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EL EXCÉNTRICO TÍO JUAN AURELIO

A dos semanas de haber asumido la Presidencia de la República, don Vicente Cuadra recibió la visita de su hermano mayor, Juan Aurelio, quien había vivido sus primeros 18 años bajo la égida de la monarquía española. Entonces el país, tras la desplación a la que lo redujo el filibusterismo esclavista, estaba entrando en un período significativo de paz duradera y constructiva. Pero aún era pobre y humilde y patriarcal. Aún necesitaba remover tantos obstáculos —pensaba don Vicente— para colocarlos siquiera —una vez llevada a feliz término la difícil empresa de administrar sus intereses— en el camino de la prosperidad.

“¿Qué estás esperando ahora que la tenés?”, aconsejó al nuevo mandatario su hermano, acabado de sentarse y golpeando el piso de madera de la Casa de Gobierno con su rústico bastón. “¿Qué estás esperando para devolver esta republiquita a sus legítimos dueños: los reyes de España?”

Y el prócer republicano, desde luego, no hizo caso de la sugerencia. La consideraba una excentricidad más de Juan Aurelio, hijo reconocido de su padre, vecino desde niño de Masatepe y arraigado luego en una finca que adquirió con el producto de su trabajo cerca de Masaya, población desde la cual había mantenido frecuentes relaciones con sus hermanos y demás familiares de Granada.

Una excentricidad similar a otras de Juan Aurelio, ajeno a los nuevos signos transformadores de la nación independiente que para él, desde la desaparición de la monarquía española, sólo había traído desgracias: matanzas incontables, saqueos y violaciones, incendios y destrucciones de ciudades, persecuciones y fusilamientos, abandono de cultivos y ganados, reclutamientos forzosos e injustos, torturas y otras atrocidades, robos autorizados y confiscaciones, como las decretadas a las propiedades de su padre: el más sobresaliente letrado de Granada.

Juan Aurelio se estremecía emocionado cuando recordaba a su padre preso por orden de un audaz artillero que apenas podía cargar un cañón: Cleto Ordóñez; el asesinato de su tío Miguel, Primer Ministro del Encargado del Ejecutivo, Benito Pineda, en una cárcel de León; las elecciones para Presidente que la Asamblea Nacional le burló a su hermano José Joaquín, y a su otro hermano Diego, político de Masaya, macheteado y arrastrado a la cola de un caballo por un cavernario.

Juan Aurelio insistía en sostener que, salvo algunos escasos años, Nicaragua —como toda la América española— había quedado desde su emancipación política sin tranquilidad, reponiendo al Rey —autoridad lejana e imparcial como la del Papa, a las que estaba acostumbrado y satisfecho de ellas— con dictadores más o menos crueles que no habían respetado la libertad de cada pueblo para desarrollar sus propios intereses.

Y uno de ellos sería Zelaya, quien en 1894 preparaba su primera invasión a Honduras para derrocar al presidente Vázquez, derramando infecunda sangre centroamericana en aras de su expansivas ambiciones militares. Con ese pretexto impuso las primeras excesivas contribuciones, sistema que adoptó para destruir —arruinándolos económicamente— a sus adversarios. Entre ellos estaban los Cuadra que sufrieron, entre otros atropellos, multas, sitios a hogares y embargo de propiedades. Don Vicente no pudo entregar la cantidad que se le impuso y, pese a sus 82 años fue llevado a la cárcel.

En esa ocasión, Juan Aurelio agonizaba extenuado por el peso de casi todos los años del siglo y, al enterarse de la noticia, con un rictus extraño y amargo en la boca, dijo:

“Merece el castigo mi querido hermano Vicente, porque cuando lo eligieron Presidente de la República, en lugar de entregarle el poder a los reyes de España, sus legítimos dueños, se dedicó a enriquecer las codiciadas arcas nacionales. Dios me lo proteja para que no le roben su dinero como las elecciones que ganó mi hermano José Joaquín, no lo asesinen como a tío Miguelito, ni lo arrastren por las calles de la cola de un caballo como a mi desventurado hermano Diego”.