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Homenaje a León de Nicaragua:
“Atenas de Centroamérica”
 

Por Jorge Eduardo Arellano
 Con una historia y una cultura capitales para Nicaragua, la ciudad centroamericana de León tomó su nombre de la Legio establecida como campamento militar romano, asimilada posteriormente por mozárabes y visigodos, hasta constituir el núcleo generador de la idea de España. Cómo ésta, que posee una de las más impresionantes catedrales góticas de Europa, la nicaragüense ofrece al mundo su edificio máximo: “uno de los templos más grandes del continente”, en palabras del arquitecto mexicano Manuel González Galván. Y no sólo eso: protagonizó —al igual que su homónima de la península ibérica, en el reinado de Fernando I y doña Sancha (1037-1065)— una etapa de verdadero florecimiento.

Siempre hemos creído en dicho florecimiento, explícito en nuestro agotado libro sobre la ciudad (Managua, Fondo Editorial CIRA, 2002): un volumen de 375 páginas que se inicia con tres ensayos preliminares y consta de cuatro partes. Primera: “Dos aproximaciones” (“Vida y muerte de León Viejo: 1524-1610” y “León: su nuevo asentamiento y centro histórico”); segunda: “Cinco monografías” (“Actividades teatrales y otros espectáculos: 1850-1934”, “Práctica y enseñanza de la medicina durante el siglo XIX y el aporte del sabio Debayle”, “Toribio Jerez y otros pintores decimonónicos”, “Artistas leoneses de la primera mitad del siglo XX” y “Los Vanguardistas de León en los años veinte”); tercera: “Quince leoneses representativos” (“Miguel Larreynaga, Tomás y Alfonso Ayón, Mariano Dubón, José Madriz, Alfonso Valle, José de la Cruz Mena, Juan Isidoro, Macario y Salvador Carrillo Salazar, Santiago, Lino y Leonardo Argüello, más Juan de Dios Vanegas); y cuarta: “Interpretación de la leonesidad”.

Con tal ensayo —calificado de “filosófico descuartizamiento” de las tradiciones y valores humanos de León— demostramos que nuestra ciudad, considerada la segunda del país, fue la primera en civilización, entendiendo por tal el desarrollo del espíritu humano. Vivimos, es innegable, en una sociedad materialista; casi todos pensamos incesantemente en ganar dinero —y muchos para sobrevivir—, o en obtener poder y status; pero la civilización, en su verdadera naturaleza no mantiene una dependencia directa con el dinero ni con el poder ni con las posiciones sociales. En La tradición clásica (1949), Gilbert Highet acota:

“El estado más opulento del mundo, o una sociedad mundial que poseyera riquezas y comodidades ilimitadas, y en la que cada uno de sus miembros tuviera todos los manjares, todos los vestidos, todas las máquinas y todos los bienes materiales que pudiera, no sería con todo eso una civilización. Sería lo que Platón (en La República) llama una ciudad de cerdos, que comen, beben, duermen y se aparean hasta que llegue la muerte”.