cabellos rubios y unos profundos ojos azules ;aparentaba unos veinte años.
Llevaba al igual que Clark un sombrero de “tres pedradas” y su uniforme aunque bien planchado se notaba raído y descolorido .

             Al acercarse ,sonriendo, levantó su mano  derecha y uniendo sus dedos pulgar y  meñique exclamó el saludo Scout : - ¡ SIEMPRE  LISTO !- nosotros le contestamos de igual manera y nos saludamos alegremente. Nos dijo que se llamaba Roberto y que aunque no hubiera venido nadie más no debíamos preocuparnos ,pues él conocía bien aquellos parajes y en varias ocasiones había subido al volcán. Poco pelo cruzó su mirada con
las nuestras y un sentimiento de seguridad colectivo alentó al profe a exclamar :
                      - ¡ Ideaymuchachos qué estamos esperando............vamonóóóós pues !-

               Recorrimos aquellos cinco Kms. que nos separaban de las faldas de volcán marchando en fila india ; Roberto abría la marcha y Matías la cerraba, a la vez que nos deleitábamos contemplando los altos cocoteros, las hermosas palmeras y las frondosas adelfas que adornaban el camino , íbamos cantando canciones scouts :
         -Guinganguli  guli  guli  guli  guli   guingangú   guingangú..............................-.
         - Ruuuuuum....ruuuuuum....ruuuuuum  ruge el vendaval , bajo la tormenta duermen
            los scouts.................-.

Ya en las faldas del volcán y a unos 200 mts. antes de llegar a una casa-hacienda ,cercada con alambrada de púas ,torcimos a la izquierda y sería mediodía cuando iniciamos la ascensión.
                      Subíamos de prisa y con facilidad. La vegetación era exhuberante , al principio había muchos árboles:pinos,genízaros,malinches..........luego arbustos y enormes plantas de hojas verdes y brillantes de grandes dimensiones ,parecían sombrillas naturales. 

                      Nos detuvimos a descansar un rato . Sacamos nuestras cantimploras para beber un trago de agua, Roberto no llevaba y le ofrecimos agua de las nuestras pero nos dijo que ahora no tenía sed . Mientras tanto las nubes nos habían envuelto y empezó a tronar y relampaguear. Roberto nos dijo :-Muchachos vamos a seguir, a ver si pasamos cuanto antes esta tormenta -.Caminábamos uno al lado del otro ya que la visibilidad era escasa, empezaron a caer rayos cada vez más cerca de nosotros ; al ver un fogonazo agachábamos la cabeza y a continuación se escuchaba el “CRACK “ de la descarga ; después una copiosa lluvia nos empapaba de arriba a abajo . Yo iba tiritando de miedo , de frío y rezando todas las oraciones que me  sabía. De pronto Roberto gritó :- ¡¡¡ TÍRENSE  TODOS  AL  SUELO  !!! - sentí como mi pecho quedaba oprimido entre el zacate mojado y el peso de la mochila ,al mismo tiempo que una deslumbrante luz de color plateado  hería mis ojos , luego la luz se tornó púrpura......violácea
.........y la oscuridad.
 
 
 


 No sé cuanto tiempo transcurrió , desde que cayó el rayo  - probablemente unos
instantes - me encontré sentado y delante de mí - en cuclillas - se encontraba Roberto dándo-
me palmaditas en la cara y preguntándome si me encontraba bien. Más allá el profe asistía a Clark
y a Donald  - evidentemente el rayo nos había afectado - pero gracias a Dios solamente está-
bamos aturdidos. Encima de nuestras cabezas empezaba a clarear , después de gastarnos unas
cuantas bromas - que sirvieron para relajarnos y tratar de olvidar el susto vivido - seguimos su-
biendo.

Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos a un prado , a unos 200 mts. del
cráter del volcán , el espectáculo que se contemplaba desde ese lugar nos hizo olvidar todos los
sinsabores anteriores : a nuestros pies el Océano Pacífico - brillante , brillante - como un gran
espejo al que casi podíamos tocar ; abajo , a la derecha el Golfo de Fonseca coronado por un
arco iris , con uno de sus pies descansando sobre el volcán Cosigüina y el otro en el país veci-
no de El Salvador ; a la derecha un fino hilo de plata que se perdía en una inmensa alfombra ver-
de - ¡ Miren , ese es el río Coco ! - exclamó el profe  - A veces desde aquí se puede ver el Océano
Atlántico - hice una reflexión y le respondí : - No friegue profe , no somos tan babosos , si desde
aquí hasta la otra costa hay más de 400 Kms. -. A la izquierda , paralela a la costa del Pacífico , se 
extendía una cadena de volcanes ,más allá estaba el lago de Managua y confundiéndose con el
horizonte se podía observar una franja gris  - Ese es el lago de Nicaragua - afirmó Roberto.

                                Decidimos comer algo en ese bonito lugar , sacamos de nuestras mochi-
las sanguches de jamón , de mortadela y algunas frutas :mangos , bananos y anonas. 

               Roberto nos indicó que debíamos emprender el regreso ya que era un poco tarde
y quería que llegáramos con luz , por lo menos a las proximidades de la hacienda que vimos
al iniciar la subida . El camino de vuelta fue diferente al del ascenso ; bajamos por laderas
escarpadas con profundas quebradas a derecha e izquierda que nos dificultaban la marcha.
De repente Donald tropezó ,perdió pie , y cayó rodando hacia el fondo de una cañada ; mien-
tras era arrastrado por el peso de su mochila , trataba de asirse a los arbustos y rocas que
encontraba en su caída ; nos quedamos asombrados cuando vimos como Roberto dando
un par de saltos enormes - casi volaba - logró sujetar el cuerpo de Donald . Afortunadamen-
te no ocurrió nada grave , solamente un rasguño en su muslo derecho del cual empezaron
a brotar un montón de puntitos rojos ; Roberto me pidió mi cantimplora , le lavó el raspón
y le ató su pañoleta verde alrededor del muslo.

                     Seguimos bajando , la tarde era fresca  y clara , el sol se encontraba como a una
cuarta por encima del horizonte , penetramos en una cañada y al fondo de la misma nos en-
contramos en un lugar maravilloso : era un hermoso vergel circundado por paredes natura-
les de las cuales colgaban preciosas chorreras de buganbilias ; por todos lados podíamos 
ver una variedad de flores que impregnaban el aire de un suave aroma  ; mirtos, nardos ,lirios
jazmines , orquídeas y rosas de todos los colores - ¡ Chófiro muchachos que lugar más piju-
do !- exclamó el profe -alguna vez me habían hablado de este sitio , pero que es muy difícil
encontrarlo -. Roberto y yo caminábamos delante ,fascinados por la belleza de aquél jardín
silvestre , de pronto y al frente nuestro una figura pasó corriendo ; - ¿ Has visto ? - me pre-
guntó Roberto - Sí , era como un hombre pequeño con pantalones de color morado - le res-
pondí . La figura volvió aparecer y esta vez se quedó quieta , nos observó con una mirada
que sobrecogía ; grandes orejas ,mandíbulas sobresalientes, ojos negros y brillantes incrus-
tados en fosas profundas ; la cara y el torso cubiertos de pelo , largos brazos que , casi ro-
zaban el suelo , sin embargo , me quedé estupefacto cuando me di cuenta que sus pies es-
taban al revés : es decir , sus dedos peludos señalaban hacia su espalda  - ¡ Es el “ Zizemi-
que “  ! - exclamó Roberto , mientras hacía el ademán de recoger un objeto para tirárselo , el 
animal dio un salto y se alejó perdiéndose en la montaña . 

                 - ¿ Roberto , qué era eso ? - pregunté , Roberto me respondió ,mientras los otros
se acercaban pues se habían quedado rezagados recogiendo flores : - Mirá Roger…… acabás
de ver al  “Zizemique “ una leyenda de Nicaragua , un ser mitológico , que dicen que les apa-
rece a las personas que se pierden en la montaña ,pero vos no te preocupés , pues yo sé don-
de nos encontramos - Roberto prosiguió : - Los elementos de la Madre Naturaleza : la Tierra ,
el Aire , el Agua y el Fuego tienen sus guardianes protectores como las Hadas , los Gnomos ,
las Ninfas y las Sílfides y muchos más seres mitológicos que nosotros los humanos nos he-
mos ido inventando en tanto en cuanto no sabemos dar respuesta a fenómenos de la natura-
leza , que nos suceden a diario , pero que pasan desapercibidos.- quedé viendo fijamente a
Roberto , mientras le preguntaba : - ¿ Cómo es que sabés tanto de estas cosas.........puedo es-
cribirte cuando llegue a Managua  ?- Roberto me quedó viendo con una mirada profunda y 
lejana que causó en mí una conmovedora tristeza , me dio una palmadita en el hombro y pro-
seguimos el camino.

                     Por fin llegamos a la alambrada que nos conduciría a la finca donde dormiríamos
aquella noche . Ya había oscurecido y empezó a llover nuevamente , nos alumbrábamos con
las lámparas que habíamos traído Clark , Donald y yo y a eso de las siete de la noche y al mis-
mo tiempo que divisamos las luces de las casas de la hacienda , escuchamos en la lejanía el
maullido del puma . En la hacienda se encontraba mucha gente ya que en la madrugada tenían
que ordeñar al ganado que aguantaba impertérrito la lluvia en los corrales . Una señora de ca-
bellos blancos nos recibió en la casa más grande de las que había en aquella hacienda , nos tocó
en la frente con el dorso de su mano exclamando : - ¡ Estos muchachitos vienen con calentura.....
Maruca , alistá una limonada bien caliente .......José , abrí las “ tijeras “ para que se acuesten ya!-

                  No volví a ver a Roberto . Por la mañana nos levantamos temprano , yo cambié mi
uniforme de boy scout por un blue jean negro con costuras blancas y una camisa de cuadros
blancos y negros . Desayunamos huevos revueltos con chorizo y leche calientita , recién or-
deñada , con pinolillo . Nos despedimos y nos acomodamos en la tina de una camioneta marca
Wyllis , entre las pichingas de leche que llevaban a Chinandega.  Durante el camino pregunta-
mos a Matías por Roberto y nos contestó que éste le había dicho que se levantaría de madru-
gada, para marcharse a Chinandega con el primer camión que llevara pichingas de leche a la
ciudad. El profe nos dijo : - Esta mañana he preguntado por Roberto , para enterarme a que ho-
ra se había marchado , pero nadie lo vio anoche ni hoy y me han asegurado que en la finca só-
lo hemos dormido nosotros cuatro . Después que los deje en la estación , iré a casa del profe
del Instituto, para preguntarle por Roberto , pues también me comentó que hoy 12 de Octubre
iría con otros scouts a un desfile a Chichigalpa y por eso se quería levantar temprano.

                Cuando el autocarril se detuvo en la estación de la ciudad de León , me despedí de 
Clark y de Donald , el profe se había quedado en Chinandega y  viajaría a Managua por la noche.
Descendí con mi mochila y ahí estaba María Lourdes esperándome ; era una mujer joven , muy 
guapa ; de cabello ondulado negro y brillante , de cara redonda ,nariz respingona que le daba un
aire infantil y unos preciosos ojos de color miel . Llevaba una blusa blanca con vuelos y una fal-
da ancha floreada . Fuímos caminando por aquellas largas calles empedradas de la ciudad de León
hasta llegar a su casa cerca de la Universidad ; una preciosa casa colonial con las ventanas ador-
nadas con elegantes verjas de hierro fundido de estilo barroco y que casi llegaban hasta el suelo.
La casa tenía un largo corredor con un bonito jardín , a lo largo del corredor estaban las habi-
taciones y al final del mismo la cocina , el baño y el inodoro.

             María Lourdes vivía con su madre y sus dos hermanos : Armando y Amparo. Después de
comer salimos a dar una vuelta por la ciudad Armando y yo. A media tarde me sentí  “ maluco “ 
- probablemente por la remojada del día anterior - le pedí a Armando que regresáramos a casa .
Cuando llegamos a la casa y darse cuenta de mi situación Doña María - la madre de María Lourdes -
dijo :  - Mirá  Lurdita  decile a Róger que se acueste en tu cama , yo voy a preparar una limonada
bien caliente para que se la tome a ver si le baja la calentura - me quité la ropa y me metí en la cama.

            Al principio dormí profundamente pues me encontraba muy cansado , pero luego tuve pesadillas , me revolvía en la cama a causa de la fiebre ; no sé que hora sería cuando entreabrí
los ojos y al lado de la cama vi como  María Lourdes se empezaba a desvestir . En la habitación
no estaba encendida la luz , pero penetraba la claridad procedente de otra luz que estaba encen-
dida en el corredor ; primero se quitó la blusa ,luego las faldas y se quedó en portabusto y cal-
zones - no sé por qué , pero en esos momentos sentí un sentimiento de culpabilidad y de peca-
do - sin embargo no podía apartar los ojos de aquella maravillosa visión ; se quitó el portabusto
y por primera vez en mi vida podía contemplar los senos de una mujer en todo su esplendor.

  María Lourdes se colocó un camisón blanco y se acostó a mi lado . Tardé algún tiempo
en conciliar nuevamente el sueño ,me habían ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo que me
encontraba confuso y turbado . Pero aún me faltaban cosas por vivir en esta extraña noche.

        Al mismo tiempo que sentía una cálida humedad en todo mi cuerpo sentí que María Lourdes
me tocaba en el hombro , yo volví a verla y mientras sonreía con una sonrisa llena de ternura me
dijo : - Papito.... creo que te has orinado - salté de la cama asustado ,me sentía mareado ,desde lo más profundo de mi cuerpo experimenté la mayor  vergüenza de mi vida ; desde que tenía cinco
años no me había vuelto a suceder esto . María Lourdes comprendió mi tribulación mientras me
consolaba diciéndome que no me preocupara . Sin decir una palabra y sin mirarla le ayudé 
a cambiar las sábanas y a poner unas toallas sobre el lugar del desastre . Yo estaba tiritando por
todo : de frío , de arrechera , de vergüenza .........me sentía muy mal . María Lourdes salió de su
aposento y regresó con un frasco de Zepol  - Quitate los calzoncillos que los tenés empapados ,
te voy a untar zepol en todo el cuerpo a ver si te arreglás - me esparció el ungüento suavemente
por el pecho , la espalda y cuando se agachó para restregarme las piernas sentí como su mano
rozaba mi pirinola -me estremecí de arriba abajo - María Lourdes esbozó una ligera sonrisa y me
dijo : - Bueno vestite ya , a ver si dormimos un poco que mañana tenemos que coger temprano el
autobús para Managua. -

          Me puse mis pantalones negros . Temeroso de orinarme nuevamente mientras dormía ,decidí
ir al inodoro. Atravesé el largo corredor ,encendí la luz  del inodoro y cucarachas de todos los ta-
maños empezaron a correr por suelos y paredes , cerré los ojos mientras orinaba pues aún hoy 
estos insectos me causan especial repugnancia . Regresé a la  habitación , María Lourdes ya dormía pero su sueño era inquieto y respiraba con dificultad . Hacía calor y me acerqué a la ven-
tana para abrirla un poco esperando que entrara aire fresco ; una luna grandota y amarilla estaba
sentada encima del tejado de la casa de enfrente , saqué un poco la cabeza y a través de la verja
se podían ver las dos esquinas de aquella larga calle del barrio de la Universidad de la ciudad de
León .  De pronto en la esquina de abajo pude apreciar un caballo blanco que enfilaba la calle ,
al principio pensé que se  podría tratar del carretón de la leche haciendo el reparto , pues ya era de 
madrugada , pero a medida que se acercaba distinguí al jinete - sobre todo cuando se detuvo de-
bajo de un poste de luz  que se encontraba a mitad de calle - el caballo empezó a caracolear y a re-
linchar mientras echaba espumarajos por la boca ; la cabeza del animal iba hundida en su pecho
y sus cascos al chocar contra el empedrado hacían saltar chispas rojas , blancas y azules . Un es-
calofrío recorrió mi cuerpo cuando pude apreciar mejor al jinete y su indumentaria  : era un hombre
alto , viejo , de rostro enjuto y largas barbas blancas ; sus ojos de fuego centelleaban vivamente ;
vestía un uniforme de color negro , con condecoraciones en su pecho , su cabeza iba cubierta por
un enorme sombrero negro ,botas negras ,espuelas de plata  y una gran capa negra que on-
deaba al viento cuando el corcel se paraba en los cuartos traseros y giraba rápidamente . Esto no
puede ser de este mundo - me dije a mi mismo - cerré la ventana , me metí en la cama y me tapé la
cabeza con las sábanas . Escuché el  “ placa ...placa...placa...placa “ de los cascos del caballo al
pasar  por enfrente de la ventana y luego la tibia noche leonesa se quedó tranquila.

                    A mitad de trayecto en el autobús de los Transportes Vargas que nos conducía a Ma-
nagua , decidí contarle a María Lourdes lo que había visto en la madrugada - ya que pudo más mi
curiosidad que mi vergüenza - a medida que avanzaba en mi relato María Lourdes abría más y más
su boca , cuando callé ella me contó la siguiente historia , que al mismo tiempo que me ponía los 
pelos de punta me causó compasión y tristeza : - Vé  Róger..........anoche vos viste el fantasma de
Arrechavala  ; en el tiempo de la colonia era un militar español de origen vasco , cuentan que este
hombre tenía mucho dinero y que lo había enterrado en una botija en un lugar que solamente él
conocía . El coronel murió con más de noventa años , aquí en León en la madrugada del 13 de Oc-
tubre de 1823 y desde entonces su fantasma recorría  las calles de la ciudad montado en su yegua
de color blanco  ; iniciaba su macabro paseo en la iglesia de la Recolección y desaparecía cuan-
do llegaba a la casa de su propiedad en la que había fallecido .  A principios de siglo derribaron 
su casa y encontraron la botija repleta de doblones de oro.

A partir de entonces el fantasma de Arrechavala dejó de aterrorizar a la población , sin embargo mucha gente lo ha visto en la fecha
del aniversario de su muerte.-

            Llegamos a casa y después de comer me preparé para ir al colegio. Antes de entrar a clase
el profe me dijo que quería hablar conmigo. A la hora del recreo  nos quedamos los dos solos en
el aula y le pregunté por Clark y Donald - ya que no los había visto antes - me dijo que habían 
avisado de sus casas que se encontraban enfermos y que acudirían mañana al colegio.

            Matías me dijo que me sentara en un pupitre,él acercó otro para sentarse junto a mí y co-
menzó a contarme la conversación que había mantenido con el profe del Instituto la tarde ante-
rior  :  - Mirá Cedeño..........ayer, después que los dejé en la estación , me fuí a casa del profe del
Instituto para saber algo sobre Roberto pues me quedé preocupado por este muchacho. Le conté
donde lo habíamos encontrado , las cosas que nos habían pasado y que desde anoche no lo habíamos vuelto a ver ...........- ¡ Eeeeejjjjj......no me jodás Matías , no me contés chochadas ,
andá contale a otro baboso esa historia........Roberto el  “chele “ era un muchacho scout que hace
muchos años lo mató un rayo , precisamente en el lugar donde los dejé ayer ! - Matías y yo per-
manecimos callados , tocaron la campana indicando que se había terminado el recreo y los alumnos de mi clase entraron al aula , para empezar la lección sobre geografía de Nicaragua y que
precisamente hoy trataba sobre el Departamento de Chinandega.

          Al día siguiente Clark y Donald asistieron al colegio , Donald estaba en un grado inferior al
nuestro , nos dijo que durante el recreo nos viéramos en los inodoros , pues nos quería enseñar
una cosa extraña ; nos encontramos ahí  , Donald se bajó los pantalones y nos enseñó algo que
cuando lo vi no pude evitar que dos lágrimas rodaran por mis mejillas : sobre el raspón que tenía 
en su muslo derecho había una marca , era una preciosa flor de Lys de color verde , del tamaño de 
un puño. Unos días después aquella mancha desapareció.

         Por la tarde al salir del colegio y cuando regresaba a casa en mi bicicleta marca Junker , recordé el instante cuando Roberto nos dijo que nos  tiráramos al suelo . A la altura del colegio 
Bautista también recordé pedirle a Donald - al día siguiente - la pañoleta de Roberto.
 
 

                                                                 FIN 
 
 
 

                                                                                        Zaragoza , Agosto de 1996. 

 

internet: Eduardo Manfut P  Diciembre 2000 revisada Octubre 2008